Evangelio para Hoy

Evangelio del 31 de mayo de 2026

Solemnidad de la Santísima Trinidad

Evangelio del 31 mayo 2026 — Juan 3, 16-18 (ilustración)
Juan 3, 16-18

Primera Lectura

Lectura Éxodo 34, 4b-6. 8-9

Primera lectura de hoy 31 mayo 2026 — Éxodo 34, 4b-6. 8-9 (ilustración)

En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, llevando en la mano las dos tablas de piedra, como le había mandado el Señor. El Señor descendió en una nube y se le hizo presente.
Moisés pronunció entonces el nombre del Señor, y el Señor, pasando delante de él, proclamó: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”.
Al instante, Moisés se postró en tierra y lo adoró, diciendo: “Si de veras he hallado gracia a tus ojos, dígnate venir ahora con nosotros, aunque este pueblo sea de cabeza dura; perdona nuestras iniquidades y pecados, y tómanos como cosa tuya”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Daniel 3, 52. 53. 54. 55. 56

R. (52b) Bendito seas, Señor, para siempre.

Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres: Bendito tu nombre santo y glorioso.

R. Bendito seas, Señor, para siempre.

Bendito seas en el templo santo y glorioso. Bendito seas en el trono de tu reino.

R. Bendito seas, Señor, para siempre.

Bendito eres tú, Señor, que penetras con tu mirada los abismos y te sientas en un trono rodeado de querubines. Bendito seas, Señor, en la bóveda del cielo.

R. Bendito seas, Señor, para siempre.

Aclamación antes del Evangelio

Cfr Apocalipsis 1, 8

R. Aleluya, aleluya.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Al Dios que es, que era y que vendrá.

R. Aleluya.

Segunda Lectura

Lectura 2 Corintios 13, 11-13

Segunda lectura de hoy 31 mayo 2026 — 2 Corintios 13, 11-13 (ilustración)

Hermanos: Estén alegres, trabajen por su perfección, anímense mutuamente, vivan en paz y armonía. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.
Salúdense los unos a los otros con el saludo de paz.
Los saludan todos los fieles.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Juan 3, 16-18

“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Hermanos y hermanas en Cristo, la Iglesia nos convoca hoy a contemplar el misterio central de nuestra fe, la Solemnidad de la Santísima Trinidad. No es esta una fiesta de conceptos abstractos o de difíciles ecuaciones teológicas, sino la celebración del Corazón mismo de Dios, de su identidad más profunda y de su amor insondable por cada uno de nosotros. Hoy se nos invita a asomarnos, con Moisés, a la nube de la presencia divina y, con San Juan, a la profundidad del amor de Dios que se revela en Cristo.

La primera lectura nos lleva al monte Sinaí, un lugar sagrado donde la humanidad tuvo un encuentro trascendental con el Creador. Allí, en la intimidad de la montaña, Moisés asciende llevando las tablas de la ley, símbolo de la Alianza rota por el pueblo. Y es en ese contexto de infidelidad y necesidad donde Dios, lejos de castigar, se revela con una ternura conmovedora. El Señor desciende en una nube, se le hace presente, y Moisés pronuncia su Nombre. Pero es el mismo Dios quien, pasando delante de él, proclama su esencia: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”.

¡Qué revelación tan sublime! No es un Dios que se presenta como un poder distante o un juez implacable, sino como la fuente misma de la compasión, de la clemencia, de la paciencia inagotable, de una misericordia que no tiene límites y de una fidelidad que trasciende toda traición humana. Esta es la identidad de nuestro Dios, una identidad de amor que busca la cercanía, que no se rinde ante nuestra dureza de cerviz. Moisés, al escuchar esta auto-revelación, no puede sino postrarse en tierra y adorarlo. Su respuesta es un eco de la humildad del ser humano ante la grandeza divina, pero también una súplica confiada: “Si de veras he hallado gracia a tus ojos, dígnate venir ahora con nosotros, aunque este pueblo sea de cabeza dura; perdona nuestras iniquidades y pecados, y tómanos como cosa tuya”. Aquí vemos la humanidad caída, pero también la esperanza de redención, el deseo de un pueblo de ser propiedad de un Dios tan generoso.

Esa misma compasión, esa clemencia, esa paciencia y fidelidad que se asoman en el Sinaí, se desbordan y se hacen carne, se hacen historia en el Evangelio de Juan. La Palabra de Dios nos susurra hoy el versículo quizás más conocido y amado de toda la Escritura: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna”. ¡Qué conexión tan natural y profunda entre ambas lecturas! El Dios que se revela en el Sinaí como compasivo y misericordioso, es el mismo Dios Padre que, movido por un amor incalculable, entrega a su propio Hijo. La fidelidad de la Alianza de Moisés encuentra su cumplimiento, su plenitud insuperable, en la Nueva y Eterna Alianza sellada en la sangre de Cristo.

El Evangelio no solo nos habla del amor de Dios, sino de la magnitud de ese amor. No hay amor más grande que el de entregar lo más preciado, lo único. Dios Padre no escatimó a su Hijo para rescatarnos, para darnos vida en abundancia. Y la misión de este Hijo amado no fue de condena, sino de salvación. “Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él”. Esta es una verdad que debe penetrar hasta lo más hondo de nuestro ser: Dios no es un tirano que busca nuestro castigo, sino un Padre que anhela nuestra vida, nuestra salvación, nuestra felicidad eterna.

La respuesta a este amor tan grande, a esta misericordia que se manifiesta plenamente en Jesucristo, es la fe. “El que cree en él no será condenado”. Creer en Jesús no es una simple adhesión intelectual a un dogma, sino una entrega de corazón, una confianza radical en que Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Es abrirnos a la gracia, a esa vida eterna que Él nos ofrece, una vida que ya empieza aquí y ahora al participar de su misma divinidad. Y, por el contrario, “el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”. Esta no es una condena impuesta por Dios arbitrariamente, sino el triste resultado de la libre elección humana de rechazar el amor salvador, de cerrar la puerta a la única fuente de vida.

Hermanos, la Solemnidad de la Santísima Trinidad nos revela que Dios en su esencia no es soledad, sino comunión. Es Padre que ama, Hijo que se entrega y Espíritu Santo que es amor y unidad entre ellos. Es un Dios que es relación, donación y acogida perpetua. Esta es la imagen a la que hemos sido creados, el modelo de nuestra propia existencia. Si somos imagen y semejanza de este Dios Trinitario, nuestra vida está llamada a ser también comunión, a vivir el amor, la generosidad, el perdón, la paciencia y la fidelidad que Él mismo nos ha manifestado.

¿Cómo se traduce esto en nuestra vida cotidiana? Si Dios es compasivo y clemente, ¿somos nosotros compasivos con los que sufren, clementes con los que nos ofenden? Si Dios es paciente, ¿ejercitamos la paciencia en nuestras familias, en el trabajo, ante las dificultades? Si Dios es misericordioso y fiel, ¿somos capaces de perdonar, de ser leales en nuestras relaciones, de ser fieles a nuestros compromisos y a nuestra fe? La Trinidad no es solo un dogma para recitar, sino una forma de vida para encarnar.

Moisés, arrodillado, pide a Dios que venga con su pueblo y que lo tome como cosa suya. También nosotros hoy, con la humildad de Moisés y la confianza de los hijos, estamos invitados a abrirle la puerta a este Dios Trino. A dejar que el Padre nos ame, que el Hijo nos salve, que el Espíritu nos santifique y nos una. Que la compasión de Dios nos mueva a la compasión, su misericordia a la nuestra, su fidelidad a la nuestra.

Esta es una invitación a la conversión, a cambiar nuestra mirada, a dejar que el amor de Dios nos moldee. No somos un pueblo de “cabeza dura” que Dios ha abandonado, sino el pueblo amado, al que el Padre ha entregado a su Hijo, para que por Él tengamos vida eterna. Acojamos este don inmenso. Digamos, con Moisés, “Dígnate venir ahora con nosotros”, y también “tómanos como cosa tuya”. Permítamos que esta profunda realidad de Dios, que es amor en tres personas, transforme nuestros corazones y nos impulse a vivir como auténticos hijos suyos, reflejando su gloria en el mundo.

Que la gracia del Padre, el amor del Hijo y la comunión del Espíritu Santo, estén siempre con todos ustedes.

Amén.

Señor, Dios Trino y Uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, gracias por revelarnos tu amor inmenso. Te pedimos que, así como te mostraste compasivo y misericordioso con Moisés y entregaste a tu Hijo para nuestra salvación, vengas ahora con nosotros, perdones nuestras iniquidades y nos tomes como cosa tuya, para que vivamos siempre en tu amor y tu comunión. Amén.

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