Evangelio para Hoy

Evangelio del 26 de julio de 2026

XVII Domingo Ordinario

Evangelio del 26 julio 2026 — Mateo 13, 44-52 (ilustración)
Mateo 13, 44-52

Primera Lectura

Lectura 1 Reyes 3, 5. 7-12

Primera lectura de hoy 26 julio 2026 — 1 Reyes 3, 5. 7-12 (ilustración)

En aquellos días, el Señor se le apareció al rey Salomón en sueños y le dijo: “Salomón, pídeme lo que quieras, que yo te lo daré”.
Salomón le respondió: “Señor, tú trataste con misericordia a tu siervo David, mi padre, porque se portó contigo con lealtad, con justicia y rectitud de corazón. Más aún, también ahora lo sigues tratando con misericordia, porque has hecho que un hijo suyo lo suceda en el trono. Sí; tú quisiste, Señor y Dios mío, que yo, tu siervo, sucediera en el trono a mi padre, David. Pero yo no soy más que un muchacho y no sé cómo actuar. Soy tu siervo y me encuentro perdido en medio de este pueblo tuyo, tan numeroso, que es imposible contarlo. Por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal. Pues sin ella, ¿quién será capaz de gobernar a este pueblo tuyo tan grande?”
Al Señor le agradó que Salomón le hubiera pedido sabiduría y le dijo: “Por haberme pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para gobernar, yo te concedo lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio y prudente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti. Te voy a conceder, además, lo que no me has pedido: tanta gloria y riqueza, que no habrá rey que se pueda comparar contigo”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130

R. (97a) Yo amo, Señor, tus mandamientos.

A mí, Señor, lo que me toca es cumplir tus preceptos. Para mí valen más tus enseñanzas que miles de monedas de oro y plata.

R. Yo amo, Señor, tus mandamientos.

Señor, que tu amor me consuele, conforme a las promesas que me has hecho. Muéstrame tu ternura y viviré, porque en tu ley he puesto mi contento.

R. Yo amo, Señor, tus mandamientos.

Amo, Señor, tus mandamientos más que el oro purísimo; por eso tus preceptos son mi guía y odio toda mentira.

R. Yo amo, Señor, tus mandamientos.

Tus preceptos, Señor, son admirables, por eso yo los sigo. La explicación de tu palabra da luz y entendimiento a los sencillos.

R. Yo amo, Señor, tus mandamientos.

Aclamación antes del Evangelio

Cfr Mateo 11, 25

R. Aleluya, aleluya.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del Reino a la gente sencilla.

R. Aleluya.

Segunda Lectura

Lectura Romanos 8, 28-30

Segunda lectura de hoy 26 julio 2026 — Romanos 8, 28-30 (ilustración)

Hermanos: Ya sabemos que todo contribuye para bien de los que aman a Dios, de aquellos que han sido llamados por él según su designio salvador.
En efecto, a quienes conoce de antemano, los predestina para que reproduzcan en sí mismos la imagen de su propio Hijo, a fin de que él sea el primogénito entre muchos hermanos. A quienes predestina, los llama; a quienes llama, los justifica; y a quienes justifica, los glorifica.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.
El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.
También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.
¿Han entendido todo esto?” Ellos le contestaron: “Sí”. Entonces él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy, en este decimoséptimo domingo del tiempo ordinario, la Palabra de Dios nos invita a una profunda reflexión sobre nuestras prioridades, sobre aquello que verdaderamente valoramos en la vida. Nos confronta con una pregunta esencial: ¿Qué es lo que buscamos con más ahínco, lo que deseamos por encima de todo? Las lecturas de este día no solo nos ofrecen una respuesta, sino que nos revelan el camino para encontrar ese tesoro incomparable.

La primera lectura nos transporta al corazón de una experiencia extraordinaria de Salomón. Joven e inexperto, recién ascendido al trono de su padre David, se encuentra en una encrucijada. El Señor se le aparece en sueños y le hace la oferta más grande imaginable: “Pídeme lo que quieras, que yo te lo daré”. ¡Imaginemos esa invitación! Un cheque en blanco de la propia mano de Dios. ¿Qué le pediríamos nosotros? ¿Salud perfecta, riquezas inmensas, éxito asegurado, larga vida, la derrota de nuestros enemigos, o quizás poder y gloria mundana? Esas serían, quizás, las peticiones más comunes. Pero Salomón, con una humildad conmovedora, con una lucidez que ya vislumbraba la sabiduría que estaba por recibir, pide algo muy diferente.

“Señor,” le dice, “yo no soy más que un muchacho y no sé cómo actuar. Soy tu siervo y me encuentro perdido en medio de este pueblo tuyo, tan numeroso. Por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal. Pues sin ella, ¿quién será capaz de gobernar a este pueblo tuyo tan grande?” No pide para sí mismo lujos ni ventajas personales, sino la capacidad de servir mejor a Dios y a su pueblo. Pide “sabiduría de corazón para distinguir entre el bien y el mal”. Esta no es una sabiduría meramente intelectual, sino una sabiduría práctica, una inteligencia espiritual que permite discernir la voluntad de Dios, tomar decisiones justas, y guiar con rectitud. Es la capacidad de ver el mundo, las personas y las situaciones con los ojos de Dios.

Y al Señor le agradó. Le agradó profundamente que Salomón hubiera pedido esto, y no las cosas que el mundo suele anhelar. Por su petición desinteresada y sabia, Dios no solo le concede lo que pidió –un corazón sabio y prudente como no lo ha habido antes ni lo habrá después– sino que, además, le regala lo que no había pedido: gloria y riqueza. Es un principio divino: cuando buscamos primero el Reino de Dios y su justicia, todo lo demás nos será dado por añadidura (Mateo 6,33). Cuando priorizamos las cosas del Espíritu, Dios se encarga generosamente de nuestras necesidades materiales y temporales. La sabiduría de Salomón no era para acumular tesoros, sino para discernir el verdadero Tesoro.

Y es precisamente este Tesoro el que Jesús nos revela hoy en el Evangelio, a través de sus parábolas del Reino de los Cielos. Nos dice que el Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo, o como una perla de gran valor. Estas parábolas no nos hablan de un tesoro que debemos buscar activamente con mapas y expediciones, sino de un tesoro que se encuentra, a menudo de manera inesperada. Pero una vez encontrado, la reacción del descubridor es siempre la misma: una alegría incontenible que lo lleva a venderlo todo, a despojarse de cuanto posee, para adquirir aquello que ha descubierto.

Aquí radica la conexión profunda con la petición de Salomón. ¿Qué es esa “sabiduría de corazón” sino la capacidad de reconocer el inmenso valor del Reino de los Cielos? Es la capacidad de discernir, en medio de las múltiples ofertas del mundo, cuál es el verdadero Tesoro. Muchas cosas en la vida pueden parecernos valiosas: la seguridad económica, el prestigio social, el placer, la comodidad, el poder. El mundo nos las presenta como las perlas más finas. Pero la sabiduría de corazón nos permite ver más allá de lo aparente, nos permite distinguir entre el brillo efímero y el valor imperecedero. Nos permite entender que la vida plena no se encuentra en la acumulación de bienes, sino en la entrega total al Reino, a Dios mismo.

El hombre que encuentra el tesoro o la perla preciosa no vende lo que tiene a regañadientes, como una carga o un sacrificio amargo. ¡No! Lo hace “lleno de alegría”. La alegría del descubrimiento es tan grande, la promesa de la posesión tan dulce, que la renuncia a lo demás se vuelve un acto de libertad, no de privación. Es la alegría de quien ha encontrado el sentido último de su existencia, la plenitud de su ser.

Esto nos interpela directamente: ¿Hemos encontrado nosotros ese Tesoro? ¿Hemos reconocido en Jesucristo y en su Reino la “perla de gran valor” por la cual vale la pena vender todo lo demás? ¿Estamos dispuestos a despojarnos de aquello que nos ata, que nos distrae, que nos impide abrazar plenamente la vida en Cristo? A menudo, no se trata de renunciar a todo lo material, sino de cambiar la jerarquía de nuestros afectos y deseos. Se trata de poner a Dios en el primer lugar, de que el Reino sea el centro de nuestras decisiones, de que su voluntad sea nuestra guía. Esta es la esencia de la sabiduría que Salomón pidió.

La tercera parábola, la de la red, nos ofrece una perspectiva diferente pero complementaria. Nos habla de la naturaleza incluyente del Reino –la red recoge toda clase de peces– y, a la vez, de la ineludible realidad del juicio final. Al final de los tiempos, se hará una separación, los buenos serán puestos en canastos y los malos arrojados al horno encendido. Esta parábola nos recuerda que la sabiduría de corazón no es solo para el discernimiento inicial del tesoro, sino también para el vivir diario. Nos llama a vivir de tal manera que, al final, seamos contados entre los buenos, aquellos que han respondido con su vida al llamado del Reino.

Finalmente, Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Han entendido todo esto?” Y al recibir su “Sí”, les dice: “Todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.” Esta imagen es poderosa. Un escriba versado en el Reino no se aferra solo a las tradiciones antiguas, ni tampoco desecha todo lo nuevo. Posee una sabiduría que integra la riqueza de la fe recibida con la constante novedad del Espíritu Santo que nos habla en el presente. Es una sabiduría dinámica, que nos permite aplicar las verdades eternas de nuestra fe a las realidades cambiantes de nuestro tiempo. Esto es lo que significa tener un “corazón sabio y prudente” hoy. Es tener una fe viva que es capaz de dialogar con el mundo, de responder a sus desafíos, de iluminar sus oscuridades, siempre desde la verdad del Evangelio.

Hermanos, la invitación de hoy es clara: pidamos a Dios esa “sabiduría de corazón” que pidió Salomón. Pidámosla insistentemente. Una sabiduría que nos permita discernir el verdadero Tesoro en nuestras vidas. ¿Cuáles son esos “bienes” que nos impiden abrazar el Reino con alegría? ¿Qué nos distrae del valor incalculable de la fe, de la vida en comunidad, del servicio a los demás, de la intimidad con Dios?

El Reino de los Cielos no es una realidad distante o etérea; es una realidad que está entre nosotros y que se nos ofrece aquí y ahora. Es el amor de Dios que se manifiesta en la Eucaristía, en la Palabra, en el prójimo. Es la alegría de vivir según el Espíritu. Si lo descubrimos, si lo valoramos como la perla más fina, nuestra vida entera se transformará. La conversión no es un acto de dolor, sino una respuesta gozosa al descubrimiento del amor más grande.

Que el Señor nos conceda a cada uno de nosotros un corazón humilde y sabio, para que, como Salomón, sepamos pedir lo que verdaderamente importa, y para que, como los protagonistas de las parábolas, descubramos con alegría el tesoro inestimable del Reino y nos atrevamos a apostar por él con toda nuestra vida. Que esa sabiduría nos guíe en cada decisión, cada palabra, cada acción, para que seamos siempre “peces buenos” en la red de la gracia divina, y para que, como buenos administradores del Reino, sepamos sacar de nuestro tesoro cosas nuevas y cosas antiguas, enriqueciendo nuestra fe y la de quienes nos rodean.

Acerquémonos ahora al altar del Señor, donde el verdadero Tesoro se nos entrega en el pan y el vino. Allí pedimos la gracia de una fe que discierne, un amor que sacrifica con alegría, y una esperanza que nos impulsa a vivir plenamente para el Reino.

Oremos: Señor Jesús, concédenos un corazón sabio y prudente, como el de Salomón, para que podamos discernir en cada momento tu voluntad y reconocer el inmenso valor de tu Reino. Que la alegría de encontrarte sea tan grande en nosotros que estemos dispuestos a venderlo todo, a despojarnos de aquello que nos ata, para poseerte a Ti, el verdadero Tesoro de nuestras vidas. Amén.

Únete a nuestro canal de WhatsApp

Recibe el evangelio y la reflexión de cada día directamente en tu WhatsApp.

Unirme al canal