Evangelio del 9 de agosto de 2026
XIX Domingo Ordinario
Mateo 14, 22-33
Primera Lectura
Lectura 1 Reyes 19, 9a. 11-13a

Al llegar al monte de Dios, el Horeb, el profeta Elías entró en una cueva y permaneció allí. El Señor le dijo: “Sal de la cueva y quédate en el monte para ver al Señor, porque el Señor va a pasar”.
Así lo hizo Elías y, al acercarse el Señor, vino primero un viento huracanado, que partía las montañas y resquebrajaba las rocas; pero el Señor no estaba en el viento. Se produjo después un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Luego vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se escuchó el murmullo de una brisa suave. Al oírlo, Elías se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 84, 9ab-10. 11-12. 13-14
R. (8) Muéstranos, Señor, tu misericordia.
Escucharé las palabras del Señor, palabras de paz para su pueblo santo. Está ya cerca nuestra salvación y la gloria del Señor habitará en la tierra.
R. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron, la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo.
R. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
Cuando el Señor nos muestre su bondad, nuestra tierra producirá su fruto. La justicia le abrirá camino al Señor e irá siguiendo sus pisadas.
R. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
Aclamación antes del Evangelio
Salmo 129, 5
R. Aleluya, aleluya.
Confío en el Señor, Mi alma espera y confía en su palabra.
R. Aleluya.
Segunda Lectura
Lectura Romanos 9, 1-5

Hermanos: Les hablo con toda verdad en Cristo; no miento. Mi conciencia me atestigua, con la luz del Espíritu Santo, que tengo una infinita tristeza, y un dolor incesante tortura mi corazón.
Hasta aceptaría verme separado de Cristo, si esto fuera para bien de mis hermanos, los de mi raza y de mi sangre, los israelitas, a quienes pertenecen la adopción filial, la gloria, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Ellos son descendientes de los patriarcas; y de su raza, según la carne, nació Cristo, el cual está por encima de todo y es Dios bendito por los siglos de los siglos. Amén.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Mateo 14, 22-33
En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron, y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.
Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Hermanos y hermanas en Cristo, nos encontramos hoy, en este XIX Domingo del Tiempo Ordinario, ante unas lecturas que nos invitan a una profunda reflexión sobre dónde y cómo encontramos a Dios en nuestras vidas, especialmente en medio de las tormentas y los desiertos que a veces nos toca atravesar.
La primera lectura nos lleva al monte Horeb, el monte de Dios, un lugar cargado de significado en la historia de la salvación. Allí está Elías, un profeta de fuego, un hombre apasionado por la causa de Dios, pero ahora agotado, desilusionado, y huyendo por su vida. Se ha refugiado en una cueva, símbolo de su propio interior, quizás oscuro y lleno de miedos. Y allí, el Señor le habla, invitándole a salir, a ponerse de pie en el monte, porque el Señor iba a pasar. Elías, lleno de expectativa, se prepara para el gran espectáculo de la presencia divina. Y, en efecto, llegan fenómenos imponentes: un viento huracanado que parte las montañas, un terremoto que sacude la tierra, y un fuego devorador. La lógica humana nos diría: ¡Ahí está Dios, en la fuerza arrolladora, en la manifestación grandiosa de su poder! Pero la Escritura nos sorprende: “el Señor no estaba en el viento”, “el Señor no estaba en el terremoto”, “el Señor no estaba en el fuego”. Y entonces, después del fuego, se escuchó “el murmullo de una brisa suave”, una voz de un silencio delicado, nos dice otra traducción. Y al oírla, Elías se cubre el rostro con el manto, reconociendo finalmente la presencia de Dios.
¡Qué lección tan profunda! Elías buscaba a Dios en lo extraordinario, en lo estruendoso, en aquello que impresiona y deja sin aliento. Y, sin embargo, Dios se le reveló en lo sutil, en lo apacible, en ese “murmullo de una brisa suave” que exige atención, silencio interior y una gran humildad para ser percibido. ¿Cuántas veces nosotros, como Elías, buscamos a Dios en los grandes acontecimientos de la vida, en los milagros espectaculares, en las respuestas inmediatas y ruidosas a nuestras oraciones? Y mientras tanto, quizás lo estamos ignorando en el día a día, en la voz de la conciencia, en la sonrisa de un hermano, en el sol que nos ilumina cada mañana, en la paz que sigue a la tormenta.
Esta experiencia de Elías resuena poderosamente con el Evangelio de hoy. Nos encontramos a los discípulos en una barca, en medio de la noche, azotados por un viento contrario y las olas bravas. Están solos, luchando, y Jesús, que ha subido al monte a orar después de despedir a la multitud, no está físicamente con ellos. Se sienten abandonados, a merced de las fuerzas de la naturaleza. Y de repente, en la madrugada, ven una figura caminando sobre el agua. Su miedo, ya de por sí grande, se transforma en terror. ¡Es un fantasma! Claman. Su imaginación, espoleada por la angustia, les juega una mala pasada.
Pero la voz de Jesús se hace oír en medio del bramido del viento y el rugir de las olas: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Esta frase, “Soy yo” (Ego Eimi en griego), no es una simple identificación personal. Es la misma revelación de Dios a Moisés en la zarza ardiente: “Yo soy el que soy”. Es la manifestación de la presencia divina que trae paz, que disipa el miedo, que calma el alma en la tempestad.
Pedro, con su habitual impetuosidad y un corazón audaz, pero aún con muchas fragilidades, le dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Y Jesús le contesta simplemente: “Ven”. Pedro baja de la barca, un acto de fe asombroso. Comienza a caminar sobre las aguas, sostenido no por su propia fuerza, sino por la palabra de Jesús. Pero al sentir la fuerza del viento, al volver a concentrarse en lo exterior, en lo amenazante, le entra miedo. Y el miedo engendra la duda. Y la duda lo hace hundirse. “¡Sálvame, Señor!”, grita.
Es una imagen tan poderosa de nuestra propia vida espiritual. ¿Cuántas veces empezamos con un gran ímpetu, con una fe sólida, confiando en la palabra de Jesús? Y entonces, el viento de las dificultades, las olas de las preocupaciones, los problemas del mundo, las críticas, las tentaciones, nos asaltan. Volvemos nuestra mirada de Jesús a la tormenta, y el miedo se apodera de nosotros, y comenzamos a hundirnos.
Pero la respuesta de Jesús es inmediata, llena de misericordia: “Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?’” No lo regaña con ira, sino con una suave amonestación, una invitación a crecer en la confianza. Y en cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. La paz regresó, y los discípulos, ahora sí, se postraron y reconocieron: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.
La conexión entre estas dos lecturas es profunda, hermanos. Elías buscaba a Dios en los fenómenos estruendosos y lo encontró en la suave brisa; los discípulos, en medio de una tormenta, temían lo desconocido y lo que creían un fantasma, y encontraron la salvación y la paz en la presencia real del Hijo de Dios. Ambas historias nos hablan de la forma en que Dios se revela: no siempre en lo que esperamos, no siempre en lo que nos impresiona a primera vista, sino a menudo en la humildad, en la paz, en la palabra que nos calma, en la mano que nos rescata cuando nos hundimos.
En nuestra vida cotidiana, ¿dónde estamos buscando a Dios? ¿En los grandes éxitos, en las respuestas claras y contundentes? ¿O estamos aprendiendo a discernir su presencia en el “murmullo de una brisa suave” de nuestra conciencia, en la quietud de la oración, en el silencio de un momento de reflexión? Cuando las tormentas de la vida nos azotan —la enfermedad, la incertidumbre económica, los conflictos familiares, la soledad, la ansiedad—, ¿hacia dónde dirigimos nuestra mirada? ¿Nos hundimos en el miedo y la desesperación, o recordamos la voz de Jesús que nos dice: “Soy yo, no teman”, y extendemos nuestra mano para que Él nos sostenga?
La vida de fe no es una ausencia de tormentas, sino la certeza de que Jesús está con nosotros en la barca, y que Él viene a nuestro encuentro, caminando sobre las aguas turbulentas de nuestra existencia. Su “Soy yo” es nuestra garantía de salvación. Su “Ven” es una invitación a la audacia de la fe, a dar un paso, a pesar del miedo. Y si dudamos y nos hundimos, su mano está siempre lista para levantarnos.
Esta experiencia nos invita a una conversión constante. Conversión a la confianza plena en el Señor, incluso cuando no lo entendemos, incluso cuando su voz no es un grito, sino un suave susurro. Conversión a la valentía de Pedro, que se atreve a caminar, pero también a la humildad de su grito de auxilio cuando su fe flaquea. El Señor no espera que seamos perfectos, pero sí que confiemos en Él.
Que en este día, hermanos, nos detengamos a escuchar. Que busquemos el “murmullo de una brisa suave” en medio del ruido del mundo. Que, cuando las aguas se agiten, elevemos nuestra mirada al Señor que viene a nuestro encuentro, que extiende su mano y nos dice: “No temas. Soy yo”. Pidamos la gracia de una fe más profunda, que nos permita caminar con Jesús sobre las aguas de nuestros miedos y dudas, y que nos dé la paz para reconocerlo como el verdadero Hijo de Dios, nuestro salvador.
Señor Jesús, Hijo de Dios, que en medio de la tormenta nos dices “Soy yo, no temas”, aumenta nuestra fe. Que sepamos reconocerte en el murmullo de una brisa suave y en tu mano extendida cuando dudamos. Que siempre tengamos la valentía de salir de nuestra cueva y de pisar las aguas contigo, confiando plenamente en tu amor que nos salva. Amén.
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Recibe el evangelio y la reflexión de cada día directamente en tu WhatsApp.
Unirme al canal