Evangelio para Hoy

Evangelio del 3 de septiembre de 2026

Memoria de San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia

Evangelio del 3 septiembre 2026 — Lucas 5, 1-11 (ilustración)

Lucas 5, 1-11

Primera Lectura

Lectura 1 Corintios 3, 18-23

Primera lectura de hoy 3 septiembre 2026 — 1 Corintios 3, 18-23 (ilustración)

Hermanos: Que nadie se engañe: si alguno se tiene a sí mismo por sabio según los criterios de este mundo, que se haga ignorante para llegar a ser verdaderamente sabio. Porque la sabiduría de este mundo es ignorancia ante Dios, como dice la Escritura: Dios hace que los sabios caigan en la trampa de su propia astucia. También dice: El Señor conoce los pensamientos de los sabios y los tiene por vanos.
Así pues, que nadie se gloríe de pertenecer a ningún hombre, ya que todo les pertenece a ustedes: Pablo, Apolo y Pedro, el mundo, la vida y la muerte, lo presente y lo futuro: todo es de ustedes; ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 23, 1-2. 3-4ab. 5-6

R. (1) El Señor bendice al hombre justo.

Del Señor es la tierra y lo que ella tiene, el orbe todo y los que en él habitan, pues él lo edificó sobre los mares, él fue quien lo asentó sobre los ríos.

R. El Señor bendice al hombre justo.

¿Quién subirá hasta el monte del Señor? ¿Quién podrá entrar en su recinto santo? El de corazón limpio y manos puras y que no jura en falso.

R. El Señor bendice al hombre justo.

Ese obtendrá la bendición de Dios, y Dios, su salvador, le hará justicia. Esta es la clase de hombres que te buscan y vienen ante ti, Dios de Jacob.

R. El Señor bendice al hombre justo.

Aclamación antes del Evangelio

Mateo 4, 19

R. Aleluya, aleluya.

Síganme, dice el Señor, y yo los haré pescadores de hombres.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra echaré las redes”. Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos. Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro, al ver la pesca que habían conseguido. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Entonces Jesús le dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

En la memoria de San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia, es un buen momento para profundizar en las enseñanzas de las lecturas de hoy. La primera lectura nos lleva a una reflexión crítica sobre la sabiduría humana y su relación con la sabiduría divina. San Pablo nos advierte que la sabiduría de este mundo puede ser una ilusión, una trampa que nos hace confiar en nuestras propias capacidades y en nuestros propios juicios, apartándonos del verdadero entendimiento que proviene de Dios. Este desafío de reconocer cómo nuestra inteligencia a veces se convierte en un obstáculo para abrirnos a la obra de Dios es un aspecto importante de nuestra vida espiritual.

En contraste, el Evangelio nos presenta una imagen poderosa de cómo la obediencia a la palabra de Cristo transforma nuestras vidas. Simón Pedro, un pescador que ha trabajado arduamente sin éxito, escucha a Jesús y decide actuar conforme a su palabra. Aunque se siente dubitativo al principio, desoye su experiencia y humildemente se deja guiar. Su confianza en la palabra de Jesús, a pesar de su propia razón y la evidencia contraria, le lleva a una abundante cosecha que no solo satisface a él, sino también a sus compañeros.

La conexión entre ambas lecturas es el paso de la sabiduría humana a la sabiduría divina. Cuando Simón Pedro dice: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra echaré las redes”, él está manifestando la esencia de la fe. Aceptar que la sabiduría de este mundo puede ser insuficiente nos invita a una radical entrega a lo que Dios nos dice en Jesús. Este acto de fe no es meramente intelectual; se traduce en un movimiento del corazón hacia la confianza plena en Dios.

Este pasaje nos ofrece un mensaje espiritual profundo, aplicable a la vida cotidiana. A menudo nos encontramos en situaciones donde sentimos que nuestras propias fuerzas y estrategias han fracasado. Puede ser en el trabajo, en las relaciones familiares, en la educación de nuestros hijos o en proyectos en los que hemos puesto tanto empeño. Es en esos momentos que, como Simón Pedro, nos podemos sentir tentados a rendirnos. La exhortación de Pablo, de no glorificarse en la sabiduría de este mundo, nos llama a liberarnos de la necesidad de controlar todo y dejarnos guiar por el Señor. Esta entrega no es una señal de debilidad, sino un acto de fortaleza, de humildad y de confianza en que Dios tiene un plan para nosotros.

Cuando Simón Pedro y sus compañeros hacen esa lancha mar adentro y echan las redes, lo que hacen es un acto de conversión. Saliendo de la orilla, deciden aventurarse en lo desconocido. Este es un llamado a cada uno de nosotros a dejar atrás lo que conocemos y confiamos, para zambullirnos en la confianza de lo que Dios tiene para nosotros, aunque no lo veamos claramente. La vida del cristiano es una vida de constante conversión, donde cada día enfrenta nuevos desafíos que requieren que abandonemos los viejos patrones de pensamiento y comportamiento y abramos nuestras mentes a lo que Dios está haciendo.

Imaginemos a Simón Pedro, lleno de asombro y miedo ante la abundancia de los peces. En este momento, se da cuenta de su propia insignificancia frente a la grandeza de Dios. Su reacción de caer a los pies de Jesús refleja una profunda humildad y un reconocimiento de su condición. Este es un lugar que muchos de nosotros evitamos, el lugar de reconocernos como vulnerables, como limitados, como seres que necesitan de la gracia de Dios. Sin embargo, esta humildad es el primer paso hacia la transformación. Solo cuando nos reconocemos necesitados, podemos abrirnos a lo que Dios quiere hacer en nosotros.

La invitación es clara: cada día, se nos presenta la oportunidad de renovar nuestra relación con Dios, de dejar atrás nuestra autosuficiencia y abrirnos a su palabra, confiando plenamente en sus promesas. En nuestra oración diaria, debemos pedir que Dios nos dé la gracia de escuchar su voz en medio del ruido de nuestras vidas. Que podamos ser como Simón, que se atreve a confiar en Jesucristo, quien no solo satisface nuestras necesidades físicas, sino que también transforma nuestras vidas y nos llama a ser pescadores de hombres.

La vida cotidiana puede parecer abrumadora y, a menudo, nos encontramos atrapados en nuestras propias limitaciones. Sin embargo, el llamado del Señor a seguirle y a confiar en su palabra sigue resonando hoy en día. Se nos invita a ser parte de la misión de Dios, a colaborar en su obra de salvación. No se trata de nosotros, ni de nuestras estrategias, sino de lo que Dios puede hacer en y a través de nosotros si nos dejamos guiar por su voz.

Al terminar nuestra reflexión, nos unimos en un acto de oración: Señor, te agradecemos por la abundancia que nos ofreces, incluso en nuestra pobreza. Ayúdanos a dejar de lado nuestras certezas y a zambullirnos en la confianza de tu palabra. Danos la gracia de ser humildes y abiertos, para que, como Simón Pedro, reconozcamos nuestra dependencia de ti y estemos dispuestos a seguirte, dejando atrás todo lo que nos impide seguir el camino de tu amor. Amén.

Video del evangelio

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