Evangelio para Hoy

Evangelio del 7 de agosto de 2026

Viernes de la XVIII semana del Tiempo ordinario

Evangelio del 7 agosto 2026 — Mateo 16, 24-28 (ilustración)

Mateo 16, 24-28

Primera Lectura

Lectura Nahún 2, 1. 3; 3, 1-3. 6-7

Primera lectura de hoy 7 agosto 2026 — Nahún 2, 1. 3; 3, 1-3. 6-7 (ilustración)

Ya viene por el monte
el mensajero de buenas noticias,
que anuncia la paz.
Celebra tus fiestas, Judá, y cumple tus promesas,
porque el malvado no te volverá a invadir,
pues ha sido aniquilado.
El Señor restaurará la viña de Jacob,
que es el orgullo de Israel.
Los invasores la habían devastado,
habían destruido sus sarmientos.
En cambio, ¡ay de ti, Nínive, ciudad sanguinaria,
toda llena de mentiras y despojos,
que no has cesado de robar!
Escucha el chasquido de los látigos
y el estrépito de las ruedas,
los caballos que galopan,
los carros que saltan
y la caballería que avanza.
Mira el llamear de las espadas
y el centellear de las lanzas.
Contempla la multitud de heridos
y los montones de muertos,
la interminable cantidad de cadáveres
con los que uno se tropieza.
Arrojaré inmundicias sobre ti,
te deshonraré y te expondré a la vergüenza pública.
Y todo el que te vea huirá de ti y dirá:
“Nínive está destruida”.
¿Quién tendrá compasión de ti?
¿Dónde podré encontrar alguien que te consuele?

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Deuteronomio 32, 35cd-36ab. 39abcd. 41

R. (39c) Yo doy la muerte y la vida.

El día de su perdición se acerca y su suerte se apresura, porque el Señor defenderá a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos.

R. Yo doy la muerte y la vida.

Miren que sólo yo soy Dios y no hay otro fuera de mí; yo doy la muerte y la vida, yo hiero y yo curo.

R. Yo doy la muerte y la vida.

Cuando afile el relámpago de mi espada y tome en mis manos la justicia, yo me vengaré del enemigo y le daré su merecido al adversario.

R. Yo doy la muerte y la vida.

Aclamación antes del Evangelio

Mateo 5, 10

R. Aleluya, aleluya.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos, dice el Señor.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 16, 24-28

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces dará a cada uno lo que merecen sus obras.
Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto primero llegar al Hijo del hombre como rey’’.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, al meditar en las Sagradas Escrituras que hoy la Iglesia nos propone, nos encontramos ante una encrucijada, una invitación profunda a examinar el camino que elegimos para nuestras vidas. La Palabra de Dios, siempre viva y eficaz, nos presenta un contraste vívido entre dos destinos, dos maneras de vivir, y nos llama a discernir dónde estamos poniendo nuestra esperanza y nuestra seguridad.

La primera lectura, tomada del profeta Nahúm, nos sumerge en un escenario de juicio y liberación. Por un lado, tenemos la imagen gloriosa del mensajero que sube por el monte, anunciando la paz y la restauración para Judá. El Señor defenderá a su pueblo, aniquilará al malvado y reconstruirá lo que fue devastado. Es un mensaje de esperanza y de justicia divina que consuela a los oprimidos y promete el fin de la tiranía. Pero, en agudo contraste, se eleva la voz de ¡ay! contra Nínive, la ciudad sanguinaria, la metrópoli de la mentira y el despojo, de la violencia incesante. Escuchamos el chasquido de los látigos, el estrépito de las ruedas, el caos de la guerra y la imagen desoladora de cadáveres sin fin. Nínive, que había vivido de la rapiña, que había creído poder construir su imperio sobre la mentira y la opresión, es ahora deshonrada, expuesta a la vergüenza pública, destruida sin compasión. Es un recordatorio contundente de que las obras de iniquidad, por más que parezcan prosperar un tiempo, conducen inevitablemente a la ruina. Es la lección de que el reino edificado sobre la soberbia y la explotación es una casa sobre arena.

Este dramático anuncio de juicio y liberación de Nahúm nos prepara admirablemente para escuchar las palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo. Porque, si Nahúm nos habla de un juicio que llega desde fuera, sobre una ciudad, Jesús nos habla de un juicio que empieza desde dentro, en la elección personal de cada uno de nosotros. Nos invita a una transformación radical que es la única vía para la verdadera paz, para la auténtica vida. “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”. ¡Qué paradoja! Mientras Nínive se aferraba con uñas y dientes a sus riquezas, su poder y su orgullo, Jesús nos pide justamente lo contrario: renunciar a aquello que el mundo más valora, para encontrar el verdadero tesoro.

¿Qué significa, para nosotros hoy, esta renuncia a sí mismo? No es una aniquilación de nuestra persona, sino una despojo de todo aquello que nos impide ser plenamente de Dios y para los demás. Es renunciar al egoísmo que nos lleva a buscar solo nuestra conveniencia, a la soberbia que nos hace creer que lo sabemos todo, a la vanidad que nos esclaviza a la opinión ajena, a la avaricia que nos ata a los bienes materiales, a la comodidad que nos impide servir. Es vaciarnos de nuestro “yo” egocéntrico para que Cristo pueda llenarnos con su amor desinteresado. Es dejar de ser el centro de nuestro propio universo para reconocer que Él es el Sol que nos da vida.

Y luego, la invitación a “tomar su cruz”. No hay seguimiento de Jesús sin cruz. La cruz no es simplemente el sufrimiento pasivo, sino la aceptación activa de las dificultades que encontramos al vivir el Evangelio en un mundo que a menudo va en contra de sus valores. La cruz puede ser el dolor físico o emocional, la incomprensión de los demás, la frustración de nuestros planes, el cansancio en el servicio, la renuncia a un deseo legítimo por un bien mayor. Es la disciplina diaria, el perdón difícil, la paciencia ante la adversidad, la fidelidad a pesar de la tentación. En un mundo que huye del sufrimiento y busca el placer a toda costa, Jesús nos dice que la verdadera vida, la que no se pierde, pasa por abrazar aquello que nos humaniza y nos configura con Él, el Crucificado. La cruz es el peso de la caridad, el esfuerzo del amor. Es el camino para resucitar.

La conexión con Nahúm se hace aún más evidente en la pregunta de Jesús: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?”. La ciudad de Nínive, en su momento, era el “mundo entero” en cuanto a poder y riqueza. Lo había ganado todo, pero su “vida” —su integridad, su paz, su futuro— la había perdido por completo. Su camino de sangre y mentira la condujo a la destrucción total, a la vergüenza perpetua. Jesús nos confronta con la misma realidad: podemos acumular bienes, éxitos, reconocimiento social, placeres fugaces; podemos construir un imperio personal, como Nínive, pero si en ese proceso perdemos nuestra alma, nuestra comunión con Dios, nuestro verdadero ser, entonces ¿de qué nos habrá servido todo lo demás? Todo se volverá polvo. No hay cantidad de dinero, poder o fama que pueda comprar la salvación de una vida que ha sido desperdiciada lejos de Dios.

Y al final, Jesús nos recuerda la venida del Hijo del Hombre rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, para dar a cada uno lo que merecen sus obras. Es la reafirmación de la justicia divina que ya escuchamos en el salmo: “El día de su perdición se acerca y su suerte se apresura, porque el Señor defenderá a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos. Miren que sólo yo soy Dios y no hay otro fuera de mí; yo doy la muerte y la vida, yo hiero y yo curo.” Dios es justo y sus juicios son verdaderos. La vida que llevamos aquí y ahora tiene consecuencias eternas. Cada elección, cada renuncia, cada acto de amor o de egoísmo, construye nuestro destino ante Él.

Hermanos y hermanas, hoy se nos presenta una invitación clara a la conversión, a reorientar nuestras vidas hacia el Evangelio. ¿Estamos construyendo nuestra vida sobre el “orgullo de Israel”, es decir, sobre la fidelidad a Dios, o estamos cediendo a la tentación de “Nínive”, persiguiendo ganancias y placeres que nos alejan de Él y de los demás? Que esta Palabra nos mueva a reflexionar sobre nuestras prioridades más profundas. ¿A qué estamos renunciando y qué estamos eligiendo tomar? ¿Estamos dispuestos a perder nuestra vida, en el sentido mundano, para ganarla en Cristo, abrazando su cruz en el día a día?

Que no nos dejemos engañar por los espejismos de este mundo, que nos promete una felicidad sin esfuerzo, una vida sin cruz. Esa es la mentira que condujo a Nínive a la ruina. La verdadera felicidad, la paz duradera, la vida que no se pierde, se encuentra en el seguimiento radical de Jesús.

Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la sabiduría para discernir el camino verdadero y la fortaleza para tomar nuestra cruz cada día y seguir los pasos de nuestro Señor.

Padre de bondad, que nos revelas tu justicia y tu misericordia en tu Palabra, concédenos la gracia de la renuncia a nosotros mismos para abrazar la cruz de cada día. Que, siguiendo los pasos de tu Hijo, perdamos nuestra vida según el mundo para encontrarla contigo, y así merezcamos gozar de tu presencia gloriosa por los siglos de los siglos. Amén.

Video del evangelio

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