Evangelio para Hoy

Evangelio del 27 de julio de 2026

Lunes de la XVII semana del Tiempo ordinario

Evangelio del 27 julio 2026 — Mateo 13, 31-35 (ilustración)
Mateo 13, 31-35

Primera Lectura

Lectura Jeremías 13, 1-11

Primera lectura de hoy 27 julio 2026 — Jeremías 13, 1-11 (ilustración)

El Señor me dijo: “Ve a comprar un cinturón de lino y póntelo en la cintura, pero no lo metas en el agua”. Compré el cinturón y me lo puse en la cintura, según la orden del Señor.
Entonces el Señor me habló por segunda vez y me dijo: “Toma el cinturón que compraste y que llevas puesto en la cintura, levántate y vete al río Eufrates y escóndelo ahí, en el agujero de una roca”. Fui y lo escondí en el Eufrates, como me había ordenado el Señor.
Al cabo de mucho tiempo, me dijo el Señor: “Levántate, vete al Eufrates y recoge el cinturón que te mandé que escondieras ahí”. Fui al Eufrates, escarbé y recogí el cinturón del sitio donde lo había escondido; pero el cinturón se había podrido: no servía para nada.
Entonces el Señor me habló y me dijo: “Esto dice el Señor: ‘Del mismo modo haré yo que se pudra la gran soberbia de Judá y de Jerusalén. Ese pueblo malvado se ha negado a obedecerme, se porta obstinadamente, ha seguido a otros dioses para servirlos y adorarlos, y será como este cinturón, que ya no sirve para nada. Porque así como el cinturón va adherido al cuerpo, así quise llevar unidas a mí a la casa de Israel y a la casa de Judá, para que fueran mi pueblo, mi fama, mi gloria y mi honor; pero ellos no me escucharon’”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Deuteronomio 32, 18-19. 20. 21

R. (cf. 18a) Abandonaron a Dios, que les dio la vida.

Abandonaron a Dios, que los creó, y olvidaron al Señor, que les dio la vida. Lo vio el Señor, y encolerizado, rechazó a sus hijos y a sus hijas.

R. Abandonaron a Dios, que les dio la vida.

El Señor pensó: “Me les voy a esconder y voy a ver en qué acaban, porque son una generación depravada, unos hijos infieles.

R. Abandonaron a Dios, que les dio la vida.

Ellos me han dado celos con un dios que no es Dios y me han encolerizado con sus ídolos; yo también les voy a dar celos con un pueblo que no es pueblo y los voy a encolerizar con una nación insensata”.

R. Abandonaron a Dios, que les dio la vida.

Aclamación antes del Evangelio

Santiago 1, 18

R. Aleluya, aleluya.

Por su propia voluntad el Padre nos engendró por medio del Evangelio, para que fuéramos, en cierto modo, primicias de sus creaturas.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 13, 31-35

En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en su huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”.
Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”.
Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, nos reunimos una vez más ante la Palabra viva de Dios, en este lunes de la decimoséptima semana del Tiempo Ordinario, para permitir que el Espíritu Santo nos ilumine y transforme. Las lecturas de hoy nos presentan un contraste profundo: por un lado, la tristeza de la decadencia y la infidelidad; por otro, la promesa de un crecimiento asombroso y una transformación silenciosa.

La primera lectura, del profeta Jeremías, nos golpea con una imagen poderosa y perturbadora: la del cinturón de lino. Dios mismo instruye a Jeremías a comprar este cinturón, ponérselo, y luego, después de un tiempo, esconderlo en el río Éufrates. Luego, al cabo de mucho tiempo, le pide que lo recoja. La escena es vívida: Jeremías escarba y encuentra el cinturón, que una vez fue nuevo y útil, ahora podrido, inservible. Y entonces, la voz del Señor revela el doloroso significado de esta acción simbólica: “Del mismo modo haré yo que se pudra la gran soberbia de Judá y de Jerusalén.”

Este cinturón de lino no era un objeto cualquiera; el lino era un material precioso, y el cinturón se usaba pegado al cuerpo. Representaba la cercanía, la intimidad que Dios anhelaba con su pueblo. “Así quise llevar unidas a mí a la casa de Israel y a la casa de Judá, para que fueran mi pueblo, mi fama, mi gloria y mi honor”. ¡Qué palabras tan llenas de amor y de propósito! Dios quería que su pueblo fuera su orgullo, su testimonio ante las naciones, su misma gloria. Pero Israel no escuchó, se negó a obedecer, se portó obstinadamente, siguió a otros dioses. La soberbia, la idolatría, la desobediencia, como un río corrosivo, pudrieron esa relación íntima, convirtiendo al pueblo elegido en algo inútil para el propósito divino.

Es una imagen desoladora: aquello que Dios quería tan cerca de sí, tan fundamental para su identidad, se corrompe y se vuelve inservible. Esta palabra no es solo para el antiguo Israel; es una llamada a la reflexión para cada uno de nosotros. ¿Cómo está nuestro “cinturón” personal, nuestra relación con Dios? ¿Estamos permitiendo que la soberbia –esa hinchazón del ego que nos hace creer que no necesitamos a Dios o que podemos prescindir de sus mandatos–, que la obstinación en nuestros propios caminos, que la idolatría –entendida no solo como la adoración de imágenes, sino como la entrega de nuestro corazón a cualquier cosa que no sea Dios: el dinero, el poder, el placer, la imagen personal–, pudra nuestra alma, nuestra vida espiritual?

Cuando nos separamos de Dios, cuando nos desprendemos de Él, perdemos nuestra verdadera utilidad, nuestro propósito más profundo. Podemos seguir funcionando en el mundo, logrando éxitos, construyendo cosas, pero si nuestra vida no está anclada en Aquel que nos creó y nos sostiene, si no somos ese “cinturón” pegado a Él, corremos el riesgo de pudrirnos por dentro, de perder nuestra capacidad de dar gloria a Dios, de ser testimonio de su amor, de cumplir el propósito para el cual fuimos creados.

Pero la Palabra de Dios, en su infinita sabiduría y misericordia, nunca nos deja en la desesperación. Nos levanta del abismo de la autocomplacencia y nos ofrece la esperanza. Y es aquí donde el Evangelio de hoy se convierte en un bálsamo y una invitación, en una respuesta a la dolorosa advertencia de Jeremías. Jesús nos habla del Reino de los Cielos a través de dos parábolas breves pero poderosas: la de la semilla de mostaza y la de la levadura.

La semilla de mostaza es la más pequeña de todas las semillas, nos dice Jesús. Casi insignificante. Pero cuando crece, se convierte en un arbusto lo suficientemente grande como para que los pájaros aniden en sus ramas. La levadura, por su parte, es solo un poco, pero tiene el poder de fermentar y transformar toda la masa.

Aquí encontramos la contraparte esperanzadora de la advertencia de Jeremías. Si la soberbia y la desobediencia llevan a la corrupción y la inutilidad, el Reino de los Cielos, aún en sus inicios más humildes, lleva a la vida, al crecimiento, a la transformación y a la provisión de cobijo para muchos. Es como si Jesús nos dijera: sí, la naturaleza humana caída puede pudrirse si se separa de Dios; pero el Reino de Dios, que yo vengo a sembrar, tiene una fuerza intrínseca de vida y crecimiento que puede revertir esa podredumbre.

¿Qué es esa pequeña semilla de mostaza en nuestra vida? ¿Qué es esa pizca de levadura? Es nuestra fe, por pequeña que sea. Es un acto de amor, de perdón, de humildad. Es una conversión del corazón, por mínima que parezca al principio. Es abrir la puerta a Jesús, quizás solo un resquicio. Es el arrepentimiento sincero, un anhelo de volver a Dios. Es esa gracia que recibimos en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, donde el Rey de los Cielos se hace tan pequeño como un trozo de pan.

Estas parábolas nos enseñan que el poder de Dios no reside en la grandiosidad externa, sino en la fuerza interior y transformadora. El Reino de los Cielos, y por tanto, nuestra vida de fe, no requiere que seamos ya árboles gigantes o masas perfectamente fermentadas. Comienza en lo pequeño, en lo que parece insignificante. Pero si permitimos que Dios actúe, si cultivamos esa semilla, si dejamos que esa levadura se mezcle con la masa de nuestra existencia, el crecimiento será inevitable. Lo que era pequeño se hará grande y dará cobijo; lo que era inerte se transformará y fermentará.

Pensemos en cómo aplicamos esto a nuestra vida diaria. ¿Hay en nosotros esa “gran soberbia” que nos lleva a creer que podemos solos, que no necesitamos la guía de Dios, que somos dueños de nuestro destino sin referencia al Creador? ¿Hay quizás alguna forma de idolatría que, como un corrosivo silencioso, está pudriendo nuestro “cinturón” espiritual, nuestra íntima unión con Dios? El salmo nos recordaba: “Abandonaron a Dios, que los creó, y olvidaron al Señor, que les dio la vida.”

Hoy, el Señor nos invita a revisar nuestro cinturón. ¿Está adherido a Él o está abandonado en el Eufrates de nuestros propios deseos y vanidades, pudriéndose? Y si reconocemos la podredumbre, el estancamiento, la falta de vida, no nos desesperemos. Miremos al Evangelio. Miremos a Jesús, que nos ofrece la semilla del Reino, la levadura de su gracia. No importa cuán pequeño te sientas, cuán insignificante creas que es tu fe o tu esfuerzo. Lo que importa es que esa semilla sea plantada, que esa levadura sea mezclada.

Dejemos que la Palabra de Dios nos impulse a la conversión. Reconozcamos nuestra fragilidad, nuestras infidelidades, nuestros orgullos. Y con humildad, con la sencillez de un niño que planta una semilla o de una mujer que amasa pan, volvamos a Dios. Pidámosle que plante en nosotros la semilla de su Reino, que sea la levadura que fermente toda nuestra existencia. Que aquello que estaba “oculto desde la creación del mundo” –la verdad de que una vida unida a Dios siempre florece, mientras que una separada se pudre– sea una realidad viva en nuestros corazones. Que nuestra vida, una vez más, o quizás por primera vez de verdad, sea ese “cinturón” útil y glorioso, pegado al cuerpo de Cristo, dando honor y fama a nuestro Dios. Abrámonos a esa transformación sutil pero poderosa que el Espíritu Santo quiere obrar en nosotros.

Oremos: Señor Jesús, te damos gracias por tu Palabra que nos confronta y nos consuela. Ayúdanos a examinar el cinturón de nuestra vida, a reconocer nuestra soberbia y nuestras idolatrías que nos separan de Ti y nos vuelven inútiles. Perdona nuestra obstinación y nuestra falta de escucha. Te pedimos que siembres en nuestros corazones la pequeña semilla de tu Reino y que derrames la levadura de tu gracia, para que, aunque débiles y pequeños, podamos crecer en fe y amor, transformando nuestras vidas y siendo para Ti, nuestra fama, nuestra gloria y nuestro honor. Amén.

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