Evangelio del 1 de junio de 2026
Memoria de San Justino, mártir
Primera Lectura
Lectura 2 Pedro 1, 1-7

Yo, Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, les escribo a ustedes, los que han obtenido una fe tan preciosa como la nuestra, gracias a la justicia de Jesucristo, nuestro Dios y Salvador. Que abunden entre ustedes la gracia y la paz, por el conocimiento de Jesucristo, nuestro Señor.
Su acción divina nos ha otorgado todo lo necesario para llevar una vida de santidad, mediante el conocimiento profundo del que nos ha llamado con su propia gloria y poder. Por medio de los cuales nos han sido otorgados también los grandes y maravillosos bienes prometidos, para que por ellos puedan ustedes escapar de la corrupción que las pasiones desordenadas provocan en el mundo, y lleguen a participar de la naturaleza divina. Por eso, esfuércense en añadir a su fe, buena conducta; a la buena conducta, el conocimiento; al conocimiento, el dominio propio; al dominio propio, la paciencia; a la paciencia, la piedad; a la piedad, el amor fraterno, y al amor fraterno, la caridad.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 90, 1-2. 14-15ab. 15c-16
R. (2b) Tú eres mi Dios y en ti confío.
Tú, que vivas al amparo del Altísimo, y descansas a la sombra del todopoderoso, dile al Señor: “Tú eres mi refugio y fortaleza; tú eres mi Dios y en ti confío”.
R. Tú eres mi Dios y en ti confío.
“Puesto que tú me conoces y me amas, dice el Señor, yo te libraré y te pondré a salvo. Cuando tú me invoques, yo te escucharé y en tus angustias estaré contigo”.
R. Tú eres mi Dios y en ti confío.
“A quien se acoge a mí, dice el Señor, yo lo defenderé y colmaré de honores; lo haré disfrutar de larga vida y haré que pueda ver mi salvación”.
R. Tú eres mi Dios y en ti confío.
Aclamación antes del Evangelio
R. Aleluya, aleluya.
Señor Jesús, testigo fiel, primogénito de entre los muertos, tu amor por nosotros es tan grande, que has lavado nuestras culpas con tu sangre.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Marcos 12, 1-12
En aquel tiempo, Jesús comenzó a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos y les dijo:
“Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó una torre para el vigilante, se la alquiló a unos viñadores y se fue de viaje al extranjero.
A su tiempo, les envió a los viñadores un criado para recoger su parte del fruto de la viña. Ellos se apoderaron de él, lo golpearon y lo devolvieron sin nada. Les envió otro criado, pero ellos lo descalabraron y lo insultaron. Volvió a enviarles otro y lo mataron. Les envió otros muchos y los golpearon o los mataron.
Ya sólo le quedaba por enviar a uno, su hijo querido, y finalmente también se lo envió, pensando: ‘A mi hijo sí lo respetarán’. Pero al verlo llegar, aquellos viñadores se dijeron: ‘Éste es el heredero; vamos a matarlo y la herencia será nuestra’. Se apoderaron de él, lo mataron y arrojaron su cuerpo fuera de la viña.
¿Qué hará entonces el dueño de la viña? Vendrá y acabará con esos viñadores y dará la viña a otros. ¿Acaso no han leído en las Escrituras: La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente?”
Entonces los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, quisieron apoderarse de Jesús, porque se dieron cuenta de que por ellos había dicho aquella parábola, pero le tuvieron miedo a la multitud, dejaron a Jesús y se fueron de ahí.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Hoy, al conmemorar a San Justino, mártir, un hombre de profunda sabiduría y aún más profunda fe, nuestras lecturas resuenan con una urgencia especial que nos invita a la reflexión y a la acción. La Palabra de Dios no es una melodía antigua para escuchar y olvidar, sino una partitura que se nos entrega para que la interpretemos en la sinfonía de nuestra vida diaria.
La Primera Carta de San Pedro nos regala un horizonte asombroso: hemos recibido una fe preciosa, un don inmerecido que nos habilita para una vida de santidad. Pero no es una santidad pasiva, un mero estado de gracia sin esfuerzo. San Pedro nos insta a una gimnasia espiritual, a un crecimiento dinámico: “esfuércense en añadir a su fe, buena conducta; a la buena conducta, el conocimiento; al conocimiento, el dominio propio; al dominio propio, la paciencia; a la paciencia, la piedad; a la piedad, el amor fraterno, y al amor fraterno, la caridad.” ¡Qué camino tan exigente y a la vez tan liberador! Se nos ofrece la posibilidad, por la acción divina, de “participar de la naturaleza divina” y de escapar de la “corrupción que las pasiones desordenadas provocan en el mundo.” Esta es nuestra sublime vocación: ser más como Dios, en amor y verdad, aquí y ahora.
Pero ¿cómo se ve esta participación divina en el mundo, en medio de las tensiones y las tentaciones? El Evangelio de Marcos nos presenta una parábola que, aunque dirigida a los sumos sacerdotes, escribas y ancianos de aquel tiempo, nos interpela directamente a cada uno de nosotros hoy. Jesús narra la historia de un dueño que planta una viña, la prepara con todo esmero y la confía a unos viñadores. Espera de ellos, naturalmente, el fruto de su trabajo, pero se encuentra con la ingratitud, la avaricia y la violencia. Uno tras otro, sus siervos son maltratados y asesinados. Finalmente, envía a su propio hijo, pensando: “A mi hijo sí lo respetarán.” Pero el mal se ha enquistado de tal manera en el corazón de los viñadores que, cegados por la codicia, asesinan al heredero para apoderarse de la viña.
Esta parábola es una dolorosa alegoría de la historia de la salvación. El dueño es Dios Padre. La viña es su pueblo, su creación, su Reino. Los siervos son los profetas y mensajeros que Dios envió a lo largo de la historia para llamar a su pueblo a la conversión y a la fidelidad. Y el hijo amado, por supuesto, es Jesucristo mismo. Los viñadores malvados representan a aquellos que, a lo largo de los siglos, han rechazado la gracia de Dios, han maltratado a sus profetas y, finalmente, crucificaron al Mesías. Su fracaso radica precisamente en la ausencia de esas virtudes que San Pedro nos exhorta a cultivar: no hubo buena conducta, ni conocimiento verdadero de la voluntad del Padre, ni dominio propio, ni paciencia para esperar, ni piedad, ni amor fraterno, y menos aún caridad. Solo hubo pasiones desordenadas: la avaricia y el deseo de control.
Y aquí es donde la primera lectura y el Evangelio se entrelazan de una manera profunda. Aquellos viñadores, a quienes se les había confiado el cuidado de algo tan valioso, fallaron estrepitosamente. No solo no dieron el fruto esperado, sino que se convirtieron en agentes de corrupción y muerte. Pero el Señor no abandona su viña. Como dice Jesús en la parábola: “¿Qué hará entonces el dueño de la viña? Vendrá y acabará con esos viñadores y dará la viña a otros.” Y es a esos “otros” a quienes San Pedro se dirige, y a quienes nosotros pertenecemos hoy. A nosotros se nos ha confiado la viña del Señor. A nosotros se nos ha dado la “fe tan preciosa” por la justicia de Jesucristo, nuestro Dios y Salvador.
Nosotros somos ahora los llamados a cultivar esa viña, a producir frutos de santidad, a edificar sobre la “piedra que desecharon los constructores,” que es Cristo mismo, ahora “piedra angular.” Y el martirio de San Justino que hoy celebramos es un poderoso eco de esta llamada. Él, un filósofo pagano que buscaba la verdad, la encontró en Cristo. Y una vez que la encontró, no la guardó para sí mismo, sino que la vivió y la proclamó con todas las virtudes que San Pedro nos enumera. Él añadió conocimiento a su fe, dominio propio en su argumentación, paciencia ante la persecución, piedad en su adoración, amor fraterno en su comunidad y, finalmente, la caridad suprema al dar su vida por Cristo. Él fue un “viñador” fiel, un constructor que edificó sobre la verdadera piedra angular, y que nos mostró con su propia sangre cómo se puede escapar de la corrupción del mundo y participar plenamente de la naturaleza divina.
Así, la reflexión para nuestra vida cotidiana es clara: ¿qué tipo de viñadores somos? ¿Estamos cuidando la viña que el Señor nos ha confiado, que es nuestra propia vida, nuestras familias, nuestras comunidades, nuestro mundo? ¿O estamos, como los viñadores malvados de la parábola, buscando solo nuestro propio beneficio, dejándonos llevar por pasiones desordenadas, y rechazando a los “mensajeros” de Dios que nos llaman a la conversión y a la justicia?
La invitación de San Pedro a añadir virtudes a nuestra fe no es una lista de tareas para una vida perfecta e inalcanzable, sino un camino de crecimiento continuo, una peregrinación hacia la plenitud de la vida en Cristo. Significa vivir con coherencia, con integridad. Significa que nuestra fe no se quede solo en palabras, sino que se manifieste en nuestra conducta. Que nuestro conocimiento de Dios nos lleve a un mayor dominio de nosotros mismos, a la capacidad de ofrecer una sonrisa donde hay enfado, una palabra de aliento donde hay desesperación, un acto de servicio donde hay necesidad. Que la paciencia nos ayude a perseverar en las pruebas, sabiendo que el Señor, como nos recuerda el Salmo, es nuestro refugio y fortaleza, que nos librará y nos pondrá a salvo. Que nuestra piedad nos conecte íntimamente con Él, y que el amor fraterno y la caridad nos impulsen a ver a Cristo en cada hermano y hermana, especialmente en los más necesitados.
Recordemos que la gracia y la paz abundan en nosotros “por el conocimiento de Jesucristo, nuestro Señor.” Él nos ha dado todo lo necesario para esta vida de santidad. No hay excusas para no crecer, para no florecer en su viña. Dejemos que la luz de Cristo, la “piedra angular,” ilumine nuestro camino y nos impulse a ser esos viñadores fieles que producen fruto abundante para el Reino. Que el ejemplo de San Justino nos inspire a ser testigos valientes de la verdad, dispuestos a darlo todo por Aquel que nos amó primero.
Hoy, pidamos al Señor la gracia de reconocer su voz en los mensajes que nos envía, en la conciencia que nos interpela, en el hermano que nos necesita. Pidamos la fuerza para apartarnos de la corrupción de las pasiones y para cultivar con diligencia todas las virtudes que nos acercan a Él y nos hacen participar de su divina naturaleza.
Señor Jesús, dueño de la viña y piedra angular de nuestra fe, te damos gracias por habernos llamado a ser tus colaboradores en tu Reino. Concédenos la sabiduría para conocerte más profundamente, la fortaleza para añadir virtudes a nuestra fe, la paciencia para perseverar en tu camino y la caridad para dar frutos abundantes de amor y justicia. Que, al amparo del Altísimo, encontremos en ti nuestro refugio y fortaleza, y que nuestra vida sea un testimonio fiel de tu amor redentor, como lo fue la de San Justino. Amén.
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