Evangelio para Hoy

Evangelio del 11 de julio de 2026

Memoria de San Benito, abad

Evangelio del 11 julio 2026 — Mateo 10, 24-33 (ilustración)
Mateo 10, 24-33

Primera Lectura

Lectura Isaías 6, 1-8

Primera lectura de hoy 11 julio 2026 — Isaías 6, 1-8 (ilustración)

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor, sentado sobre un trono muy alto y magnífico. La orla de su manto llenaba el templo. Había dos serafines junto a él, con seis alas cada uno: con un par se cubrían el rostro; con otro, se cubrían los pies, y con el otro, volaban. Y se gritaban el uno al otro:
“Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos;
su gloria llena toda la tierra”.
Temblaban las puertas al clamor de su voz y el templo se llenaba de humo. Entonces exclamé:
“¡Ay de mí!, estoy perdido,
porque soy un hombre de labios impuros,
que habito en medio de un pueblo de labios impuros,
porque he visto con mis ojos al rey y Señor de los ejércitos”.
Después voló hacia mí uno de los serafines. Llevaba en la mano una brasa, que había tomado del altar con unas tenazas. Con la brasa me tocó la boca, diciéndome:
“Mira: Esto ha tocado tus labios.
Tu iniquidad ha sido quitada
y tus pecados están perdonados”.
Escuché entonces la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?” Yo le respondí: “Aquí estoy, Señor, envíame”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 92, 1ab. 1c-2. 5

R. (1a) Señor, tú eres nuestro rey.

Tú eres, Señor, el rey de todos los reyes. Estás revestido de poder y majestad.

R. Señor, tú eres nuestro rey.

Tú mantienes el orbe y no vacila. Eres eterno, y para siempre está firme tu trono.

R. Señor, tú eres nuestro rey.

Muy dignas de confianza son tus leyes y desde hoy y para siempre, Señor, la santidad adorna tu templo.

R. Señor, tú eres nuestro rey.

Aclamación antes del Evangelio

1 Pedro 4, 14

R. Aleluya, aleluya.

Dichosos ustedes, si los injurian por ser cristianos; porque el Espíritu de Dios descansa en ustedes.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 10, 24-33

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores!
No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.
¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.
A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos’’.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, en este día en que la Iglesia celebra la memoria de San Benito, abad, un faro de estabilidad y fe en tiempos tumultuosos, las lecturas que la liturgia nos presenta son un poderoso llamado a la confianza y a la misión, una invitación a la entrega total a Dios, sin miedos ni reservas.

La primera lectura nos transporta a una escena de sobrecogedora majestad y santidad. El profeta Isaías, en el año de la muerte del rey Ozías, se encuentra ante una visión del Señor que llena el templo. Un trono altísimo, la orla del manto de Dios que inunda el santuario, los serafines con sus seis alas proclamando la santidad de Dios: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos; su gloria llena toda la tierra”. Es una experiencia tan inmensa, tan divina, que las puertas tiemblan y el templo se llena de humo. Esta visión de la santidad absoluta de Dios tiene un efecto inmediato en Isaías: lo confronta con su propia pecaminosidad y la de su pueblo. “¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, porque he visto con mis ojos al rey y Señor de los ejércitos”. La luz de Dios revela la oscuridad del hombre. La pureza divina expone nuestra impureza.

Pero la historia no termina ahí, en la desesperación. Un serafín vuela hacia Isaías con una brasa encendida, tomada del altar con tenazas, y toca sus labios. Un acto de purificación doloroso pero salvador. “Mira: Esto ha tocado tus labios. Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están perdonados”. Este es el milagro de la misericordia divina: ante nuestra conciencia de indignidad y pecado, Dios no nos rechaza, sino que nos purifica, nos capacita. Y solo entonces, con el alma limpia y el corazón dispuesto, Isaías escucha la voz del Señor que busca a alguien para una misión: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?”. Y la respuesta del profeta, purificado y fortalecido, es inmediata, valiente y generosa: “Aquí estoy, Señor, envíame”.

Esta escena del profeta Isaías no es solo una anécdota del pasado; es una profunda verdad espiritual que resuena en cada uno de nosotros. ¿Cuántas veces en nuestra vida nos hemos sentido abrumados por la santidad de Dios, por Su llamado, y al mismo tiempo, por nuestra propia pequeñez y pecaminosidad? ¿Cuántas veces hemos dudado de nuestra capacidad para responder? La experiencia de Isaías nos enseña que Dios primero nos revela Su grandeza y nuestra necesidad de Él, luego nos purifica, y solo después nos llama a la misión. Y cuando Él llama, Él también capacita. La voz del Señor que busca a quién enviar sigue resonando en el mundo de hoy, en nuestras parroquias, en nuestros hogares, en nuestros corazones.

Y esta misión, este “Aquí estoy, Señor, envíame”, es precisamente lo que Jesús les explica a sus apóstoles en el Evangelio de hoy. Él los está enviando, así como el Padre lo envió a Él, y les advierte de las dificultades que encontrarán. “El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores!” Jesús no les promete un camino fácil, sino un camino de identificación con Él, que incluye la incomprensión, la crítica e incluso la persecución. Es una verdad dura, pero liberadora, porque nos prepara para la realidad. Ser cristiano no significa evitar el sufrimiento, sino compartir el sufrimiento de Cristo.

Sin embargo, en medio de estas advertencias, Jesús nos da un poderoso antídoto contra el miedo: “No teman a los hombres”. ¿Por qué no debemos temer? Primero, porque la verdad de Dios siempre saldrá a la luz. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse. Nuestras acciones, nuestras palabras, nuestra fe, todo será revelado. Segundo, y más importante aún, porque la potestad de los hombres es limitada. “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Hay un poder superior, y es a ese poder a quien debemos reverenciar: Dios. Él tiene dominio sobre la totalidad de nuestro ser, alma y cuerpo. Este pasaje nos invita a reordenar nuestras prioridades, a poner a Dios en el lugar que le corresponde, por encima de todo temor humano.

Y para disipar cualquier sombra de duda o ansiedad, Jesús nos ofrece la más tierna de las imágenes: la providencia divina. “¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo”. Esta es la cumbre de la confianza. Si Dios cuida de las criaturas más pequeñas, con una atención tan meticulosa que incluso cuenta los cabellos de nuestra cabeza, ¿cómo no va a cuidar de nosotros, que somos sus hijos amados, creados a su imagen y semejanza, y redimidos por la sangre de Su propio Hijo?

La conexión entre Isaías y el Evangelio se hace entonces evidente. Ambos nos hablan de un llamado a la misión, una misión que implica proclamar la verdad de Dios y vivir de acuerdo a ella. Ambos nos confrontan con nuestra fragilidad y la necesidad de la gracia divina para ser purificados y fortalecidos. Y ambos nos animan a responder con un valiente “Aquí estoy, Señor, envíame”, liberados del miedo, anclados en la confianza en la providencia de Dios.

San Benito, cuya memoria celebramos hoy, encarnó perfectamente esta respuesta. En un mundo convulsionado, él respondió a la voz de Dios con un “Aquí estoy”, retirándose a la soledad para buscar a Dios, y luego formando comunidades que se convirtieron en oasis de fe, cultura y trabajo, “Ora et Labora”. Él no temió la dificultad de los tiempos, sino que confió en que Dios guiaría sus pasos y los de aquellos que le seguían. Su vida fue un testimonio de cómo la confianza en la providencia divina puede construir algo duradero, incluso en medio de la adversidad. Él reconoció a Cristo con su vida entera, y fue reconocido por el Padre.

Para nosotros, en nuestra vida cotidiana, ¿cómo se traduce este mensaje? Quizás no somos profetas llamados a una visión gloriosa o apóstoles enviados a tierras lejanas, pero cada uno de nosotros es un bautizado, un discípulo de Cristo, llamado a confesar nuestra fe ante los hombres. ¿Con qué frecuencia el miedo nos paraliza? Miedo al juicio de los demás, miedo a ser diferentes, miedo a fracasar, miedo a la soledad. Jesús nos invita hoy a mirar más allá de esos miedos, a confiar en Su amor incondicional y en Su cuidado constante. Nos llama a reconocerlo no solo en la privacidad de nuestra oración, sino también en nuestras acciones, en nuestras palabras, en la forma en que vivimos nuestra vocación, sea cual sea, en el trabajo, en la familia, en la comunidad.

La invitación es clara: dejemos que la santidad de Dios nos confronte y nos purifique, a través de la oración, la penitencia, y especialmente, el sacramento de la Reconciliación, ese “carbón ardiente” que nos limpia. Y una vez purificados, respondamos con un corazón generoso y sin miedo: “Aquí estoy, Señor, envíame”. Envíame a ser un testigo de tu amor en mi hogar, en mi trabajo, con mis amigos. Envíame a defender la verdad, a practicar la justicia, a consolar al afligido. Envíame a ser un reflejo de tu misericordia en este mundo.

Acerquémonos hoy a Dios con la humildad de Isaías, la confianza de los apóstoles y la perseverancia de San Benito. Que nuestro Padre, que cuenta hasta los cabellos de nuestra cabeza, nos dé el coraje de reconocer a su Hijo ante los hombres, sabiendo que Él, a su vez, nos reconocerá ante el Padre en los cielos. No hay mayor seguridad, no hay mayor promesa.

Oremos: Padre Celestial, fuente de toda santidad y misericordia, te damos gracias por tu Palabra que nos ilumina y nos desafía. Concédenos, como a Isaías, la gracia de reconocerte en tu majestad y la humildad de aceptar tu purificación. Fortalécenos, Señor, para que, liberados de todo miedo humano, podamos responder con generosidad a tu llamado, diciendo siempre: “Aquí estoy, Señor, envíame”. Que nuestra vida sea un testimonio valiente de tu Hijo Jesús, a quien reconocemos y amamos, confiando plenamente en tu amorosa providencia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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