Evangelio del 4 de julio de 2026
Sábado de la XIII semana del Tiempo ordinario
Primera Lectura
Lectura Amós 9, 11-15

Esto dice el Señor:
“Aquel día renovaré la casa de David convertida en ruinas,
taparé sus brechas, levantaré sus muros
y la reconstruiré como era en otros tiempos,
para que entre en posesión de lo que queda de Edom
y de todas las naciones donde se invocó mi nombre”.
Esto dice el Señor y él se encargará de cumplirlo.
“Días vendrán, dice el Señor,
cuando el que ara alcanzará al segador
y el que pisa las uvas, al sembrador;
de los montes brotará vino y correrá por las colinas.
Entonces haré volver a los cautivos de Israel:
reconstruirán las ciudades destruidas y las habitarán,
plantarán viñas y beberán de su vino,
cultivarán huertos y comerán de sus frutos.
Los plantaré en su suelo
y ya no serán arrancados de la tierra que yo les di”,
dice el Señor, tu Dios.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 84, 9. 11-12. 13-14
R. (9) Escucharé las palabras del Señor.
Escucharé las palabras del Señor, palabras de paz para su pueblo santo y para los que se convierten de corazón.
R. Escucharé las palabras del Señor.
La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron, la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo.
R. Escucharé las palabras del Señor.
Cuando el Señor nos muestre su bondad, nuestra tierra producirá su fruto. La justicia le abrirá camino al Señor e irá siguiendo sus pisadas.
R. Escucharé las palabras del Señor.
Aclamación antes del Evangelio
Juan 10, 27
R. Aleluya, aleluya.
Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; yo las conozco y ellas me siguen.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Mateo 9, 14-17
En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” Jesús les respondió: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán.
Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura. Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres. El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan’’.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Escuchamos hoy la voz de Dios que resuena a través de los siglos, una voz que no cesa de hablar de renovación y de esperanza. En la primera lectura, el profeta Amós nos dibuja un cuadro de una restauración divina tan profunda que parece desafiar las leyes de la naturaleza y del tiempo. “Aquel día renovaré la casa de David convertida en ruinas,” dice el Señor. No se trata de un simple remiendo, sino de una reconstrucción total, de levantar muros, tapar brechas, de devolver la gloria perdida y, aún más, de superar las expectativas con una abundancia inaudita: “el que ara alcanzará al segador y el que pisa las uvas, al sembrador; de los montes brotará vino y correrá por las colinas.” Es una promesa de vida plena, de fertilidad desbordante, de un pueblo arraigado firmemente en su tierra, inamovible, dichoso. Dios nos promete una nueva creación, un tiempo donde la desolación se convierte en alegría, donde lo que estaba roto se erige de nuevo, más fuerte y hermoso que antes. Es la visión de un Padre que no abandona a sus hijos, sino que se compromete a cumplir su palabra, a traer la plenitud que tanto anhelamos.
Este anhelo de plenitud y de novedad divina es precisamente lo que se encuentra con una realidad incomprensible para muchos en el Evangelio de hoy. Jesús se encuentra con la pregunta sincera, pero enraizada en antiguas costumbres, de los discípulos de Juan: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” La pregunta es legítima, pues el ayuno era una práctica piadosa, un signo de penitencia y de luto por el pecado, una forma de preparación para la venida del Mesías. Sin embargo, la respuesta de Jesús desvela una verdad radicalmente nueva que hace que las viejas prácticas, en ese momento, pierdan su sentido original. “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos?”
Jesús se presenta como el Esposo. Esta imagen es clave en la tradición bíblica, simbolizando la relación de amor y de Alianza entre Dios e Israel. Al declararse el Esposo, Jesús se revela como el cumplimiento de todas las promesas de Dios, la encarnación de esa nueva era de abundancia y de alegría que Amós profetizaba. Si el Esposo, la fuente de toda alegría y de la plenitud prometida, está presente, ¿cómo ayunar, cómo guardar luto? Es un tiempo de celebración, de gozo desbordante, no de duelo. El ayuno volverá cuando “les quiten al esposo,” en la pasión y muerte de Jesús, y luego en la espera escatológica de su venida gloriosa. Pero en su presencia terrenal, la alegría es la norma.
Las parábolas que Jesús añade, la del remiendo nuevo en el vestido viejo y la del vino nuevo en odres viejos, ilustran con una claridad meridiana la naturaleza de esta “novedad” que Él trae. Un remiendo de tela nueva, sin encoger, no puede coserse a un vestido viejo, pues al mojarse, encogerá y romperá la tela más débil, haciendo la rotura aún mayor. Del mismo modo, el vino nuevo, que aún fermenta y se expande, no puede echarse en odres viejos, endurecidos y sin elasticidad, porque los rompería. Se perdería el vino y se echarían a perder los odres. El vino nuevo requiere odres nuevos.
Aquí reside la profunda conexión entre la promesa de Amós y la enseñanza de Jesús. La restauración que Dios promete en Amós no es un mero “parche” en la vieja estructura de David. Es una renovación completa, una reconstrucción que da paso a una abundancia radicalmente nueva. Jesús es la realización de esta promesa de Dios, el vino nuevo, la savia de vida que fermenta y transforma. Y esta nueva vida, esta nueva Alianza, este Espíritu que Él derrama, no puede ser contenido por las estructuras rígidas y desgastadas de una religiosidad que se aferra a las formas externas sin entender el espíritu.
Esta verdad, amados hermanos y hermanas, es profundamente aplicable a nuestra vida cotidiana. ¿Cuántas veces intentamos “parchear” nuestra fe o nuestra vida espiritual con pequeñas reformas superficiales, mientras en el fondo seguimos aferrados a viejas costumbres, viejos prejuicios, viejas formas de pensar o de actuar que no dan espacio a la novedad del Evangelio? Queremos el “vino nuevo” de la gracia de Dios, de su amor transformador, de la alegría de su presencia, pero a menudo ofrecemos “odres viejos”: corazones endurecidos por el egoísmo, mentes cerradas a la verdad que nos desafía, voluntades aferradas al control, rutinas espirituales vacías de verdadero encuentro.
El Señor nos invita hoy, como a Israel en los tiempos de Amós, a una reconstrucción, a una renovación que va más allá de lo aparente. Nos invita, como a los discípulos de Juan, a reconocer la presencia del Esposo en nuestras vidas y a vivir en la alegría que esto implica. Pero para eso, necesitamos ser “odres nuevos”. Ser un odre nuevo significa tener un corazón dócil, un espíritu flexible, una mente abierta a la acción del Espíritu Santo. Significa estar dispuestos a despojarnos de lo que nos limita, de lo que nos impide crecer, de lo que nos ancla al pasado y nos cierra a la creatividad de Dios.
¿Cuáles son nuestros “odres viejos” hoy? Podrían ser nuestras resistencias al cambio, nuestra comodidad en el pecado, nuestra incapacidad para perdonar, nuestros juicios severos hacia los demás, nuestra falta de confianza en la providencia de Dios. Podría ser una espiritualidad estancada en el mero cumplimiento de normas, sin un encuentro vivo y transformador con Cristo. El “vino nuevo” del Evangelio, la alegría de la buena noticia, la fuerza del Espíritu Santo, la libertad de los hijos de Dios, necesita vasos nuevos, limpios y flexibles para expandirse en nosotros y a través de nosotros.
La invitación de Dios es siempre a la conversión, a un “cambio de mente” y de corazón. Es una invitación a dejar que el Señor reconstruya nuestras ruinas, que tape nuestras brechas, que levante nuestros muros interiores. Es un llamado a confiar en que Él nos “plantará en su suelo y ya no seremos arrancados,” encontrando en Él la estabilidad y la plenitud de vida que anhelamos. Abrámonos a esa promesa. Permitamos que el Espíritu Santo moldee nuestros corazones para que sean odres nuevos, capaces de contener y de manifestar la alegría, el amor y la novedad radical del Reino de Dios. Que nuestra vida refleje la alegría del Esposo presente y que estemos siempre listos para recibir Su “vino nuevo” con un corazón renovado.
Señor Jesús, Esposo de la Iglesia y fuente de toda alegría, te pedimos que renueves nuestros corazones. Haz de nosotros odres nuevos, flexibles y dóciles a tu Espíritu, para que tu vino nuevo de gracia y amor pueda colmarnos y desbordarse hacia el mundo. Que tu promesa de restauración se cumpla en nosotros y nos hagas verdaderos testigos de tu gozo. Amén.
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