Evangelio del 1 de septiembre de 2026
Martes de la XXII semana del Tiempo ordinario
Lucas 4, 31-37
Primera Lectura
Lectura 1 Corintios 2, 10-16

Hermanos: El Espíritu conoce perfectamente todo, hasta lo más profundo de Dios. En efecto, ¿quién conoce lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, nadie conoce lo que hay en Dios, sino el Espíritu de Dios. Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para que conozcamos las gracias que Dios nos ha otorgado. De estas gracias hablamos, no con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu y con las cuales expresamos realidades espirituales en términos espirituales.
El hombre, con su sola inteligencia, no puede comprender las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son una locura; no las puede entender porque son cosas que sólo se comprenden a la luz del Espíritu. Pero el hombre iluminado por el Espíritu puede juzgar correctamente todas las cosas, y nadie que no tenga el Espíritu lo puede juzgar correctamente a él. Por eso dice la Escritura: ¿Quién ha entendido el modo de pensar del Señor, como para que pueda darle lecciones? Pues bien, nosotros poseemos el modo de pensar de Cristo.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 144, 8-9. 10-11. 12-13ab. 13cd-14
R. (17a) El Señor es justo y bondadoso.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus creaturas.
R. El Señor es justo y bondadoso.
Que te alaben, Señor, todas tus obras y que todos tus fieles te bendigan. Que proclamen la gloria de tu reino y den a conocer tus maravillas.
R. El Señor es justo y bondadoso.
Que muestren a los hombres tus proezas., el esplendor y la gloria de tu reino. Tu reino, Señor, es para siempre, y tu imperio, por todas las generaciones.
R. El Señor es justo y bondadoso.
El Señor es siempre fiel a sus palabras y bondadoso en todas sus acciones. Da su apoyo el Señor al que tropieza y al agobiado alivia.
R. El Señor es justo y bondadoso.
Aclamación antes del Evangelio
Lucas 7, 16
R. Aleluya, aleluya.
Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Lucas 4, 31-37
En aquel tiempo, Jesús fue a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad.
Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar muy fuerte: “¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”.
Pero Jesús le ordenó: “Cállate y sal de ese hombre”. Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño. Todos se espantaron y se decían unos a otros: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Hermanos y hermanas, la vida, a menudo, nos presenta un sinfín de voces, de opiniones, de sabidurías que compiten por nuestra atención. Desde el momento en que nos levantamos hasta que nos acostamos, estamos inmersos en un mar de información, de consejos, de filosofías sobre cómo vivir, cómo ser felices, cómo tener éxito. El mundo, con su inmensa complejidad, nos grita constantemente sus propias verdades. Pero, ¿cuál es la voz que realmente importa? ¿Cuál es la sabiduría que nos lleva a la plenitud, a la verdadera libertad?
La primera lectura de hoy, de la carta del Apóstol Pablo a los Corintios, nos invita a una profunda reflexión sobre este dilema. Pablo nos dice que “El Espíritu conoce perfectamente todo, hasta lo más profundo de Dios”. Y añade una verdad asombrosa: “Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para que conozcamos las gracias que Dios nos ha otorgado.” Esto es fundamental, porque nos revela que hay una sabiduría que trasciende la inteligencia humana, una que no se aprende en las universidades ni en los libros de autoayuda, sino que nos es infundida por el propio Espíritu Santo.
El hombre, con su sola inteligencia, explica San Pablo, no puede comprender las cosas del Espíritu de Dios. Para él, son una locura. ¿Por qué? Porque son realidades que sólo se comprenden a la luz del Espíritu. Pensemos en la caridad, en el perdón incondicional, en la entrega total, en la fe inquebrantable ante la adversidad. Estas no son lógicas para el mundo. El mundo nos enseña a protegernos, a devolver mal por mal, a buscar la propia ventaja. Pero el Espíritu nos invita a amar hasta el extremo, a perdonar setenta veces siete, a confiar ciegamente en la providencia divina. Esto, a la luz del mundo, puede parecer una tontería, una debilidad. Pero a la luz del Espíritu, es la máxima sabiduría, la verdadera fortaleza. Y la promesa es clara: “Nosotros poseemos el modo de pensar de Cristo.” ¡Qué afirmación tan audaz y a la vez tan esperanzadora! A través del Espíritu, tenemos acceso a la propia mente de Cristo.
Y es precisamente este “modo de pensar de Cristo”, esta sabiduría divina, lo que vemos manifestado de manera tan poderosa en el Evangelio de hoy. Jesús llega a Cafarnaúm, y lo primero que hace es enseñar. Pero no enseña como los escribas, no se limita a citar leyes y tradiciones. Él “hablaba con autoridad”. Y la gente, asombrada, lo percibía. Había algo en su palabra que era diferente, que no era meramente humano. Era una palabra viva, eficaz, llena de un poder que trascendía lo ordinario.
Y esa autoridad se manifiesta de forma innegable cuando se encuentra con el hombre poseído por un demonio inmundo. El espíritu maligno, con su astucia infernal, lo reconoce de inmediato: “¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios.” Es una confesión forzada, pero una confesión de la verdad más profunda: Jesús no es un simple maestro, no es un mero profeta. Él es “el Santo de Dios”, el que viene de la esfera divina, con una autoridad que incluso los poderes del mal reconocen y ante la cual tiemblan.
La respuesta de Jesús es concisa y poderosa: “Cállate y sal de ese hombre.” No hay negociaciones, no hay largos exorcismos, solo una orden rotunda. Y el demonio obedece, tirando al hombre por tierra, pero sin hacerle daño, y sale de él. La gente se espanta, pero no de miedo, sino de un asombro reverente. Se preguntan: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen.” Su fama se extiende, no solo por su capacidad de sanar, sino por la singularidad de su palabra, por la autoridad divina que la impregnaba.
Hermanos, la conexión entre estas dos lecturas es profunda y vital para nuestra vida. San Pablo nos dice que hemos recibido el Espíritu de Dios, que nos capacita para poseer el “modo de pensar de Cristo”. Y Jesús, en el Evangelio, nos muestra lo que significa vivir con ese “modo de pensar”, con esa autoridad divina. Su palabra no es solo información; es acción, es poder transformador.
En nuestra vida cotidiana, ¿dónde buscamos la sabiduría? ¿En el ruido del mundo, en las opiniones cambiantes, en las modas pasajeras? O, ¿acudimos a la fuente inagotable del Espíritu Santo, que nos revela las profundidades de Dios y nos da el “modo de pensar de Cristo”? A menudo, como el hombre poseído, somos presa de “espíritus inmundos” de otra índole: el espíritu de la desesperanza que nos paraliza, el espíritu de la envidia que nos carcome, el espíritu de la división que nos enfrenta a los demás, el espíritu de la pereza que nos impide crecer, el espíritu del materialismo que nos ciega a las realidades eternas. Estos “demonios” internos, aunque no siempre se manifiesten de la misma manera que en el Evangelio, también buscan destruirnos, robarnos la paz, alejarnos de Dios.
Pero nosotros, que hemos recibido el Espíritu, tenemos la posibilidad de invocar la misma autoridad de Cristo sobre estas fuerzas que nos oprimen. Cuando la duda nos asalta, cuando la tentación nos acosa, cuando el miedo nos envuelve, podemos clamar al Señor. Su palabra, que expulsó demonios, sigue teniendo poder para liberar nuestros corazones y mentes de todo lo que no proviene de Él. Necesitamos aprender a decir, con fe, ante la voz del desánimo: “¡Cállate y sal de mí!” Necesitamos, con el Espíritu, discernir qué voces son de Dios y cuáles son del “espíritu del mundo”.
Poseer el “modo de pensar de Cristo” significa vivir en una constante conversión. Significa no contentarnos con una fe superficial, sino buscar una relación profunda con el Espíritu Santo. Significa dejar que su luz ilumine nuestras decisiones, que su fuerza nos sostenga en las dificultades, que su amor inspire nuestras acciones. No es una mera cuestión intelectual, sino una transformación de todo nuestro ser.
Esto implica una invitación a la oración sincera, a abrir nuestro corazón al Espíritu cada día, pidiéndole que nos dé esa sabiduría que el mundo no puede entender. Implica sumergirnos en la Palabra de Dios, porque en ella resonó y sigue resonando la voz de Jesús con toda su autoridad. Implica vivir los sacramentos, especialmente la Eucaristía, donde Jesús se nos da con todo su poder y su amor, y la Reconciliación, donde su misericordia nos libera de las ataduras del pecado.
Que hoy, al reflexionar sobre la autoridad de Jesús y la sabiduría del Espíritu, nos animemos a buscar con mayor fervor esa fuente de vida. Que nos atrevamos a confiar más en la Palabra de Dios que en las voces del mundo. Que permitamos que el Espíritu Santo moldee en nosotros el “modo de pensar de Cristo”, para que, como Él, podamos ser instrumentos de liberación y de verdad en un mundo que tanto lo necesita. Que nuestra propia vida, impregnada de la sabiduría divina, sea un testimonio del poder transformador de Jesús, el Santo de Dios, que da órdenes con autoridad a todo lo que nos oprime y que nos llama a vivir en la libertad de sus hijos.
Oremos: Señor Jesús, tú que con tu palabra autoritaria expulsaste el mal y asombraste a tu pueblo, concédenos hoy tu Santo Espíritu para que poseamos tu modo de pensar. Libéranos de todo espíritu del mundo que nos confunde y nos encadena. Que tu sabiduría ilumine nuestra mente y tu autoridad transforme nuestro corazón, para que vivamos en la libertad de los hijos de Dios, dando testimonio de tu amor y tu poder. Amén.
Video del evangelio
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Recibe el evangelio y la reflexión de cada día directamente en tu WhatsApp.
Unirme al canal