Evangelio para Hoy

Evangelio del 30 de mayo de 2026

Sábado de la VIII semana del Tiempo ordinario

Evangelio del 30 mayo 2026 — Marcos 11, 27-33 (ilustración)
Marcos 11, 27-33

Primera Lectura

Lectura Judas 17. 20-25

Primera lectura de hoy 30 mayo 2026 — Judas 17. 20-25 (ilustración)

Queridos hermanos: Recuerden las palabras que les predicaron los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Consolídense sobre el cimiento de su fe santa, oren movidos por el Espíritu Santo, conserven en ustedes el amor a Dios, en espera de que la misericordia de nuestro Señor Jesucristo les dé la vida eterna.
A los indecisos traten de convencerlos, para arrancarlos del fuego de la condenación; a los otros, manifiéstenles compasión, pero con cautela, aborreciendo aun la ropa contaminada por su mala vida.
Al Dios único, nuestro Salvador, que puede preservarlos a ustedes de todo pecado y hacer que se presenten ante su gloria gozosos y sin mancha, honor y gloria, fuerza y poder, por Jesucristo, nuestro Señor, desde siempre, ahora y por todos los siglos. Amén.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9

R. (2b) Señor, mi alma tiene sed de ti.

Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora como el suelo reseco añora del agua.

R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

Para admirar tu gloria y tu poder, con este afán te busco en tu santuario. Pues mejor es tu amor que la existencia; siempre, Señor, te alabarán mis labios.

R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

Podré así bendecirte mientras viva y levantar en oración mis manos. De lo mejor se saciará mi alma; te alabaré con jubilosos labios.

R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

Aclamación antes del Evangelio

R. Aleluya, aleluya.

Que la palabra de Cristo habite en ustedes abundantemente. Háganlo todo dando gracias a Dios Padre, por medio de Cristo.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Marcos 11, 27-33

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron de nuevo a Jerusalén, y mientras Jesús caminaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le preguntaron: “¿Con qué autoridad haces todo esto? ¿Quién te ha dado autoridad para actuar así?”
Jesús les respondió: “Les voy a hacer una pregunta. Si me la contestan yo les diré con qué autoridad hago todo esto. El bautismo de Juan, ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contéstenme”.
Ellos se pusieron a razonar entre sí: “Si le decimos que de Dios, nos dirá: ‘Entonces ¿por qué no le creyeron?’, y ¿si le decimos que de los hombres…?” Pero, como le tenían miedo a la multitud, pues todos consideraban a Juan como verdadero profeta, le respondieron a Jesús: “No lo sabemos”. Entonces Jesús les replicó: “Pues tampoco yo les diré con qué autoridad hago todo esto”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, en este Sábado de la Octava Semana del Tiempo Ordinario, las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar profundamente sobre la fuente de nuestra autoridad, la solidez de nuestra fe y la naturaleza de nuestra respuesta ante la verdad de Dios. Nos encontramos con dos escenas que, a primera vista, parecen distantes, pero que unidas, nos ofrecen una luz potente para nuestra vida espiritual.

En el Evangelio de Marcos, Jesús se encuentra en Jerusalén, caminando por el templo, el corazón de la vida religiosa y social de su tiempo. Es un lugar de gran autoridad, de ritos sagrados y de sabiduría ancestral. Y es precisamente allí donde los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, figuras de la más alta autoridad religiosa de Israel, se acercan a Jesús con una pregunta directa y desafiante: “¿Con qué autoridad haces todo esto? ¿Quién te ha dado autoridad para actuar así?” Esta no es una pregunta inocente. No buscan comprender, sino desacreditar. Quieren saber quién lo ha nombrado, quién lo respalda, para poder encasillarlo, controlarlo, o incluso, acusarlo. Jesús, con su sabiduría divina, no entra en su juego. Él les devuelve una pregunta que expone su propia hipocresía y su miedo: “El bautismo de Juan, ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contéstenme”. Y aquí vemos cómo la cuestión de la autoridad se convierte en una encrucijada moral. Los líderes religiosos, en lugar de buscar la verdad, se ponen a razonar entre sí, no sobre la fuente de la autoridad de Juan, sino sobre las consecuencias políticas y sociales de su respuesta. Le tenían miedo a la multitud, al qué dirán, más que a la verdad de Dios. Y ante la incómoda verdad, responden: “No lo sabemos”. Su “no lo sabemos” es una negación de su responsabilidad, una evasión de la realidad, un blindaje de su propia comodidad y poder. Es la respuesta de quienes, por miedo, se niegan a reconocer la acción de Dios cuando no encaja en sus esquemas.

Esta escena del Evangelio nos interpela directamente. ¿Con qué autoridad actuamos nosotros en nuestra vida cristiana? ¿De dónde proviene la fuerza que nos impulsa? La primera lectura, de la carta de Judas, nos ofrece una respuesta clara y reconfortante. San Judas exhorta a los hermanos a “recordar las palabras que les predicaron los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo”. Aquí está el cimiento, la base de nuestra autoridad: la Palabra de Dios transmitida por aquellos que estuvieron con Jesús, que lo vieron y escucharon. Nuestra fe no se construye sobre opiniones humanas o consensos volátiles, sino sobre esta roca firme. “Consolídense sobre el cimiento de su fe santa”, nos dice. Es una invitación a arraigarnos, a profundizar en aquello que hemos recibido, a no dejar que las modas o las dudas pasajeras nos arranquen de nuestra verdad.

Pero la fe no es solo conocimiento intelectual; es vida. Y Judas nos llama a “orar movidos por el Espíritu Santo” y a “conservar en ustedes el amor a Dios, en espera de que la misericordia de nuestro Señor Jesucristo les dé la vida eterna”. Aquí vemos cómo la autoridad de Dios se manifiesta en nosotros: a través de la oración inspirada por el Espíritu, que nos conecta con la fuente de todo poder, y a través del amor que es el corazón mismo de Dios. Es el Espíritu quien nos da la capacidad de reconocer la autoridad de Jesús, de Juan, y de la Iglesia. Es el amor quien nos impulsa a seguir a Cristo, sin miedos ni cálculos humanos. Mientras los líderes en el Evangelio estaban inmovilizados por el miedo y la preocupación por su reputación, Judas nos invita a vivir desde el amor y la esperanza en la misericordia divina.

La primera lectura también nos da pautas para nuestra acción en el mundo, para cómo vivir esa autoridad que emana de Dios. Nos dice: “A los indecisos traten de convencerlos, para arrancarlos del fuego de la condenación; a los otros, manifiéstenles compasión, pero con cautela, aborreciendo aun la ropa contaminada por su mala vida”. ¡Qué desafío tan grande! Se nos llama a la acción valiente y misericordiosa. No podemos permanecer pasivos ante la indiferencia o el extravío de nuestros hermanos. Nuestra autoridad en Cristo no es para dominar, sino para servir, para salvar. Es la autoridad del Buen Pastor que va en busca de la oveja perdida. Tratar de convencer no es imponer, sino presentar la verdad con caridad, con la esperanza de que la luz de Cristo disipe las tinieblas. Y si bien se nos pide compasión, también se nos advierte sobre la cautela, sobre aborrecer el pecado, no al pecador. Esto significa que, al acercarnos a quienes se han alejado, debemos hacerlo con un corazón lleno de amor y comprensión, pero sin relativizar el mal, sin justificar lo injustificable. Mantener la pureza de nuestra fe y vida es fundamental para ser testigos creíbles. No podemos contaminarnos con el espíritu del mundo que desprecia a Dios, incluso si amamos y nos acercamos a quienes lo habitan.

Hermanos, la pregunta “¿Con qué autoridad?” resuena hoy también en nuestro mundo y, quizás, en nuestros corazones. ¿De dónde sacamos la fuerza para perdonar, para amar a los que nos persiguen, para mantenernos firmes en la verdad en medio de la confusión? La respuesta, como nos recuerda Judas, es del “Dios único, nuestro Salvador, que puede preservarlos a ustedes de todo pecado y hacer que se presenten ante su gloria gozosos y sin mancha”. Es Él quien nos da la autoridad, es Él quien nos capacita, quien nos sostiene. Es Él quien nos libra de la esclavitud del miedo y la hipocresía que paralizó a los líderes del templo.

Si queremos ser verdaderos discípulos, debemos cimentar nuestra vida en la fe apostólica, orar con el corazón abierto al Espíritu Santo, y vivir un amor que se desborde en compasión y búsqueda de la verdad para todos. Dejemos de lado los miedos a lo que los demás piensen o digan. Dejemos de calcular nuestras acciones por conveniencia y volvamos al Evangelio con un corazón sincero. No respondamos a la voz de Dios con un evasivo “no lo sabemos”, sino con un decidido “Sí, Señor, creo en Ti y en Tu autoridad salvadora”.

Que la Palabra de Cristo habite en nosotros abundantemente, y que movidos por el Espíritu Santo, demos gracias a Dios Padre en todo momento, por medio de Cristo.

Y ahora, hermanos, con el corazón humilde y confiado, elevemos nuestra oración al Padre:

Oh Dios, fuente de toda autoridad y sabiduría, concédenos la gracia de cimentar nuestra vida en la fe de tu Hijo Jesucristo, de orar movidos por el Espíritu Santo y de mantenernos firmes en tu amor. Que, libres de todo miedo y cálculo humano, seamos dóciles a tu voz y valientes en el testimonio, buscando siempre la salvación de nuestros hermanos, para que un día podamos presentarnos ante tu gloria gozosos y sin mancha. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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