Evangelio para Hoy

Evangelio del 15 de mayo de 2026

Viernes de la VI semana de Pascua

Evangelio del 15 mayo 2026 — Juan 16, 20-23 (ilustración)
Juan 16, 20-23

Primera Lectura

Lectura Hechos 18, 9-18

Primera lectura de hoy 15 mayo 2026 — Hechos 18, 9-18 (ilustración)

En aquellos días, Pablo tuvo una visión nocturna en Corinto, en la que le dijo el Señor: “No tengas miedo. Habla y no calles, porque yo estoy contigo y nadie pondrá la mano sobre ti para perjudicarte. Muchos de esta ciudad pertenecen a mi pueblo”. Por eso Pablo se quedó allí un año y medio, explicándoles la palabra de Dios.
Pero cuando Galión era procónsul de Acaya, los judíos, de común acuerdo, se abalanzaron contra Pablo y lo llevaron hasta el tribunal, donde dijeron: “Este hombre trata de convencer a la gente de que den a Dios un culto contrario a la ley”. Iba Pablo a tomar la palabra para responder, cuando Galión dijo a los judíos: “Si se tratara de un crimen o de un delito grave, yo los escucharía, como es razón; pero si la disputa es acerca de palabras o de nombres o de su ley, arréglense ustedes”. Y los echó del tribunal. Entonces se apoderaron de Sóstenes, jefe de la sinagoga, y lo golpearon delante del tribunal, sin que Galión se preocupara en lo más mínimo.
Pablo se quedó en Corinto todavía algún tiempo. Después se despidió de los hermanos y se embarcó para Siria, con Priscila y Aquila. En Céncreas se rapó la cabeza para cumplir una promesa que había hecho.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 46, 2-3. 4-5, 6-7

R. (8a) Dios es el rey del universo. Aleluya.

Aplaudan, pueblos todos, aclamen al Señor, de gozo llenos, que el Señor, el Altísimo, es terrible, y de toda tierra, rey supremo.

R. Dios es el rey del universo. Aleluya.

Fue él quien nos puso por encima de todas las naciones y los pueblos, al elegirnos como herencia suya, orgullo de Jacob, su predilecto.

R. Dios es el rey del universo. Aleluya.

Entre voces de júbilo y trompetas, Dios, el Señor, asciende hasta su trono. Cantemos en honor de nuestro Dios, al rey honremos y cantemos todas.

R. Dios es el rey del universo. Aleluya.

Aclamación antes del Evangelio

R. Aleluya, aleluya.

Cristo tenía que morir y resucitar de entre los muertos, para entrar así en su gloria.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Juan 16, 20-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría.
Cuando una mujer va a dar a luz, se angustia, porque le ha llegado la hora; pero una vez que ha dado a luz, ya no se acuerda de su angustia, por la alegría de haber traído un hombre al mundo. Así también ahora ustedes están tristes, pero yo los volveré a ver, se alegrará su corazón y nadie podrá quitarles su alegría. Aquel día no me preguntarán nada”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Hermanos y hermanas en Cristo, en este viernes de la sexta semana de Pascua, nuestra Iglesia nos invita a meditar en el misterio de la alegría que nace de la tristeza, en la valentía que brota de la confianza, y en la presencia constante de nuestro Señor que transforma cada paso de nuestro camino. Las lecturas de hoy se entrelazan de una manera profunda, ofreciéndonos una luz poderosa para nuestras propias vidas.

El Evangelio de San Juan nos regala hoy una de esas promesas de Jesús que, en su aparente paradoja, encierran la más pura verdad de nuestra fe: “Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría”. ¡Qué palabras tan desconcertantes a primera vista! Nos habla de lágrimas y congoja, mientras el mundo celebra sus triunfos efímeros. Pero Jesús no se queda ahí; inmediatamente nos abre la puerta a una esperanza que lo abarca todo: esa tristeza se transformará en alegría.

Para ilustrar esta verdad, Jesús recurre a la imagen sublime de una mujer que está a punto de dar a luz. La angustia del parto es real, intensa, abrumadora. Es un momento de dolor y prueba que parece no tener fin. Sin embargo, en el instante mismo en que la vida nueva llega al mundo, toda la angustia se disipa, se olvida, se transfigura en una alegría tan inmensa y pura que no hay dolor que pueda comparársele. Es la alegría de traer un ser humano al mundo, la alegría de la vida que vence a la prueba. Así, nos dice Jesús, también nosotros estaremos tristes por su partida inminente, pero pronto Él volverá a verlos, y esa visión, ese reencuentro, encenderá en ustedes una alegría que “nadie podrá quitarles”. Esta es la alegría pascual, la alegría de la resurrección que sigue a la cruz, la alegría del Espíritu Santo que viene a habitar en nosotros.

Y es precisamente esta promesa la que vemos hacerse carne en la vida de San Pablo, tal como nos relata la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles. Pablo se encuentra en Corinto, una ciudad cosmopolita, llena de vida, pero también de vicios y desafíos para la joven comunidad cristiana. Pablo, como cualquier ser humano, experimenta momentos de temor, de desánimo ante la inmensidad de la tarea y la hostilidad del ambiente. No nos imaginemos a un apóstol invencible, sino a un hombre de carne y hueso, consciente de su vulnerabilidad. Y es en ese momento de necesidad, en una visión nocturna, donde el Señor se le aparece para replicar, de alguna manera, el mensaje de consuelo que Jesús dio a sus discípulos: “No tengas miedo. Habla y no calles, porque yo estoy contigo y nadie pondrá la mano sobre ti para perjudicarte. Muchos de esta ciudad pertenecen a mi pueblo”.

¡Qué consuelo tan profundo! Pablo se siente, sin duda, como aquellos discípulos que Jesús advirtió que “llorarían y se entristecerían”. Pero la palabra del Señor disipa el miedo, infunde coraje y le recuerda a Pablo que no está solo, que la misión no es suya, sino de Cristo, y que Él es quien abre los corazones. La promesa de que “muchos de esta ciudad pertenecen a mi pueblo” es la garantía de que su esfuerzo no será en vano, que a pesar de las dificultades y la aparente esterilidad, la semilla de la Palabra germinará.

Pablo, fortalecido por esta visión, se quedó en Corinto un año y medio. Este tiempo prolongado no fue un periodo exento de problemas. Vemos cómo los judíos, impulsados por la hostilidad, se abalanzan sobre él y lo llevan ante el tribunal de Galión. Intentan usar la ley para condenarlo, para silenciar la voz del Evangelio. Imaginen la tensión, el peligro inminente, el dolor de la incomprensión y la persecución. Es la tristeza, la angustia que precede al parto de una nueva comunidad.

Pero, ¿qué sucede? La protección del Señor se manifiesta de una manera inesperada. Galión, el procónsul, con una indiferencia que en este caso resulta providencial, se niega a inmiscuirse en una disputa que él considera una cuestión interna de los judíos. “Si la disputa es acerca de palabras o de nombres o de su ley, arréglense ustedes”, dice, y los expulsa del tribunal. Lo que parece un acto de desinterés político, se convierte en un instrumento de la divina providencia para proteger a Pablo y permitir que el Evangelio siga su curso. Incluso el incidente subsiguiente, donde Sóstenes es golpeado, aunque doloroso, no detiene la obra de Dios. Pablo, una vez más, permanece un tiempo más, y sólo después de cumplir su promesa y consolidar la comunidad, se embarca hacia Siria. Su “tristeza” y su miedo iniciales se han transformado en la alegría y el fruto de una misión exitosa, confirmando que la mano de Dios estuvo con él.

Hermanos y hermanas, ¿cómo resuena todo esto en nuestra vida cotidiana? ¿Acaso no experimentamos también nosotros momentos de miedo, de desánimo, de tristeza? A veces, la hostilidad del mundo hacia los valores del Evangelio puede ser abrumadora. Las presiones para callar nuestra fe, para conformarnos a ciertas ideologías contrarias al mensaje de Cristo, son constantes. Podemos sentirnos solos, pequeños, incapaces de “hablar y no callar”. Quizás nos entristezca la división en nuestras familias, la enfermedad de un ser querido, la pérdida de un empleo, o simplemente el peso de las preocupaciones diarias.

Pero el Señor nos dice hoy, como a Pablo: “No tengas miedo. Yo estoy contigo”. Esta es la alegría que nadie puede quitarnos, la certeza de la presencia de Cristo resucitado que camina a nuestro lado. No se nos promete una vida sin problemas, sin lágrimas, sin oposición. De hecho, Jesús nos advierte lo contrario: “llorarán y se entristecerán”. Pero se nos promete que toda tristeza, si la vivimos unidos a Él, se transformará. Como la angustia del parto se convierte en la indescriptible alegría de la vida nueva, así nuestras pruebas, vividas en la fe, se convertirán en una fuente de gozo profundo y duradero, en una manifestación de la gracia de Dios en nuestras vidas.

Se nos llama a tener la valentía de Pablo, no una valentía nacida de nuestra fuerza, sino de la confianza en la presencia de Dios. Se nos invita a “hablar y no callar”, no necesariamente con grandes discursos, sino con el testimonio coherente de nuestra vida, con la caridad hacia el prójimo, con la esperanza que irradiamos en medio de las dificultades. Cada vez que superamos un miedo por amor a Cristo, cada vez que ofrecemos nuestra tristeza al Padre, cada vez que perdonamos o extendemos una mano, estamos viviendo la promesa de Jesús: nuestra tristeza se transforma en alegría.

La alegría que Jesús nos ofrece no es una emoción superficial, sino una paz profunda que brota de la comunión con Él. Es la alegría de saber que, a pesar de las tribulaciones, Dios está obrando en nosotros y a través de nosotros. Como el salmista nos invita hoy: “Aplaudan, pueblos todos, aclamen al Señor, de gozo llenos, que el Señor, el Altísimo, es terrible, y de toda tierra, rey supremo.” Esta es la certeza de que Dios reina, de que su plan se cumple, y que al final, la alegría de la resurrección prevalece sobre toda tristeza.

Por ello, hermanos, los invito hoy a mirar sinceramente en su corazón. ¿Qué miedos los paralizan? ¿Qué tristezas los oprimen? ¿Qué situaciones los invitan a callar su fe? Entreguémoslas todas al Señor. Confiemos en su promesa: “Yo los volveré a ver, se alegrará su corazón y nadie podrá quitarles su alegría”. Que esta Semana Pascual que ya casi termina nos impulse a vivir con la valentía de Pablo y la esperanza inquebrantable de los primeros discípulos, sabiendo que Cristo ha muerto y resucitado para que también nosotros entremos en su gloria, para que toda nuestra tristeza sea transformada en la alegría eterna de su presencia.

Oremos: Señor Jesús, te damos gracias por tu Palabra que nos ilumina y nos consuela. En los momentos de miedo y tristeza, recuérdanos tu promesa: que estás con nosotros y que nadie podrá quitarnos la alegría que Tú nos das. Danos la valentía de San Pablo para hablar y no callar, para ser testigos de tu amor en el mundo. Transforma nuestras penas en gozo y haz de nuestra vida un canto de alabanza a tu nombre. Amén.

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