Evangelio para Hoy

Evangelio del 15 de septiembre de 2026

Memoria de Nuestra Señora de los Dolores

Evangelio del 15 septiembre 2026 — Juan 19, 25-27 (ilustración)

Juan 19, 25-27

Primera Lectura

Lectura 1 Corintios 12, 12-14. 27-31

Primera lectura de hoy 15 septiembre 2026 — 1 Corintios 12, 12-14. 27-31 (ilustración)

Hermanos: Así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu. El cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos.
Pues bien, ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno es miembro de él. En la Iglesia, Dios ha puesto en primer lugar a los apóstoles; en segundo lugar, a los profetas; en tercer lugar, a los maestros; luego, a los que hacen milagros, a los que tienen el don de curar a los enfermos, a los que ayudan, a los que administran, a los que tienen el don de lenguas y el de interpretarlas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Son todos maestros? ¿Hacen todos milagros? ¿Tienen todos el don de curar? ¿Tienen todos el don de lenguas y todos las interpretan? Aspiren a los dones de Dios más excelentes.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 99, 2. 3. 4. 5

R. (3c) Sirvamos al Señor con alegría.

Alabemos a Dios todos los hombres, sirvamos al Señor con alegría y con júbilo entremos en su presencia.

R. Sirvamos al Señor con alegría.

Reconozcamos que el Señor es Dios, que él fue quien nos hizo y somos suyos, que somos su pueblo y su rebaño.

R. Sirvamos al Señor con alegría.

Entremos por sus puertas dando gracias, crucemos por sus atrios entre himnos, alabando al Señor y bendiciéndolo.

R. Sirvamos al Señor con alegría.

Porque el Señor es bueno, bendigámoslo, porque es terna su misericordia y su fidelidad nunca se acaba.

R. Sirvamos al Señor con alegría.

Secuencia La Madre piadosa estaba junto a la cruz, y lloraba mientras el Hijo pendía; cuya alma triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía. ¡Oh cuán triste y afligida estaba la Madre herida, de tantos tormentos llena, cuando triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena! ¿Y cuál hombre no llorara si a la Madre contemplara de Cristo en tanto dolor? ¿Y quién no se entristeciera, Madre piadosa, si os viera sujeta a tanto rigor? Por los pecados del mundo, vio a Jesús en tan profundo tormento la dulce Madre. Vio morir al Hijo amado que rindió desamparado el espíritu a su Padre. ¡Oh dulce fuente de amor!, hazme sentir tu dolor para que llore contigo. Y que, por mi Cristo amado, mi corazón abrasado más viva en él que conmigo. Y, porque a amarlo me anime, en mi corazón imprime las llagas que tuvo en sí. Y de tu Hijo, Señora, divide conmigo ahora las que padeció por mí. Hazme contigo llorar y de veras lastimar de sus penas mientras vivo; porque acompañar deseo en la cruz, donde lo veo, tu corazón compasivo. ¡Virgen de vírgenes santas!, llore ya con ansias tantas que el llanto dulce me sea; porque su pasión y muerte tenga en mi alma de suerte que siempre sus penas vea. Haz que su cruz me enamore y que en ella viva y more de mi fe y amor indicio; porque me inflame y encienda y contigo me defienda en el día del juicio. Haz que me ampare la muerte de Cristo, cuando en tan fuerte trance vida y alma estén; porque, cuando quede en calma el cuerpo, vaya mi alma a su eterna gloria. Amén.

Aclamación antes del Evangelio

R. Aleluya, aleluya.

Dichosa la Virgen María, que sin morir, mereció la palma del martirio junto a la cruz del Señor.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Juan 19, 25-27

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre”. Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.
O bien:
Lucas 2, 33-35
En aquel tiempo, el padre y la madre del niño estaban admirados de las palabras que les decía Simeón. Él los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: “Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

En este día en que conmemoramos a Nuestra Señora de los Dolores, nuestras lecturas nos invitan a profundizar en el misterio de la vida cristiana, en la cual todos somos llamados a ser parte activa del cuerpo de Cristo, así como a encontrar consuelo y fortaleza en el dolor que la Virgen María experimentó en su vida. En la primera lectura, San Pablo nos recuerda que, a pesar de nuestras diferencias y circunstancias, somos parte de una unidad espiritual a través del amor y el sacrificio de Cristo. Este cuerpo está constituido por muchos miembros, cada uno con su propia función y don, pero todos llamados a trabajar juntos en la edificación del Reino de Dios.

La imagen del cuerpo como una unidad diversa es un poderoso recordatorio de que ninguna persona está sola en su sufrimiento ni en su alegría. Todos nosotros, ya seamos judíos o gentiles, esclavos o libres, compartimos un mismo Espíritu que nos une. A veces, en nuestra vida cotidiana, podemos sentir que estamos aislados en nuestras luchas o que nuestras contribuciones son insignificantes. Sin embargo, hoy, somos llamados a recordar que cada uno de nosotros es esencial en la misión que Cristo nos ha encomendado.

El Evangelio de Juan nos muestra a María al pie de la cruz, en el momento más desgarrador de su vida, cuando su Hijo amado sufre y muere. María, a pesar del dolor y la tristeza que siente, está presente y plenamente consciente de la realidad de la Cruz. Esta escena nos conecta de manera especial con la primera lectura, donde San Pablo nos exhorta a reconocer nuestra misión dentro del cuerpo de Cristo. Así como cada miembro del cuerpo tiene su función, María desempeña un papel crítico en la redención. Ella es nuestra madre espiritual, y su dolor no es solo un lamento, sino un acto de amor y entrega.

La Virgen, con su tristeza, nos revela que el sufrimiento puede ser un camino hacia la trascendencia. Su entrega y disposición a acompañar a su hijo en su pasión nos enseña a abrazar nuestras propias cruzes con fe y esperanza. La espada que traspasa su alma, como le profetizó Simeón, es un símbolo de los desafíos que enfrenta cualquier madre y, por extensión, toda la humanidad en su camino de fe. Este dolor no es solo sufrimiento, sino una invitación a participar en la salvación del mundo.

En nuestra vida diaria, a menudo encontramos momentos de sufrimiento y de dolor. Estos momentos pueden ser ocasión de desánimo, y en ellos, podríamos sentirnos tentados a aislarnos. Sin embargo, el testimonio de María nos ofrece una alternativa: encontrar en nuestro dolor un sentido de comunión. Ella junto a la cruz nos enseña que no estamos solos en nuestras luchas. En el sufrimiento de la Virgen podemos identificar nuestros propios momentos de pérdida, tristeza o desesperación, y al mismo tiempo, aprender que es en esos momentos donde podemos encontrar a Cristo más cerca de nosotros. Al igual que el apóstol Juan, que se la llevó a vivir con él, nosotros también estamos llamados a acoger su presencia y dejar que su dolor nos transforme.

Es esencial que nos sintamos parte de este cuerpo, como lo menciona San Pablo. Si cada uno de nosotros se siente parte activa de la comunidad cristiana, podremos compartir nuestras cargas y nuestras alegrías. La participación plena en la vida de la Iglesia es una invitación a vivir la fe en comunidad, a reconocernos como miembros del cuerpo de Cristo que, a pesar de las heridas y divisiones que el mundo propone, debe mantenerse unido. Solo así podemos aspirar a los dones más excelentes que Dios nos ha prometido, solo así podemos verdaderamente abrazar la misión de ser luz en medio de la oscuridad.

Pero ¿cómo podemos ser parte activa de este cuerpo? La respuesta radica en el amor. El amor que nos une a Dios y el amor que nos llama a servir a los demás. En nuestras familias, comunidades y lugares de trabajo podemos ser instrumentos de paz y reconciliación. Cada acto de bondad, cada gesto de compasión, se convierte en una forma de edificar el cuerpo de Cristo aquí y ahora. No debemos desanimarnos ante nuestros pequeños esfuerzos, porque cada uno cuenta en el eterno plan de la salvación.

Hoy es un buen día para reflexionar sobre cómo estamos siendo miembros útiles de este cuerpo. ¿Qué dones hemos recibido? ¿Cómo los estamos poniendo al servicio de los demás? La exhortación de Pablo a “Aspirar a los dones de Dios más excelentes” es un reto que puede despertar en nosotros un deseo renovado de ir más allá de lo que somos, de entregarnos constantemente en el servicio y en la misión.

Al reflexionar sobre el dolor de María, también se nos invita a mirar hacia dentro, a confrontar nuestras propias heridas, a presentarlas ante Dios. En el silencio de la oración, podemos depositar nuestras angustias y confiar en que, al igual que María, nuestro dolor tiene un significado mayor, un propósito en el diseño divino. Nos invita no solo a llorar nuestras pérdidas, sino también a elaborar en nuestro corazón un amor que transforme nuestra forma de ver al mundo.

Hoy, te invito a acercarte en oración. Pidamos a Nuestra Señora de los Dolores que nos ayude a sentir el dolor de los demás, que nos abra el corazón a la compasión, y que nos impulse a vivir en unidad. Que su sufrimiento nos inspire a ser mejores miembros del cuerpo de Cristo, conscientes de la importancia de nuestra misión. Que cada día nos acerquemos más a ella y a su Hijo, dejándonos guiar por el amor que siempre nos ha fortalecido.

Señor, te pedimos que, a través de la intercesión de la Virgen María, nos des la fortaleza para afrontar nuestro propio dolor y el de nuestros hermanos, y que nos ayudes a ser instrumentos de tu paz y amor en un mundo que tanto lo necesita. Amén.

Video del evangelio

Únete a nuestro canal de WhatsApp

Recibe el evangelio y la reflexión de cada día directamente en tu WhatsApp.

Unirme al canal