Evangelio para Hoy

Evangelio del 2 de agosto de 2026

XVIII Domingo Ordinario

Evangelio del 2 agosto 2026 — Mateo 14, 13-21 (ilustración)

Mateo 14, 13-21

Primera Lectura

Lectura Isaίas 55, 1-3

Primera lectura de hoy 2 agosto 2026 — Isaίas 55, 1-3 (ilustración)

Esto dice el Señor:
“Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua;
y los que no tienen dinero,
vengan, tomen trigo y coman;
tomen vino y leche sin pagar.
¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan
y el salario, en lo que no alimenta?
Escúchenme atentos y comerán bien,
saborearán platillos sustanciosos.
Préstenme atención, vengan a mí,
escúchenme y vivirán.
Sellaré con ustedes una alianza perpetua,
cumpliré las promesas que hice a David’’.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 144, 8-9. 15-16. 17-18

R. (cf. 16) Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus creaturas.

R. Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores.

A ti, Señor, sus ojos vuelven todos y tú los alimentas a su tiempo. Abres, Señor, tus manos generosas y cuantos viven quedan satisfechos.

R. Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores.

Siempre es justo el Señor en sus designios y están llenas de amor todas sus obras. No está lejos de aquellos que lo buscan; muy cerca está el Señor, de quien lo invoca.

R. Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores.

Aclamación antes del Evangelio

Mateo 4, 4b

R. Aleluya, aleluya.

No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.

R. Aleluya.

Segunda Lectura

Lectura Romanos 8, 35. 37-39

Segunda lectura de hoy 2 agosto 2026 — Romanos 8, 35. 37-39 (ilustración)

Hermanos: ¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada?
Ciertamente de todo esto salimos más que victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado; pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni el presente ni el futuro, ni los poderes de este mundo, ni lo alto ni lo bajo, ni creatura alguna podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.
Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.
Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy, mientras nos reunimos en esta Eucaristía, las lecturas de la Palabra de Dios nos invitan a reflexionar sobre una de las experiencias más fundamentales de la vida humana: el hambre y la sed. No hablo solo de la necesidad física, aunque esta es real y palpable en nuestro mundo, sino de esas otras sedes y hambres que habitan en lo más profundo de nuestro ser.

El profeta Isaías nos presenta una invitación conmovedora y universal. “Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar.” Es una imagen de una generosidad desbordante, una invitación a un banquete ofrecido sin condiciones, sin méritos. ¿Por qué el profeta hace esta pregunta retórica: “¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario, en lo que no alimenta?” Nos hace pensar en nuestras propias vidas, en las cosas en las que invertimos nuestro tiempo, nuestra energía, nuestros recursos. ¿Realmente nos satisfacen? ¿Nos nutren el alma? ¿Nos dan vida verdadera? Isaías nos ofrece la respuesta: “Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platillos sustanciosos. Préstenme atención, vengan a mí, escúchenme y vivirán.” La promesa es clara: escuchar a Dios, venir a Él, es el camino a la plenitud, a una alianza perpetua, a la vida misma.

Esta invitación de Isaías resuena poderosamente en el Evangelio que acabamos de proclamar. Jesús, al enterarse de la trágica muerte de Juan el Bautista, busca un lugar solitario para el duelo y la oración. Es un momento de profunda humanidad en Jesús, un momento en que Él experimenta la tristeza y la necesidad de retirarse. Pero la gente, con una sed y un hambre que trasciende lo físico, no le deja en paz. Lo siguen a pesar de la distancia y el aislamiento. Y Jesús, al desembarcar y ver a aquella inmensa muchedumbre, se conmueve profundamente. La palabra griega utilizada, esplagchnizomai, es muy significativa; habla de una compasión que brota de las entrañas, una emoción visceral que lo impulsa a la acción. Él ve su dolor, sus enfermedades, su necesidad, y los cura.

Pero la necesidad no es solo espiritual y de sanación; también es física. Empieza a oscurecer, y los discípulos, con una lógica muy humana y práctica, se acercan a Jesús y le sugieren: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer.” Es la voz de la prudencia, de la escasez, de lo que nos dicta el sentido común ante una situación abrumadora. Cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, en un lugar desolado. ¿Qué se puede hacer?

La respuesta de Jesús a sus discípulos es el corazón de nuestro Evangelio de hoy, y una de las frases más desafiantes para nuestra fe: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer.” ¡Qué palabras tan provocadoras! Los discípulos, mirando sus bolsillos vacíos y su limitada provisión de cinco panes y dos pescados, se sienten completamente impotentes. “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados.” Ante la inmensidad de la necesidad, nuestra propia pequeñez y limitaciones se hacen evidentes. Y es aquí donde la fe entra en juego. Jesús no desprecia lo poco que tienen, sino que lo pide: “Tráiganmelos.”

Lo que sigue es un milagro de abundancia. Jesús toma lo poco, lo eleva al cielo en una bendición, lo parte y lo distribuye a través de sus discípulos. Y lo asombroso no es solo que todos coman hasta saciarse, sino que sobren doce canastos llenos de pedazos. Doce, el número de las tribus de Israel, el número de los apóstoles, que sugiere una plenitud, una nueva alianza. Es una imagen que nos remite a la maná en el desierto, pero que prefigura aún más claramente el banquete eterno, la Eucaristía, donde Jesús mismo se nos ofrece como el verdadero Pan de Vida.

Hermanos, la conexión entre Isaías y el Evangelio es innegable. La invitación del profeta a venir por agua y comida sin pagar, a escuchar para vivir y saborear platillos sustanciosos, se cumple en Jesús. Él es quien nos da de comer, quien sacia nuestra sed más profunda, quien nos ofrece la plenitud de la vida. Pero también, en ese “Denles ustedes de comer”, nos desafía a ser instrumentos de su providencia.

En nuestra vida cotidiana, ¿cuántas veces nos encontramos con situaciones donde vemos una necesidad abrumadora y nos sentimos como los discípulos, con “solo cinco panes y dos pescados”? Quizás sea la necesidad de un vecino, de un amigo, de un desconocido. Quizás sea la necesidad de consuelo, de escucha, de perdón, de paciencia. Quizás sea la necesidad de dedicar nuestro tiempo a los demás, de compartir nuestros talentos, o simplemente de ofrecer una palabra amable. Nuestro primer instinto puede ser decir: “No tengo suficiente”, “no soy capaz”, “no es mi problema”, o “despídelos para que busquen por su cuenta”.

Pero Jesús nos dice hoy: “Denles ustedes de comer”. Esto no significa que nosotros, por nuestras propias fuerzas, tengamos que resolver todos los problemas del mundo. Significa que estamos llamados a poner lo poco que tenemos, lo poco que somos, en las manos de Jesús. Cuando le entregamos nuestros “cinco panes y dos pescados” –nuestra fe, nuestro amor, nuestra disponibilidad, nuestros pequeños esfuerzos– Él lo toma, lo bendice, lo multiplica y lo hace suficiente, y aun sobreabundante, para saciar las necesidades de muchos.

Esta reflexión nos lleva a una invitación a la oración y a una conversión de corazón. ¿Dónde estamos buscando saciar nuestras propias hambres y sedes? ¿En las promesas vacías del mundo que nos dejan insatisfechos, como nos preguntaba Isaías? ¿O nos acercamos a Jesús, la fuente de agua viva y el pan de vida, sabiendo que Él nos alimenta de verdad? Venir a Él significa escuchar su Palabra, nutrirnos de su presencia en la Eucaristía, y buscar su voluntad en cada aspecto de nuestra vida.

La compasión de Jesús no es una emoción pasiva; se traduce en acción. Y nos invita a que nuestra propia compasión sea también activa. Que, al ver la necesidad de los demás, no nos quedemos paralizados por nuestra percepción de escasez, sino que, confiando en la gracia de Dios, estemos dispuestos a ofrecer lo que tenemos, por pequeño que sea. Permitamos que Jesús bendiga nuestros pequeños esfuerzos, nuestros modestos dones, y los multiplique para el bien de su Reino y para la gloria de Dios. Porque el Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar, y su amor se extiende a todas sus creaturas. Él no está lejos de aquellos que lo buscan; muy cerca está el Señor, de quien lo invoca.

Pidamos al Señor hoy que nos dé la gracia de reconocer nuestras verdaderas hambres y sedes, y que tengamos la valentía de acercarnos a Él, confiando en su generosidad infinita. Que también nos dé la audacia para responder a su llamado de “Denles ustedes de comer”, poniendo nuestras vidas al servicio de su amor, seguros de que Él hará milagros con lo poco que le ofrecemos.

Señor Jesús, fuente de toda vida y alimento verdadero, abre nuestros ojos a tu presencia y a la de nuestros hermanos. Que nunca más busquemos saciar nuestras hambres en aquello que no es pan ni vida. Enséñanos a ofrecerte lo poco que tenemos, confiando en tu capacidad de multiplicar nuestro amor y nuestra entrega para saciar a los que tienen hambre, tanto de pan como de Ti. Amén.

Video del evangelio

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