Evangelio del 9 de julio de 2026
Jueves de la XIV semana del Tiempo ordinario
Primera Lectura
Lectura Oseas 11, 1-4. 8-9

“Cuando Israel era niño, yo lo amé,
y de Egipto llamé a mi hijo, dice el Señor.
Pero, mientras más lo llamaba,
más se alejaba de mí;
ofrecía sacrificios a los dioses falsos
y quemaba ofrendas a los ídolos.
Yo fui quien enseñó a andar a Efraín,
yo quien lo llevaba en brazos;
pero no comprendieron que yo cuidaba de ellos.
Yo los atraía hacia mí con los lazos del cariño,
con las cadenas del amor.
Yo fui para ellos como un padre,
que estrecha a su creatura
y se inclina hacia ella para darle de comer.
Mi corazón se conmueve dentro de mí
y se inflama toda mi compasión.
No cederé al ardor de mi cólera,
no volveré a destruir a Efraín,
pues yo soy Dios y no hombre,
yo soy el Santo que vive en ti
y no enemigo a la puerta’’.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 79, 2ac y3b. 15-16
R. (4b) Ven, Señor, a salvarnos.
Escúchanos, pastor de Israel, tú que estás rodeado de querubines, manifiéstate, despierta tu poder y ven a salvarnos.
R. Ven, Señor, a salvarnos.
Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste.
R. Ven, Señor, a salvarnos.
Aclamación antes del Evangelio
Marcos 1, 15
R. Aleluya, aleluya.
El Reino de Dios está cerca, dice el Señor; arrepiéntanse y crean en el Evangelio.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Mateo 10, 7-15
En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: ‘Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente.
No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento.
Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacúdanse el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad”.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Hermanos y hermanas en Cristo, la Palabra de Dios que hoy se nos regala es un bálsamo para el alma cansada y una llamada vibrante a la acción. En la primera lectura, el profeta Oseas nos sumerge en la profundidad del corazón de Dios, revelando una ternura que desarma, una paciencia que asombra. “Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo”, nos dice el Señor. Es la voz de un Padre amoroso, un Padre que recuerda con cariño los inicios de su relación con su pueblo, cuando lo sacó de la esclavitud, cuando le enseñó a caminar, a valerse por sí mismo. Él fue quien los llevaba en brazos, quien se inclinaba para darles de comer, quien los atraía con “lazos de cariño, con cadenas de amor”. Una imagen poderosa, ¿verdad? No se trata de cadenas de opresión, sino de esas ataduras invisibles pero inquebrantables que solo el amor verdadero puede forjar.
Pero la historia de amor de Dios con su pueblo, como tantas historias humanas, también tiene sus sombras. Oseas nos recuerda que, a pesar de tanto amor, Israel se alejó. Mientras más los llamaba, más se apartaban, ofreciendo sacrificios a dioses falsos, quemando ofrendas a ídolos. Qué dolor debe sentir el corazón de un padre cuando ve a su hijo desviarse, cuando sabe que su amor no es correspondido, que es incluso despreciado. Sin embargo, en medio de este lamento, el profeta nos revela una verdad aún más asombrosa, la que diferencia a Dios de cualquier ser humano. Después de describir la ingratitud de Israel, el Señor exclama: “Mi corazón se conmueve dentro de mí y se inflama toda mi compasión. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, pues yo soy Dios y no hombre, yo soy el Santo que vive en ti y no enemigo a la puerta”.
Aquí reside la esencia de nuestra fe, la inquebrantable misericordia de Dios. Su amor no es condicional, no se apaga ante nuestra infidelidad, sino que se enciende en una compasión aún mayor. Él es Santo, y por ser Santo, no es voluble ni vengativo como los hombres. Él permanece fiel, incluso cuando nosotros somos infieles, porque no puede negarse a sí mismo, a su propia naturaleza de Amor. Esta es la base de nuestra esperanza, la roca sobre la que se asienta nuestra confianza en Dios.
Y es desde este corazón amoroso, desde esta compasión que no cede, que podemos entender el Evangelio de hoy. Jesús, el Hijo de este Padre misericordioso, extiende esa misma mano amorosa a la humanidad. Él elige a Doce, los envía. Este envío no es otra cosa que la continuación de ese “llamamiento” de Dios que Oseas nos describía. Si el Padre llamó a Israel de Egipto con lazos de amor, ahora el Hijo envía a sus discípulos con la misma misión de amor y rescate. “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos”. La buena noticia es que el amor de Dios no se ha cansado, no ha desistido. El Reino, la presencia activa de Dios en medio de nosotros, con su justicia, su paz y su amor, está cerca. No es un mero concepto teológico; es una realidad viva que irrumpe en nuestra historia.
Pero este Reino no se proclama solo con palabras, sino con obras que reflejan la compasión divina. “Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios”. La misión de los discípulos es una misión de restauración, de sanación integral: física, espiritual, social. Es devolver la dignidad, la salud, la vida a quienes la han perdido. Es liberar de las ataduras del mal, del miedo, de la desesperación. Es el amor de Dios actuando de manera concreta, visible, transformadora.
Y un detalle crucial: “Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”. ¡Qué profundo es este mandato! El amor de Dios es un don, no algo que se gana o se compra. Y así, el servicio a ese amor debe ser igualmente gratuito. No podemos mercantilizar la gracia, no podemos poner precio a la salvación, no podemos buscar beneficio personal en nuestra vocación de servicio. La gratuidad nos desnuda de egoísmo y nos hace transparentes al amor de Dios que obra a través de nosotros.
Este principio de gratuidad se ve reforzado por las instrucciones de Jesús sobre la pobreza radical. “No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón”. Una invitación a la confianza absoluta en la providencia de Dios. El trabajador tiene derecho a su sustento, sí, pero su seguridad no viene de sus bienes, sino de Aquel que lo envía. Es un llamado a la desapropiación, a la ligereza del corazón, a no dejarse atrapar por las preocupaciones materiales que a menudo nos distraen de lo esencial y nos impiden ser verdaderamente libres para la misión. Esta pobreza evangélica no es miseria, sino libertad radical para amar y servir, liberados de las cargas que atan al mundo.
Hermanos, ¿cómo aplicamos esto a nuestra vida cotidiana? Nosotros también somos discípulos, enviados cada uno a nuestro propio “campo de misión”: nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra comunidad, nuestros círculos de amigos. El Reino de los Cielos se acerca también a través de nuestra vida, de nuestras actitudes, de nuestras decisiones. ¿Estamos proclamando el Reino con nuestras palabras y, más importante aún, con nuestro testimonio? ¿Estamos siendo instrumentos de sanación y restauración en nuestro entorno, llevando consuelo al afligido, esperanza al desesperado, perdón al ofendido?
Y la gratuidad, ¿cómo la vivimos? ¿Damos de nuestro tiempo, de nuestros talentos, de nuestra escucha, de nuestra compasión, sin esperar nada a cambio? ¿O nos movemos siempre con una agenda oculta, buscando reconocimiento, o algún tipo de recompensa? El desapego de lo material, ¿es una realidad en nuestra vida, o nuestras posesiones y seguridades nos pesan y nos impiden responder con prontitud al llamado de Dios?
La primera lectura nos recuerda que Dios es paciente con nuestra infidelidad. La historia de Israel es la historia de la humanidad, y también nuestra propia historia. Nos alejamos, tropezamos, caemos. Pero Dios, como el Padre amoroso que es, “no cederá al ardor de su cólera”. Su compasión se renueva cada mañana. Y es precisamente porque Él nos ama así, incondicionalmente, que nos envía, que nos invita a participar en su misión de amor y salvación.
La misión de los Doce también implica la posibilidad del rechazo. “Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacúdanse el polvo de los pies”. Es una advertencia seria, que nos recuerda la seriedad de la respuesta humana al amor de Dios. No podemos forzar a nadie a aceptar el Reino, pero tampoco podemos minimizar las consecuencias de rechazar la gracia. Nuestra tarea es sembrar, amar, servir con gratuidad y confianza. Los frutos, y la acogida o el rechazo, corresponden a la libertad de cada persona y y a la sabiduría de Dios. A nosotros nos corresponde la fidelidad en el envío.
Queridos hermanos, el Salmo responsorial de hoy nos invitaba a exclamar: “Escúchanos, pastor de Israel, tú que estás rodeado de querubines, manifiéstate, despierta tu poder y ven a salvarnos. Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste”. Pidamos hoy al Señor que nos escuche, que nos proteja, a nosotros, su viña, sus renuevos, a quienes Él mismo ha plantado y cultivado con tanto amor. Pidámosle que despierte en nosotros el poder de su Espíritu, para que podamos responder con generosidad a su llamado, para que seamos auténticos testigos de ese Reino que ya se acerca. Que sepamos vivir la gratuidad, la confianza y el amor que se nos ha dado, para que el corazón de Dios, que se conmueve con tanta compasión por nosotros, se alegre al vernos llevar su mensaje de salvación a un mundo que tanto lo necesita.
Que nuestra oración ahora sea un eco de esa entrega y de esa confianza:
Oh Dios Padre, cuyo corazón rebosa de compasión y ternura, te damos gracias por tu amor incondicional, que no se cansa ni desiste, incluso cuando nos alejamos de ti. Te pedimos que nos hagas dignos mensajeros de tu Hijo, Jesucristo. Envíamos con la audacia de los Doce, con la sencillez del corazón y la confianza en tu providencia. Que sepamos proclamar la cercanía de tu Reino con palabras y obras de amor y sanación, ofreciéndolo todo gratuitamente, así como tú nos lo has dado. Protege, Señor, la cepa que has plantado en cada uno de nosotros, y ayúdanos a permanecer fieles a tu misión. Amén.
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