Evangelio para Hoy

Evangelio del 3 de mayo de 2026

V Domingo de Pascua

Evangelio del 3 mayo 2026 — Juan 14, 1-12 (ilustración)
Juan 14, 1-12

Primera Lectura

Lectura Hechos 6, 1-7

Primera lectura de hoy 3 mayo 2026 — Hechos 6, 1-7 (ilustración)

En aquellos días, como aumentaba mucho el número de los discípulos, hubo ciertas quejas de los judíos griegos contra los hebreos, de que no se atendía bien a sus viudas en el servicio de caridad de todos los días.
Los Doce convocaron entonces a la multitud de los discípulos y les dijeron: “No es justo que, dejando el ministerio de la palabra de Dios, nos dediquemos a administrar los bienes. Escojan entre ustedes a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales encargaremos este servicio. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra”.
Todos estuvieron de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles, y éstos, después de haber orado, les impusieron las manos.
Mientras tanto, la palabra de Dios iba cundiendo. En Jerusalén se multiplicaba grandemente el número de los discípulos. Incluso un grupo numeroso de sacerdotes había aceptado la fe.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 32, 1-2. 4-5. 18-19

R. (22) El Señor cuida de aquellos que lo temen. Aleluya.

Que los justos aclamen al Señor; es propio de los justos alabarlo. Demos gracias a Dios al son del arpa, que la lira acompañe nuestros cantos.

R. El Señor cuida de aquellos que lo temen. Aleluya.

Sincera es la palabra del Señor y todas sus acciones son leales. El ama la justicia y el derecho, la tierra llena está de sus bondades.

R. El Señor cuida de aquellos que lo temen. Aleluya.

Cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían; los salva de la muerte y en épocas de hambre les da vida.

R. El Señor cuida de aquellos que lo temen. Aleluya.

Aclamación antes del Evangelio

Juan 14, 6

R. Aleluya, aleluya.

Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre si no es por mí, dice el Señor.

R. Aleluya.

Segunda Lectura

Lectura 1 Pedro 2, 4-9

Segunda lectura de hoy 3 mayo 2026 — 1 Pedro 2, 4-9 (ilustración)

Hermanos: Acérquense al Señor Jesús, la piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa a los ojos de Dios; porque ustedes también son piedras vivas, que van entrando en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios, por medio de Jesucristo. Tengan presente que está escrito: He aquí que pongo en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.
Dichosos, pues, ustedes, los que han creído. En cambio, para aquellos que se negaron a creer, vale lo que dice la Escritura: La piedra que rechazaron los constructores ha llegado a ser la piedra angular, y también tropiezo y roca de escándalo. Tropiezan en ella los que no creen en la palabra, y en esto se cumple un designio de Dios.
Ustedes, por el contrario, son estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada a Dios y pueblo de su propiedad , para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Juan 14, 1-12

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar. Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.
Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.
Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aun mayores, porque yo me voy al Padre”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, en este quinto domingo de Pascua, sentimos el aliento del Espíritu Santo que sigue impulsando a la Iglesia, como lo hizo en aquellos primeros días. El tiempo pascual es un tiempo de renovación, de mirar hacia adelante con la esperanza que Cristo Resucitado nos ha traído. Y las lecturas de hoy nos ofrecen un mapa y una brújula para navegar nuestra propia fe y nuestra vida en comunidad.

La primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos sitúa en un momento crucial de la Iglesia naciente. La comunidad crecía exponencialmente, una señal bendita de la acción de Dios. Pero, como en toda comunidad humana, surgieron desafíos, tensiones, quejas. Los judíos griegos sentían que sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria de los bienes, un acto esencial de caridad y expresión concreta de la fe. Este es un detalle importantísimo: la fe no era solo una creencia interna, sino que se manifestaba en el cuidado mutuo, especialmente de los más vulnerables.

Los Apóstoles, sabiamente, no ignoraron la queja. La reconocieron como un asunto grave, que podía minar la unidad y el testimonio de la comunidad. Y aquí vemos una profunda lección sobre el liderazgo y la visión en la Iglesia. No dijeron: “Esto es un problema menor, sigamos con lo nuestro”. Por el contrario, discernieron la necesidad de una estructura, de un servicio específico. “No es justo que, dejando el ministerio de la palabra de Dios, nos dediquemos a administrar los bienes”, afirmaron. Pero esto no significaba desentenderse de la caridad; al contrario, significaba organizarla mejor, dotarla de personas dedicadas y llenas del Espíritu. Eligieron a siete hombres de buena reputación, llenos de fe y del Espíritu Santo y de sabiduría, para este servicio vital.

Esta decisión fue providencial. Permitió a los Apóstoles concentrarse en la oración y el servicio de la Palabra, y a los diáconos (como los llamamos ahora) asegurar que nadie quedara excluido del amor y la atención de la comunidad. El resultado fue asombroso: “la palabra de Dios iba cundiendo. En Jerusalén se multiplicaba grandemente el número de los discípulos. Incluso un grupo numeroso de sacerdotes había aceptado la fe”. La atención a las necesidades materiales y espirituales fue un motor doble del crecimiento de la Iglesia.

Ahora, traslademos nuestra mirada al Evangelio de Juan, un pasaje que comienza con una de las frases más consoladoras de Jesús: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí.” Sus discípulos estaban turbados. Jesús les hablaba de su partida, de ir a prepararles un lugar. Este lugar, por supuesto, es el Reino del Padre, la vida eterna. Pero antes de alcanzar ese destino final, los discípulos (y nosotros) necesitamos un camino, una verdad y una vida para transitar.

Tomás, con su habitual franqueza, expresa la confusión que a menudo sentimos: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Y la respuesta de Jesús es el corazón de nuestro Evangelio de hoy, una verdad que resuena con una fuerza inquebrantable a través de los siglos: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí.”

Esta afirmación no es una mera declaración teológica; es una invitación personal. Jesús no nos señala un mapa o nos da una lista de reglas; se nos ofrece a sí mismo. Él es el camino a seguir, la verdad a creer, la vida a vivir. Y cuando Felipe, impulsado por el anhelo de ver a Dios, le pide: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”, Jesús le responde con una revelación aún más profunda: “Quien me ve a mí, ve al Padre.” En Cristo, el Padre se hace visible, palpable, accesible. Las obras que Jesús realiza, sus palabras, su amor, su sacrificio, son las obras del Padre mismo actuando en el mundo.

¿Cómo se conectan entonces la preocupación por las viudas en Hechos y la revelación de Jesús como camino, verdad y vida en Juan? Se conectan en el corazón mismo de la misión de la Iglesia. La “casa del Padre” de la que habla Jesús no es solo un lugar celestial; es también la Iglesia, la comunidad de creyentes que, aquí en la tierra, vive y actúa según el “camino, la verdad y la vida” que es Cristo.

Cuando los apóstoles y luego los diáconos se dedicaron, unos a la palabra y la oración, otros al servicio de la caridad, estaban construyendo esa casa del Padre aquí y ahora. Estaban haciendo visible el amor del Padre en la atención a los necesitados. La palabra de Jesús que promete que el que crea en Él “hará las obras que hago yo y las hará aun mayores” encuentra su eco en la primera comunidad. Los “mayores” no son necesariamente más espectaculares, sino que significan la expansión de la obra de Jesús a través de la historia, en todos los rincones de la tierra, por medio de sus discípulos.

Cada acto de amor, cada gesto de caridad que la Iglesia realiza, desde una sopa caliente para el que tiene hambre hasta una palabra de consuelo para el afligido, es una obra de Jesús. Es preparar un lugar para Él en el corazón de los hombres, es hacer que el Padre sea visible en el mundo. Los diáconos, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, al servir a las viudas, no solo administraban bienes; estaban revelando el rostro amoroso del Padre. Estaban caminando el “camino” de la caridad, viviendo la “verdad” del Evangelio y transmitiendo la “vida” de Dios a través de un servicio concreto.

Para nosotros hoy, este mensaje es profundamente actual. En un mundo donde a menudo nos sentimos ansiosos, turbados por las incertidumbres, Jesús nos repite: “No pierdan la paz.” Esa paz la encontramos al anclarnos en Él, el Camino seguro. Pero caminar con Él no es solo una experiencia individual. Es una experiencia comunitaria que se manifiesta en cómo nos cuidamos unos a otros, cómo construimos la “casa del Padre” entre nosotros.

¿Cómo atendemos hoy a nuestras “viudas”, a nuestros “huérfanos”, a los “extranjeros” de nuestro tiempo? ¿Cómo la Iglesia, nuestra parroquia, yo mismo como cristiano, equilibramos la dedicación a la oración y la Palabra con el servicio concreto a los hermanos? No podemos decir que seguimos a Jesús si ignoramos las quejas de los que sufren, las necesidades de los más vulnerables. La fe sin obras está muerta, nos recuerda Santiago. Y las obras, sin la raíz de la fe en Cristo, carecen de su pleno sentido y de su fuente inagotable de amor.

Pidamos al Espíritu Santo la sabiduría y el discernimiento que tuvieron los Apóstoles para organizar nuestro servicio, para que nadie quede desatendido. Pidamos la fe y la valentía de Esteban y los demás diáconos para que, llenos del Espíritu, podamos ser instrumentos del amor de Dios en el mundo. Y, sobre todo, pidamos al Señor que nos ayude a tener siempre presente que Él es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Que en cada decisión, en cada encuentro, en cada acto de servicio, lo busquemos a Él, lo veamos a Él y le permitamos obrar a través de nosotros, haciendo las obras del Padre, incluso “mayores”, para la construcción de su Reino. Que nuestra vida, vivida en la paz de Cristo y en el servicio a los hermanos, sea una habitación abierta en la casa del Padre para todos.

Que el Señor nos conceda la gracia de no perder nunca la paz, de creer en Él como camino, verdad y vida, y de manifestar su amor a través de nuestras palabras y, sobre todo, de nuestras obras, para que en nuestra comunidad se siga multiplicando la fe y el amor.

Amén.

Señor Jesús, Camino, Verdad y Vida, calma nuestra inquietud y afianza nuestra fe en ti. Que, llenos de tu Espíritu Santo, sepamos discernir y servir las necesidades de nuestros hermanos, haciendo visible tu amor y construyendo tu casa entre nosotros aquí en la tierra, mientras esperamos la promesa de un lugar contigo en el cielo. Que quien nos vea a nosotros, vea un reflejo de tu Padre, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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