Evangelio del 14 de septiembre de 2026
Fiesta de la Exaltación de la santa Cruz
Juan 3, 13-17
Primera Lectura
Lectura Números 21, 4-9

En aquellos días, el pueblo se impacientó y murmuró contra Dios y contra Moisés, diciendo: “¿Para qué nos sacaste de Egipto? ¿Para que muriéramos en el desierto? No tenemos pan ni agua y ya estamos hastiados de esta miserable comida”.
Entonces envió Dios contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían, y murieron muchos israelitas. El pueblo acudió a Moisés y le dijo: “Hemos pecado al murmurar contra el Señor y contra ti. Ruega al Señor que aparte de nosotros las serpientes”. Moisés rogó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió: “Haz una serpiente como ésas y levántala en un palo. El que haya sido mordido por las serpientes y mire la que tú hagas, vivirá”. Moisés hizo una serpiente de bronce y la levantó en un palo; y si alguno era mordido y miraba la serpiente de bronce, quedaba curado.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 77, 1-2. 34-35. 36-37. 38
R. (cf 7c) No olvidemos las hazañas del Señor.
Escucha, pueblo mío, mi enseñanza; presten oído a las palabras de mi boca. Abriré mi boca y les hablaré en parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
R. No olvidemos las hazañas del Señor.
Cuando Dios los hacía morir, lo buscaban y madrugaban para volverse hacia él. Se acordaban de que Dios era su auxilio; el Dios altísimo su redentor.
R. No olvidemos las hazañas del Señor.
Lo adulaban con su boca, le mentían con su lengua; su corazón no era sincero con él, ni eran fieles a su alianza.
R. No olvidemos las hazañas del Señor.
Pero él sentía lástima de ellos, les perdonaba su culpa y no los destruía. Muchas veces dominó su ira y apagó el furor de su cólera.
R. No olvidemos las hazañas del Señor.
Aclamación antes del Evangelio
R. Aleluya, aleluya.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
R. Aleluya.
Segunda Lectura
Lectura Filipenses 2, 6-11

Cristo, siendo Dios,
no consideró que debía aferrarse
a las prerrogativas de su condición divina,
sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo
tomando la condición de siervo,
y se hizo semejante a los hombres.
Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo
y por obediencia aceptó incluso la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas
y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús todos doblen la rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor,
para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Juan 3, 13-17
En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: “Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo y está en el cielo. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él”.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
En este día de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, las lecturas que se nos presentan son una invitación a contemplar el misterio del sufrimiento y la salvación, a entender cómo las dificultades pueden guiarnos hacia una vida renovada en Cristo. En la primera lectura de Números, vemos a un pueblo que se siente perdido y desolado en el desierto. Su murmullo contra Dios y contra Moisés revela el profundo sufrimiento y la desesperanza que siente en medio de las pruebas. La experiencia de este pueblo nos resuena; a menudo nos sentimos así en nuestra vida cotidiana, enfrentando desilusiones, cansancio y una profunda necesidad de un sentido.
Las serpientes venenosas que Dios envía no son un castigo arbitrario, sino una respuesta redentora. A través del sufrimiento y la muerte, el pueblo es llevado a reconocer su fragilidad, su dependencia de Dios. La serpiente de bronce levantada por Moisés se convierte en un símbolo de salvación. Aquellos que miran a la serpiente, que ponen su mirada en lo que Dios ha dispuesto, encuentran vida. Este acto de mirar es un acto de fe, un movimiento del corazón que reconoce que, aun en medio de lo adverso, Dios ofrece una salida, una esperanza. La vida en el desierto simboliza las etapas de nuestra propia vida, donde ha habido dolor, decepción y luchas, pero también oportunidades de volver nuestros corazones hacia Dios.
El Evangelio de Juan nos lleva más allá de esta figura de la serpiente en el desierto y nos invita a ver a Jesús mismo como el verdadero objeto de nuestra mirada y fe. Cuando Jesús dice que, así como Moisés levantó la serpiente, también debe ser levantado el Hijo del hombre, está estableciendo un paralelo profundo. En su crucifixión, Jesús se convierte en la representación tangible de la serpiente de bronce: es a través de su sufrimiento y su muerte que encontramos la verdadera curación. Este levantar a Jesús en la cruz no es un signo de derrota, sino de victoria. La cruz, que inicialmente parecía ser el símbolo más triste, se transforma en el más grande de los triunfos.
A menudo, en nuestra vida, podemos ser tentados a desviar nuestra mirada ante las dificultades. En lugar de mirarlas y enfrentarlas, preferimos evitar el dolor, buscar soluciones rápidas que muchas veces no son efectivas. Sin embargo, el llamado de hoy es a mirar, a dirigir nuestra atención hacia Cristo crucificado. La cruz se convierte en un lugar de encuentro entre la humanidad y la divinidad, donde nuestras propias heridas son sanadas. El amor de Dios se manifiesta en la entrega total de su Hijo, quien no vino a condenar, sino a salvar. Esto nos muestra que incluso cuando estamos enfrentando nuestros peores momentos, Dios no está distante; está más cercano de lo que podemos imaginar.
El desafío para cada uno de nosotros es, entonces, cómo respondemos a esa invitación. En momentos de angustia, podemos recordar que la salvación nos ha sido ofrecida. La invitación es clara: no esquivemos el sufrimiento, sino que lo confrontemos con la mirada fija en el Cristo crucificado y resucitado. Es en esa mirada que encontramos nuestro propósito, nuestra esperanza y nuestra identidad como hijos e hijas amados de Dios. El sacrificio de Cristo en la cruz nos recuerda que nuestra vida tiene un peso, un significado, incluso en el dolor y la confusión.
La realidad es que todos enfrentamos serpientes en nuestras vidas, esos momentos de tentación y sufrimiento que nos desvían y nos ponen a prueba. Cada uno de nosotros tiene esas cosas que nos perturban, esos pecados que nos hacen murmurar y lamentar. Sin embargo, la clave no es simplemente evitar el desierto, sino entrarlo con la certeza de que estamos acompañados por Aquel que nos ama infinitamente. Recordando las palabras de san Juan, “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”, entendemos que la entrega de Cristo es la respuesta divina a nuestra desesperación.
En esta perspectiva, es importante que, como comunidad y como individuos, cultivemos una vida de oración. La oración es el espacio donde podemos expresar nuestras quejas, nuestras dudas y nuestros temores, pero también donde podemos abrir nuestro corazón a la esperanza que se nos ofrece. La oración, entonces, no es solo pedir ayuda ante las adversidades, sino también un acto de alabanza que nos permite recordar las maravillas de Dios en nuestra vida, nos prepara para reconocer su respuesta, incluso en las circunstancias más difíciles.
Este momento es propicio para preguntarnos: ¿Estamos dispuestos a mirar la cruz? ¿Estamos dispuestos a encontrar en ella la respuesta a nuestros problemas y sufrimientos? La exhortación de hoy es clara: volvamos nuestra mirada a Cristo, quien en la cruz asumió todos nuestros sufrimientos y nos ofrece la vida eterna. Al hacerlo, no solo encontraremos paz, sino que también nos inspiraremos a nuestra conversión diaria, un proceso que nunca termina mientras vivimos en esta tierra.
Invitemos a Dios en nuestra vida diaria, incluso en los momentos más complejos. Abramos nuestros corazones a la posibilidad de renovación. Que seamos como el pueblo de Israel, que, después de la intervención de Dios, reconoció su culpa y se volvió a Él. Así también nosotros, en nuestra fragilidad, podemos encontrar fuerza en la oración y refugio en la cruz de Cristo.
Oremos juntos: Señor, en este día de la Exaltación de tu Santa Cruz, te pedimos que nos ayudes a mirar hacia ti en nuestras tribulaciones. Que cada sufrimiento se convierta en una oportunidad para acercarnos a ti y experimentar tu amor redentor. Amén.
Video del evangelio
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