Evangelio para Hoy

Evangelio del 14 de mayo de 2026

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Evangelio del 14 mayo 2026 — Mateo 28, 16-20 (ilustración)
Mateo 28, 16-20

Primera Lectura

Lectura Hechos 1, 1-11

Primera lectura de hoy 14 mayo 2026 — Hechos 1, 1-11 (ilustración)

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús hizo y enseñó, hasta el día en que ascendió al cielo, después de dar sus instrucciones, por medio del Espíritu Santo, a los apóstoles que había elegido. A ellos se les apareció después de la pasión, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios.

Un día, estando con ellos a la mesa, les mandó: “No se alejen de Jerusalén. Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya les he hablado: Juan bautizó con agua; dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo”.

Los ahí reunidos le preguntaban: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?” Jesús les contestó: “A ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora que el Padre ha determinado con su autoridad; pero cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra”.

Dicho esto, se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos. Mientras miraban fijamente al cielo, viéndolo alejarse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10

R. Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya.

Aplaudan, pueblos todos, aclamen al Señor, de gozos llenos; que el Señor, el Altisimo, es terrible y de toda la tierra, rey supremo.

R. Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya.

Entre voces de júbilo y trompetas, Dios, el Señor, asciende hasta su trono. Cantemos en honor de nuestro Dios, al rey honremos y cantemos todos.

R. Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya.

Porque Dios es el rey del universo, cantemos el mejor de nuestros cantos. Reina Dios sobre todas las naciones desde su trono santo.

R. Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya.

Aclamación antes del Evangelio

Mateo 28, 19. 20

R. Aleluya, aleluya.

Vayan y enseñen a todas las naciones, dice el Señor, y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.

R. Aleluya.

Segunda Lectura

Lectura Efesios 1, 17-23

Segunda lectura de hoy 14 mayo 2026 — Efesios 1, 17-23 (ilustración)

Hermanos: Pido al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, que les conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo.

Le pido que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que confiamos en él, por la eficacia de su fuerza poderosa.

Con esta fuerza resucitó a Cristo de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, por encima de todos los ángeles, principados, potestades, virtudes y dominaciones, y por encima de cualquier persona, no sólo del mundo actual sino también del futuro.

Todo lo puso bajo sus pies y a él mismo lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, y la plenitud del que lo consuma todo en todo.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, en este día bendito, Solemnidad de la Ascensión del Señor, nuestros corazones se llenan de una mezcla de admiración, esperanza y una profunda interpelación. Acabamos de escuchar dos relatos fundacionales de nuestra fe, el uno de los Hechos de los Apóstoles y el otro del Evangelio de San Mateo, que se entrelazan de manera admirable para desvelarnos la verdad de lo que celebramos hoy. No es un adiós, sino una transformación, un envío, una promesa.

En la primera lectura, San Lucas nos narra con detalle los últimos momentos de Jesús con sus discípulos antes de su ascensión. Cuarenta días, un tiempo significativo en la tradición bíblica, durante los cuales Jesús se apareció a ellos, les dio pruebas inequívocas de su resurrección y, lo más importante, les habló del Reino de Dios. Imaginen la intensidad de esos encuentros, la luz que debió haberse encendido en sus mentes y corazones al comprender poco a poco que todo lo que habían vivido con Él, su muerte y su resurrección, no era el final, sino el inicio de algo infinitamente más grande.

Sin embargo, a pesar de toda esta enseñanza y revelación, los discípulos aún tenían sus propias ideas, sus propias expectativas. Le preguntan, con esa ingenuidad tan humana: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?” Es la eterna tentación de reducir el Reino de Dios a nuestros propios términos, a nuestras agendas terrenales, a soluciones políticas o sociales inmediatas. Jesús, con infinita paciencia, los corrige suavemente: “A ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora… pero cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos”. Aquí está la clave, hermanos: la promesa del Espíritu Santo, la fuente de fortaleza, el motor de la misión. Y no una misión cualquiera, sino una que no conoce fronteras: “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra”.

Y entonces sucede lo inefable: “Dicho esto, se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos”. Una imagen de misterio y gloria. Pero la historia no termina con ellos mirando al cielo. Los ángeles intervienen, con una pregunta que aún hoy resuena para nosotros: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo?” Es una llamada a la acción, a despertar de la pasividad. Jesús ha ascendido, sí, pero no para que nos quedemos inmóviles, sino para que asumamos nuestra parte en su obra.

Esta llamada de los ángeles, esta suave reprimenda, encuentra su eco y su fuerza en el Evangelio de San Mateo que hemos proclamado. Los once discípulos, después de la Pascua, se dirigen a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. La montaña, lugar de encuentro con Dios, de revelación y de envío. Y aquí vemos una imagen muy real y humana de la fe: “Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban”. ¡Titubeaban! Incluso después de verlo resucitado, de pasar cuarenta días con Él, la duda, la fragilidad humana, persiste. Hermanos, esto nos consuela profundamente, porque ¿quién de nosotros no ha titubeado en su fe, no ha tenido momentos de incertidumbre? La fe es un camino, no una posesión estática.

Pero Jesús, consciente de su debilidad, no los regaña, sino que se acerca a ellos y les entrega el poder y la misión. “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Es la afirmación de su soberanía universal, la base de todo lo que sigue. Es este poder absoluto, esta autoridad divina, la que legitima y capacita su envío: “Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado”.

Aquí está la conexión vital entre ambas lecturas. La Ascensión de Jesús al Padre no es una partida que nos deja solos, sino el establecimiento de su reino universal, el empoderamiento de la Iglesia para continuar su misión. El “hasta los últimos rincones de la tierra” de Hechos se convierte en el “todas las naciones” de Mateo. Y el “serán mis testigos” se concreta en el “enseñen a todas las naciones, bautizándolas y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado”. La misión de la Iglesia, y por tanto nuestra misión, es hacer discípulos, es decir, personas que conocen, aman y siguen a Cristo en la totalidad de su vida.

Pero la parte más consoladora y transformadora de este Evangelio, y que da sentido profundo a la Ascensión, es la promesa final de Jesús: “y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. ¡Qué contraste con el “lo ocultó a sus ojos” de la primera lectura! Jesús no se va para abandonarnos. Su ascensión a los cielos no es una ausencia, sino una nueva forma de presencia, una presencia universal, espiritual y eterna. Él está con nosotros en su Palabra, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, en la comunidad de los creyentes, en el rostro de cada hermano y hermana, especialmente de los más necesitados.

Entonces, ¿cuál es el mensaje espiritual y práctico de esta Solemnidad para nuestra vida cotidiana, aquí y ahora, en este 14 de mayo de 2026?

Primero, la Ascensión nos llama a una conversión de nuestra mirada. Como los discípulos que miraban al cielo, también nosotros podemos caer en la tentación de vivir una fe pasiva, esperando que todo venga de arriba sin nuestra colaboración. Pero la invitación es a “bajar la mirada” de una contemplación estéril para dirigirla a la realidad de nuestro mundo, a las necesidades de nuestros hermanos, al lugar donde estamos llamados a ser testigos. La Ascensión nos abre los ojos a la inmensidad de la misión que se nos ha confiado.

Segundo, nos recuerda que no estamos solos. “Me ha sido dado todo poder”, dice Jesús. Y añade: “yo estaré con ustedes todos los días”. No es nuestra fuerza, no son nuestras habilidades las que garantizan el éxito de la misión, sino el poder de Cristo resucitado que actúa a través de nosotros, y su presencia constante que nos acompaña. Esto debe infundirnos una valentía inmensa. Si Jesús está con nosotros, ¿a quién temeremos? Si el poder del cielo y de la tierra es suyo y Él nos envía, ¿qué nos detendrá?

Tercero, nos invita a la acción. “Vayan”. La fe no es solo creer, es también ir. Ir a compartir el amor de Dios con nuestra vida, con nuestras palabras, con nuestros gestos cotidianos. Ir a sanar, a consolar, a perdonar, a construir puentes. ¿Dónde estamos llamados a ir en nuestro día a día? Quizás a un miembro de la familia que se siente solo, a un compañero de trabajo que necesita una palabra de aliento, a un vecino que sufre, o simplemente a vivir con coherencia y alegría nuestra fe en medio del mundo, siendo así un “signo” del Reino. La misión de “enseñar a cumplir todo cuanto yo les he mandado” implica primero que nosotros mismos nos esforcemos por vivir esos mandatos, por seguir a Cristo con radicalidad. Implica un proceso continuo de formación y crecimiento en la fe, para poder dar razón de nuestra esperanza.

Finalmente, la Ascensión es una fiesta de esperanza. Jesús no solo va al Padre, sino que va a prepararnos un lugar. Él abre el camino para nuestra propia glorificación. Nuestra vocación no es la tierra, sino el Cielo, la plenitud de vida con Dios. Mientras tanto, vivimos esta tensión bendita de caminar en el mundo, pero con la mirada y el corazón puestos en el Padre, sabiendo que estamos llamados a ser sus manos, sus pies, su voz en la historia.

Que la Solemnidad de la Ascensión del Señor renueve en cada uno de nosotros el fervor misionero, la confianza inquebrantable en la presencia de Cristo y la certeza de que, aunque no lo veamos con los ojos de la carne, Él camina a nuestro lado, fortaleciéndonos con su Espíritu Santo para que seamos sus testigos hasta los últimos rincones de nuestra vida.

Oremos, hermanos, para que el Señor nos conceda la gracia de ser fieles a su misión, de vivir con la valentía de los apóstoles y de sentir siempre su presencia amorosa que nos acompaña:

Señor Jesús, que asciendes al Padre con todo poder en el cielo y en la tierra, no nos dejes parados, mirando al cielo. Llénanos de tu Espíritu Santo para que seamos tus testigos valientes en nuestro mundo. Que tu promesa de estar con nosotros hasta el fin de los tiempos encienda en nuestros corazones la fe, la esperanza y el amor para ir y hacer discípulos tuyos en todas las naciones de nuestra vida. Amén.

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