Evangelio para Hoy

Evangelio del 3 de junio de 2026

Memoria de San Carlos Lwanga y compañeros. mártires

Evangelio del 3 junio 2026 — Marcos 12, 18-27 (ilustración)
Marcos 12, 18-27

Primera Lectura

Lectura 2 Timoteo 1, 1-3. 6-12

Primera lectura de hoy 3 junio 2026 — 2 Timoteo 1, 1-3. 6-12 (ilustración)

Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, conforme a la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido. Te deseo la gracia, la misericordia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.
Cuando de noche y de día te recuerdo en mis oraciones, le doy gracias a Dios, a quien sirvo con una conciencia pura, como lo aprendí de mis antepasados.
Por eso te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. Porque el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación. No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor, ni te avergüences de mí, que estoy preso por su causa. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. El nos ha salvado y nos ha llamado a llevar una vida santa, no por nuestros méritos, sino por su propia determinación y por la gracia que nos ha sido dada, en Cristo Jesús, desde toda la eternidad. Esta gracia es la que se ha manifestado ahora con el advenimiento de nuestro salvador, Jesucristo, quien ha destruido la muerte e irradiado la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio, del que he sido nombrado predicador, apóstol y maestro.
Por este motivo soporto esta prisión, pero no me da vergüenza, porque sé en quién he puesto mi confianza, y estoy seguro de que él con su poder cuidará, hasta el último día, lo que me ha encomendado.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 122, 1-2a. 2bcd

R. (1a) En ti, Señor, tengo fijos mis ojos.

En ti, Señor, que habitas en lo alto, fijos los ojos tengo, como fijan sus ojos en las manos de su señor, los siervos.

R. En ti, Señor, tengo fijos mis ojos.

Así como la esclava en su señora tiene fijo los ojos fijos están en el Señor los nuestros hasta que Dios se apiade de nosotros.

R. En ti, Señor, tengo fijos mis ojos.

Aclamación antes del Evangelio

Juan 11, 25. 26

R. Aleluya, aleluya.

Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor; el que cree en mí no morirá para siempre.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Marcos 12, 18-27

En aquel tiempo, fueron a ver a Jesús algunos de los saduceos, los cuales afirman que los muertos no resucitan, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si un hombre muere dejando a su viuda sin hijos, que la tome por mujer el hermano del que murió, para darle descendencia a su hermano. Había una vez siete hermanos, el primero de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo se casó con la viuda y murió también, sin dejar hijos; lo mismo el tercero. Los siete se casaron con ella y ninguno de ellos dejó descendencia. Por último, después de todos, murió también la mujer. El día de la resurrección, cuando resuciten de entre los muertos, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque fue mujer de los siete”.
Jesús les contestó: “Están en un error, porque no entienden las Escrituras ni el poder de Dios. Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni los hombres tendrán mujer ni las mujeres marido, sino que serán como los ángeles del cielo. Y en cuanto al hecho de que los muertos resucitan, ¿acaso no han leído en el libro de Moisés aquel pasaje de la zarza, en que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Están, pues, muy equivocados”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Hoy, hermanos y hermanas, la Iglesia nos invita a levantar la mirada, a fijar nuestros ojos no solo en lo que tenemos ante nosotros en esta vida terrenal, sino en aquello que nos espera, en la plenitud que Dios nos ha prometido. Celebramos la Memoria de San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, jóvenes que hace poco más de un siglo dieron testimonio valiente de su fe en Uganda. Su sangre derramada nos habla de una verdad profunda que resuena poderosamente en las lecturas de hoy.

En el Evangelio de San Marcos, nos encontramos con un desafío directo a Jesús por parte de los saduceos. Estos, aferrados a una interpretación literal y limitada de la Ley de Moisés, negaban la resurrección de los muertos. Para ellos, la vida se reducía a lo que podían ver, tocar y experimentar en este mundo. Su pregunta, sobre la mujer que tuvo siete maridos en la tierra, es un intento de ridiculizar la idea de una vida después de la muerte, de encerrar el poder de Dios en sus propias categorías humanas.

Pero Jesús, con su sabiduría divina, los corrige con una claridad meridiana. Les dice: “Están en un error, porque no entienden las Escrituras ni el poder de Dios.” ¡Qué sentencia tan reveladora! Su error no era solo una falta de conocimiento, sino una falla en la comprensión profunda, en la fe viva. No comprendían que la vida resucitada no es simplemente una extensión de la vida terrenal con sus mismas reglas y limitaciones. No, en la resurrección, la existencia se transforma, se eleva a una nueva dimensión donde las relaciones humanas, aunque santificadas por el amor, no se rigen por las mismas necesidades de esta carne. Seremos “como los ángeles del cielo”, inmersos en una comunión con Dios que trasciende todo lo que podemos imaginar ahora.

Y no se detiene ahí. Jesús va a la raíz de su incredulidad, citando el pasaje de la zarza ardiente, donde Dios se revela a Moisés: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.” Y concluye categórico: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.” Esta es una de las afirmaciones más liberadoras y esperanzadoras de toda la Escritura. Nuestro Dios es un Dios de vida. Un Dios que no abandona a sus hijos en la tumba, sino que los llama a una existencia eterna con Él. Abraham, Isaac y Jacob no son reliquias del pasado; viven en Dios, esperando la plenitud de la resurrección de sus cuerpos.

Esta verdad fundamental sobre Dios como el Dios de vivos, sobre la resurrección y la vida eterna, es el faro que ilumina también la Primera Lectura, la carta del apóstol San Pablo a su querido hijo Timoteo. Pablo, desde su prisión, no se lamenta ni se desespera, sino que irradia una confianza inquebrantable. Él sabe “en quién ha puesto su confianza”. Y esa confianza no es ciega, sino que está cimentada en la certeza de que Cristo Jesús “ha destruido la muerte e irradiado la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio”.

La situación de Pablo es un claro contraste con la ceguera espiritual de los saduceos. Mientras ellos se aferran a lo terrenal y niegan lo divino, Pablo sufre y está preso “por la predicación del Evangelio”, por el testimonio de esa misma vida e inmortalidad. Y en medio de su sufrimiento, su preocupación es que Timoteo, y nosotros con él, “reavive el don de Dios” que ha recibido.

¿Qué es este don, este “charisma”, que Pablo le pide a Timoteo que reavive? Es el Espíritu Santo, el espíritu que nos fue dado en el bautismo y la confirmación, el espíritu que nos capacita para ser testigos. Un espíritu que, nos dice Pablo, “no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación”. ¡Qué palabras tan necesarias para nuestro tiempo!

Un espíritu de fortaleza para no avergonzarnos de Cristo, de su Evangelio, ni de quienes lo predican o viven por Él. Fortaleza para resistir las presiones de un mundo que a menudo nos invita a vivir como si Dios no existiera, como si esta vida fuera todo lo que hay. Fortaleza para defender la verdad, incluso cuando sea impopular.

Un espíritu de amor, que no es un sentimiento pasajero, sino una decisión firme de vivir por los demás, de donarnos, de perdonar, de construir el Reino aquí y ahora. Un amor que nos hace capaces de sufrir “con” Cristo y por el Evangelio, sabiendo que el amor verdadero trasciende la muerte.

Y un espíritu de moderación (o autodominio, como se traduce en otras versiones), que nos permite poner orden en nuestras vidas, gobernar nuestras pasiones, discernir lo verdaderamente importante y no dejarnos arrastrar por los impulsos o las modas pasajeras. Es la templanza que nos hace libres de la esclavitud de los deseos mundanos, para que podamos fijar nuestros ojos en el Señor, como la esclava en su señora, como nos recordaba el salmista.

San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires son el eco vivo de estas palabras de Pablo. Ellos reavivaron el don de Dios en sus vidas. No temieron dar testimonio, no se avergonzaron de su fe, a pesar de la prisión, la tortura y la muerte inminente. Jóvenes, algunos de ellos apenas adolescentes, escogieron a Cristo sobre los placeres y la voluntad de un rey pagano. Ellos entendieron que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, y que la vida verdadera no termina en la hoguera o en la espada. Su fortaleza, su amor por Cristo y su autocontrol fueron más grandes que cualquier miedo. Se entregaron a la gracia que les había sido dada “en Cristo Jesús, desde toda la eternidad”, y así irradiaron la vida y la inmortalidad.

Hermanos, ¿cómo aplicamos esto a nuestra vida cotidiana? ¿Estamos viviendo con un espíritu de temor, o con la fortaleza, el amor y la moderación que nos da el Espíritu? ¿Nos avergonzamos de nuestra fe en algún momento, en el trabajo, en la universidad, en las redes sociales? ¿O estamos dispuestos a dar testimonio, a compartir los sufrimientos por el Evangelio, a recordar que somos llamados a una vida santa, no por nuestros méritos, sino por la determinación y la gracia de Dios?

Hoy, el Señor nos invita a examinar nuestro propio “don”. Nuestro bautismo, nuestra fe, el Espíritu Santo que habita en nosotros, ¿están vivos o se han cubierto de ceniza? ¿Hemos olvidado que Dios es el Dios de los vivos, y que nuestra vida no termina aquí, sino que está destinada a la plenitud con Él? Si nos dejamos atrapar por una visión meramente terrenal de la existencia, corremos el riesgo de caer en el mismo error de los saduceos: no entender las Escrituras ni el poder de Dios.

La resurrección no es solo un acontecimiento futuro; es una realidad que impregna nuestro presente. La certeza de que Dios es el Dios de los vivos debería transformar nuestra forma de vivir cada día, nuestras prioridades, nuestras relaciones. Nos debería infundir una esperanza que supera cualquier adversidad, un amor que vence el egoísmo, y una fortaleza que nos permite ser fieles hasta el final.

Pidamos hoy al Espíritu Santo que reavive en nosotros ese don. Que nos dé la gracia de la fortaleza para no claudicar ante las dificultades o las burlas. Que nos llene de amor para servir a Dios en nuestros hermanos y hermanas, y para perdonar, como Cristo nos perdonó. Y que nos conceda la moderación para vivir de manera íntegra, con los ojos fijos en el Señor, esperando su misericordia. Que, como San Carlos Lwanga y sus compañeros, podamos ser testigos valientes de la vida y la inmortalidad que Cristo nos ha revelado.

Oh Dios, fuente de toda vida y Señor de los vivos, te damos gracias por el don de la fe y por la promesa de la resurrección. Reaviva en nosotros el Espíritu de fortaleza, amor y moderación, para que, sin vergüenza, demos testimonio de tu Hijo Jesucristo, que ha destruido la muerte y nos ha llamado a la vida eterna. Concede que, como los mártires de Uganda, vivamos cada día con la confianza de que tú eres nuestro Dios y el Guardián de lo que nos has encomendado, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

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