Evangelio del 5 de agosto de 2026
Miércoles de la XVIII semana del Tiempo ordinario
Mateo 15, 21-28
Primera Lectura
Lectura Jeremías 31, 1-7

“En aquel tiempo, dice el Señor,
yo seré el Dios de todas las tribus de Israel
y ellos serán mi pueblo.
El pueblo de Israel, que se libró de la espada,
halló misericordia en el desierto
y camina hacia el descanso;
el Señor se le apareció de lejos’’.
Esto dice el Señor:
“Yo te amo con amor eterno,
por eso siempre me apiado de ti.
Volveré, pues, a construirte
y serás reconstruida, capital de Israel.
Volverás a tocar tus panderos
y saldrás a bailar entre músicos y coros;
volverás a plantar viñas en los montes de Samaria
y los que las planten, las disfrutarán.
En la montaña de Efraín gritarán los centinelas:
‘¡Ya es de día! ¡Levántense y vayamos a Sión,
hacia el Señor, nuestro Dios!’ ”
Esto dice el Señor:
“Griten de alegría por Jacob,
regocíjense por el mejor de los pueblos;
proclamen, alaben y digan:
‘El Señor ha salvado a su pueblo,
al grupo de los sobrevivientes de Israel’ ”.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Jeremías 31, 10. 11-12ab. 13
R. (cf. 10d) El Señor será nuestro pastor.
Escuchen, pueblos, la palabra del Señor, y anúncienla aun es las islas más remotas: “El que dispersó a Israel lo reunirá y lo cuidará como el pastor a su rebaño”.
R. El Señor será nuestro pastor.
Porque el Señor redimió a Jacob y lo rescató de las manos del poderoso. Ellos vendrán para aclamar al monte Sión, Y vendrán a gozar de los bienes del Señor.
R. El Señor será nuestro pastor.
Entonces se alegrarán los jóvenes, danzando; se sentirán felices jóvenes y viejos, porque yo convertiré su tristeza en alegría, los llenaré de gozo y aliviaré sus penas.
R. El Señor será nuestro pastor.
Aclamación antes del Evangelio
Lucas 7, 16
R. Aleluya, aleluya.
Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Mateo 15, 21-28
En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”. Él les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.
Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!” El le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Queridos hermanos y hermanas en Cristo, en este miércoles de la XVIII semana del Tiempo Ordinario, la liturgia nos regala un encuentro profundo con la misericordia de Dios, un encuentro que nos interpela y nos consuela a partes iguales. Las palabras del profeta Jeremías resuenan con la promesa de un amor eterno, un amor que no olvida a su pueblo, que lo restaura y lo congrega, aun después del exilio y la dispersión. “Yo te amo con amor eterno, por eso siempre me apiado de ti”, nos dice el Señor. Esta es la roca sobre la que se asienta nuestra fe: la certeza de un Dios que nos busca, que nos reconstruye, que convierte nuestra tristeza en danza y nuestro lamento en alegría. Nos promete un nuevo inicio, un retorno a la abundancia, a las viñas y a los panderos. Es un Dios que grita de alegría por su pueblo, un Dios que se deleita en nuestra salvación, en reunir a los que estaban dispersos y cuidarlos como pastor a su rebaño.
Esta promesa, tan vasta y reconfortante, nos prepara para el Evangelio de Mateo, donde vemos esta misma misericordia divina manifestarse de una manera que desafía nuestras expectativas y expande nuestras fronteras. Jesús se retira a la comarca de Tiro y Sidón, tierra de gentiles, de aquellos que estaban “fuera” de la casa de Israel, de aquellos a quienes, según la ley y la costumbre, no estaba dirigida primariamente la promesa. Y allí, una mujer cananea, una forastera, sale a su encuentro con un grito de desesperación y fe: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”.
Es una escena llena de tensión. Jesús, al principio, no le contesta una sola palabra. Un silencio que nos estremece, que parece contradecir el “amor eterno” de Jeremías. Los discípulos, incómodos por la insistencia de la mujer, piden a Jesús que la despida. Y la respuesta de Jesús parece confirmar una misión limitada: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”. ¡Qué desolador podría parecer esto para aquella mujer! Un muro se levanta ante su súplica.
Pero aquí radica la grandeza de la fe que este Evangelio nos revela. La mujer no se rinde. Se postra ante Jesús y le dice con una sencillez aplastante: “¡Señor, ayúdame!” Su grito es un acto de pura confianza, una declaración de su única esperanza. Y la respuesta de Jesús, aunque parezca aún más dura, es una pedagogía divina que busca sacar a la luz la profundidad de su alma: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”.
Esta frase, pronunciada en el contexto cultural de la época, podría sonar ofensiva. Sin embargo, no la vemos como un rechazo definitivo, sino como una prueba, una invitación a ir más allá. Y la mujer cananea, con una humildad y una agudeza espiritual impresionantes, no solo no se ofende, sino que abraza la imagen y la eleva a la altura de una sublime confesión de fe. “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.
¡Qué respuesta! En esas pocas palabras, la mujer cananea demuestra que comprende la riqueza inconmensurable de la mesa del Señor. Reconoce la primacía de los “hijos”, pero confía en que la abundancia del Padre es tal, que incluso lo que parece insignificante para algunos es más que suficiente para salvarla a ella y a su hija. Ella no exige un lugar en la mesa principal; solo pide las migajas, consciente de que aun esas migajas, venidas de la mano del Señor, tienen el poder de curar, de liberar, de transformar. Es una fe que no se rinde ante la dificultad, que no se desanima ante la aparente distancia, sino que se hace más fuerte en la humillación y en la confianza total.
Jesús, conmovido y admirado por esta fe, proclama: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en ese mismo instante, su hija quedó curada. El amor eterno de Jeremías se derrama sobre esta mujer gentil, sobre esta “oveja descarriada” que, por su fe, se convierte en hija, en heredera de la promesa.
Hermanos y hermanas, ¿qué nos dice esto a nosotros hoy? Este encuentro nos enseña que el amor de Dios, prometido a Israel, se expande a través de la fe de quienes, como la mujer cananea, se atreven a acercarse a Él sin importar las barreras. Quizás nosotros también, en algún momento de nuestra vida, nos hemos sentido “fuera” de la mesa, no dignos del “pan de los hijos”. Tal vez nos hemos sentido dispersos, exiliados de la gracia por nuestros pecados, por nuestras dudas, por nuestras circunstancias. Pero la voz de Jeremías nos asegura el amor eterno de Dios, y el Evangelio nos muestra el camino para acceder a él: la fe perseverante y humilde.
Esta mujer nos invita a examinar nuestra propia oración. ¿Cómo nos acercamos a Dios? ¿Nos desanimamos fácilmente si Él parece guardar silencio o si la respuesta no llega de inmediato? ¿Nos atrevemos a pedir “las migajas” con la certeza de que su poder es infinito? A veces, nos aferramos a nuestra dignidad, a nuestro orgullo, y eso nos impide postrarnos y reconocer nuestra total dependencia del Señor. Esta mujer, en cambio, renunció a cualquier pretensión, se humilló, y precisamente en esa humildad encontró la grandeza de la fe que desarmó al Maestro.
Las “migajas” de Dios son más que suficientes. Un instante de su gracia, un destello de su luz, una palabra de su Evangelio, un momento de silencio en la oración, la recepción humilde de la Eucaristía, son todas “migajas” de su banquete eterno que pueden transformar nuestra realidad, sanar nuestras heridas y librarnos de lo que nos atormenta. No necesitamos comprenderlo todo, ni merecerlo todo. Necesitamos solo la fe para acercarnos a la mesa y recoger con gratitud lo que Él nos ofrece.
Que esta reflexión nos impulse a una conversión más profunda. A no darnos por vencidos en la oración, especialmente cuando la vida nos golpea y nuestras “hijas” –nuestras esperanzas, nuestras familias, nuestra paz– parecen atormentadas. Acerquémonos al Señor con la misma fe audaz de la cananea, con la certeza de que Él nos ama con amor eterno y se apiada de nosotros. Confiemos en que Él nos reunirá de nuestras dispersiones, nos reconstruirá y convertirá nuestra tristeza en la alegría de quienes han sido salvados.
Pidamos al Señor la gracia de una fe así de grande, una fe que no se intimida ante el silencio, ni ante la aparente dureza, ni ante las limitaciones que a veces nosotros mismos nos imponemos. Que sepamos postrarnos ante Él, reconocer su Señorío y pedir, con humildad pero con total confianza, que las migajas de su gracia sean suficientes para nuestra salvación y la de aquellos que amamos. Porque su mesa es de abundancia infinita, y su amor, eterno.
Oremos: Señor Jesús, que tu amor eterno nos sostenga. Concédenos la fe humilde y perseverante de la mujer cananea, para que, aun sintiéndonos indignos, nos acerquemos a Ti con confianza. Que las migajas de tu gracia basten para sanarnos, liberarnos y darnos la alegría de la salvación. Amén.
Video del evangelio
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