Evangelio del 10 de agosto de 2026
Fiesta de san Lorenzo, diácono y mártir
Juan 12, 24-26
Primera Lectura
Lectura 2 Corintios 9, 6-10

Hermanos: Recuerden que el que poco siembra, cosecha poco, y el que mucho siembra cosecha mucho. Cada cual dé lo que su corazón le diga y no de mala gana ni por compromiso, pues Dios ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para colmarlos de toda clase de favores, a fin de que, teniendo siempre todo lo necesario, puedan participar generosamente en toda obra buena. Como dice la Escritura: Repartió a manos llenas a los pobres; su justicia permanece eternamente.
Dios, que proporciona la semilla al sembrador y le da pan para comer, les proporcionará a ustedes una cosecha abundante y multiplicará los frutos de su justicia.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 111, 1-2. 3-4. 5-7a. 7b-8. 9
R. (5a) Dichoso el hombre honrado, que se compadece y presta.
Dichosos los que temen al Señor y aman de corazón sus mandamientos; poderosos serán sus descendientes., Dios bendice a los hijos de los buenos.
R. Dichoso el hombre honrado, que se compadece y presta.
Quienes, compadecidos, prestan y llevan su negocio honradamente jamás se desviarán; vivirá su recuerdo para siempre.
R. Dichoso el hombre honrado, que se compadece y presta.
No temerán malas noticias, puesto que en el Señor viven confiados. Firme está y sin temor su corazón, pues vencidos verán a sus contrarios.
R. Dichoso el hombre honrado, que se compadece y presta.
Al pobre dan limosna, obran siempre conforme a la justicia; su frente se alzará llena de gloria.
R. Dichoso el hombre honrado, que se compadece y presta.
Aclamación antes del Evangelio
Juan 8, 12
R. Aleluya, aleluya.
El que me sigue no caminará en la oscuridad, y tendrá la luz de la vida, dice el Señor.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Juan 12, 24-26
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.
El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre’’.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Hermanos y hermanas en Cristo, en este día en que celebramos la fiesta de san Lorenzo, diácono y mártir, nuestras lecturas nos invitan a una profunda reflexión sobre el significado de la vida cristiana, el servicio y la generosidad radical. Son palabras que, lejos de ser meras exhortaciones morales, nos revelan la esencia misma del camino de Jesús y el secreto de una vida plena y fructífera.
La primera lectura, tomada de la segunda carta de san Pablo a los Corintios, nos sumerge en la ley divina de la siembra y la cosecha. “El que poco siembra, cosecha poco, y el que mucho siembra, cosecha mucho.” Es un principio que reconocemos en el mundo natural y que el Apóstol eleva a una dimensión espiritual. Pero Pablo no se queda en la mera cantidad; va al corazón, a la actitud: “Cada cual dé lo que su corazón le diga y no de mala gana ni por compromiso, pues Dios ama al que da con alegría.” Aquí reside la clave: la alegría del dador. No es un impuesto, no es una obligación a regañadientes, sino el desbordamiento de un corazón que se sabe amado y, por tanto, se capacita para amar a su vez, para dar. Dios, nos dice, es poderoso para colmarnos de toda clase de favores, no para nuestro capricho, sino “a fin de que, teniendo siempre todo lo necesario, puedan participar generosamente en toda obra buena.” La abundancia de Dios no es un fin en sí misma, sino un medio para una generosidad aún mayor, un ciclo virtuoso de dar y recibir que multiplica los frutos de nuestra justicia, especialmente para los más necesitados. Esta es la vida de aquel que, como san Lorenzo, reparte a manos llenas a los pobres, cuya justicia permanece eternamente.
Y es en esta luz de la generosidad y la siembra que el Evangelio de san Juan resplandece con una claridad aún más impactante. Jesús nos presenta una de las imágenes más poéticas y a la vez más exigentes de su mensaje: la del grano de trigo. “Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto.” ¡Qué paradoja! La vida surge de la muerte. La fecundidad de la aniquilación aparente. Es una verdad fundamental no solo en el reino vegetal, sino en el reino del espíritu. Este “morir” no es necesariamente la muerte física, aunque para los mártires como san Lorenzo lo fue. Es, sobre todo, un morir a uno mismo: morir al egoísmo, al orgullo, a la autosuficiencia, a la búsqueda incesante de nuestra propia comodidad y seguridad.
Jesús lo explica inmediatamente: “El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.” “Aborrecer a sí mismo” aquí no es una invitación a la autodestrucción o al desprecio por la vida, sino a una radical desafección de todo aquello que nos impide seguir a Cristo. Es el desapego de nuestra propia voluntad cuando entra en conflicto con la voluntad divina, el renunciar a nuestras ambiciones egoístas para abrazar el proyecto de Dios. Es comprender que nuestra verdadera vida, la vida eterna, no se encuentra aferrándonos a lo que somos o tenemos en este mundo, sino entregándolo todo, sembrando nuestra propia existencia como ese grano de trigo.
La conexión entre ambas lecturas se vuelve entonces luminosa. La generosidad que Pablo alaba en los Corintios es precisamente esa siembra del grano de trigo. Cuando damos con alegría, cuando repartimos a manos llenas, cuando participamos generosamente en toda obra buena, estamos de hecho “muriendo” un poco a nosotros mismos. Morimos a nuestro apego a las cosas materiales, a nuestro tiempo, a nuestras energías, a nuestras propias ideas de lo que es conveniente o beneficioso para nosotros. Esta generosidad es una forma de morir a la auto-preservación, para que la vida de Cristo pueda crecer en nosotros y a través de nosotros. Dios proporciona la semilla al sembrador, y esa semilla somos nosotros mismos, llamados a ser sembrados y a morir para que Él multiplique los frutos de nuestra justicia.
Pensemos en san Lorenzo. Él fue un diácono, un servidor. Su ministerio principal era la caridad. Era el administrador de los bienes de la Iglesia, y su corazón no dudaba en repartirlos entre los pobres. Él fue un “sembrador abundante”, no solo de bienes materiales, sino de su propia vida, de su celo, de su compasión. Y cuando llegó el momento de la prueba, cuando se le exigió entregar los “tesoros de la Iglesia”, él no dudó en presentar a los pobres, a los enfermos, a los marginados. En ese acto supremo de servicio, se entregó a sí mismo, se dejó “sembrar” en la tierra a través de un martirio cruel. Él “murió” no solo físicamente, sino que su vida fue un constante morir a sí mismo en el servicio. Y ¿qué sucedió? Produjo “mucho fruto”. Su memoria perdura, su ejemplo inspira, su intercesión es poderosa. Fue “honrado por mi Padre”, como nos promete Jesús.
Queridos hermanos y hermanas, esta palabra de Dios no es para la vitrina de la historia, sino para nuestra vida cotidiana. ¿Dónde estamos llamados a ser ese grano de trigo que muere? No todos seremos llamados al martirio de sangre, pero todos estamos llamados al martirio de la vida diaria, al morir a nosotros mismos en los pequeños y grandes actos de amor. ¿Significa morir a nuestro ego cuando alguien nos ofende, y elegir el perdón en lugar del rencor? ¿Significa morir a nuestra comodidad y dedicar tiempo a escuchar a quien lo necesita, a visitar al enfermo, a servir en nuestra parroquia o comunidad? ¿Significa morir a nuestro afán de posesión y compartir generosamente de nuestros bienes, de nuestro tiempo, de nuestros talentos, con alegría, sabiendo que Dios ama al que da con alegría?
Este Evangelio nos llama a una conversión constante. Nos invita a examinar nuestras vidas y preguntarnos: ¿Estamos sembrando abundantemente, o con tacañería? ¿Estamos dispuestos a morir a nosotros mismos, a nuestros pequeños “yoes”, para que la vida de Cristo y sus frutos de justicia puedan crecer en nosotros y en el mundo? Si seguimos a Jesús, si estamos dispuestos a servirle, donde Él esté, allí también estaremos nosotros. Y Jesús estuvo en la cruz, pero también en la resurrección. Estuvo sirviendo a los más pequeños, pero también sentado a la derecha del Padre. Su promesa es clara: “El que me sirve será honrado por mi Padre”.
Que en este día de san Lorenzo, cuya vida fue un testimonio elocuente de la generosidad que muere para dar vida, abramos nuestros corazones a esta verdad. Pidamos al Señor la gracia de reconocer las semillas que Él nos ha dado para sembrar, y la valentía para soltarlas, para dejar que caigan en la tierra, confiando en que Él mismo, que proporciona la semilla al sembrador, multiplicará los frutos de nuestra justicia, y nos conducirá a la vida eterna que solo se encuentra perdiéndonos por Él. Que nuestra fe se traduzca en obras de generosidad gozosa, de servicio abnegado, de amor que no teme entregarse. Que nuestro corazón, purificado por la gracia, sea capaz de dar, no por obligación, sino con la alegría que brota de la certeza de que Dios nos ama y que en Él, todo lo que entregamos, se multiplica para la gloria de su nombre.
Oremos: Señor Jesús, concédenos la gracia de ser granos de trigo que, muriendo a nuestro egoísmo, produzcan mucho fruto para tu Reino. Enséñanos a sembrar con alegría y generosidad, confiando en que Tú multiplicarás los frutos de nuestra justicia. Que, al seguirte en el camino del servicio, podamos ser honrados por el Padre y experimentar la plenitud de la vida eterna. Amén.
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