Evangelio para Hoy

Evangelio del 10 de julio de 2026

Viernes de la XIV semana del Tiempo ordinario

Evangelio del 10 julio 2026 — Mateo 10, 16-23 (ilustración)
Mateo 10, 16-23

Primera Lectura

Lectura Oseas 14, 2-10

Primera lectura de hoy 10 julio 2026 — Oseas 14, 2-10 (ilustración)

Esto dice el Señor Dios:
“Israel, conviértete al Señor, Dios tuyo,
pues tu maldad te ha hecho sucumbir.
Arrepiéntanse y acérquense al Señor para decirle:
‘Perdona todas nuestras maldades,
acepta nuestro arrepentimiento sincero,
que solemnemente te prometemos.
Ya no nos salvará Asiria,
ya no confiaremos en nuestro ejército,
ni volveremos a llamar “dios nuestro”
a las obras de nuestras manos,
pues sólo en ti encuentra piedad el huérfano’.
Yo perdonaré sus infidelidades, dice el Señor;
los amaré, aunque no lo merezcan,
porque mi cólera se ha apartado de ellos.
Seré para Israel como rocío;
mi pueblo florecerá como el lirio,
hundirá profundamente sus raíces, como el álamo,
y sus renuevos se propagarán;
su esplendor será como el del olivo
y tendrá la fragancia de los cedros del Líbano.
Volverán a vivir bajo mi sombra,
cultivarán los trigales y las viñas,
que serán tan famosas como las del Líbano.
Ya nada tendrá que ver Efraín con los ídolos.
Yo te he castigado, pero yo también te voy a restaurar,
pues soy como un ciprés verde,
y gracias a mí, tú das frutos.
Quien sea sabio, que comprenda estas cosas
y quien sea prudente, que las conozca.
Los mandamientos del Señor son rectos
y los justos los cumplen;
los pecadores, en cambio, tropiezan en ellos y caen’’.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 50, 3-4. 8-9. 12-13. 14 y 17

R. (17b) Abre, Señor, mis labios y te alabaré.

Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados.

R. Abre, Señor, mis labios y te alabaré.

Enséñame, Señor, La rectitud de corazón que quieres. Lávame tú, Señor, y purifícame y quedaré más blanco que la nieve.

R. Abre, Señor, mis labios y te alabaré.

Crea en mí, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos. No me arrojes, Señor, lejos de ti ni retires de mí tu santo espíritu.

R. Abre, Señor, mis labios y te alabaré.

Devuélveme tu salvación, que regocija, y mantén en mí un alma generosa. Señor, abre mis labios y cantará mi boca tu alabanza.

R. Abre, Señor, mis labios y te alabaré.

Aclamación antes del Evangelio

Juan 16, 13; 14, 26

R. Aleluya, aleluya.

Cuando venga el Espíritu de verdad, él les enseñará toda la verdad y les recordará todo cuanto yo les he dicho, dice el Señor.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 10, 16-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas.
Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.
El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará.
Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre’’.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy, mientras nos encontramos en el corazón del Tiempo Ordinario, las lecturas de la Palabra de Dios nos invitan a una profunda reflexión sobre nuestra relación con Él, la esencia de la conversión y el desafío de la misión cristiana en el mundo. Es una invitación que resuena con la voz tierna pero firme de un Padre que anhela el regreso de sus hijos.

La primera lectura de Oseas nos golpea con la urgencia y la ternura de Dios. Es un clamor divino: “Israel, conviértete al Señor, Dios tuyo, pues tu maldad te ha hecho sucumbir”. Este no es un Dios que condena sin piedad, sino un Padre que, viendo a sus hijos extraviados y sufriendo por sus propias elecciones, les extiende la mano con un amor inmerecido. Nos pide que nos arrepintamos, que nos acerquemos a Él con sinceridad, no para ofrecerle sacrificios vacíos, sino la promesa de un corazón renovado. Nos insta a dejar de confiar en nuestras propias fuerzas, en las seguridades de este mundo –simbolizadas por Asiria, por el ejército, por las “obras de nuestras manos”– y a reconocer que solo en Él, en su compasión, el huérfano, el desamparado, encuentra refugio y sanación.

¿Cuántas veces, en nuestra propia vida, hemos buscado salvación o consuelo en las “Asirias” de nuestro tiempo? Quizás en la acumulación de bienes, en la búsqueda incansable de éxito y reconocimiento, en la seguridad de las relaciones humanas que a veces idealizamos, o incluso en ideologías y proyectos que prometen un paraíso terrenal. Oseas nos recuerda que todo aquello que no es Dios, por muy noble que parezca, termina por defraudar, por hacernos sucumbir. Pero la respuesta de Dios es siempre la misma: “Yo perdonaré sus infidelidades, dice el Señor; los amaré, aunque no lo merezcan, porque mi cólera se ha apartado de ellos”. ¡Qué consuelo! Su amor es gratuito, incondicional, restaurador. Él promete ser para nosotros como el rocío que da vida, que hace florecer como el lirio, que profundiza las raíces como el álamo, que da el esplendor del olivo y la fragancia del cedro. Es una imagen de plenitud, de vida abundante, de estabilidad y de belleza espiritual, todo fruto de su gracia.

Este llamado a la conversión, que Oseas nos presenta, encuentra eco profundo en nuestra oración del Salmo Responsorial. Con el salmista suplicamos: “Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados”. No es una purificación superficial, sino un clamor por un corazón nuevo, un espíritu recto, la permanencia de su Santo Espíritu en nosotros. Ambas lecturas nos invitan a un examen de conciencia, a reconocer nuestras propias “infidelidades” y a volvernos a la fuente de la misericordia.

Pero la vida de fe no se queda solo en el arrepentimiento y la recepción de la gracia. La fe nos impulsa hacia adelante, hacia la misión, y es aquí donde el Evangelio de San Mateo ilumina el camino. Jesús, dirigiéndose a sus apóstoles, nos dice: “Yo los envío como ovejas entre lobos”. ¡Qué imagen más cruda y realista! El mundo al que somos enviados no siempre es un jardín de rosas; a menudo es un lugar de hostilidad, de incomprensión, de oposición a los valores del Reino. Los “lobos” pueden ser las fuerzas del mal, las estructuras injustas, la indiferencia, la crítica, la burla, la persecución abierta, e incluso la traición de los más cercanos.

En este escenario desafiante, Jesús nos da una doble clave de sabiduría: “Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas”. La prudencia de la serpiente no es astucia mundana o duplicidad, sino la capacidad de discernir el peligro, de evitar trampas, de proteger la integridad del Evangelio y de la propia vida. Es una sabiduría espiritual que nos permite movernos en el mundo sin ser del mundo. La sencillez de la paloma, por otro lado, es la pureza de intención, la inocencia del corazón, la transparencia en el testimonio, la confianza total en Dios, sin dobleces ni artificios. Es esta sencillez la que nos desarma ante la agresión y nos permite amar incluso a quienes nos persiguen.

El Señor no endulza la realidad de la misión. Advierte sobre la persecución, los tribunales, los azotes, el odio “por mi causa”, e incluso la traición familiar. Es un camino de cruz. Pero en medio de estas pruebas, nos da una promesa inquebrantable: “no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes”. ¡Aquí encontramos la conexión profunda con Oseas! Así como Dios promete ser el rocío que restaurará y hará florecer a Israel, el Espíritu del Padre es la savia divina que nos sustentará, nos inspirará y hablará a través de nosotros cuando más lo necesitemos. No es nuestra elocuencia, ni nuestra fuerza, ni nuestra sabiduría humana lo que nos salvará, sino la presencia viva y activa del Espíritu Santo.

Esta es la roca sobre la que se construye la perseverancia, que Jesús subraya: “el que persevere hasta el fin, se salvará”. La vida cristiana es una carrera de fondo, no un sprint. Hay momentos para huir, como nos aconseja el Señor, para preservar la vida y la misión, pero sobre todo, hay un llamado a permanecer fieles, a no claudicar en la fe y en el testimonio, incluso cuando el precio es alto.

Mis queridos hermanos, la invitación de hoy es una unidad que abraza la conversión y la misión. No podemos ser “ovejas entre lobos” o “dar testimonio” con la prudencia de la serpiente y la sencillez de la paloma si antes no hemos respondido al llamado de Oseas a la conversión profunda. Si todavía confiamos en nuestras “Asirias” personales, si nuestras raíces no están hondamente cimentadas en el Señor, si nuestro corazón no busca su misericordia como la tierra seca busca el rocío, entonces seremos fácilmente arrastrados por las corrientes del mundo o sucumbiremos ante la primera embestida.

La vida cotidiana nos presenta innumerables oportunidades para vivir estas lecturas. ¿Confío plenamente en Dios en mis preocupaciones diarias, o me afano y busco soluciones solo en mis propias manos? ¿Soy consciente de las “infidelidades” que me alejan de Él y busco su perdón sincero? ¿Cómo doy testimonio de mi fe en el trabajo, en mi familia, en mis amistades, en las redes sociales, en un mundo que a menudo se muestra indiferente u hostil? ¿Tengo la prudencia para discernir los peligros espirituales y la sencillez para dejar que el Espíritu hable por mí y a través de mí?

Que hoy sea un día para renovar nuestra conversión. Volvamos al Señor, pidámosle un corazón puro y un espíritu nuevo. Y una vez arraigados en Él, salgamos con valentía, con la sabiduría del Evangelio, sabiendo que no estamos solos. El Espíritu del Padre está con nosotros, habla por nosotros, y nos capacita para ser luz y sal, para florecer y dar frutos para el Reino, incluso cuando estemos rodeados de lobos. No teman, el Señor es fiel a sus promesas. Él nos ama, nos perdona y nos envía. Solo nos pide que perseveremos en Él hasta el fin.

Oremos juntos, inspirados por estas palabras:

Señor Jesucristo, te damos gracias por tu Palabra que nos ilumina y nos desafía. Te pedimos perdón por nuestras infidelidades y por haber buscado seguridad fuera de Ti. Crea en nosotros un corazón puro, oh Dios, y un espíritu nuevo para que podamos volvernos completamente a Ti. Concede que, llenos de tu Santo Espíritu, seamos prudentes como serpientes y sencillos como palomas en medio del mundo, dando testimonio de tu amor y perseverando hasta el fin, confiados en que Tú hablarás a través de nosotros. Amén.

Únete a nuestro canal de WhatsApp

Recibe el evangelio y la reflexión de cada día directamente en tu WhatsApp.

Unirme al canal