Evangelio para Hoy

Evangelio del 28 de junio de 2026

XIII Domingo Ordinario

Evangelio del 28 junio 2026 — Mateo 10, 37-42 (ilustración)
Mateo 10, 37-42

Primera Lectura

Lectura 2 Reyes 4, 8-11. 14-16a

Primera lectura de hoy 28 junio 2026 — 2 Reyes 4, 8-11. 14-16a (ilustración)

Un día pasaba Eliseo por la ciudad de Sunem y una mujer distinguida lo invitó con insistencia a comer en su casa. Desde entonces, siempre que Eliseo pasaba por ahí, iba a comer a su casa. En una ocasión, ella le dijo a su marido: “Yo sé que este hombre, que con tanta frecuencia nos visita, es un hombre de Dios. Vamos a construirle en los altos una pequeña habitación. Le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que se quede allí, cuando venga a visitarnos”.
Así se hizo y cuando Eliseo regresó a Sunem, subió a la habitación y se recostó en la cama. Entonces le dijo a su criado: “¿Qué podemos hacer por esta mujer?” El criado le dijo: “Mira, no tiene hijos y su marido ya es un anciano”. Entonces dijo Eliseo: “Llámala”. El criado la llamó y ella, al llegar, se detuvo en la puerta. Eliseo le dijo: “El año que viene, por estas mismas fechas, tendrás un hijo en tus brazos”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 88, 2-3. 16-17. 18-19

R. (2a) Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor.

Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor, y daré a conocer que su fidelidad es eterna, pues el Señor ha dicho: “Mi amor es para siempre, y mi lealtad, más firme que los cielos”.

R. Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor.

Señor, feliz el pueblo que te alaba y que a tu luz camina, que en tu nombre se alegra a todas horas y al que llena de orgullo tu justicia.

R. Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor.

Feliz, porque eres tú su honor y fuerza y exalta tu favor nuestro poder. Feliz, porque el Señor es nuestro escudo y el santo de Israel es nuestro rey.

R. Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor.

Aclamación antes del Evangelio

1 Pedro 2, 9

R. Aleluya, aleluya.

Ustedes son linaje escogido, sacerdocio real, nación consagrada a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.

R. Aleluya.

Segunda Lectura

Lectura Romanos 6, 3-4. 8-11

Segunda lectura de hoy 28 junio 2026 — Romanos 6, 3-4. 8-11 (ilustración)

Hermanos: Todos los que hemos sido incorporados a Cristo Jesús por medio del bautismo, hemos sido incorporados a su muerte. En efecto, por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva.
Por lo tanto, si hemos muerto con Cristo, estamos seguros de que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya nunca morirá. La muerte ya no tiene dominio sobre él, porque al morir, murió al pecado de una vez para siempre; y al resucitar, vive ahora para Dios. Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.
Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.
El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.
Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Hoy, al reflexionar sobre las lecturas del XIII Domingo Ordinario, encontramos un hermoso hilo que une la generosidad de la mujer de Sunem con la enseñanza de Jesús sobre la dignidad del amor y el servicio en el Evangelio. En la primera lectura, la mujer de Sunem, que es descrita como una mujer distinguida, muestra una hospitalidad extraordinaria al ofrecer un espacio en su hogar para el profeta Eliseo. Su gesto va más allá de una simple invitación a comer; ella reconoce en Eliseo la presencia de Dios, lo que la lleva a actuar con generosidad y amor. Esta actitud de apertura y acogida es fundamental en nuestra vida cristiana. Nos invita a preguntarnos: ¿cómo recibimos a los que vienen a nosotros? ¿Estamos dispuestos a abrir las puertas de nuestro corazón y de nuestros hogares a aquellos que necesitan amor y apoyo?

Elisa, al ser recibido en la casa de esta mujer, no solo se convierte en un visitante, sino en un instrumento de bendición. Ella le ofrece un lugar digno, un espacio donde puede descansar y recobrar fuerzas. Este acto de generosidad resulta en una promesa: Eliseo le anuncia que, a pesar de su situación, tendrá un hijo. Aquí podemos ver cómo la hospitalidad y el amor desinteresado son recompensados con un milagro. Este es un recordatorio de que en la vida cotidiana, nuestras pequeñas acciones de bondad pueden tener un impacto profundo en la vida de los demás. A veces, la ayuda que ofrecemos no se mide solo en lo material, sino en el amor y la atención que brindamos a quienes nos rodean.

Pasando al Evangelio de Mateo, Jesús nos habla de la radicalidad del amor. Nos dice que el amor a la familia, aunque esencial y hermoso, no debe superar nuestro amor por Él. Este mensaje puede ser desconcertante, pero en realidad nos invita a una reflexión más profunda sobre nuestras prioridades. Al amar a Jesús por encima de todo, comenzamos a entender que el amor verdadero transforma nuestras relaciones. Amar a Dios nos capacita para amar a los demás de manera más auténtica. Jesús nos llama a tomar nuestra cruz y seguirle, lo que implica renunciar a nuestras comodidades y a veces a las expectativas sociales o familiares en pos de una vida de entrega y servicio.

El acto de recibir a un profeta, como dice Jesús, va más allá de una simple cortesía; implica reconocer la presencia de Dios en el otro. Cuando recibimos a un profeta, a un justo o incluso al más pequeño, estamos recibiendo a Jesús mismo. Esto nos lleva a una comprensión más profunda de nuestra misión como cristianos: ser un reflejo del amor de Dios en el mundo. Cada vez que damos un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, estamos participando en la obra de Dios en la humanidad. Este acto de bondad, aunque parezca insignificante, tiene un valor eterno en el Reino de Dios.

La conexión entre ambas lecturas nos invita a reflexionar sobre cómo vivimos nuestra fe en la cotidianidad. La mujer de Sunem no solo ofrece hospitalidad a Eliseo, sino que también se convierte en un modelo de fe activa. Su acto de generosidad se ve recompensado con un milagro que transforma su vida. Jesús, por su parte, nos llama a vivir nuestra fe de manera radical, poniendo a Dios en el centro de nuestras vidas. Esta es una invitación a mirar más allá de nosotros mismos, a salir de nuestra zona de confort y a comprometernos con el servicio a los demás.

En nuestra vida diaria, se nos presentan muchas oportunidades para vivir este llamado. Quizás en nuestra familia, en el trabajo o en nuestra comunidad, encontramos personas que necesitan nuestro apoyo, nuestro tiempo o simplemente una escucha atenta. Ser cristianos significa ser luz y sal en el mundo; significa estar dispuestos a hacer sacrificios por el bien de los demás. En este camino, a veces podemos sentir que nuestras acciones son pequeñas y que no tienen un gran impacto, pero recordemos que cada acto de amor cuenta en el Reino de Dios.

La invitación a la conversión es fundamental en este contexto. A menudo, nos encontramos atrapados en preocupaciones mundanas y olvidamos la importancia de la generosidad y el servicio. Es un llamado a revisar nuestras prioridades y a preguntarnos: ¿Estamos dispuestos a dar de nosotros mismos? ¿Estamos abiertos a recibir a Dios en las personas que encontramos en nuestro camino? La conversión empieza en el corazón, y es en la oración donde encontramos la fuerza para vivir de acuerdo a este llamado. La oración nos conecta con Dios y nos ayuda a ver a los demás con su mirada, a reconocer su presencia en nuestras vidas y en las vidas de aquellos que nos rodean.

Hoy, pidamos al Señor que nos dé la gracia de ser como la mujer de Sunem, generosos y abiertos a su voluntad. Que podamos construir espacios de amor y acogida en nuestras vidas para todos aquellos que necesitan un lugar donde descansar y sentirse valorados. Que, al seguir a Jesús, entendamos que el amor y el servicio son el camino hacia la verdadera felicidad, y que nuestras acciones, por pequeñas que sean, pueden ser un reflejo del amor de Dios en el mundo.

Señor, te damos gracias por tu palabra que nos inspira y nos guía. Ayúdanos a ser generosos en nuestro amor y a reconocer tu presencia en los demás. Que podamos vivir en la radicalidad de tu amor, llevando esperanza y luz a quienes nos rodean. Amén.

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