Evangelio para Hoy

Evangelio del 4 de agosto de 2026

Memoria de San Juan María Vianney, presbítero

Evangelio del 4 agosto 2026 — Mateo 14, 22-36 (ilustración)

Mateo 14, 22-36

Primera Lectura

Lectura Jeremίas 30, 1-2. 12-15. 18-22

Primera lectura de hoy 4 agosto 2026 — Jeremίas 30, 1-2. 12-15. 18-22 (ilustración)

Estas palabras le fueron dirigidas a Jeremías de parte del Señor: “Esto dice el Señor, Dios de Israel: ‘Escribe en un libro todas las palabras que te he dicho’ ”.
“Esto dice el Señor:
‘Tu quebranto es irremediable
e incurables tus heridas.
Estás desahuciado.
Hay heridas que tienen curación,
pero las tuyas no tienen remedio.
Todos tus amantes te han olvidado
y ya no preguntan por ti.
Como si fuera tu enemigo, te herí
y te impuse un cruel castigo
por tu gran culpa, por tus enormes pecados.
¿Por qué te quejas de tus heridas?
Tu dolor es irremediable.
Por tu gran culpa, por tus enormes pecados
te he tratado así’ ”.
“Esto dice el Señor:
‘Yo cambiaré la suerte del pueblo de Israel:
lo haré volver a su patria;
me apiadaré de sus casas,
la ciudad será reedificada
sobre sus propias ruinas
y el templo será reconstruido
tal como era.
Se escucharán himnos de alabanza
y los cantos de un pueblo que se alegra.
Y los multiplicaré y ya no serán pocos,
los honraré y ya no serán despreciados;
sus hijos serán como eran antes,
la comunidad que está delante de mí,
y yo castigaré a todos sus enemigos.
Un príncipe nacerá de mi pueblo,
uno de ellos mismos será su jefe.
Yo lo haré acercarse y él vendrá hasta mí;
porque, si no, ¿quién se atreverá a acercarse a mí?
Ustedes serán mi pueblo
y yo seré su Dios’ ”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 101, 16-18. 19-21. 29 y 22-23

R. (17) El Señor es nuestro Dios.

Cuando el Señor reedifique Sión, y aparezca glorioso, cuando oiga el clamor del oprimido y no se muestre a sus plegarias sordo, entonces al Señor temerán todos los pueblos, y su gloria verán los poderosos.

R. El Señor es nuestro Dios.

Esto se escribirá para el futuro y alabará al Señor el pueblo nuevo, porque el Señor, desde su altura santa, ha mirado a la tierra desde el cielo, para oír los gemidos del cautivo y librar de la muerte al prisionero.

R. El Señor es nuestro Dios.

Bajo tu protección, Señor, Habitarán los hijos de tus siervos y se establecerán sus descendientes. Tu nombre en Sión alabarán por eso, cuando en Jerusalén, a darte culto, se reúnan, Señor, todos los pueblos.

R. El Señor es nuestro Dios.

Aclamación antes del Evangelio

Juan 1, 49

R. Aleluya, aleluya.

Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 14, 22-36

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.
Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.
Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados.
O bien:
Mateo 15, 1-2. 10-14
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos escribas y unos fariseos venidos de Jerusalén y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?”
Jesús llamó entonces a la gente y le dijo: “Escuchen y traten de comprender. No es lo que entra por la boca lo que mancha al hombre; lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre”.
Se le acercaron entonces los discípulos y le dijeron: “¿Sabes que los fariseos se han escandalizado de tus palabras?” Jesús les respondió: “Las plantas que no haya plantado mi Padre celestial, serán arrancadas de raíz. Déjenlos; son ciegos que guían a otros ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en un hoyo”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy, mientras la Iglesia celebra la memoria de San Juan María Vianney, el humilde Párroco de Ars, se nos presentan unas lecturas que nos invitan a una profunda reflexión sobre la condición humana, nuestra relación con el pecado, y la inmensidad del amor y la misericordia de Dios. Es un día para pensar en el sacerdocio, sí, pero sobre todo, en la vocación universal a la santidad y a la confianza en medio de las tormentas de la vida.

La primera lectura, del profeta Jeremías, nos golpea con una crudeza asombrosa. Nos habla de un pueblo herido, un quebranto que parece irremediable, heridas que se antojan incurables. Dios mismo, por boca del profeta, describe una situación de desolación, un castigo que parece justificado por “la gran culpa, por sus enormes pecados”. Es una imagen de la humanidad en su estado más vulnerable, más expuesto a las consecuencias de su propia rebeldía y alejamiento de Dios. ¿Quién de nosotros no ha experimentado, en algún momento de su vida, ese sentimiento de quebranto, esa sensación de que hay heridas en el alma que parecen no tener remedio? Pecados que pesan, decisiones erróneas que marcan, sufrimientos que dejan cicatrices profundas. Nos vemos, a veces, como ese pueblo desahuciado, abandonado incluso por quienes creíamos nuestros “amantes”. La experiencia de la culpa y la vergüenza pueden sumirnos en una desesperación que nos hace sentir indignos de la gracia divina, como si estuviéramos permanentemente bajo el azote de un castigo merecido.

Pero la palabra de Dios, hermanos, nunca se detiene en la condena sin ofrecer la esperanza. Jeremías nos lleva de la mano de la desolación a la promesa más gloriosa: “Yo cambiaré la suerte del pueblo de Israel: lo haré volver a su patria; me apiadaré de sus casas, la ciudad será reedificada… Se escucharán himnos de alabanza y los cantos de un pueblo que se alegra”. ¡Qué contraste! De la herida irremediable al canto de alegría, de la deshonra a la honra, de la desesperanza a la promesa de un príncipe que los guiará, de ser un pueblo castigado a ser nuevamente el pueblo de Dios, con Él siendo su Dios. Esta es la esencia de nuestra fe: aunque el pecado nos desgarre y nos aleje, la misericordia de Dios es siempre más grande, su deseo de restaurar y sanar es inagotable.

Esta poderosa dinámica de quebranto y restauración se ilumina de manera extraordinaria en el Evangelio que hemos escuchado hoy, el pasaje de Jesús caminando sobre las aguas. Jesús, después de la multiplicación de los panes, despide a la multitud y sube al monte a solas para orar. Mientras tanto, los discípulos están en la barca, enfrentando un “viento contrario”, sacudidos por las olas, en medio de la noche. ¿No es esta una imagen perfecta de nuestra propia vida? Estamos en la barca de nuestra existencia, intentando avanzar, y de repente, nos encontramos con el viento contrario de las dificultades, las pruebas, las tentaciones, los miedos, las dudas. Nos sentimos solos, a veces agotados, viendo cómo las olas amenazan con engullirnos. Es en estas horas de oscuridad y lucha cuando nuestras propias heridas, nuestros pecados, y nuestras fragilidades se sienten más intensamente, recordándonos el “quebranto irremediable” del que hablaba Jeremías.

Y entonces, en el punto álgido de la desesperación, a la madrugada, cuando ya no queda esperanza humana, Jesús se acerca. No los espera en la orilla; Él camina sobre las aguas, sobre el mismo caos que los amenaza. Pero los discípulos, cegados por el miedo, lo confunden con un fantasma. ¡Qué paradójico! La salvación se acerca, y ellos gritan de terror. ¿Cuántas veces en nuestra vida, hermanos, nos sucede algo similar? Dios se acerca a nosotros en nuestras pruebas, en el rostro de un amigo, en un sacramento, en una inspiración, y nosotros, por el miedo, la duda o la falta de fe, no lo reconocemos o lo interpretamos como una amenaza.

Pero Jesús, con su voz inconfundible, disipa el terror: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. “Soy yo” – la misma expresión de la divinidad que se revela a Moisés en la zarza ardiente. Es la presencia del Dios que prometió a Jeremías cambiar la suerte de su pueblo, el que se apiada y restaura.

Pedro, con su impetuosidad tan humana, nos da una lección. “Señor, si eres tú, mándame ir a ti”. Es la fe, la audacia de querer caminar sobre lo imposible, de querer ir al encuentro del Señor en medio de la tormenta. Jesús le dice: “Ven”. Pedro baja de la barca y comienza a caminar sobre el agua. ¡Qué prodigio! Una fe que mueve montañas, que vence la lógica de la naturaleza. Pero el relato nos muestra también la fragilidad de nuestra fe. “Al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: ‘¡Sálvame, Señor!’”. Y es aquí donde la conexión con Jeremías se hace más palpable. El quebranto, las heridas, la culpa que nos hace sentir que nos hundimos. El pecado, el miedo, la desesperación que nos ahogan. Pedro, el hombre de poca fe, es el reflejo de cada uno de nosotros cuando, aun habiendo experimentado la presencia de Dios, nos dejamos vencer por las circunstancias, por la “fuerza del viento” de las adversidades.

Pero la respuesta de Jesús es inmediata y llena de misericordia: “Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo”. No hay reproche primero, no hay espera. Hay una salvación instantánea. Y luego, sí, una invitación a la reflexión: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. No es una condena, sino una pregunta que nos invita a profundizar en nuestra confianza. Es el mismo Dios que promete reedificar la ciudad y traer la alegría; el mismo que nos dice: “Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”. Él no nos deja hundirnos. Su mano está siempre extendida, lista para levantarnos.

Y cuando Jesús y Pedro suben a la barca, el viento se calma. La paz vuelve. La tormenta se aquieta. Los que estaban en la barca, testigos de este milagro, se postran y exclaman: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. Esta es la conversión, el reconocimiento de la divinidad de Cristo que sana y salva.

Qué hermoso es ver cómo este mismo Espíritu de confianza y restauración animó la vida de San Juan María Vianney. Él, el humilde sacerdote de Ars, no se enfrentó a los vientos y las olas en una barca, sino a las almas heridas, a los pecados “irremediables” de su tiempo. Vio el quebranto espiritual de sus feligreses, su alejamiento de Dios, y con una fe inquebrantable, una oración incansable, y una dedicación heroica al sacramento de la Reconciliación, se convirtió en ese “príncipe” que guio a su pueblo de vuelta a Dios. Él entendió que no importaba cuán profundas fueran las heridas del alma, la mano de Jesús siempre está extendida. Su sacerdocio fue un testimonio vivo de esa promesa de Jeremías: “Yo cambiaré la suerte… Yo seré su Dios”. San Juan María Vianney nos enseña que el camino hacia la sanación y la alegría pasa por la humildad de reconocer nuestra fragilidad y la audacia de gritar: “¡Sálvame, Señor!”.

Hermanos, en nuestra vida diaria, somos constantemente desafiados. Las noticias nos bombardean con tragedias, las relaciones se complican, las enfermedades nos aquejan, las tentaciones nos asedian. Hay vientos contrarios por doquier. Es fácil sentirnos como ese pueblo de Jeremías o como Pedro hundiéndose. Pero hoy, Jesús nos repite: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Él está presente en nuestra barca, en medio de nuestras tormentas, aunque a veces no lo reconozcamos. Su mano está siempre extendida.

No nos cansemos de clamar a Él. No dudemos de su poder para curar nuestras heridas, por profundas que parezcan. Acerquémonos a los sacramentos, especialmente a la Reconciliación, donde la mano de Jesús se extiende a través del sacerdote para levantarnos y perdonarnos. Fortalezcamos nuestra oración, ese diálogo íntimo que nos mantiene la mirada fija en Él. Y como la gente de Genesaret, que llevaba a todos los enfermos para tocar el borde de su manto, seamos nosotros también portadores de esperanza para los demás, llevando a nuestros hermanos a Aquel que cura todas las dolencias.

Que nuestra fe, aunque a veces sea “de poca fe” como la de Pedro, nos impulse siempre a decir: “¡Sálvame, Señor!”. Porque Él, nuestro Salvador, jamás nos abandonará.

Señor Jesús, en medio de las tormentas de nuestra vida y ante las heridas que nos hacen dudar, tendemos hoy nuestra mano hacia ti. Sálvanos de la poca fe, de la desesperación y del miedo. Te reconocemos como el Hijo de Dios, nuestra única esperanza y nuestra salvación. Amén.

Video del evangelio

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