Evangelio del 4 de septiembre de 2026
Viernes de la XXII semana del Tiempo ordinario
Lucas 5, 33-39
Primera Lectura
Lectura 1 Corintios 4, 1-5

Hermanos: Procuren que todos nos consideren como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.
Ahora bien, lo que se busca en un administrador es que sea fiel. Por eso, lo que menos me preocupa es que me juzguen ustedes o un tribunal humano; pues ni siquiera yo me juzgo a mí mismo. Es cierto que mi conciencia no me reprocha nada, pero no por eso he sido declarado inocente. El Señor es quien habrá de juzgarme. Por lo tanto, no juzguen antes de tiempo; esperen a que venga el Señor. Entonces él sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas, pondrá al descubierto las intenciones del corazón y dará a cada uno la alabanza que merezca.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 36, 3-4. 5-6. 27-28. 39-40
R. (39a) La salvación del justo es el Señor.
Pon tu esperanza en Dios, practica el bien y vivirás tranquilo en esta tierra. Busca en él tu alegría y te dará el Señor cuanto deseas.
R. La salvación del justo es el Señor.
Pon tu vida en las manos del Señor, en él confía, y hará que tu virtud y tus derechos brillen igual que el sol de mediodía.
R. La salvación del justo es el Señor.
Apártate del mal, practica el bien y tendrás una casa eternamente porque al Señor le agrada lo que es justo y vela por sus fieles; en cambio, a los injustos los borrará de la tierra siempre.
R. La salvación del justo es el Señor.
La salvación del justo es el Señor; en la tribulación él es su amparo. A quien en él confía, Dios lo salva de los hombres malvados.
R. La salvación del justo es el Señor.
Aclamación antes del Evangelio
Juan 8, 12
R. Aleluya, aleluya.
Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Lucas 5, 33-39
En aquel tiempo, los fariseos y los escribas le preguntaron a Jesús: “¿Por qué los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oración, igual que los discípulos de los fariseos, y los tuyos, en cambio, comen y beben?”
Jesús les contestó: “¿Acaso pueden ustedes obligar a los invitados a una boda a que ayunen, mientras el esposo está con ellos? Vendrá un día en que les quiten al esposo, y entonces sí ayunarán”.
Les dijo también una parábola: “Nadie rompe un vestido nuevo para remendar uno viejo, porque echa a perder el nuevo, y al vestido viejo no le queda el remiendo del nuevo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo revienta los odres y entonces el vino se tira y los odres se echan a perder. El vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos y así se conservan el vino y los odres. Y nadie, acabando de beber un vino añejo, acepta uno nuevo, pues dice: ‘El añejo es mejor’”.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
La Palabra de Dios que hoy se nos regala nos invita a una profunda reflexión sobre nuestra fe, nuestra forma de vivirla y, sobre todo, nuestra disposición a la novedad que el Señor nos ofrece constantemente. Es un llamado a la autenticidad, a la fidelidad y a una conversión que no se detiene en lo superficial, sino que busca transformar nuestro corazón.
San Pablo, en la Primera Lectura de hoy, nos sitúa en una perspectiva fundamental: “Procuren que todos nos consideren como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.” Qué poderosa y humilde afirmación. No somos los dueños de la verdad, ni los protagonistas de la salvación, sino meros servidores y administradores. Nuestra tarea es gestionar con fidelidad aquello que no nos pertenece, sino que nos ha sido confiado: los tesoros divinos, la gracia, el mensaje de Cristo. Y en esta administración, lo que se busca, nos dice Pablo, es la fidelidad.
Esta fidelidad, sin embargo, no debe medirse por el juicio humano. San Pablo lo deja claro: “lo que menos me preocupa es que me juzguen ustedes o un tribunal humano; pues ni siquiera yo me juzgo a mí mismo.” Qué liberación encierran estas palabras. Nos libera de la tiranía del qué dirán, de la necesidad de aprobación constante, incluso de la autoexigencia que puede rayar en la soberbia. La única medida, el único Juez, es el Señor. Él es quien sacará a la luz lo oculto, quien pondrá al descubierto las intenciones del corazón y quien dará a cada uno la alabanza que merezca. Esta perspectiva nos invita a vivir con una mirada puesta en Dios, buscando agradarle solo a Él, con la certeza de que su juicio es el único que importa, un juicio que es siempre justo y misericordioso.
Ahora bien, ¿cómo se conecta esta fidelidad en la administración de los misterios de Dios con el Evangelio de Lucas que acabamos de escuchar? El Evangelio nos presenta una escena donde Jesús es cuestionado por los fariseos y escribas sobre las prácticas de sus discípulos. Mientras los discípulos de Juan y los fariseos ayunan y oran con frecuencia, los de Jesús “comen y beben”. Es una crítica directa a una aparente falta de observancia, a una ruptura con la tradición. Y Jesús responde con una serie de imágenes que son el corazón de nuestra reflexión hoy: el esposo que está presente, el vestido nuevo en un remiendo viejo, el vino nuevo en odres viejos.
La clave de la respuesta de Jesús es la “novedad”. Él es el Esposo, el Mesías esperado, y su presencia lo cambia todo. No es un mero reformador de la ley antigua; es el inaugurador de una realidad nueva, una Alianza nueva. ¿Acaso pueden ayunar los invitados a una boda mientras el esposo está con ellos? La alegría de su presencia es incompatible con la tristeza del ayuno. Ayunarán, sí, pero cuando el Esposo les sea quitado, lo que apunta a su Pasión y a la espera de su venida gloriosa.
Las parábolas del vestido y de los odres profundizan en esta idea. No se puede intentar remendar una tela vieja y raída con un pedazo de tela nueva. La tela nueva es fuerte, y al encogerse, rasgará la tela vieja, haciendo el agujero más grande. De igual manera, no se puede echar vino nuevo en odres viejos. El vino nuevo fermenta, se expande. Los odres viejos, resecos y rígidos, no tienen la elasticidad para soportar la presión del vino nuevo, reventarían. Se perdería el vino y los odres. El vino nuevo requiere odres nuevos, flexibles, capaces de expandirse con la vida que el vino trae consigo.
Aquí está el puente crucial entre ambas lecturas. ¿De qué “misterios de Dios” somos administradores fieles? Somos administradores de esta “novedad” de Cristo, de este “vino nuevo” que es su Evangelio, su gracia, su Espíritu. Y ¿qué nos exige esta administración? Nos exige ser “odres nuevos”.
La fidelidad de la que hablaba San Pablo no es una mera repetición de ritos o la adhesión ciega a prácticas externas. Es una fidelidad viva, dinámica, abierta al Espíritu Santo. Ser “odres nuevos” significa que nuestro corazón, nuestra mente, nuestras estructuras de pensamiento y de acción deben estar lo suficientemente flexibles y renovadas como para recibir la gracia desbordante que Cristo nos ofrece.
Pensemos en nuestra vida cotidiana. ¿Cuántas veces nos aferramos a costumbres, a maneras de hacer las cosas, a paradigmas mentales que ya no son fértiles para la vida de la gracia? Quizás nos sentimos cómodos con nuestro “vino añejo”, con nuestras viejas formas de piedad, con nuestra comprensión de Dios y de la Iglesia, y nos cuesta aceptar el “vino nuevo” que el Señor quiere verter en nosotros. “Y nadie, acabando de beber un vino añejo, acepta uno nuevo, pues dice: ‘El añejo es mejor’”. ¡Cuánta verdad hay en esta última frase del Evangelio! Nos cuesta la novedad, porque lo conocido nos da seguridad, incluso si ya no nos nutre o nos desafía.
Este mensaje nos interpela profundamente hoy. ¿Estoy dispuesto a ser un odre nuevo para el vino nuevo del Espíritu Santo? ¿Soy lo suficientemente humilde para reconocer que mis viejas “costuras” mentales o espirituales podrían reventar si no me abro a la transformación?
La llamada a la conversión es precisamente esto: un constante vaciarse de lo viejo, de lo rígido, de lo que ya no sirve, para hacer espacio a la vida que Jesús trae. Es una invitación a la humildad de no juzgar prematuramente –ni a los demás ni las nuevas obras de Dios– sino a esperar en el Señor, confiando en que Él saca a la luz lo que está oculto y revela las intenciones verdaderas.
En nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestro trabajo, somos llamados a ser “servidores de Cristo”. ¿Cómo administramos la caridad, el perdón, la esperanza? ¿Lo hacemos con la rigidez de los odres viejos, aplicando reglas sin discernimiento, juzgando con dureza, o con la flexibilidad y la alegría del vino nuevo, abiertos a la gracia y a la misericordia que transforman?
Ser administradores fieles de los misterios de Dios significa custodiar la radical novedad de Jesús en nuestras vidas. Implica un corazón que, como María, sepa conservar todas las cosas y meditarlas en el corazón, permitiendo que el Espíritu moldee y renueve. Implica dejar que Jesús sea el Esposo que alegre nuestra vida y que nos invite a celebrar su presencia, dejando de lado ayunos estériles que no brotan de un corazón transformado.
Por eso, hermanos y hermanas, hoy se nos invita a examinar la flexibilidad de nuestro corazón. ¿Estamos dispuestos a dejar que el Señor rasgue nuestro “vestido viejo” de prejuicios y hábitos estancados para poner una “tela nueva” de amor renovado? ¿Estamos listos para que Él vierta en nosotros su “vino nuevo” de gracia, incluso si eso significa que nuestras estructuras mentales y espirituales deben expandirse, ceder, o incluso “reventar” para ser reconstruidas de una manera más auténtica?
Pidamos hoy al Señor que nos dé la gracia de la humildad, de la apertura y de la docilidad. Que Él nos ayude a despojarnos de toda rigidez, de todo juicio prematuro y de todo apego al “vino añejo” que nos impide acoger la frescura de su Evangelio. Que nos haga odres nuevos, flexibles y dispuestos, para que su amor inmenso no se pierda, sino que transforme nuestras vidas y, a través de nosotros, el mundo entero.
Señor Jesús, Esposo de la Iglesia, Tú eres el vino nuevo que renueva todas las cosas. Concédenos la gracia de ser odres nuevos, flexibles y dóciles a tu Espíritu. Líbranos de la rigidez de nuestros juicios y de la comodidad de lo añejo, para que podamos administrar con fidelidad la novedad de tu amor y de tu gracia en nuestras vidas. Amén.
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