Evangelio del 2 de septiembre de 2026
Miércoles de la XXII semana del Tiempo ordinario
Lucas 4, 38-44
Primera Lectura
Lectura 1 Corintios 3, 1-9

Hermanos: Anteriormente no pude hablarles como a hombres movidos por el Espíritu Santo, sino como a individuos sujetos a sus pasiones. Como a cristianos todavía niños, les dí leche y no alimento sólido, pues entonces no lo podían soportar. Pero ni aun ahora pueden soportarlo, pues sus pasiones los siguen dominando. Porque, mientras haya entre ustedes envidias y discordias, ¿no es cierto que siguen sujetos a sus pasiones y viviendo en un nivel exclusivamente humano?
Cuando uno dice: “Yo soy de Pablo”, “Yo soy de Apolo”, ¿no proceden ustedes de un modo meramente humano? En realidad, ¿quién es Apolo y quién es Pablo? Solamente somos servidores, por medio de los cuales ustedes llegaron a la fe, y cada uno de nosotros hizo lo que el Señor le encomendó. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer. De modo que ni el que planta ni el que riega tienen importancia, sino sólo Dios, que es quien hace crecer. El que planta y el que riega trabajan para lo mismo, si bien cada uno recibirá el salario conforme a su propio trabajo. Así pues, nosotros somos colaboradores de Dios y ustedes son el campo de Dios, la casa que Dios edifica.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 32, 12-13. 14-15. 20-21
R. (12b) Dichoso el pueblo escogido por Dios.
Feliz la nación cuyo Dios es el Señor, dichoso el pueblo que escogió por suyo. Desde el cielo el Señor, atentamente, mira a todos los hombres.
R. Dichoso el pueblo escogido por Dios.
Desde el lugar de su morada observa a todos los que habitan en el orbe. El formó el corazón de cada uno y entiende sus acciones.
R. Dichoso el pueblo escogido por Dios.
En el Señor está nuestra esperanza, pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo; en el Señor se alegra el corazón y en él hemos confiado.
R. Dichoso el pueblo escogido por Dios.
Aclamación antes del Evangelio
Lucas 4, 18
R. Aleluya, aleluya.
El Señor me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva y proclamar la liberación a los cautivos.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Lucas 4, 38-44
En aquel tiempo, Jesús salió de la sinagoga y entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Jesús, de pie junto a ella, mandó con energía a la fiebre, y la fiebre desapareció. Ella se levantó enseguida y se puso a servirles.
Al meterse el sol, todos los que tenían enfermos se los llevaron a Jesús y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los fue curando de sus enfermedades. De muchos de ellos salían también demonios que gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!” Pero él les ordenaba enérgicamente que se callaran, porque sabían que él era el Mesías.
Al día siguiente se fue a un lugar solitario y la gente lo andaba buscando. Cuando lo encontraron, quisieron retenerlo, para que no se alejara de ellos; pero él les dijo: “También tengo que anunciarles el Reino de Dios a las otras ciudades, pues para eso he sido enviado”. Y se fue a predicar en las sinagogas de Judea.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Hermanos y hermanas en Cristo, hoy, al adentrarnos en la Palabra de Dios, el Espíritu Santo nos interpela con una franqueza que puede resultar incómoda, pero que es profundamente necesaria para nuestro crecimiento espiritual. San Pablo, en su carta a los Corintios, nos habla de una fe que aún no ha madurado, de una comunidad que, a pesar de haber recibido el Evangelio, sigue atrapada en divisiones y celos. Nos dice: “No pude hablarles como a hombres movidos por el Espíritu Santo, sino como a individuos sujetos a sus pasiones. Como a cristianos todavía niños, les dí leche y no alimento sólido”.
¡Qué potente imagen! Nos llama “niños en Cristo”, incapaces aún de digerir la “comida sólida” de una fe madura. Y la razón es clara: sus pasiones los siguen dominando. ¿No resuenan estas palabras también en nuestros corazones, en nuestras comunidades hoy? ¿Cuántas veces nos encontramos, incluso dentro de la Iglesia, atrapados en “envidias y discordias”? Nos identificamos más con un grupo, una ideología, un carisma particular, o incluso con la personalidad de un líder, diciendo: “Yo soy de Pablo”, “Yo soy de Apolo”, cuando en realidad, la fe que profesamos es en Cristo y Su Iglesia, y no en los hombres que Él usa como instrumentos. Esta es la manifestación de vivir en un “nivel exclusivamente humano”, un enfoque que prioriza lo nuestro, lo terrenal, por encima de la unidad y la voluntad de Dios.
Pablo nos recuerda con humildad profunda: “¿quién es Apolo y quién es Pablo? Solamente somos servidores, por medio de los cuales ustedes llegaron a la fe”. La clave está en reconocer que ni el que planta ni el que riega tienen la importancia última, “sino sólo Dios, que es quien hace crecer”. Nosotros somos simplemente colaboradores de Dios, y ustedes, cada uno de nosotros, somos el campo de Dios, la casa que Él edifica. ¡Qué verdad tan liberadora y unificadora! Nos quita el peso de la autosuficiencia y la tentación de la idolatría hacia los humanos, y nos centra en Aquel que es la fuente de toda vida y crecimiento.
Y precisamente, el Evangelio de Lucas nos presenta a Jesús en acción, un Jesús que encarna a la perfección la “comida sólida” de la fe madura, el actuar desde un nivel plenamente espiritual, anclado en la voluntad del Padre. Vemos a Jesús saliendo de la sinagoga para ir a la casa de Simón. Allí se encuentra con la suegra de Simón, postrada con una fiebre muy alta. Le piden a Jesús que haga algo por ella, y Él, con una autoridad que emana del Espíritu, manda a la fiebre y esta desaparece. Inmediatamente, la mujer se levanta y se pone a servirles.
Aquí tenemos el paso del recibir al dar, del ser curado al servir, de la “leche” a la “comida sólida”. La suegra de Simón experimenta la gracia sanadora de Jesús, no para su propio regocijo pasivo, sino para una entrega activa e inmediata. Su respuesta es un eco de lo que significa ser un verdadero discípulo: una vez que hemos sido tocados por el Señor, nuestra vida se transforma en servicio. Esta es la madurez que Pablo anhela para los Corintios y para nosotros: una fe que no se estanca en la mera recepción de bendiciones, sino que se traduce en amor y servicio al prójimo.
Pero la historia no termina ahí. Al ponerse el sol, la gente trae a Jesús a todos sus enfermos y poseídos. Y Jesús, con una compasión inmensa y una autoridad divina, impone las manos sobre cada uno y los va curando. De muchos salían demonios, que gritaban reconociéndolo como “el Hijo de Dios”, pero Él los mandaba callar enérgicamente. ¿Por qué este silencio? Porque Jesús no quiere que su identidad sea proclamada por el mal, ni quiere ser encasillado como un mero “sanador” o “exorcista”. Su misión es más profunda, más trascendente: es anunciar el Reino de Dios.
Y esta misión se hace evidente al día siguiente. La gente, maravillada y deseando más milagros, busca a Jesús y quiere retenerlo. Querían mantenerlo a su lado, quizás para seguir recibiendo curaciones y prodigios. Esto, en cierto modo, es como el deseo de los Corintios de aferrarse a “Pablo” o “Apolo” por sus dones o su elocuencia. Es una búsqueda legítima de consuelo y ayuda, pero que puede quedarse en lo meramente humano, sin elevarse a la plenitud del propósito divino.
Sin embargo, Jesús, con una claridad absoluta de su misión, les dice: “También tengo que anunciarles el Reino de Dios a las otras ciudades, pues para eso he sido enviado”. ¡Qué lección tan profunda para todos nosotros! Jesús no se deja llevar por la popularidad, por la comodidad de un éxito momentáneo o por la demanda de las masas. Su mirada está puesta en la voluntad del Padre, en el propósito para el cual Él fue enviado. Y para ello, había pasado la noche en un lugar solitario, en oración, en comunión íntima con el Padre, el verdadero “centro de gravedad” de su misión.
Aquí vemos la “comida sólida” en su máxima expresión: una fe que discierne la voluntad de Dios por encima de las expectativas humanas, que prioriza el anuncio del Reino sobre el aplauso fácil, que se nutre en la soledad de la oración para tener la fuerza y la claridad para seguir el camino que Dios ha trazado.
Así, la primera lectura y el Evangelio se entrelazan de manera admirable. Paul nos advierte sobre los peligros de una fe infantil, marcada por las divisiones y las pasiones humanas, donde olvidamos que solo Dios hace crecer. Jesús, por su parte, nos muestra el camino de la madurez espiritual: una fe que se traduce en servicio inmediato, que se eleva por encima de las expectativas terrenales para abrazar la misión divina, y que se alimenta constantemente en la oración solitaria con el Padre.
Hermanos, la invitación de hoy es a revisar en qué punto de nuestro camino de fe nos encontramos. ¿Seguimos siendo “niños en Cristo”, atrapados en nuestras preferencias personales, en las divisiones que nacen de la envidia o el apego a lo humano? ¿O estamos listos para el “alimento sólido”, para vivir con una fe que sirva, que discierna la voluntad de Dios y que se lance con valentía a anunciar el Reino, incluso si eso significa dejar atrás la comodidad o la aprobación popular?
La llamada a la conversión es un llamado a crecer. A reconocer que, como el campo de Dios, nuestra tarea no es buscar nuestra propia gloria, sino permitir que la semilla de la Palabra germine y dé fruto por el poder de Dios. Que, como la suegra de Simón, la gracia recibida nos impulse a un servicio generoso. Que, como Jesús, nos retiremos a la oración para discernir la misión que Dios nos ha encomendado y tengamos la fortaleza de llevarla a cabo, enfocados en Su Reino y no en nuestros propios planes o deseos.
Que hoy, con la gracia de Dios, demos un paso más hacia esa madurez espiritual, hacia esa fe adulta que sabe que somos colaboradores, instrumentos humildes, en las manos del único que hace crecer. Que el Salmo resuene en nosotros: “Feliz la nación cuyo Dios es el Señor, dichoso el pueblo que escogió por suyo.” En Él, y solo en Él, está nuestra esperanza.
Oremos: Señor Jesús, que en tu sabiduría y amor nos llamas a la madurez de la fe, concédenos la gracia de crecer más allá de nuestras divisiones y pasiones humanas. Ayúdanos a reconocerte como el único que siembra y hace crecer, y a ser tus colaboradores fieles. Que, como la suegra de Simón, respondamos a tu toque sanador con un servicio generoso, y que, como Tú, sepamos discernir y priorizar la misión de tu Reino, alimentándonos en la oración constante. Amén.
Video del evangelio
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Recibe el evangelio y la reflexión de cada día directamente en tu WhatsApp.
Unirme al canal