Evangelio para Hoy

Evangelio del 3 de agosto de 2026

Lunes de la XVIII semana del Tiempo ordinario

Evangelio del 3 agosto 2026 — Mateo 14, 22-36 (ilustración)

Mateo 14, 22-36

Primera Lectura

Lectura Jeremίas 28, 1-17

Primera lectura de hoy 3 agosto 2026 — Jeremίas 28, 1-17 (ilustración)

El quinto mes del cuarto año del reinado de Sedecías, Jananías, hijo de Azur y profeta de Gabaón, le dijo a Jeremías en el templo, en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo: “Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: ‘Voy a romper el yugo del rey de Babilonia. Dentro de dos años haré que se devuelvan todos los objetos del templo del Señor, que el rey Nabucodonosor tomó de este lugar y se llevó a Babilonia; haré volver a Jeconías, hijo de Joaquín y rey de Judá, y a todos los desterrados de Judá que han ido a Babilonia, en cuanto yo rompa, dice el Señor, el yugo del rey Nabucodonosor’”.
Entonces el profeta Jeremías le respondió a Jananías, en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo que estaba en el templo del Señor: “Amén. Que así lo haga el Señor. Que el Señor confirme lo que has predicho y haga retornar de Babilonia a este lugar los objetos del templo del Señor y a todos los desterrados. Pero, pon atención a lo que voy a decirte delante de todo el pueblo: Antes de mí y antes de ti, siempre ha habido profetas que predijeron a muchos países y a grandes reinos la guerra, el hambre y la peste. Y cuando un profeta predice la paz, sólo hasta que se cumplen sus palabras, se puede reconocer que es verdadero profeta, enviado por el Señor”. Entonces Jananías tomó el yugo que traía Jeremías en el cuello, lo rompió y dijo delante de todo el pueblo: “Esto dice el Señor: ‘Así romperé el yugo de Nabucodonosor, rey de Babilonia, dentro de dos años y lo quitaré del cuello de todas las naciones’ ”.
Jeremías se alejó de allí. Pero un tiempo después de que Jananías había roto el yugo del cuello del profeta Jeremías, el Señor le habló a éste y le dijo: “Ve y dile a Jananías: ‘Esto dice el Señor: Has roto un yugo de madera, pero yo lo sustituiré por uno de hierro. Porque esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: He puesto en el cuello de todas estas naciones un yugo de hierro, para someterlas al servicio de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y hasta las bestias del campo lo servirán’ ”. Y Jeremías añadió: “Escucha, Jananías: No te ha enviado el Señor y tú has hecho que el pueblo crea en una mentira. Por eso el Señor te dice: ‘Yo te borraré de la superficie de la tierra. Este año morirás, por haber incitado a la rebelión contra el Señor’ ”. Y el profeta Jananías murió aquel mismo año, en el mes séptimo.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 118, 29. 43. 79. 80. 95. 102

R. (68b) Enséñame, Señor, tus mandamientos.

Apártame de los caminos falsos, y dame la gracia de cumplir tu voluntad. No quites de mi boca las palabras sinceras, porque yo espero en tus mandamientos.

R. Enséñame, Señor, tus mandamientos.

Que se vuelvan hacia mí tus fieles, los que hacen caso de tus preceptos. Que sea mi corazón perfecto en tus leyes, así no quedaré avergonzado.

R. Enséñame, Señor, tus mandamientos.

Los malvados me esperaban para matarme, pero yo meditaba tus preceptos. No me aparto de tus mandamientos, porque tú me has instruido.

R. Enséñame, Señor, tus mandamientos.

Aclamación antes del Evangelio

Juan 1, 49

R. Aleluya, aleluya.

Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 14, 22-36

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.
Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.
Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, la Palabra de Dios que hoy se nos presenta es un profundo espejo en el que podemos vernos reflejados, con nuestras luchas, nuestras esperanzas y, a menudo, nuestras dudas. Ambas lecturas, separadas por siglos de historia, convergen en un mensaje esencial para nuestra vida de fe: la necesidad de discernir la verdad de la mentira, la voz de Dios de los susurros del mundo, y la urgencia de mantener nuestra confianza inquebrantable en Jesús, especialmente cuando las tormentas de la vida nos azotan.

Comenzamos nuestro camino de reflexión en el antiguo Israel, en un momento de profunda crisis para el pueblo de Judá. La amenaza babilónica era real y palpable. El profeta Jeremías, enviado por Dios, había proclamado una verdad dura y dolorosa: el cautiverio era inevitable, un “yugo” impuesto por Dios mismo como consecuencia de la infidelidad del pueblo. Pero he aquí que surge Jananías, un profeta de Gabaón, con un mensaje mucho más agradable para los oídos del pueblo, los sacerdotes y el rey Sedecías. Jananías rompe el yugo de madera que Jeremías llevaba al cuello como signo profético y proclama la paz, la liberación inminente, el retorno de los objetos sagrados del templo en tan solo dos años. ¡Qué alivio! ¡Qué esperanza tan dulce para un pueblo desesperado! ¿Quién no querría creer en una profecía de paz y pronta liberación?

Jeremías, con la sabiduría del verdadero profeta, no descalifica inmediatamente a Jananías. De hecho, dice: “Amén. Que así lo haga el Señor”. ¡Quién no desearía tal cumplimiento! Pero añade una advertencia crucial: “cuando un profeta predice la paz, sólo hasta que se cumplen sus palabras, se puede reconocer que es verdadero profeta, enviado por el Señor”. La verdad, la auténtica verdad de Dios, no siempre es dulce o fácil de aceptar. A veces, nos confronta con realidades incómodas, con la necesidad de conversión, con la aceptación de un camino de purificación que no elegimos. Y Jananías se niega a la verdad. Ofrece un consuelo falso que, en el fondo, incita a la rebelión contra el plan de Dios. Por eso, el Señor responde, no con otro yugo de madera, sino con uno de hierro. El yugo de la realidad impuesta por Dios, aunque dolorosa, es ineludible. Y Jananías, el profeta de la mentira, muere.

Esta historia tan vívida nos invita a una pregunta fundamental: ¿a qué “profetas” escuchamos hoy en nuestras vidas? ¿A cuáles damos crédito? Vivimos en un mundo saturado de voces, de promesas de felicidad fácil, de soluciones rápidas a problemas complejos, de mensajes que nos dicen lo que queremos oír. Hay “profetas” de la autosuficiencia, de la gratificación instantánea, del éxito a cualquier precio. Nos prometen la ruptura de cualquier “yugo” de responsabilidad o de sufrimiento. Pero, ¿estos mensajes nos llevan realmente a Dios, o nos alejan de Su verdad y de Su voluntad? El Salmo responsorial de hoy resuena en este contexto: “Apártame de los caminos falsos, y dame la gracia de cumplir tu voluntad.” Nuestra alma anhela la verdad, la voluntad de Dios, pero a menudo nos dejamos seducir por caminos falsos que nos prometen una paz ilusoria.

Y es aquí donde el Evangelio viene a iluminar nuestro camino con la presencia de Jesús. Los discípulos, en medio del lago, se encuentran en una situación de extrema vulnerabilidad. La barca está lejos de la costa, las olas la sacuden, el viento es contrario. Es una imagen potente de nuestras propias vidas: a veces nos sentimos solos en medio de la tempestad, con fuerzas adversas que nos impiden avanzar. Jesús, sin embargo, no está ausente. Él ha subido al monte a orar a solas, un recordatorio de la profunda comunión del Hijo con el Padre, y de la importancia de la oración en los momentos de aparente lejanía. A la madrugada, cuando la noche es más oscura y la esperanza más escasa, Jesús viene hacia ellos, caminando sobre las aguas.

La reacción de los discípulos es de terror. Lo confunden con un fantasma. Es una reacción humana ante lo inexplicable, lo que rompe nuestros esquemas. Pero Jesús, con su voz inconfundible, les dice: “Tranquilícense y no teman. Soy yo.” ¡“Soy yo”! En griego, “Ego eimi”, el mismo nombre que Dios revela a Moisés en la zarza ardiente. Es una declaración de su divinidad, de su presencia soberana sobre toda la creación, incluso sobre las fuerzas más temibles de la naturaleza.

Pedro, con su habitual impetuosidad, pide una prueba: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Y Jesús le dice: “Ven”. ¡Qué momento de fe y audacia! Pedro baja de la barca y comienza a caminar sobre las aguas. Pero entonces, al sentir la fuerza del viento, al fijar su mirada en la amenaza circundante y no en el Señor, le entró miedo y comenzó a hundirse. Su grito es el grito de muchos de nosotros en momentos de crisis: “¡Sálvame, Señor!”.

Y la respuesta de Jesús es inmediata, llena de ternura y poder: le tendió la mano, lo sostuvo. La reproche es suave pero incisivo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. No le regaña por haber intentado, sino por haber dudado después de haber empezado a confiar. La fe no es la ausencia de miedo, sino la decisión de mantener nuestros ojos fijos en Jesús a pesar del miedo. La fe es estirar la mano hacia Él cuando sentimos que nos hundimos.

La conexión entre Jeremías y Jesús se hace palpable aquí. Jananías ofrecía un “yugo” fácil, una mentira que parecía liberar, pero que llevaba a la destrucción. Jesús nos invita a Su “yugo” (aunque no esté explícito en este pasaje del Evangelio, es una enseñanza central de Él), un yugo que es suave y ligero (Mateo 11, 29-30). El yugo de Jesús no nos quita los vientos contrarios de la vida, las olas de la adversidad o el trabajo arduo. Pero nos ofrece Su presencia en medio de la tormenta, Su mano para sostenernos cuando nuestras fuerzas flaquean. Nos llama a la verdad, aunque sea difícil, porque es la única que nos hace libres.

Nuestra vida cotidiana está llena de “vientos contrarios” y “olas que sacuden la barca”: enfermedades, problemas económicos, conflictos familiares, incertidumbres laborales, la soledad, el cansancio espiritual. En esos momentos, es fácil desviar la mirada de Jesús y fijarla en el problema, en el miedo, en la desesperación. Es fácil escuchar las voces que nos prometen atajos, soluciones rápidas que nos alejan de la voluntad de Dios.

Hoy se nos invita a renovar nuestra fe, a recordar quién es Jesús para nosotros: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. Él es quien tiene el poder sobre los elementos, sobre la enfermedad y sobre nuestra propia incredulidad. Él es quien nos dice: “Soy yo, no teman”. Que la duda no nos hunda, que el miedo no nos paralice. Que, como Pedro, nos atrevamos a bajar de la barca si Él nos lo pide, y que si tropezamos, gritemos con confianza: “¡Sálvame, Señor!”. Su mano, siempre lista, se extenderá inmediatamente.

Hermanos, la invitación a la conversión hoy es doble: primero, a discernir con sagacidad las voces que nos llegan, a desconfiar de los mensajes que prometen paz y facilidad sin cruz, sin sacrificio, sin verdad. Y segundo, a confiar plenamente en la presencia de Jesús en nuestras tormentas, sabiendo que su “Soy yo” es nuestra más segura garantía. Acerquémonos a Él en la oración, fijemos nuestra mirada en Él, dejemos que Su Palabra sea el faro que ilumina nuestro camino. Permitamos que Él tome nuestra mano y nos sostenga.

Acerquémonos ahora al Señor con esta oración, pidiendo la gracia de la fe:

Oh, Jesús, verdadero Hijo de Dios, en medio de los vientos contrarios y las olas que sacuden nuestra barca, te reconocemos y te aclamamos. Fortalece nuestra poca fe, disipa nuestros miedos y ayúdanos a discernir tu voz entre tantas que nos confunden. Que tu mano extendida nos sostenga siempre, y que tu “Soy yo” nos llene de paz y esperanza. Amén.

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