Evangelio para Hoy

Evangelio del 3 de julio de 2026

Fiesta de santo Tomás, Apóstol

Evangelio del 3 julio 2026 — Juan 20, 24-29 (ilustración)
Juan 20, 24-29

Primera Lectura

Lectura Efesios 2, 19-22

Primera lectura de hoy 3 julio 2026 — Efesios 2, 19-22 (ilustración)

Hermanos: Ya no son ustedes extranjeros ni advenedizos; son conciudadanos de los santos y pertenecen a la familia de Dios, porque han sido edificados sobre el cimiento de los apóstoles y de los profetas, siendo Cristo Jesús la piedra angular.
Sobre Cristo, todo el edificio se va levantando bien estructurado, para formar el templo santo del Señor, y unidos a él también ustedes se van incorporando al edificio, por medio del Espíritu Santo, para ser morada de Dios.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 116, 1.2

R. (Mc 16, 15) Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Que alaben al Señor todas las naciones, que lo aclamen todos los pueblos.

R. Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Porque grande es su amor hacia nosotros y su fidelidad dura por siempre.

R. Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Aclamación antes del Evangelio

Juan 20, 29

R. Aleluya, aleluya.

Tomás, tú crees porque me has visto, dice el Señor; dichosos los que creen sin haberme visto.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Juan 20, 24-29

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano; métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Nos encontramos hoy, hermanos y hermanas, en la Fiesta de santo Tomás Apóstol. Y al escuchar las lecturas de esta mañana, resuena en nuestro corazón la historia de un hombre que, quizás más que ningún otro de los Doce, encarna nuestra propia humanidad, nuestras propias dudas, nuestras propias anhelos de verdad. Tomás, aquel a quien llamaban el Gemelo, nos revela una faceta profundamente cercana a nuestra experiencia de fe.

El Evangelio de Juan nos presenta a Tomás en un momento de ausencia, no estaba con los demás cuando Jesús resucitado se apareció por primera vez. Y su reacción es totalmente humana: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. ¡Qué franqueza! ¡Qué necesidad de una prueba tangible, de una experiencia personal e irrefutable! ¿Cuántas veces nosotros mismos hemos sentido esta misma necesidad, este mismo deseo de tocar, de ver, de sentir a Dios de una manera que disipe todas nuestras incertidumbres? A veces, la vida nos golpea, las promesas parecen lejanas, el camino de la fe se vuelve árido, y también nosotros, como Tomás, clamamos por una señal que nos reafirme.

Pero la paciencia y el amor de Jesús son infinitos. Ocho días después, el Señor regresa. Y lo que es conmovedor es que lo hace específicamente por Tomás. No lo regaña, no lo condena por su falta de fe. Al contrario, con una ternura inmensa y una comprensión profunda de la fragilidad humana, le ofrece exactamente lo que había pedido: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano; métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Esta escena nos revela la misericordia de un Dios que no teme nuestras preguntas, que no se esconde de nuestras inquietudes, sino que viene a nuestro encuentro allí donde estamos, en nuestra oscuridad, en nuestra duda. Y la respuesta de Tomás es una de las confesiones de fe más sublimes de todo el Evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”. En ese momento, la incredulidad se transforma en la más profunda adoración, la ceguera en una visión penetrante de la divinidad de Cristo. Tomás no solo cree en la resurrección; proclama a Jesús como su Señor y su Dios.

Esta experiencia personal y transformadora de Tomás no es un evento aislado en la historia, sino que se conecta de manera intrínseca con la visión de la Iglesia que nos ofrece San Pablo en la Primera Lectura. Él nos dice: “Ya no son ustedes extranjeros ni advenedizos; son conciudadanos de los santos y pertenecen a la familia de Dios, porque han sido edificados sobre el cimiento de los apóstoles y de los profetas, siendo Cristo Jesús la piedra angular”. Y aquí vemos la hermosa conexión: Tomás, el que dudó, el que necesitó ver y tocar, se convierte ahora en una de esas piedras fundamentales. Su confesión, “¡Señor mío y Dios mío!”, no es solo la expresión de su fe personal, sino que es la roca sobre la cual se edifica la fe de la Iglesia. Es el fundamento de nuestra propia creencia.

La Iglesia, nos dice Pablo, es un edificio que se va levantando bien estructurado, un templo santo del Señor, una morada de Dios. Y este edificio tiene cimientos sólidos: los apóstoles y los profetas. Tomás, con su fe resurgida y gloriosa, es parte esencial de ese cimiento. Su viaje desde la duda hasta la adoración es un testimonio de que la fe, lejos de ser ciega, es una respuesta profunda a la revelación de Dios, una respuesta que se fortalece incluso en la travesía de la incertidumbre. Y Cristo Jesús es la “piedra angular”, el punto de unión, el soporte indispensable que da cohesión y sentido a todo.

San Pablo nos invita a vernos a nosotros mismos como parte de este edificio espiritual: “unidos a él también ustedes se van incorporando al edificio, por medio del Espíritu Santo, para ser morada de Dios”. Nosotros no somos meros espectadores de la fe de Tomás; estamos llamados a ser piedras vivas de este templo. Cada uno de nosotros, con nuestras propias historias, nuestras propias luchas y nuestras propias experiencias de la presencia de Cristo, contribuimos a la edificación de esta morada divina.

¿Y cómo se aplica esto a nuestra vida cotidiana? De muchas maneras. Primero, nos invita a la honestidad con nosotros mismos y con Dios. No tenemos que fingir una fe perfecta si en nuestro corazón hay preguntas o sombras. Dios lo sabe, y Él, como hizo con Tomás, se acerca a nuestras dudas con infinita paciencia y amor. No temamos llevar nuestras incertidumbres ante el Señor en la oración. A veces, es precisamente en el honesto reconocimiento de nuestra falta de certeza donde el Espíritu Santo abre un nuevo camino para un encuentro más profundo y personal con Cristo.

Segundo, nos recuerda la importancia de la comunidad. Tomás estaba con los discípulos la segunda vez que Jesús se apareció. La fe no es un camino solitario. Nos necesitamos unos a otros, no solo para compartir alegrías, sino también para sostenernos en las dificultades, para ser testigos unos para otros del Señor resucitado. Es en la vida de la Iglesia, en la comunión con los hermanos, donde el Espíritu Santo nos incorpora a este “edificio” y nos capacita para ser “morada de Dios”. Cada vez que nos reunimos para la Eucaristía, que es el sacramento de nuestra comunión con Cristo y entre nosotros, estamos siendo edificados juntos, somos ese templo vivo donde Cristo habita.

Finalmente, la palabra de Jesús a Tomás resuena para nosotros con una fuerza especial: “Dichosos los que creen sin haber visto”. Esta bienaventuranza es para nosotros, la multitud de creyentes que vivimos dos mil años después de aquellos eventos. Nosotros no hemos visto las manos llagadas de Jesús, no hemos metido nuestra mano en su costado. Pero creemos, porque la fe nos ha sido transmitida por los apóstoles, como Tomás, que sí vieron y tocaron. Creemos porque hemos experimentado su presencia en la Eucaristía, en la Palabra, en la caridad de nuestros hermanos, en los momentos de gracia y en la voz silenciosa de nuestra conciencia. Nuestra fe es un acto de confianza en el testimonio de los apóstoles, sí, pero también es una respuesta del corazón al amor de Dios que se nos revela cada día.

Hoy, en la Fiesta de Santo Tomás, somos invitados a renovar nuestra fe, a dejar que nuestras dudas se transformen en un clamor de adoración. A veces, nuestra fe puede sentirse como un edificio tambaleante, pero recordamos que tenemos a Cristo como piedra angular y a los apóstoles como cimiento. Somos llamados a ser, como Tomás, testigos valientes de la resurrección, llevando la buena noticia a un mundo que, como Tomás, a menudo necesita ver para creer. Que nuestro “¡Señor mío y Dios mío!” sea una confesión que no solo resuene en nuestros labios, sino que modele nuestra vida entera, haciendo de nosotros verdaderas piedras vivas de su Iglesia.

Así pues, hermanos y hermanas, con el corazón abierto a la gracia y a la conversión, pidamos hoy a Dios que fortalezca nuestra fe, que disipe nuestras dudas y que nos haga dignos de ser esas piedras vivas de su templo.

Oremos: Señor Jesús, piedra angular de nuestra fe, te damos gracias por el testimonio de santo Tomás. Danos la gracia de creer sin haber visto, de transformar nuestras dudas en una confesión sincera de tu divinidad. Que tu Espíritu Santo nos incorpore cada día más profundamente en tu Iglesia, para que seamos digna morada tuya, viviendo siempre en tu amor y proclamándote como nuestro Señor y nuestro Dios. Amén.

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