Evangelio del 19 de septiembre de 2026
Sábado de la XXIV semana del Tiempo ordinario
Lucas 8, 4-15
Primera Lectura
Lectura 1 Corintios 15, 35-37. 42-49

Hermanos: Hay algunos que preguntan: “¿Cómo resucitan los muertos? ¿Qué clase de cuerpo van a tener?” Es que no se han puesto a pensar que el grano que se siembra tiene que morir, para que nazca la planta. Lo que se siembra no es la planta que va a brotar, sino solamente la semilla, por ejemplo, de trigo o de cualquier otra cosa.
Lo mismo sucede en la resurrección de los muertos: se siembra un cuerpo corruptible y resucita incorruptible; se siembra un cuerpo miserable y resucita glorioso; se siembra débil y resucita fuerte; se siembra un cuerpo puramente humano y resucita un cuerpo vivificado por el espíritu divino.
Pues si existe un cuerpo puramente humano, también existe un cuerpo vivificado por el espíritu. En efecto, la Escritura dice que el primer hombre, Adán, fue un ser que tuvo vida; el último Adán es espíritu que da la vida. Sin embargo, no existe primero lo vivificado por el Espíritu, sino lo puramente humano; lo vivificado por el Espíritu viene después.
El primer hombre, hecho de tierra, es terreno; el segundo viene del cielo. Como fue el hombre terreno, así son los hombres terrenos; como es el hombre celestial, así serán los celestiales. Y del mismo modo que fuimos semejantes al hombre terreno, seremos también semejantes al hombre celestial.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 55, 10. 11-12. 13-14
R. (cf. 14c) Caminaré en presencia del Señor.
Yo sé bien que el Señor está conmigo; por eso en Dios, cuya promesa alabo. Sin temor me confío. ¿Qué hombre ha de poder causarme daño?
R. Caminaré en presencia del Señor.
Te debo, Señor, las promesas que te hice, te las cumpliré con acción de gracias, porque libraste mi vida de la muerte, mis pies de la caída, para que camine en la presencia de Dios, mientras tengo la luz de la vida.
R. Caminaré en presencia del Señor.
Aclamación antes del Evangelio
Cfr Lucas 8, 15
R. Aleluya, aleluya.
Dichosos los que cumplen la palabra del Señor con un corazón bueno y sincero y perseveran hasta dar fruto.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Lucas 8, 4-15
En aquel tiempo, mucha gente se había reunido alrededor de Jesús, y al ir pasando por los pueblos, otros más se le unían. Entonces les dijo esta parábola:
“Salió un sembrador a sembrar su semilla. Al ir sembrando, unos granos cayeron en el camino, la gente los pisó y los pájaros se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso, y al brotar, se secaron por falta de humedad. Otros cayeron entre espinos, y al crecer éstos, los ahogaron. Los demás cayeron en tierra buena, crecieron y produjeron el ciento por uno”. Dicho esto, exclamó: “¡El que tenga oídos para oír, que oiga!”
Entonces le preguntaron los discípulos: “¿Qué significa esta parábola?” Y él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer claramente los secretos del Reino de Dios; en cambio, a los demás, sólo en parábolas para que viendo no vean y oyendo no entiendan.
La parábola significa esto: la semilla es la palabra de Dios. Lo que cayó en el camino representa a los que escuchan la palabra, pero luego viene el diablo y se la lleva de sus corazones, para que no crean ni se salven. Lo que cayó en terreno pedregoso representa a los que, al escuchar la palabra, la reciben con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba, fallan. Lo que cayó entre espinos representa a los que escuchan la palabra, pero con los afanes, riquezas y placeres de la vida, se van ahogando y no dan fruto. Lo que cayó en tierra buena representa a los que escuchan la palabra, la conservan en un corazón bueno y bien dispuesto, y dan fruto por su constancia’’.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Hoy, en este día del Sábado de la XXIV semana del Tiempo Ordinario, encontramos en nuestras lecturas una profunda resonancia que nos invita a reflexionar sobre la vida, la muerte y la esperanza de la resurrección, así como sobre la forma en que respondemos a la palabra de Dios en nuestra vida diaria. En la primera lectura, san Pablo nos lleva a considerar la naturaleza de la resurrección, a través de una poderosa metáfora: el grano que se siembra. Es un recordatorio de que la vida eterna no es simplemente una continuación de esta existencia, sino una transformación completa de lo que somos. El cuerpo que se siembra es corruptible, débil y terrenal, mientras que el cuerpo que resucita es incorruptible, glorioso y vivificado por el Espíritu. Esta realidad espiritual nos alienta a mirar más allá de lo inmediato, a comprender que existe algo maravilloso que nos espera.
A su vez, el Evangelio de Lucas nos ofrece la parábola del sembrador, donde se habla de la siembra de la palabra de Dios en diferentes tipos de terrenos. Cada terreno simboliza un tipo de respuesta humana a esa palabra. Así como Pablo señala las transformaciones que ocurren en la resurrección, Jesús nos desafía a considerar cuál es el estado del terreno en nuestros corazones. ¿Somos tierra buena, que acoge la semilla y la deja crecer, o tenemos piedras y espinos que hacen que la palabra no dé fruto en nosotros? Esta conexión entre la primera lectura y el Evangelio es clara: ambos textos nos invitan a una profunda conversión, una transformación que comienza en este mundo y se extiende hacia la eternidad.
Al reflexionar sobre la parábola del sembrador, podemos reconocer que todos, en algún momento, hemos experimentado ser un terreno que no siempre recibe adecuadamente la semilla de la Palabra. Tal vez hemos sido como el camino, donde el ruido y el caos de la vida ahogan el mensaje. O tal vez, hemos sido el terreno pedregoso, donde la emoción inicial por la fe se enfría ante las adversidades de la vida. O nos hemos encontrado entre espinos, donde las distracciones mundanas han ahogado nuestra relación con Dios. Sin embargo, Cristo nos llama a cada uno de nosotros a ser tierra buena, a permitir que la Palabra encuentre un lugar en nuestros corazones.
La invitación a ser tierra buena no es solo un ideal espiritual, sino un llamado práctico para nuestra vida cotidiana. La vida moderna está llena de desafíos y distracciones que pueden dificultar nuestro camino de fe. La propuesta del Evangelio es clara: debemos ser intencionales en la manera en que escuchamos y aplicamos la Palabra. Es un esfuerzo que requiere perseverancia, compromiso y, sobre todo, un deseo sincero de dejar que el Espíritu Santo trabaje en nosotros. Esto se traduce en actos concretos: dedicar tiempo a la oración, participar en la comunidad, abrir nuestro corazón a la gracia y cuidar las relaciones que nos ayudan a crecer en la fe.
Cada uno de nosotros está llamado a dar fruto, pero este fruto no puede venir de un esfuerzo aislado. No es suficiente simplemente recibir la Palabra; debemos cultivarla, alimentarla y permitir que crezca en nuestra vida. La comunidad de fe juega un papel vital en esto. Necesitamos el apoyo y la presencia de otros en nuestro caminar hacia la santidad. Juntos, somos llamados a sembrar esperanza y amor en un mundo que a menudo parece árido y lleno de desconfianza.
Además, los momentos que vivimos hoy nos exigen ser conscientes de cómo respondemos a la Palabra. En un mundo lleno de ansiedades, consumismo y superficialidad, la voz de Cristo resuena con más fuerza, llamando a un cambio de mentalidad, a un cambio de vida que busca lo eterno por encima de lo temporal. Nos invita a reflexionar profundamente sobre nuestras prioridades. Si la Palabra de Dios ha hecho una verdadera morada en nosotros, se traducirá en acciones que reflejen su amor y verdad.
La resurrección que celebramos como hijos de Dios no es solo una realidad futura; comienza en este presente, en la forma en la que vivimos nuestras relaciones, en cómo enfrentamos nuestras dificultades y en cómo compartimos nuestras bendiciones. Cada día es una oportunidad para sembrar en la vida de los demás la semilla de esperanza que hemos recibido. Así como el grano de trigo muere para dar vida, nosotros también estamos llamados a morir a nuestros egoísmos y prejuicios para dar vida a otros. Este es el corazón del mensaje cristiano: ser un canal de gracia en el mundo.
Acogemos en nuestra oración esta reflexión, buscando que, así como el grano de trigo transforma su esencia al ser sembrado, nuestra vida sea transformada por la Palabra que hemos escuchado. Que cada uno de nosotros se convierta en un sembrador de la esperanza y el amor de Dios, permitiendo que su Palabra fructifique en nuestros corazones y en nuestras acciones. Oremos juntos para que el Espíritu Santo nos ilumine, nos fortalezca y nos conduzca a ser siempre tierra buena, generosa y abierta a la acción divina.
Señor, transforma nuestros corazones en tierra fértil, para que la semilla de tu Palabra crezca en nosotros y dé fruto abundante en este mundo. Amén.
Video del evangelio
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Recibe el evangelio y la reflexión de cada día directamente en tu WhatsApp.
Unirme al canal