Evangelio para Hoy

Evangelio del 4 de junio de 2026

Jueves de la IX semana del Tiempo ordinario

Evangelio del 4 junio 2026 — Marcos 12, 28-34 (ilustración)
Marcos 12, 28-34

Primera Lectura

Lectura 2 Timoteo 2, 8-15

Primera lectura de hoy 4 junio 2026 — 2 Timoteo 2, 8-15 (ilustración)

Querido hermano: Recuerda siempre que Jesucristo, descendiente de David, resucitó de entre los muertos, conforme al Evangelio que yo predico. Por este Evangelio sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la Palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo sobrellevo todo por amor a los elegidos, para que ellos también alcancen en Cristo Jesús la salvación, y con ella, la gloria eterna.
Es verdad lo que decimos:
“Si morimos con él, viviremos con él;
si nos mantenemos firmes, reinaremos con él;
si lo negamos, él también nos negará;
si le somos infieles, él permanece fiel,
porque no puede contradecirse a sí mismo”.
Eso es lo que has de enseñar. Adviérteles a todos, delante de Dios, que eviten las discusiones por cuestión de palabras, lo cual no sirve para nada, sino para perdición de los oyentes.
Esfuérzate por presentarte ante Dios como un trabajador intachable, que no tiene de qué avergonzarse y predica fielmente la verdad.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 24, 4bc-5ab. 8-9. 10 y 14

R. (4a) Descúbrenos, Señor, tus caminos.

Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador, y tenemos en ti nuestra esperanza.

R. Descúbrenos, Señor, tus caminos.

Porque el Señor es recto y bondadoso, indica a los pecadores el sendero, guía por la senda recta a los humildes y descubre a los pobres sus caminos.

R. Descúbrenos, Señor, tus caminos.

Con quien guarda su alianza y sus mandatos el Señor es leal y bondadoso. El Señor se descubre a quien lo teme y le enseña el sentido de su alianza.

R. Descúbrenos, Señor, tus caminos.

Aclamación antes del Evangelio

R. Aleluya, aleluya.

Jesucristo, nuestro salvador, ha vencido la muerte y ha hecho resplandecer la vida por medio del Evangelio.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Marcos 12, 28-34

En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le respondió: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos”.
El escriba replicó: “Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”.
Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Hermanos y hermanas en Cristo, al iniciar nuestra reflexión en este jueves de la Novena Semana del Tiempo Ordinario, nos encontramos ante dos lecturas que, aunque separadas por siglos y contextos, convergen de manera luminosa en el corazón mismo de nuestra fe. San Pablo, encadenado, prisionero por causa del Evangelio, nos exhorta en su segunda carta a Timoteo a recordar a Jesucristo resucitado, descendiente de David, como el centro inamovible de nuestra predicación y de nuestra vida. Y en el Evangelio de Marcos, Jesús mismo nos revela el mandamiento principal, la esencia de todo lo que significa seguirle: el amor total a Dios y el amor al prójimo como a uno mismo.

Pablo nos dice: “Recuerda siempre que Jesucristo, descendiente de David, resucitó de entre los muertos, conforme al Evangelio que yo predico”. Esta memoria no es solo un acto intelectual, sino una profunda verdad que debe permear nuestro ser. La resurrección de Cristo no es un hecho del pasado sin más, sino la realidad que da sentido a nuestro presente y esperanza a nuestro futuro. Es el ancla de nuestra fe, la fuente de nuestra fortaleza. Por este Evangelio, por esta Buena Nueva que es Cristo resucitado, Pablo está dispuesto a sufrir, a llevar cadenas, a ser tratado como un malhechor. Pero, ¡qué poderosa verdad nos regala a continuación!: “pero la Palabra de Dios no está encadenada”.

Aquí vemos el primer y hermoso puente con el Evangelio de hoy. ¿Cuál es esta “Palabra de Dios” que no puede ser encadenada? Es la verdad del amor de Dios manifestado en Cristo, y el mandamiento del amor que Él nos dejó. Por amor a los elegidos, por amor a nosotros, a ti y a mí, Pablo sobrelleva todo, para que también nosotros alcancemos la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús. Su sufrimiento, su entrega, su vida misma es una encarnación del mandamiento de Jesús: amar a Dios y amar al prójimo. Su amor a Dios se manifiesta en su fidelidad inquebrantable a Cristo y a su misión, y su amor al prójimo se evidencia en su disposición a soportar penurias para que otros conozcan la salvación.

En el Evangelio, la pregunta del escriba es fundamental: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús no duda en responder, y su respuesta es una síntesis de toda la ley y los profetas. Primero, amar a Dios con todo nuestro ser: corazón, alma, mente y fuerzas. Una entrega total, sin reservas, sin parcelas de nuestra vida que queden fuera de su amor. Es un amor que involucra nuestras emociones más profundas, nuestra voluntad, nuestra inteligencia y nuestra acción. Y el segundo, inseparable del primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Este “como a ti mismo” es clave. No es un amor que surge de la autoexaltación, sino del reconocimiento de la dignidad inherente que Dios nos ha dado a cada uno, y que, por lo tanto, también reside en el otro. Si somos capaces de cuidarnos, de buscar nuestro bien, de desear nuestra felicidad, cuánto más debemos extender ese mismo cuidado, ese mismo bien y esa misma felicidad a nuestros hermanos. La verdad del amor propio sano, un amor que reconoce en nosotros la imagen de Dios, se convierte en la medida para el amor al prójimo.

El escriba, con admirable sabiduría, reconoce la profundidad de las palabras de Jesús: “Muy bien, Maestro. Tienes razón… amarlo con todo el corazón… y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. ¡Qué verdad tan liberadora! El culto externo, las observancias religiosas, los ritos, todo ello pierde su sentido si no brota de un corazón que ama. Podemos cumplir con todas las leyes, asistir a Misa cada día, rezar muchas oraciones, pero si nos falta el amor, si nuestro corazón está encadenado al egoísmo, al resentimiento, a la indiferencia, entonces, como decía el escriba, todo es vacío. No estamos lejos del Reino de Dios si entendemos y vivimos esta verdad. Estar “no lejos” no es lo mismo que estar dentro, pero es el paso decisivo, la puerta abierta.

La conexión entre Pablo y Jesús se hace aún más patente cuando Pablo nos advierte: “Adviérteles a todos, delante de Dios, que eviten las discusiones por cuestión de palabras, lo cual no sirve para nada, sino para perdición de los oyentes”. ¡Cuántas veces nos enredamos en disputas estériles, en debates que solo buscan tener la razón, en críticas destructivas que dividen y no edifican! Estas discusiones por “cuestión de palabras” son la antítesis del amor. Desvían nuestra energía de lo esencial, nos alejan del verdadero Evangelio que es Cristo, y nos impiden vivir el doble mandamiento del amor. Cuando el escriba afirma que el amor vale más que holocaustos, nos está diciendo que la actitud interior de amor es lo que importa, no la mera observancia externa o las palabras vacías.

La invitación de Pablo a Timoteo y a cada uno de nosotros es a “esforzarte por presentarte ante Dios como un trabajador intachable, que no tiene de qué avergonzarse y predica fielmente la verdad”. ¿Y cuál es esa verdad que debemos predicar y vivir fielmente? Es la verdad del Evangelio de Cristo resucitado, que se resume en el amor a Dios y al prójimo. Ser un trabajador intachable significa que nuestras vidas sean coherentes con lo que profesamos, que el amor que decimos tener a Dios se traduzca en amor concreto a nuestros hermanos, especialmente a los más necesitados, a los que sufren, a los que están “encadenados” por la soledad, la pobreza o la desesperanza.

Hermanos, la Palabra de Dios no está encadenada. Hoy, en un mundo que a menudo se siente fragmentado, polarizado, donde las “discusiones por cuestión de palabras” proliferan en redes sociales y en nuestras propias familias, donde las ideologías nos dividen más que nos unen, la voz de Cristo y de Pablo nos llama a la sencillez radical del amor.

¿Cómo vivimos este Evangelio en nuestra vida cotidiana, en este 4 de junio de 2026? Amar a Dios con todo nuestro corazón significa elegirlo a Él por encima de cualquier ídolo moderno: el éxito, el dinero, el poder, la imagen. Significa dedicar tiempo a la oración, a la escucha de su Palabra, a la celebración de los sacramentos. Significa confiar en su Providencia incluso cuando no entendemos sus caminos, como nos invita el Salmo a pedir: “Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina”.

Y amar al prójimo como a nosotros mismos significa ir más allá de nuestra zona de confort. Significa tener paciencia con el cónyuge, con los hijos, con los compañeros de trabajo. Significa perdonar, visitar al enfermo, tender una mano al que lo necesita, escuchar sin juzgar, no participar en chismes, buscar la reconciliación antes que la disputa. Significa, en definitiva, ser “intachables” no por una perfección inalcanzable, sino por la sinceridad de nuestro esfuerzo por vivir el amor.

La eucaristía que celebramos es el memorial del amor más grande, el sacrificio de Cristo por nosotros. Es la fuente de la gracia que necesitamos para vivir este doble mandamiento. Acerquémonos con un corazón abierto, pidiendo a Dios que desate en nosotros cualquier cadena de egoísmo o miedo que nos impida amar plenamente. Que el Señor nos dé la valentía de Pablo para sufrir por el Evangelio, si es necesario, y la sabiduría del escriba para reconocer que el amor es lo único que verdaderamente vale. Que nos ayude a ser trabajadores intachables de su Reino, predicando la verdad no solo con palabras, sino con la entrega de nuestra vida.

Oremos: Señor Jesús, tú que eres la Palabra de Dios que no está encadenada, concédenos la gracia de amarte con todo nuestro ser y de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Que tu Espíritu nos guíe para discernir tus caminos y nos dé la fuerza para evitar las vanas disputas, viviendo en la verdad y la caridad que valen más que todos los sacrificios. Amén.

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