Evangelio para Hoy

Evangelio del 6 de agosto de 2026

Fiesta de la Transfiguración del Señor

Evangelio del 6 agosto 2026 — Mateo 17, 1-9 (ilustración)

Mateo 17, 1-9

Primera Lectura

Lectura Daniel 7, 9-10. 13-14

Primera lectura de hoy 6 agosto 2026 — Daniel 7, 9-10. 13-14 (ilustración)

Yo, Daniel, tuve una visión nocturna:
Vi que colocaban unos tronos
y un anciano se sentó.
Su vestido era blanco como la nieve,
y sus cabellos, blancos como lana.
Su trono, llamas de fuego,
con ruedas encendidas.
Un río de fuego brotaba delante de él.
Miles y miles lo servían,
millones y millones estaban a sus órdenes.
Comenzó el juicio y se abrieron los libros.
Yo seguí contemplando en mi visión nocturna
y vi a alguien semejante a un hijo de hombre,
que venía entre las nubes del cielo.
Avanzó hacia el anciano de muchos siglos
y fue introducido a su presencia.
Entonces recibió la soberanía, la gloria y el reino.
Y todos los pueblos y naciones
de todas las lenguas lo servían.
Su poder nunca se acabará, porque es un poder eterno,
y su reino jamás será destruido.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 96, 1-2. 5-6. 9

R. (1a y 9a) Reina el Señor, alégrese la tierra.

Reina el Señor, alégrese la tierra; cante de regocijo el mundo entero. Tinieblas y nubes rodean el trono del Señor que se asienta en la justicia y el derecho.

R. Reina el Señor, alégrese la tierra.

Los montes se derriten como cera ante el Señor de toda la tierra. Los cielos pregonan su justicia, su inmensa gloria ven todos los pueblos.

R. Reina el Señor, alégrese la tierra.

Tú, Señor, altísimo, estás muy por encima de la tierra y mucho más en alto que los dioses.

R. Reina el Señor, alégrese la tierra.

Aclamación antes del Evangelio

Mateo 17, 5

R. Aleluya, aleluya.

Éste es mi Hijo muy amado, dice el Señor, en quien tengo puestas todas mis complacencias; escúchenlo.

R. Aleluya.

Segunda Lectura

Lectura 2 Pedro 1, 16-19

Segunda lectura de hoy 6 agosto 2026 — 2 Pedro 1, 16-19 (ilustración)

Hermanos: Cuando les anunciamos la venida gloriosa y llena de poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos fundados en fábulas hechas con astucia, sino por haberlo visto con nuestros propios ojos en toda su grandeza. En efecto, Dios lo llenó de gloria y honor, cuando la sublime voz del Padre resonó sobre él, diciendo: “Éste es mi Hijo amado, en quien yo me complazco”. Y nosotros escuchamos esta voz, venida del cielo, mientras estábamos con el Señor en el monte santo.
Tenemos también la firmísima palabra de los profetas, a la que con toda razón ustedes consideran como una lámpara que ilumina en la oscuridad, hasta que despunte el día y el lucero de la mañana amanezca en los corazones de ustedes.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.
Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, la liturgia de hoy nos invita a elevarnos con el Señor, a dejar por un momento el valle de nuestras preocupaciones y subir con Él a la cima de la montaña. Hoy celebramos la Fiesta de la Transfiguración del Señor, un misterio luminoso que nos revela la gloria escondida de Jesús y nos ofrece una esperanza radiante para nuestro caminar de fe.

Imaginemos por un momento la escena que nos presenta el Evangelio de Mateo. Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, sus más cercanos, y los lleva a solas a un monte elevado. Un lugar de retiro, de intimidad, lejos del bullicio de la multitud. Y allí, en la quietud de la montaña, sucede lo inesperado, lo asombroso: “se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve.” ¡Qué espectáculo! Una luz interior, divina, brota de Jesús, transformándolo ante los ojos de sus discípulos. No es que Jesús se volviera otra persona, sino que su verdadera identidad, su divinidad, se hizo visible, tangible, un destello de su gloria eterna.

Y en medio de esa luz deslumbrante, aparecen Moisés y Elías, las dos grandes figuras del Antiguo Testamento. Moisés, el legislador, el que recibió la Ley en el Sinaí y guio a Israel fuera de la esclavitud. Elías, el profeta, el celoso defensor de la fe en el Dios único, que fue llevado al cielo en un carro de fuego. Su presencia no es casual; ellos son testigos, la Ley y los Profetas, que convergen en Jesús, el cumplimiento de todas las promesas de Dios. Ellos conversan con Él, hablando, según otros evangelistas, de su próxima partida, de su éxodo que iba a realizar en Jerusalén, es decir, de su pasión, muerte y resurrección. ¡Qué misterio tan profundo! La gloria de la Transfiguración ya señala hacia el camino del Calvario, un camino que no es un final sino un paso glorioso.

Ante tal magnificencia, la reacción de Pedro es tan humana como predecible: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Pedro quiere detener el tiempo, perpetuar ese momento de éxtasis, construir un refugio donde la gloria no se desvanezca. ¿Quién no ha deseado alguna vez quedarse en esos momentos de profunda paz, de cercanía con Dios, de alegría desbordante? Queremos prolongar la luz, escapar de las sombras que sabemos nos esperan abajo.

Pero la experiencia del Tabor no es para quedarse, sino para recordar. Mientras Pedro aún hablaba, una nube luminosa los cubrió. En la Escritura, la nube es a menudo señal de la presencia de Dios, una manifestación de su gloria. Y de esa nube, la voz del Padre resonó, una voz que ya habíamos escuchado en el bautismo de Jesús, una voz que lo identifica sin lugar a dudas: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”.

Aquí está el corazón de nuestra reflexión, queridos hermanos: “Escúchenlo”. El Padre no solo revela la identidad de Jesús, sino que nos da un mandato. Un mandato que es una invitación a la confianza, a la obediencia, a la vida. Escuchar a Jesús significa acoger su palabra, que es palabra de vida eterna, palabra que transforma, que sana, que libera.

Ahora, hermanos, conectemos esta maravillosa escena del Evangelio con la primera lectura del profeta Daniel. En su visión nocturna, Daniel ve una corte celestial: “Un anciano se sentó. Su vestido era blanco como la nieve, y sus cabellos, blancos como lana. Su trono, llamas de fuego… Miles y miles lo servían”. Y en medio de esta teofanía, aparece “alguien semejante a un hijo de hombre, que venía entre las nubes del cielo.” Este Hijo de hombre avanza hacia el Anciano de muchos siglos y recibe “la soberanía, la gloria y el reino.” Un poder eterno, un reino jamás destruido.

¿No es asombrosa la resonancia entre ambas lecturas? La visión de Daniel es una profecía de la gloria eterna del Mesías, del Hijo del Hombre que recibirá todo poder y majestad. La Transfiguración de Jesús en el monte es el cumplimiento de esa profecía, la manifestación anticipada de esa misma gloria. El Jesús que los discípulos veían caminar por los polvorientos caminos de Galilea, el que comía con pecadores y sanaba enfermos, es el mismo “Hijo de hombre” de la visión de Daniel, el Mesías glorioso, el Rey eterno. La luz que brota de Él en el Tabor es la misma luz que Daniel ve en el trono de Dios.

Esta conexión no es solo una curiosidad teológica; es una fuente de esperanza profunda para nuestra vida cotidiana. Nos recuerda que Jesús, el que nos acompaña en nuestras luchas diarias, es el Señor de la gloria, el Rey de reyes, el que tiene toda potestad. Su amor por nosotros no es el amor de un hombre cualquiera, sino el amor del Dios trascendente, omnipotente, eternamente glorioso.

La Transfiguración, entonces, es una catequesis visual, un don inmenso para los discípulos, y para nosotros. Jesús les permitió ver su gloria antes de la Pasión. Sabía que necesitarían esa visión para no perder la esperanza cuando lo vieran sufrir y morir en la cruz. Sabía que esa luz les ayudaría a entender que la muerte no era el final, sino el camino hacia la resurrección y la gloria plena.

Y esto es profundamente aplicable a nuestra vida, hermanos. Nosotros también, en nuestro caminar cristiano, experimentamos momentos de Tabor y momentos de Calvario. Hay días en los que sentimos la presencia de Dios con fuerza, momentos de oración profunda, de alegría espiritual, de certeza en la fe. Son nuestras propias “transfiguraciones”, esos instantes en los que el velo parece levantarse y vislumbramos la bondad, la belleza, la verdad de Dios. Y como Pedro, quizá también deseamos quedarnos allí, construir una choza, evitar el regreso a la dureza del mundo.

Pero la Transfiguración nos enseña que no podemos quedarnos en la montaña. El propósito de la luz no es para que la guardemos para nosotros, sino para que ilumine nuestro descenso al valle. La gloria que Jesús mostró no era para su propio beneficio, sino para fortalecer la fe de sus discípulos, para prepararlos para la misión, para el sufrimiento que vendría y para la proclamación de la resurrección.

¿Cuál es nuestro valle hoy, hermanos? ¿Dónde necesitamos llevar la luz de Cristo? Quizás sea en la soledad, en la enfermedad, en las preocupaciones económicas, en los conflictos familiares o laborales, en la incertidumbre del futuro. El mandato “escúchenlo” nos interpela hoy más que nunca. En un mundo lleno de ruidos, de voces que nos confunden, de ideologías que nos desorientan, la voz de Jesús es la única que tiene la autoridad y el poder para conducirnos a la verdadera vida. Escuchar a Jesús significa abrir nuestro corazón a su Evangelio, meditar su palabra, discernir su voluntad en nuestra oración, en los sacramentos, en la vida de la Iglesia, y especialmente, en la caridad hacia el prójimo.

La Transfiguración nos invita a la conversión continua. Si hemos visto la gloria de Jesús, si hemos escuchado la voz del Padre, ¿cómo podemos seguir viviendo de la misma manera? Esta experiencia nos llama a dejarnos transformar por esa luz, a dejar que el esplendor de Cristo resplandezca en nuestras vidas. No podemos ser la misma persona después de haber vislumbrado la santidad de Dios. Estamos llamados a reflejar esa luz en nuestro obrar, en nuestras relaciones, en nuestro testimonio cristiano. Es un llamado a la santidad, a vivir de tal manera que otros puedan ver a Cristo a través de nosotros.

Este es un camino, no un destino instantáneo. Es un proceso de dejar que Cristo “transfigure” nuestras actitudes, nuestros pensamientos, nuestras acciones. Es una invitación a confiar plenamente en Él, sabiendo que Él es el Hijo amado del Padre, el Señor de la gloria que nos conduce a la vida eterna.

Hermanos, volvamos a nuestras vidas cotidianas con el recuerdo de este día glorioso. Bajemos del monte Tabor, pero no con la memoria desvanecida, sino con la luz en el corazón y la palabra del Padre resonando en nuestros oídos: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Que esta fiesta nos impulse a buscar más asiduamente esos momentos de encuentro con el Señor, a cultivar la escucha de su palabra, y a dejar que su gloria se manifieste a través de nuestras vidas, transformándonos para que seamos portadores de su luz en un mundo que tanto la necesita. Que así sea.

Señor Jesús, Hijo amado del Padre, luz eterna que brillas con esplendor divino, te damos gracias por el don de tu Transfiguración. Ayúdanos a escucharte atentamente en medio del ruido de nuestras vidas, a acoger tu palabra de verdad y de vida. Que la luz de tu gloria nos fortalezca en la fe, nos dé esperanza en las pruebas y nos impulse a descender de nuestras propias montañas para llevar tu amor y tu paz a todos los que nos rodean. Que vivamos de tal manera que, un día, podamos contemplar tu rostro glorioso por toda la eternidad. Amén.

Video del evangelio

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