Evangelio para Hoy

Evangelio del 1 de mayo de 2026

Viernes de la IV semana de Pascua

Evangelio del 1 mayo 2026 — Juan 14, 1-6 (ilustración)
Juan 14, 1-6

Primera Lectura

Lectura Hechos 13, 26-33

Primera lectura de hoy 1 mayo 2026 — Hechos 13, 26-33 (ilustración)

En aquellos días, Pablo continuó su predicación en la sinagoga de Antioquía de Pisidia con estas palabras:
“Hermanos míos, descendientes de Abraham, y cuantos temen a Dios: Este mensaje de salvación les ha sido enviado a ustedes. Los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús, y al condenarlo, cumplieron las palabras de los profetas que se leen cada sábado: no hallaron en Jesús nada que mereciera la muerte, y sin embargo, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y después de cumplir todo lo que de él estaba escrito, lo bajaron de la cruz y lo pusieron en el sepulcro.
Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y él, ya resucitado, se apareció durante muchos días a los que lo habían seguido de Galilea a Jerusalén. Ellos son ahora sus testigos ante el pueblo.
Nosotros les damos la buena nueva de que la promesa hecha a nuestros padres nos la ha cumplido Dios a nosotros, los hijos, resucitando a Jesús, como está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy’’ .

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 2, 6-7. 8-9. 10-11

R. (7)Jesucristo es el rey de las naciones. Aleluya.

El Señor me ha consagrado como rey de Sión, su ciudad santa. Anunciaré el decreto del Señor He aquí lo que me dijo:

R. Jesucristo es el rey de las naciones. Aleluya.

“Hijo mío eres tú, yo te engendrado hoy. Te daré en herencia las naciones, y como propiedad, toda la tierra. Podrás gobernarlas con cetro de hierro, y despedazarlas como jarros”.

R. Jesucristo es el rey de las naciones. Aleluya.

Escuchen y comprendan estas cosas, reyes y gobernantes de la tierra. Adoren al Señor con reverencia, sírvanlo con temor.

R. Jesucristo es el rey de las naciones. Aleluya.

Aclamación antes del Evangelio

Juan 14, 6

R. Aleluya, aleluya.

Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre si no es por mí, dice el Señor.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Juan 14, 1-6

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.
Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

“No pierdan la paz.” Con estas palabras, Jesús se dirige a sus discípulos, y también a cada uno de nosotros hoy. En un mundo que a menudo nos roba la serenidad, que nos llena de incertidumbres, temores y ansiedades, esta invitación del Señor resuena con una urgencia particular. ¿Quién de nosotros no ha sentido el corazón turbado, la mente inquieta, el espíritu agitado por las preocupaciones de la vida, por el futuro incierto, por las pérdidas que nos golpean, o por la simple fatiga de la existencia? Jesús conoce nuestras flaquezas, nuestras búsquedas, y se nos acerca en medio de nuestras tempestades para ofrecernos un ancla: “Si creen en Dios, crean también en mí.”

Esta frase, aparentemente sencilla, es la clave que abre un horizonte de esperanza. Jesús no nos pide una fe ciega, un salto al vacío sin fundamento. Al contrario, nos invita a depositar nuestra confianza en Él precisamente porque Él es la manifestación suprema de Dios entre nosotros. Es aquí donde la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles viene a iluminar el Evangelio de Juan de una manera tan potente. Pablo, en su apasionada predicación en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, no hace sino proclamar la verdad que Jesús mismo encarna: la promesa de Dios se ha cumplido en Jesús, el Cristo.

Pablo nos recuerda la historia de un pueblo elegido, descendientes de Abraham, a quienes se les había prometido la salvación. Y esa salvación, nos dice con audacia y convicción, no es una idea abstracta o un evento lejano, sino una persona: Jesús. Aquel que fue condenado y crucificado, no por haber cometido mal alguno, sino para que se cumplieran las profecías. Y el punto culminante de todo, la piedra angular de nuestra fe, es que “Dios lo resucitó de entre los muertos.” Esta resurrección no es un mero retorno a la vida, sino la inauguración de una nueva vida, la manifestación del poder de Dios que vence al pecado y a la muerte. Es la confirmación de la divinidad de Jesús, el sello divino a todas sus palabras y promesas. Como proclama el Salmo responsorial, Dios mismo ha dicho: “Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy.” Una frase que la tradición cristiana ha leído como la proclamación de la resurrección como el día en que su filiación divina se manifestó en su poder.

Así, cuando Jesús nos dice en el Evangelio: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar,” sus palabras cobran un peso inquebrantable. Son las palabras del Resucitado, de Aquel en quien Dios ha cumplido todas sus promesas. La resurrección de Jesús es la garantía de que sus palabras son verdad, de que hay un lugar preparado para nosotros, de que nuestra vida no termina en el sepulcro, y de que el Padre nos espera. Esta es la “buena nueva” que Pablo anuncia y que Jesús nos revela en su intimidad con el Padre.

La promesa de Jesús no es una fantasía. Es una promesa fundamentada en el acto más poderoso de Dios en la historia: la resurrección de su Hijo. Él, que ha vencido a la muerte, es quien va a prepararnos un lugar. Él, que se apareció a sus discípulos resucitado, es quien volverá para llevarnos consigo, “para que donde yo esté, estén también ustedes.” Esta es la plenitud de nuestra esperanza, la consumación de nuestro destino: la comunión total y eterna con el Señor en la casa del Padre.

Pero surge la pregunta que Tomás, con su honestidad tan humana, lanza al aire, y que quizás nosotros también nos hacemos en el silencio de nuestro corazón: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Es la pregunta del peregrino, del que se siente desorientado en la vasta geografía de la vida, anhelando un mapa, una guía clara. Y la respuesta de Jesús es, una vez más, la más profunda y trascendente que podríamos recibir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí.”

No nos da un conjunto de instrucciones complicadas o un manual exhaustivo. Nos entrega su Persona.

  • Yo soy el Camino: No nos indica un sendero, Él es el sendero. Seguir el Camino significa no solo imitar sus acciones, sino encarnar su espíritu, su amor, su obediencia al Padre. Es una invitación a una relación profunda, a un discipulado que transforma nuestra existencia, orientando cada paso hacia Él. En un mundo de mil opciones y caminos que prometen felicidad pero a menudo llevan al vacío, Jesús se erige como la única senda segura hacia la plenitud. Es un camino que implica renuncia a nuestro egoísmo, un camino que exige el amor a Dios y al prójimo, un camino de cruz y de resurrección.
  • Yo soy la Verdad: En una época donde las verdades parecen fluidas, donde el relativismo domina y la desinformación confunde, Jesús se presenta como la Verdad encarnada. No una verdad entre otras, no un conjunto de principios abstractos, sino la realidad última de quién es Dios y quiénes somos nosotros. Su Verdad nos libera de las ataduras de la mentira, de la ignorancia, del engaño. Su Verdad ilumina nuestra mente y nuestro corazón, dándonos sentido y propósito. Reconocerlo como la Verdad es abrirnos a la sabiduría divina que todo lo ordena y lo explica, incluso cuando no lo comprendemos plenamente.
  • Yo soy la Vida: No una vida cualquiera, sino la vida abundante, la vida plena, la vida eterna. Una vida que no se limita a nuestra existencia biológica, sino que se extiende a lo profundo de nuestro ser, nutriendo nuestro espíritu, dándonos paz y gozo incluso en medio del sufrimiento. Jesús es la fuente de esa Vida que vence a la muerte, la vida que trasciende la finitud y nos introduce en la eternidad. Creer en Él es tener Vida, y tenerla en abundancia, desde ahora y para siempre.

Esta profunda afirmación de Jesús es un llamado a la conversión, a reorientar nuestra existencia. Si Él es el Camino, ¿estamos caminando realmente con Él? Si Él es la Verdad, ¿estamos buscando y viviendo de acuerdo con esa Verdad, incluso cuando es incómoda o desafía nuestras propias concepciones? Si Él es la Vida, ¿estamos permitiendo que su Espíritu vivifique cada fibra de nuestro ser, o nos aferramos a una vida superficial y vacía?

Nuestras vidas cotidianas están llenas de decisiones, de encrucijadas. En cada una de ellas, la voz de Jesús nos invita a no perder la paz, a confiar en que Él ha ido a prepararnos un lugar. Pero ese lugar se empieza a construir ya aquí, en la forma en que vivimos, en la forma en que amamos, en la forma en que perdonamos, en la forma en que servimos. La Pascua, que aún celebramos, nos recuerda que la resurrección no es solo un evento futuro, sino una realidad presente. Si Cristo resucitó, también nosotros podemos resucitar de nuestros miedos, de nuestros pecados, de nuestras desilusiones.

Hoy, más que nunca, necesitamos escuchar y acoger las palabras de Jesús. Que la buena nueva proclamada por Pablo, la victoria de Cristo sobre la muerte, sea el cimiento firme de nuestra esperanza. Que la promesa de un lugar en la casa del Padre nos impulse a vivir cada día con una perspectiva de eternidad. Y que la certeza de que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida nos dé la fortaleza para seguirlo sin desmayo, con la convicción de que nadie va al Padre si no es por Él.

Abandonemos hoy nuestros temores y nuestras ansiedades a los pies de la cruz gloriosa de Cristo. Él es fiel a sus promesas. Él nos espera. No perdamos la paz, sino que renovemos nuestra fe en Aquel que nos ama hasta el extremo y ha preparado para nosotros una morada eterna.

Acerquémonos ahora a nuestro Padre en oración:

Amado Jesús, Camino, Verdad y Vida, te damos gracias porque no nos dejas en la oscuridad de nuestra incertidumbre, sino que te nos ofreces como la única senda que conduce al Padre. Perdona nuestra falta de fe, nuestras inquietudes y los momentos en que hemos perdido la paz. Concédenos la gracia de seguirte con valentía en nuestro día a día, de vivir de acuerdo con tu Verdad liberadora y de experimentar la plenitud de tu Vida que nos has ganado con tu resurreción. Que la esperanza de morar contigo en la casa de tu Padre nos impulse a ser tus testigos en el mundo, proclamando la buena nueva de tu amor y tu victoria. Amén.

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