Evangelio del 8 de agosto de 2026
Memoria de Santo Domingo, presbítero
Mateo 17, 14-20
Primera Lectura
Lectura Habacuc 1, 12–2, 4

¿No eres tú, Señor, desde siempre,
mi santo Dios, que no muere?
Tú, Señor, has escogido al pueblo caldeo para hacer justicia
y lo has establecido para castigar.
Tus ojos son demasiado puros para soportar el mal,
no puedes ver la opresión.
¿Por qué miras en silencio a los traidores
y callas cuando el malvado devora al justo?
Tú tratas a los hombres como a los reptiles, que no tienen dueño,
como a los peces del mar:
el pueblo caldeo los pesca con anzuelo,
los atrae a su red,
los va amontonando
y luego ríe sastisfecho.
Después ofrece sacrificios a su anzuelo
e incienso a su red,
porque le dieron rica presa
y comida sustanciosa.
¿Y vas a permitir que siga llenando sus redes
y matando naciones sin piedad?
En mi puesto de guardia me pondré,
me apostaré en la muralla
para ver qué me dice el Señor
y qué responde a mi reclamación.
El Señor me respondió y me dijo:
“Escribe la visión que te he manifestado,
ponla clara en tablillas
para que se pueda leer de corrido.
Es todavía una visión de algo lejano,
pero que viene corriendo y no fallará;
si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta.
El malvado sucumbirá sin remedio;
el justo, en cambio, vivirá por su fe”.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 9, 8-9. 10-11. 12-13
R. (11b) El Señor no abandona al que lo busca.
El Señor reina eternamente, tiene establecido un tribunal para juzgar, juzga al orbe con justicia y rige a las naciones con rectitud.
R. El Señor no abandona al que lo busca.
El Señor es refugio del oprimido, su refugio en los momentos de peligro. Que confíen en ti los que conocen, porque tú, Señor, no abandonas a los que te buscan.
R. El Señor no abandona al que lo busca.
Tóquenle música al Señor, que reina en Sión, cuenten sus maravillas a los pueblos, porque el Señor pide cuentas de la vida y no olvida los gritos de los oprimidos.
R. El Señor no abandona al que lo busca.
Aclamación antes del Evangelio
2 Timoteo 1, 10
R. Aleluya, aleluya.
Jesucristo, nuestro salvador, ha vencido la muerte y ha hecho resplandecer la vida por medio del Evangelio.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Mateo 17, 14-20
En aquel tiempo, al llegar Jesús a donde estaba la multitud, se le acercó un hombre, que se puso de rodillas y le dijo: “Señor, ten compasión de mi hijo. Le dan ataques terribles. Unas veces se cae en la lumbre y otras muchas, en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no han podido curarlo”.
Entonces Jesús exclamó: “¿Hasta cuándo estaré con esta gente incrédula y perversa? ¿Hasta cuándo tendré que aguantarla? Tráiganme aquí al muchacho”. Jesús ordenó al demonio que saliera del muchacho, y desde ese momento éste quedó sano.
Después, al quedarse solos con Jesús, los discípulos le preguntaron: “¿Por qué nosotros no pudimos echar fuera a ese demonio?” Les respondió Jesús: “Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: ‘Trasládate de aquí para allá’, y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes”.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Hermanos y hermanas en Cristo, nos encontramos hoy, 8 de agosto, en la memoria de Santo Domingo, presbítero, un hombre que hizo de la predicación de la fe su vida entera, y qué providenciales son las lecturas que la liturgia nos ofrece para reflexionar sobre esa misma fe que él encarnó.
Escuchamos al profeta Habacuc, en la primera lectura, elevando un grito que resuena en el corazón de todo ser humano: una queja, una pregunta angustiosa a Dios. Él contempla el mal, la opresión, la violencia, la injusticia de su tiempo, y clama al Señor: “¿Por qué miras en silencio a los traidores y callas cuando el malvado devora al justo?”. Es una pregunta que, en algún momento, todos hemos formulado. Ante la enfermedad de un ser querido, la violencia que vemos en las noticias, la injusticia social que parece no tener fin, ¿dónde está Dios? ¿Por qué permite todo esto? Habacuc ve cómo los caldeos, instrumentos de un castigo divino, se vuelven opresores despiadados, y su prosperidad parece insultar la propia justicia de Dios. La imagen de los hombres tratados como reptiles o peces, pescados sin piedad, es desgarradora. Es el clamor de quien no entiende el silencio de Dios ante el sufrimiento de los inocentes.
Pero la grandeza de Habacuc no reside solo en su queja, sino en su actitud posterior: “En mi puesto de guardia me pondré, me apostaré en la muralla para ver qué me dice el Señor y qué responde a mi reclamación”. Es una actitud de espera activa, de vigilancia orante. No se abandona a la desesperación, sino que se planta firmemente en la fe, esperando una palabra, una respuesta del Dios en quien cree, a pesar de las apariencias. Y la respuesta de Dios llega, clara y concisa: “Escribe la visión… es todavía una visión de algo lejano, pero que viene corriendo y no fallará; si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta. El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”.
Aquí está el corazón de la primera lectura: la promesa de que, a pesar de las demoras y las apariencias, la justicia de Dios prevalecerá. Y para nosotros, en medio de la espera, la clave es la fe. “El justo vivirá por su fe”. No por su fuerza, ni por su inteligencia, ni por la capacidad de entender todos los caminos de Dios, sino por una fe profunda, perseverante, que confía en el carácter inmutable de Dios, en su promesa de que Él es bueno, Él es justo y Él no abandona a los que le buscan, como nos recordaba el Salmo.
Esta fe que se nos pide para “vivir”, para subsistir en tiempos de prueba y oscuridad, es precisamente lo que ilumina el Evangelio de hoy. Nos encontramos con una escena de desesperación similar, aunque en un ámbito más personal. Un padre trae a su hijo con ataques terribles, una enfermedad que lo arroja al fuego y al agua, símbolo de la destrucción total. Había buscado ayuda en los discípulos de Jesús, pero ellos no habían podido curarlo. ¿Cuántas veces nos hemos sentido así? ¿Cuántas veces hemos buscado soluciones, hemos orado, hemos puesto nuestras esperanzas, y parece que nada funciona, que el mal persiste?
La reacción de Jesús es impactante: “¿Hasta cuándo estaré con esta gente incrédula y perversa? ¿Hasta cuándo tendré que aguantarla?”. Su queja no es por el sufrimiento del niño, sino por la falta de fe que impregna el ambiente, una incredulidad que paraliza la acción divina. Y luego, el milagro: Jesús ordena al demonio salir, y el muchacho queda sano. La oscuridad se disipa ante la palabra de Jesús.
Después, en privado, los discípulos preguntan: “¿Por qué nosotros no pudimos echar fuera a ese demonio?”. Y aquí viene la respuesta que nos interpela a todos: “Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: ‘Trasládate de aquí para allá’, y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes”.
La conexión entre Habacuc y Mateo se vuelve diáfana. En Habacuc, la fe es la columna vertebral que nos permite vivir, esperar, y permanecer firmes ante la injusticia del mundo, confiando en la justicia final de Dios. En Mateo, la fe es la fuerza dinámica que transforma la realidad, que hace posible lo imposible, que mueve montañas.
Ambas lecturas nos hablan de una fe que no es pasiva, no es una mera creencia intelectual. Es una fe operativa, una confianza radical y activa en Dios. Para Habacuc, es la fe que le permite esperar la promesa de Dios, aunque tarde en cumplirse, porque sabe que Él es fiel. Es la fe que le permite mantener su “puesto de guardia” en la esperanza. Para los discípulos, la fe es la conexión viva con el poder de Dios, que permite que Su acción se manifieste a través de ellos. No es que nosotros, por nuestra propia fuerza, movamos montañas, sino que es a través de nuestra fe que el poder de Dios opera en el mundo. La fe, incluso pequeña como una semilla de mostaza, es el canal a través del cual la gracia y el poder divinos se derraman sobre nuestras vidas y sobre el mundo.
¿Cuáles son hoy nuestros “montes” que necesitan ser trasladados? Quizás sea la montaña del desaliento personal, de la enfermedad que no cede, de la relación rota, de la adicción que parece invencible. Quizás sea la montaña de la injusticia social que nos abruma, de la corrupción, de la violencia que nos rodea. Quizás sea la montaña de nuestra propia incredulidad, de nuestra tibieza espiritual, de ese pecado recurrente que nos ata. Jesús nos dice que “nada sería imposible” si tuviéramos fe.
La fe de la que habla Jesús no es optimismo ciego, ni magia, sino una entrega total y confiada a Dios. Es reconocer que Él es el Señor, que Su amor es infinito y Su poder ilimitado, y que desea nuestro bien. Es aprender a decir, como el padre del Evangelio, “Señor, ten compasión”, pero con la certeza de que Él puede y quiere intervenir. Es una fe que, como la de Santo Domingo, nos impulsa a la acción, a la predicación, a la oración incesante, sabiendo que no es nuestra fuerza la que transforma, sino la de Dios obrando a través de nosotros.
Cultivar esta fe es el desafío de cada día. ¿Cómo lo hacemos? En primer lugar, permaneciendo en oración, como Habacuc en su puesto de guardia, esperando la palabra del Señor. Es en la intimidad con Dios donde nuestra fe se nutre y se fortalece. En segundo lugar, alimentándonos de la Eucaristía, fuente y cumbre de nuestra vida cristiana, donde Jesús mismo se nos entrega. En tercer lugar, practicando la caridad, porque la fe sin obras está muerta, y es al servir al hermano donde nuestra fe se hace visible y poderosa.
Hoy, ante las realidades que nos cuestionan y nos duelen, tanto en lo personal como en lo global, el Señor nos llama a reavivar nuestra fe. Nos invita a creer de verdad, a confiar plenamente en Su providencia, a entregarle nuestras montañas y a dejar que Su poder actúe a través de una fe sencilla, humilde, pero verdadera, como una semilla de mostaza que contiene en sí misma la potencia de un gran árbol. Que no nos detengamos en la queja o en la desesperación, sino que nos plantemos firmes en la fe, esperando al Señor, y actuando con la certeza de que para Él nada es imposible.
En este día en que celebramos a Santo Domingo, un predicador incansable de la verdad que brota de la fe, pidámosle su intercesión para que nuestra fe crezca, para que vivamos por ella y para que, por ella, seamos instrumentos de la gracia de Dios en un mundo que tanto la necesita.
Que el Señor nos conceda la gracia de una fe viva, una fe que espera y una fe que mueve montañas. Amén.
Oremos: Señor, Dios nuestro, tú que eres desde siempre y no mueres, te pedimos que aumentes nuestra fe, para que como Habacuc, esperemos tu justicia con paciencia, y como los discípulos, confiemos en tu poder para mover las montañas de nuestra vida. Que nada nos sea imposible contigo. Amén.
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