Evangelio para Hoy

Evangelio del 27 de junio de 2026

Sábado de la XII semana del Tiempo ordinario

Evangelio del 27 junio 2026 — Mateo 8, 5-17 (ilustración)
Mateo 8, 5-17

Primera Lectura

Lectura Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19

Primera lectura de hoy 27 junio 2026 — Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19 (ilustración)

El Señor ha destruido sin piedad
todas las moradas de Jacob;
en su furor ha destruido
las fortalezas de Judá;
ha echado por tierra y deshonrado
al rey y a sus príncipes.
En el suelo están sentados, en silencio,
los ancianos de Sión;
se han echado ceniza en la cabeza
y se han vestido de sayal.
Humillan su cabeza hasta la tierra
las doncellas de Jerusalén.
Mis ojos se consumen de tanto llorar
y el dolor me quema las entrañas;
la bilis me amarga la boca
por el desastre de mi pueblo,
al ver que los niños y lactantes desfallecen
en las plazas de la ciudad.
Los niños les preguntan a sus madres:
“¿Dónde hay pan?”
Y caen sin fuerzas, como heridos,
en las plazas de la ciudad,
y expiran en brazos de sus madres.
¿Con quién podré compararte, Jerusalén?
¿Con quién te podré asemejar?
¿O qué palabras te podré decir para consolarte,
virgen, hija de Sión?
Inmensa como el mar es tu desgracia.
¿Quién podrá curarte?
Tus profetas te engañaron
con sus visiones falsas e insensatas.
No te hicieron ver tus pecados
para evitarte así el cautiverio,
y sólo te anunciaron falsedades e ilusiones.
Clama, pues, al Señor con toda el alma;
gime, Jerusalén;
deja correr a torrentes tus lágrimas
de día y de noche;
no te concedas descanso;
que no dejen de llorar las niñas de tus ojos.
Levántate y clama al Señor
durante toda la noche;
derrama como agua tu corazón
en la presencia de Dios;
alza tus manos hacia él
y ruega por la vida de tus pequeñuelos.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 73, 1-2. 3-5a. 5b-7. 20-21

R. (19b) No te olvides, Señor, de nosotros.

¿Por qué, Dios nuestro, nos has abandonado, y está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño? Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo, de la tribu que rescataste para posesión tuya, del monte Sión, donde pusiste tu morada.

R. No te olvides, Señor, de nosotros.

Ven a ver estas ruinas interminables: el enemigo ha arrasado todo el santuario; rugieron los agresores en medio de tu asamblea, levantaron sus estandartes.

R. No te olvides, Señor, de nosotros.

Parecía que se abrían paso a hachazos en medio de la maleza. Con martillos y mazos destrozaron todas las puertas; prendieron fuego a tu santuario, derribaron y profanaron la morada.

R. No te olvides, Señor, de nosotros.

Acuérdate de tu alianza, Señor, pues todo el país está lleno de violencia. Que el humilde no salga defraudado, y los pobres y afligidos alaben tu nombre.

R. No te olvides, Señor, de nosotros.

Aclamación antes del Evangelio

Mateo 8, 17

R. Aleluya, aleluya.

Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 8, 5-17

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: “Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho”. El le contestó: “Voy a curarlo”.
Pero el oficial le replicó: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: ‘¡Ve!’, él va; al otro: ‘¡Ven!’, y viene; a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”.
Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: “Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos. En cambio, a los herederos del Reino los echarán fuera, a las tinieblas. Ahí será el llanto y la desesperación”.
Jesús le dijo al oficial romano: “Vuelve a tu casa y que se te cumpla lo que has creído”. Y en aquel momento se curó el criado.
Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Entonces la tomó de la mano y desapareció la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirles.
Al atardecer le trajeron muchos endemoniados. Él expulsó a los demonios con su palabra y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo dicho por el profeta Isaías: Él hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy, Sábado de la XII semana del Tiempo Ordinario, nuestras lecturas nos invitan a un profundo viaje espiritual que nos lleva desde el abismo de la desolación humana hasta la cumbre de la esperanza en la compasión divina. La Primera Lectura, tomada del libro de las Lamentaciones, es un grito desgarrador. Las palabras del profeta Jeremías, llenas de dolor, nos pintan un cuadro de miseria y desolación casi insoportable. Jerusalén ha sido destruida, sus fortalezas, su rey y sus príncipes, humillados. Los ancianos se sientan en el suelo, las doncellas de Jerusalén humillan sus cabezas hasta la tierra. El llanto consume los ojos, el dolor quema las entrañas. Lo más angustioso es la visión de niños y lactantes desfalleciendo en las plazas, preguntando a sus madres por pan, y expirando en sus brazos.

Este texto no es solo una crónica histórica de la caída de Jerusalén; es una expresión atemporal del sufrimiento humano, de la experiencia de la pérdida, la vergüenza, el hambre y la desesperanza. Es la voz de la humanidad cuando se siente abandonada, cuando la calamidad golpea sin piedad. El profeta se pregunta: “¿Con quién podré compararte, Jerusalén? ¿Con quién te podré asemejar? Inmensa como el mar es tu desgracia. ¿Quién podrá curarte?” Y añade una dura verdad: “Tus profetas te engañaron con sus visiones falsas e insensatas. No te hicieron ver tus pecados para evitarte así el cautiverio”. La consecuencia de la desobediencia y de la ceguera espiritual es el dolor más profundo. Sin embargo, en medio de esta desolación, hay una invitación, casi una orden: “Clama, pues, al Señor con toda el alma; gime, Jerusalén; deja correr a torrentes tus lágrimas de día y de noche; no te concedas descanso; que no dejen de llorar las niñas de tus ojos. Levántate y clama al Señor durante toda la noche; derrama como agua tu corazón en la presencia de Dios; alza tus manos hacia él y ruega por la vida de tus pequeñuelos”. Es un llamado a la oración más visceral, a la súplica más honda que brota del corazón quebrantado.

Este lamento profundo, esta conciencia de la debilidad y el dolor humano, nos prepara para recibir el consuelo que nos trae el Evangelio de hoy. La aclamación antes del Evangelio ya nos da una pista luminosa: “Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores”. Es un eco profético de Isaías que resuena con fuerza frente al llanto de Jeremías. Y en el Evangelio, vemos el cumplimiento de esta promesa.

Jesús entra en Cafarnaúm, y allí se encuentra con el dolor y la debilidad humana. Primero, un oficial romano, un hombre de autoridad, se acerca a Él con humildad sorprendente. Su criado sufre, está paralítico. La respuesta de Jesús es inmediata: “Voy a curarlo”. Pero la fe de este hombre va más allá de lo ordinario: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano”. ¡Qué fe tan admirable! Él comprende la autoridad de la Palabra de Jesús, una autoridad que trasciende las distancias y las limitaciones físicas. Jesús se admira de esta fe, una fe que no ha encontrado ni siquiera en Israel, y nos abre una visión del Reino de los Cielos, donde muchos de oriente y occidente se sentarán con los patriarcas, mientras que los herederos del Reino, quizás aquellos que no supieron reconocerlo, serán echados fuera. La fe de este oficial, un pagano, se convierte en un modelo para todos nosotros.

Inmediatamente después, Jesús entra en la casa de Pedro y cura a su suegra, que está postrada con fiebre. La toma de la mano, y la fiebre desaparece. Y ella, al instante, se levanta y se pone a servirles. La curación en Jesús no es un fin en sí misma; es el inicio de una nueva vida, una vida de servicio, una respuesta de amor y gratitud.

Y finalmente, el Evangelio nos dice que al atardecer le trajeron muchos endemoniados y enfermos. Él los expulsó con su palabra y los curó a todos, cumpliendo así la profecía de Isaías: “Él hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores”.

Hermanos, la conexión entre la desolación de Lamentaciones y la esperanza del Evangelio es profunda. La Primera Lectura nos muestra la profundidad de la herida humana, el inmenso dolor que puede sentir una comunidad, una persona, ante la calamidad, la culpa, el abandono. Es el grito que brota del corazón roto, la invitación a derramar el alma ante Dios. Pero ese derramamiento del corazón, esa vulnerabilidad, no queda sin respuesta. El Evangelio nos revela que Dios no solo escucha nuestro clamor, sino que en Jesucristo, Él mismo se hace cargo de nuestra desgracia.

Jesús no simplemente “cura” de lejos; Él “hace suyas” nuestras debilidades y “carga” con nuestros dolores. Esto significa que Él se identifica con nuestra humanidad sufriente, la asume, la transforma con su amor redentor. Cuando nos sentimos quebrados, cuando la vida nos golpea como a la antigua Jerusalén, cuando las injusticias y las enfermedades nos abruman, cuando el pecado nos pesa, Jesús está allí, no como un juez distante, sino como el Salvador que abraza nuestra miseria.

La fe del centurión nos enseña una lección vital para nuestra vida cotidiana. Él no le pidió a Jesús que entendiera su dolor; le pidió que actuara con su autoridad. Nosotros, muchas veces, esperamos explicaciones de Dios ante el sufrimiento, pero la fe verdadera nos invita a confiar en su poder y su amor, incluso cuando no entendemos el “por qué”. Nos invita a creer que una sola palabra de Jesús es suficiente para sanar nuestras heridas, sean físicas, emocionales o espirituales. Nos invita a reconocer que el Señor puede actuar poderosamente en nuestras vidas sin necesidad de grandes gestos o de su presencia física inmediata, sino a través de la eficacia de su Palabra y de nuestra confianza en Él.

¿Qué “falsos profetas” nos engañan hoy, hermanos? Quizás son las promesas vacías de la sociedad de consumo, la búsqueda incesante de placer o poder, la negación de nuestra propia fragilidad, o las ideologías que nos apartan del amor verdadero. Quizás son las voces internas que nos dicen que no somos dignos, que nuestra oración no será escuchada, que nuestro dolor es demasiado grande para ser sanado. Esas son las “visiones falsas” que nos impiden ver nuestra necesidad de Dios y nos sumergen en un cautiverio de desesperación.

La invitación del profeta Jeremías a clamar y derramar el corazón ante Dios sigue siendo urgente hoy. Y la respuesta de Jesús nos asegura que ese clamor no es en vano. Él nos ofrece la curación, la liberación de los demonios que nos atan, y la fuerza para levantarnos, como la suegra de Pedro, para ponernos a servir.

Así pues, hermanos, en medio de las pruebas de la vida, de nuestras propias “lamentaciones”, recordemos que no estamos solos. El Señor ha hecho nuestras sus debilidades y ha cargado con nuestros dolores. Traigámosle nuestras penas más profundas, nuestros miedos, nuestras enfermedades, nuestros pecados. Derramemos nuestro corazón ante Él con la misma fe humilde del centurión, con la confianza de que una sola palabra suya es suficiente. Y cuando Él nos toque y nos sane, levantémonos y sirvámosle con alegría, llevando su amor y su consuelo a aquellos que, como nosotros, también sufren. La conversión que se nos pide hoy es la de pasar del lamento estéril a la fe activa, del aislamiento del dolor a la comunión con el Cristo sufriente y redentor. Abramos nuestros corazones de par en par a su gracia.

Oremos: Señor Jesús, que te hiciste cargo de nuestras debilidades y cargaste con nuestros dolores, escucha el clamor de nuestros corazones, las lamentaciones de nuestra vida y las de nuestro mundo. Te presentamos nuestras penas y nuestras enfermedades, nuestras dudas y nuestros pecados. Con la fe sencilla del centurión, te decimos: “Basta una palabra tuya para sanarnos”. Visítanos, Señor, con tu misericordia, y alivia nuestras cargas para que, sanados por tu amor, podamos levantarnos y servirte con alegría y gratitud. Amén.

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