Evangelio del 2 de mayo de 2026
Memoria de Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia
Primera Lectura
Lectura Hechos 13, 44-52

El sábado siguiente casi toda la ciudad de Antioquía acudió a oír la palabra de Dios. Cuando los judíos vieron una concurrencia tan grande, se llenaron de envidia y comenzaron a contradecir a Pablo con palabras injuriosas. Entonces Pablo y Bernabé dijeron con valentía: “La palabra de Dios debía ser predicada primero a ustedes; pero como la rechazan y no se juzgan dignos de la vida eterna, nos dirigiremos a los paganos. Así nos lo ha ordenado el Señor, cuando dijo: Yo te he puesto como luz de los paganos, para que lleves la salvación hasta los últimos rincones de la tierra ”.
Al enterarse de esto, los paganos se regocijaban y glorificaban la palabra de Dios, y abrazaron la fe todos aquellos que estaban destinados a la vida eterna.
La palabra de Dios se iba propagando por toda la región. Pero los judíos azuzaron a las mujeres devotas de la alta sociedad y a los ciudadanos principales, y provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé, hasta expulsarlos de su territorio.
Pablo y Bernabé se sacudieron el polvo de los pies, como señal de protesta, y se marcharon a Iconio, mientras los discípulos se quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 97, 1. 2-3ab. 3cd-4
R. (3cd) Cantemos las maravillas del Señor. Aleluya.
Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas. Su diestra y su santo brazo le han dado la victoria.
R. Cantemos las maravillas del Señor. Aleluya.
El Señor ha dado a conocer su victoria y ha revelado a las naciones su justicia. Una vez más ha demostrado Dios su amor y su lealtad hacia Israel.
R. Cantemos las maravillas del Señor. Aleluya.
La tierra entera ha contemplado la victoria de nuestro Dios. Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo al Señor.
R. Cantemos las maravillas del Señor. Aleluya.
Aclamación antes del Evangelio
Juan 8, 31. 32
R. Aleluya, aleluya.
Si se mantienen fieles a mi palabra, dice el Señor, serán verdaderamente discípulos míos y conocerán la verdad.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Juan 14, 7-14
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.
Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras.
Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aun mayores, porque yo me voy al Padre; y cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre’’.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Hermanos y hermanas en Cristo, hoy, 2 de mayo de 2026, la Iglesia celebra la memoria de San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia. Un gigante de la fe, cuya vida entera fue un testimonio ardiente de la verdad central que hoy ilumina nuestro Evangelio: que Jesús es Dios, que en Él vemos al Padre. San Atanasio fue incansable en su defensa de la divinidad de Cristo, una lucha que resonó por décadas y que le costó el exilio y la persecución, pero que él abrazó con la certeza de quien conoce la verdad y sabe que en ella radica nuestra salvación. Su espíritu nos prepara para adentrarnos en las lecturas de este día, que nos invitan a contemplar la maravilla de Dios revelándose y la necesidad de nuestra respuesta.
La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos sitúa en Antioquía, un lugar de gran fermento apostólico. Pablo y Bernabé han estado predicando la Palabra de Dios, y el sábado siguiente se congrega casi toda la ciudad para escucharlos. Es una imagen poderosa de la sed humana de lo trascendente, del anhelo de encontrar sentido y vida. La Palabra de Dios, como una semilla fértil, comienza a echar raíces. Pero en medio de esta esperanza, surge una sombra: la envidia de algunos judíos. Una envidia que los lleva a contradecir e injuriar a Pablo, a rechazar la Palabra que les era ofrecida primero. Es doloroso ver cómo la luz de la verdad puede provocar una reacción tan negativa, pero es una realidad que se repite a lo largo de la historia de la salvación. El rechazo no detiene a la Palabra; al contrario, la impulsa a expandirse. Pablo y Bernabé, con una valentía inspirada, proclaman que si ellos rechazan la vida eterna, la salvación se dirigirá a los paganos, citando la profecía de Isaías: “Yo te he puesto como luz de los paganos, para que lleves la salvación hasta los últimos rincones de la tierra”.
Esta afirmación es un punto de inflexión, y su impacto es inmediato. Los paganos, al enterarse, se regocijan y glorifican la Palabra de Dios. Abrazan la fe, aquellos que estaban destinados a la vida eterna. ¡Qué contraste más grande! El rechazo por un lado, la alegría y la aceptación por el otro. La Palabra de Dios se propaga con fuerza, pero la persecución también se intensifica, obligando a los apóstoles a sacudirse el polvo de sus pies y partir. Sin embargo, lo más significativo es cómo termina esta narración: “mientras los discípulos se quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo”. A pesar de la expulsión de sus guías, la comunidad no se derrumba en la tristeza, sino que se reafirma en la alegría y en la presencia viva del Espíritu.
Ahora bien, ¿cómo se conecta esta experiencia apostólica con el Evangelio de Juan que hoy contemplamos? Jesús les dice a sus discípulos: “Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”. Esta es la clave de todo. La luz que Pablo debía llevar a los paganos, la Palabra que se esparcía, es el mismo Jesús, quien es la revelación plena y definitiva del Padre. Felipe, con una sinceridad que muchos de nosotros compartimos, le pide: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. ¡Cuántas veces hemos sentido ese mismo anhelo! Queremos una manifestación clara, palpable, inconfundible de Dios. Queremos ver a Dios para que todas nuestras dudas se disipen y nuestra fe se afirme.
Pero Jesús, con una dulzura teñida de asombro por la falta de comprensión de Felipe, le responde: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre.” Aquí está la esencia del cristianismo. No hay un Padre oculto más allá de Jesús. Jesús es la imagen perfecta, el reflejo exacto, la manifestación viva del Padre. Las palabras de Jesús no son suyas propias, sino del Padre que permanece en Él; sus obras son las obras del Padre. Él es la “luz de los paganos” porque Él es la luz del Padre que ilumina a todo hombre.
La conexión se hace patente: el gozo de los paganos en Antioquía al escuchar la Palabra no es sino la respuesta a la revelación del Padre en Jesús, una revelación que ahora se les ofrece a través de sus enviados. El rechazo de otros es el rechazo a esta misma verdad fundamental: que en Jesús, Dios se nos ha entregado por completo. San Atanasio lo entendió profundamente; su lucha fue precisamente para que esta verdad no se perdiera, para que no diluyéramos la divinidad de Jesús y, con ella, la posibilidad real de conocer a Dios y ser salvados por Él.
El mensaje espiritual para nuestra vida cotidiana es hondo y transformador. ¿Cómo buscamos a Dios hoy? ¿Como un Padre lejano al que le pedimos una señal, o reconocemos Su presencia en Jesús, en Su Palabra, en los sacramentos, en la Iglesia, en nuestros hermanos? Jesús nos llama a creer, no solo en sus palabras, sino también en sus obras, en los milagros, en el amor radical que manifestó.
Pero la revelación no termina con Jesús; se prolonga en nosotros. La promesa es asombrosa: “Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aun mayores, porque yo me voy al Padre”. ¡Obras mayores! Esto no es una hipérbole; es una invitación radical a ser prolongación de Cristo en el mundo. Es la misión de la Iglesia, es nuestra misión personal. Las obras mayores no necesariamente significan milagros más espectaculares, sino la extensión de su amor, de su justicia, de su perdón a cada rincón de la tierra, a cada corazón humano, a través de nuestra humilde pero comprometida vida de fe. Que millones y millones de personas a lo largo de dos mil años hayan llegado a conocer al Padre gracias a la fe que se extendió por el Espíritu Santo, como ocurrió con los paganos de Antioquía, es una obra “mayor” en el sentido de su alcance.
Y ¿cómo podemos hacer estas obras? Jesús nos da la clave: “cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre”. Esto es una promesa de poder ilimitado a través de la oración. Pero pedir “en mi nombre” no es una fórmula mágica; es pedir alineados con su voluntad, con su corazón, con su misión. Es pedir por lo que glorifica al Padre, por la extensión de su Reino, por la salvación de las almas, por el consuelo de los afligidos, por la justicia en el mundo.
Hermanos, la Palabra de Dios hoy nos invita a una conversión profunda en nuestra manera de conocer a Dios y de vivir nuestra fe. Nos invita a una alegría contagiosa, como la de los discípulos de Antioquía, aun en medio de las pruebas y la persecución. Nos invita a la valentía de Pablo y Bernabé para proclamar la verdad de Cristo sin miedo. Y nos invita, como a San Atanasio, a defender con firmeza la verdad de que Jesús es el rostro visible del Padre, nuestra única luz y salvación.
Necesitamos redescubrir la presencia viva de Jesús en nuestras vidas. ¿Cómo podemos decirle a Jesús, como Felipe, “muéstranos al Padre” si no hemos pasado tiempo con Él, si no le conocemos en su Palabra, en la Eucaristía, en la oración diaria? Jesús ya nos ha mostrado al Padre; la pregunta es si le hemos reconocido.
Hagamos nuestra la oración del salmista: “Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas”. Que nuestra vida sea ese canto nuevo, que nuestras obras sean esas maravillas que glorifican al Padre a través del Hijo. Renovemos hoy nuestro compromiso de ser esa luz de Cristo en un mundo que tanto lo necesita, ese testimonio alegre y valiente.
Acerquémonos, pues, a Él con un corazón sincero. No busquemos más allá de Él para encontrar al Padre. Abramos nuestros ojos de fe para verle en todo, y abramos nuestras manos para hacer sus obras, grandes y pequeñas, con amor y confianza.
Oremos: Señor Jesús, Luz del mundo y rostro visible del Padre, te damos gracias porque te revelas a nosotros. Concede a nuestra fe la claridad y la valentía de San Atanasio para reconocerte plenamente y para proclamar tu verdad sin temor. Llénanos de tu Espíritu Santo, como a los discípulos de Antioquía, para que la alegría de tu presencia nos impulse a hacer tus obras mayores y a llevar tu salvación hasta los confines de la tierra. Que todo lo que pidamos en tu Nombre sea para la gloria del Padre. Amén.
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