Evangelio del 6 de septiembre de 2026
XXIII Domingo Ordinario
Mateo 18, 15-20
Primera Lectura
Lectura Ezequiel 33, 7-9

Esto dice el Señor:
“A ti, hijo de hombre,
te he constituido centinela para la casa de Israel.
Cuando escuches una palabra de mi boca,
tú se la comunicarás de mi parte.
Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre,
porque es malvado,
y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino,
el malvado morirá por su culpa,
pero yo te pediré a ti cuentas de su vida.
En cambio, si tú lo amonestas
para que deje su mal camino
y él no lo deja,
morirá por su culpa,
pero tú habrás salvado tu vida”.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9
R. (8) Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Vengan, lancemos vivas al Señor, aclamemos al Dios que nos salva. Acerquémonos a él, llenos de júbilo, y démosle gracias.
R. Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Vengan, y puestos de rodillas, adoremos y bendigamos al Señor, que nos hizo, pues él es nuestro Dios y nosotros, su pueblo, él nuestro pastor y nosotros, sus ovejas.
R. Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Hagámosle caso al Señor, que nos dice: “No endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras”.
R. Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Aclamación antes del Evangelio
2 Corintios 5, 19
R. Aleluya, aleluya.
Dios ha reconciliado consigo al mundo, por medio de Cristo, y nos ha encomendado a nosotros el mensaje de la reconciliación.
R. Aleluya.
Segunda Lectura
Lectura Romanos 13, 8-10

Hermanos: No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo, porque el que ama al prójimo, ha cumplido ya toda la ley. En efecto, los mandamientos que ordenan: “No cometerás adulterio, no robarás, no matarás, no darás falso testimonio, no codiciarás” y todos los otros, se resumen en éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, pues quien ama a su prójimo no le causa daño a nadie. Así pues, cumplir perfectamente la ley consiste en amar.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.
Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
Yo les aseguro también, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Queridos hermanos y hermanas en Cristo, en este vigésimo tercer Domingo del Tiempo Ordinario, las lecturas que la Iglesia nos presenta nos interpelan de una manera directa y profunda sobre nuestra responsabilidad mutua en el camino de la fe. Desde el profeta Ezequiel hasta el mismo Jesús en el Evangelio, se nos convoca a asumir un rol activo en la salvación de nuestros hermanos, una misión que brota del amor de Dios y que se concreta en una de las expresiones más difíciles y a la vez más necesarias de la caridad: la corrección fraterna.
La primera lectura, del profibeta Ezequiel, nos sitúa ante la figura del “centinela”. El Señor dice a Ezequiel: “A ti, hijo de hombre, te he constituido centinela para la casa de Israel”. Este es un llamado solemne, una investidura divina con una tarea crucial. El centinela tiene el deber de advertir, de señalar el peligro, de llamar al malvado a abandonar su camino. Y la gravedad de esta misión es tal, que si el centinela no cumple con su deber, si no amonesta al malvado, este morirá por su culpa, pero Dios pedirá cuentas de su vida al centinela. En cambio, si el centinela amonesta y el malvado no escucha, el centinela “habrá salvado su vida”. ¡Qué fuerte resonancia tienen estas palabras! Nos hacen pensar en la seriedad con la que Dios mira la vida de cada persona y cómo la salvación de uno puede depender de la palabra de otro.
Esta imagen del centinela no es exclusiva del profeta de Israel. Es una vocación que, de alguna manera, se extiende a todos nosotros, bautizados en Cristo. Somos “centinelas” los unos de los otros en el camino de la fe. Cada uno de nosotros, por el hecho de ser miembro del Cuerpo de Cristo, tiene la responsabilidad, y también la gracia, de velar por el bien espiritual de su hermano, de su hermana. No se trata de un juicio, ni de una condena, sino de una solicitud de amor, de una preocupación por la salvación de aquel a quien vemos extraviado.
Y es precisamente en el Evangelio de San Mateo donde Jesús nos da las pautas concretas para ejercer esta delicada pero vital tarea de la corrección fraterna. No es una mera coincidencia que estas dos lecturas se unan hoy. Ezequiel nos da la razón de ser –la responsabilidad por la vida espiritual del otro– y Jesús nos da el “cómo”, el método, el camino de la caridad para llevarla a cabo.
Jesús comienza diciendo: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano”. Aquí está la clave de todo el proceso: la discreción, la privacidad, la humildad. No se trata de ventilar los defectos del otro, ni de humillarlo públicamente. Se trata de acercarse con amor, con el corazón de pastor, con la mansedumbre de quien desea restaurar, no destruir. Es un acto de profunda caridad, donde el único propósito es la salvación del hermano, su reconciliación con Dios y con la comunidad. Hacerlo a solas preserva la dignidad del que yerra y abre la puerta a un diálogo sincero, a un reconocimiento de la propia fragilidad, a una conversión. Si el hermano escucha, ¡qué alegría! Habrás ganado un alma para el Reino, habrás traído de vuelta a una oveja descarriada al redil.
Pero Jesús, que conoce la dureza del corazón humano, nos ofrece una gradualidad. “Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos”. Esta segunda etapa introduce el testimonio, la presencia de otros que pueden confirmar la verdad de la situación, no como acusadores, sino como testigos de la caridad que busca la enmienda. Es un intento más, con la fuerza de la comunidad, de hacer ver al hermano su error y ofrecerle una salida, un camino de vuelta.
Y si aún así no escucha, “díselo a la comunidad”. Aquí la cuestión se vuelve pública, no porque se busque el escarnio, sino porque el pecado del hermano afecta al cuerpo entero. La comunidad, la Iglesia, tiene la misión de velar por la integridad de su fe y por la santidad de sus miembros. La comunidad ejerce su maternidad, acogiendo al hijo que sufre, pero también exhortando al que se equivoca. Es una intervención de amor que busca la enmienda final.
Finalmente, si el hermano “ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano”. Estas palabras de Jesús pueden sonar duras a nuestros oídos. ¿Acaso Jesús, que comía con publicanos y pecadores, nos pide que los abandonemos? De ninguna manera. Tratarlos como “pagano o publicano” no es una licencia para odiar o despreciar, sino una constatación dolorosa de su autoexclusión. En el contexto de Jesús, los publicanos eran considerados personas fuera de la comunidad de fe, gente con la que no se tenía comunión plena. Aquí implica que la persona ha decidido, por su propia voluntad y obstinación, apartarse del cuerpo de la Iglesia, de la gracia que esta ofrece, y de la reconciliación. Es una lamentable constatación de una ruptura, una llamada de atención final, que busca quizás, por ese “golpe” de realidad, que el hermano recapacite y vuelva. Pero la comunidad, incluso entonces, no deja de orar por él, de esperar su regreso.
Este pasaje culmina con dos afirmaciones poderosas. La primera, sobre la autoridad de la Iglesia: “todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo”. Esta es una promesa de la presencia y el poder de Dios en las decisiones de la comunidad reunida en su nombre, especialmente en asuntos de disciplina y reconciliación. La segunda, y no menos importante, nos dice: “si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. Esta afirmación nos recuerda que la fuerza de la comunidad radica en la presencia de Cristo en medio de ella. En cada paso de la corrección fraterna, la oración debe ser nuestra guía y nuestro sustento. Oramos por el hermano, por su conversión, y pedimos la sabiduría y el amor para actuar correctamente.
Hermanos, la corrección fraterna no es fácil. Requiere una gran dosis de humildad, de amor y de oración. Exige que primero miremos nuestra propia viga antes de querer sacar la astilla del ojo de nuestro hermano. ¿Con qué corazón nos acercamos? ¿Con deseo de juzgar o de salvar? ¿Con soberbia o con mansedumbre? Es un acto que debe nacer de la caridad, de la convicción de que todos somos pecadores y de que la gracia de Dios es la que nos sostiene. Es el reconocimiento de que somos peregrinos y que nos necesitamos unos a otros para llegar a la Casa del Padre.
En nuestra vida cotidiana, esta misión de centinelas y de correctores fraternos se traduce en estar atentos a los signos de Dios en la vida de los demás, en no ser indiferentes ante el sufrimiento espiritual o el error que puede llevar al extravío. Puede ser una palabra de aliento, un consejo oportuno, una llamada a la reflexión, hecha siempre desde el amor y el respeto. Y también significa estar abiertos a ser corregidos, a escuchar la voz de Dios a través de nuestros hermanos cuando, con caridad, nos señalan algo que podemos mejorar en nuestro camino de fe. ¡No endurezcamos nuestro corazón, como nos invita el Salmo!
Hoy, el Señor nos llama a ser instrumentos de su reconciliación, a extender la mano a quien se cae, a levantar al que ha resbalado. Nos llama a vivir la caridad en su dimensión más exigente y a la vez más hermosa, la de buscar incansablemente la salvación del prójimo, con la certeza de que Cristo está en medio de nosotros cuando nos reunimos en su nombre, y con la confianza de que Él mismo nos dará la fuerza y la sabiduría para cumplir con esta vocación. Que la gracia de Dios nos ilumine para ser, cada uno de nosotros, verdaderos centinelas de amor para nuestros hermanos.
Oremos: Señor Jesús, que nos has llamado a ser centinelas y custodios de nuestros hermanos, concédenos la humildad y el amor para saber corregir con caridad, la sabiduría para encontrar la palabra justa en el momento oportuno, y la valentía para no permanecer en silencio ante el error que aleja de Ti. Que nuestro corazón esté siempre abierto a la reconciliación y que nuestra comunidad sea un reflejo de tu presencia, donde el amor fraterno nos impulse a buscar siempre el bien y la salvación de cada uno. Amén.
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