Evangelio para Hoy

Evangelio del 31 de julio de 2026

Memoria de San Ignacio de Loyola, presbítero

Evangelio del 31 julio 2026 — Mateo 13, 54-58 (ilustración)
Mateo 13, 54-58

Primera Lectura

Lectura Jeremías 26, 1-9

Primera lectura de hoy 31 julio 2026 — Jeremías 26, 1-9 (ilustración)

Al principio del reinado de Joaquín, hijo de Josías y rey de Judá, el Señor le habló a Jeremías y le dijo: “Esto dice el Señor: ‘Ve al atrio del templo y diles a todos los habitantes de Judá que entran en el templo para adorar al Señor, todas las palabras que yo te voy a ordenar, sin omitir ninguna. A ver si las escuchan y se convierten de su mala vida, y me arrepiento del castigo que he pensado imponerles a causa de sus malas acciones’.
Diles, pues: ‘Esto dice el Señor: Si no me obedecen, ni cumplen la ley que he dado, ni escuchan las palabras de mis siervos, los profetas, que sin cesar les he enviado y a quienes ustedes no han escuchado, entonces yo trataré a este templo como al de Siló y haré que esta ciudad sirva de escarmiento para todos los pueblos de la tierra’ ”.
Los sacerdotes, los profetas y el pueblo oyeron a Jeremías pronunciar estas palabras en el templo del Señor. Y cuando él terminó de decir cuanto el Señor le había mandado, los sacerdotes y los profetas lo apresaron, diciéndole al pueblo: “Este hombre debe morir, porque ha profetizado en nombre del Señor que este templo será como el de Siló y que esta ciudad será destruida y quedará deshabitada”. Entonces la gente se amotinó contra Jeremías en el templo del Señor.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 68, 35. 8-10. 14

R. (14c) Escúchanos, Señor, conforme a tu clemencia.

Son más que mis cabellos los que me odian sin tener un motivo y más fuertes que yo los que pretenden con sus calumnias acabar conmigo. Lo que yo no robé, ¿acaso tengo yo que restituirlo?

R. Escúchanos, Señor, conforme a tu clemencia.

Por ti he sufrido injurias y la vergüenza cubre mi semblante. Extraño soy y advenedizo, aun para aquellos de mi propia sangre; pues me devora el celo de tu casa, el odio del que te odia, en mí recae.

R. Escúchanos, Señor, conforme a tu clemencia.

A ti, Señor elevo mi plegaria, ven en mi ayuda pronto; escúchame conforme a tu clemencia, Dios fiel en el socorro.

R. Escúchanos, Señor, conforme a tu clemencia.

Aclamación antes del Evangelio

1 Pedro 1, 25

R. Aleluya, aleluya.

La palabra de Dios permanece para siempre. Y ésa es la palabra que se les ha anunciado.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 13, 54-58

En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: “¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?” Y se negaban a creer en él.
Entonces, Jesús les dijo: “Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa”. Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Hoy, al celebrar la memoria de San Ignacio de Loyola, un hombre cuya vida fue una profunda lección de escucha y conversión, nos encontramos ante las Sagradas Escrituras que nos interpelan de maneras sorprendentes. La palabra de Dios, hermanos y hermanas, es siempre viva y eficaz, y hoy, más que nunca, nos invita a una profunda introspección.

La primera lectura nos sitúa en el drama del profeta Jeremías. Un drama que se repite a lo largo de la historia de la salvación: Dios envía a sus mensajeros con un mensaje claro, un llamado a la conversión, y los hombres, en su mayoría, se resisten. Jeremías es enviado al atrio del templo, al corazón de la vida religiosa del pueblo, para pronunciar palabras duras pero necesarias: “Si no me obedecen, ni cumplen la ley que he dado, ni escuchan las palabras de mis siervos, los profetas… entonces yo trataré a este templo como al de Siló y haré que esta ciudad sirva de escarmiento”. Es un ultimátum de amor, una advertencia para que el pueblo se aparte de su “mala vida” y de sus “malas acciones”.

Y ¿cuál es la reacción? Los sacerdotes, los profetas (¡sí, también había profetas que no estaban de acuerdo con el mensaje de Jeremías!) y el pueblo no acogen la palabra. No escuchan la invitación a la conversión. En lugar de arrepentirse, se amotinan, apresan a Jeremías y claman: “Este hombre debe morir”. La verdad de Dios, cuando nos confronta con nuestra realidad pecaminosa y nos pide un cambio, a menudo resulta incómoda, incluso inaceptable. Preferimos la complacencia, el autoengaño, la seguridad de nuestras tradiciones vacías, antes que la exigencia de una vida nueva. El salmista, con la voz de Jeremías y de tantos justos, eleva su lamento: “Por ti he sufrido injurias y la vergüenza cubre mi semblante… pues me devora el celo de tu casa, el odio del que te odia, en mí recae”. Este celo, esta pasión por la casa de Dios, por su verdad, es lo que llevó a Jeremías al sufrimiento y al rechazo.

Este patrón, queridos hermanos, no es exclusivo de la antigua alianza. Años después, el propio Hijo de Dios, el Verbo encarnado, encuentra una reacción similar, y quizás aún más dolorosa, en su propia tierra, en su propio pueblo. El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús en Nazaret, el lugar donde creció, donde forjó su humanidad, donde fue conocido como “el hijo del carpintero”. Él enseña en la sinagoga, y la gente se asombra de su sabiduría y sus milagros. “De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos?”, se preguntan. Y la respuesta, curiosamente, no es de fe, sino de escepticismo: “Acaso no es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?”.

Aquí radica una de las verdades más difíciles de aceptar: la familiaridad puede engendrar incredulidad. La gente de Nazaret no podía concebir que alguien tan “ordinario”, tan conocido, pudiera ser el Mesías, el portador de la sabiduría divina y el poder de Dios. Su conocimiento superficial de Jesús, basado en su origen humilde y sus lazos familiares, se convirtió en una barrera infranqueable para la fe. Y la consecuencia es dramática: “Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos”. La gracia de Dios, aunque infinita, no se impone; requiere de nuestra apertura, de nuestra fe, para manifestarse plenamente. Como dice Jesús, “un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa”.

Podemos ver, entonces, un hilo conductor claro entre Jeremías y Jesús. Ambos, profeta y Profeta por excelencia, son rechazados por aquellos a quienes Dios los envía. Sus mensajes, que exigen conversión y fe, chocan con la resistencia humana, con la comodidad de lo conocido, con la dureza de corazón. Ambos sufren el “odio del que te odia”, porque el celo por la casa de Dios y por la salvación de su pueblo los consume.

Y aquí viene la pregunta que nos concierne hoy a cada uno de nosotros: ¿dónde nos situamos nosotros en esta historia? ¿Somos de los que se amotinan contra la palabra incómoda? ¿Somos de los que, como los nazarenos, dejamos que la familiaridad o los prejuicios nos impidan reconocer la voz de Dios?

En nuestra vida cotidiana, la palabra de Dios nos llega de muchas maneras. Nos llega en la liturgia, en la lectura de la Biblia, en la voz del Magisterio de la Iglesia. Nos llega a través de los acontecimientos del mundo, a través de los pobres y marginados que claman por justicia. Nos llega en la voz de la propia conciencia, que nos señala nuestras “malas acciones” y nos invita a la “mala vida” a la conversión.

¿Cuántas veces nos resistimos a escuchar? ¿Cuántas veces, como los nazarenos, decimos: “Pero si yo ya sé esto”, o “Pero si esto siempre se ha hecho así”, o “Pero si este mensaje viene de alguien que no es de mi agrado, o que no tiene estudios, o que es muy joven o muy viejo”? La incredulidad no siempre es una negación frontal de Dios; a menudo es una resistencia sutil, un velo que ponemos sobre nuestros ojos y oídos para no ver ni escuchar lo que nos desafía a crecer, a cambiar, a vivir más plenamente el Evangelio. Nos acostumbramos tanto a las verdades de fe, que las convertimos en rutina, en conocimiento, pero no en vida. Perdemos la capacidad de asombrarnos, de dejarnos transformar. Y, entonces, los “milagros” de Dios, su acción transformadora en nosotros y a través de nosotros, se limitan por nuestra propia incredulidad.

Hoy, en la memoria de San Ignacio de Loyola, cuyo camino de fe fue un radical abandono de lo familiar para abrazar lo nuevo de Dios, somos invitados a una conversión profunda. Ignacio, un soldado herido, abandonó sus glorias mundanas para buscar la gloria de Dios. Se atrevió a escuchar una palabra que lo sacaba de su “patria y de su casa”, de sus comodidades y prejuicios, para lanzarse a la aventura de una vida en Cristo. Él, que aprendió a “discernir” los espíritus, nos enseña a escuchar con atención y sin reservas la voz de Dios, a identificar las resistencias que nos impiden responder con fe.

El “Aleluya” que hemos proclamado antes del Evangelio nos lo recuerda con fuerza: “La palabra de Dios permanece para siempre. Y ésa es la palabra que se les ha anunciado”. La palabra de Dios es constante, eterna. No depende de nuestra aceptación para ser verdad. Depende de nosotros el abrir nuestro corazón para que resuene y opere en nuestra vida.

Esta es, hermanos y hermanas, nuestra invitación hoy: a la oración y a la conversión. Oremos para que el Señor nos conceda un corazón dócil, un espíritu que se asombre ante su presencia, una fe que trascienda nuestros prejuicios y nuestra familiaridad. Pidamos la gracia de reconocer a Jesús no solo como el hijo del carpintero, sino como el Señor de nuestra vida, el Profeta que nos llama a la vida eterna. Abramos nuestros oídos a la palabra de Dios, sea donde sea que provenga, sea cual sea el mensajero, por incómoda que pueda resultar. Solo así, al escuchar con fe y actuar en consecuencia, permitiremos que el Señor obre grandes milagros en nosotros y a nuestro alrededor. No limitemos la gracia de Dios con nuestra incredulidad.

Que el celo por la casa de Dios, el celo por su Reino, nos consuma de tal manera que, como Jeremías, como Jesús, como San Ignacio, nos atrevamos a escuchar y a obedecer, a convertirnos y a transformar.

Oremos: Señor Jesús, concédenos la gracia de un corazón abierto, humilde y libre de prejuicios. Que tu Palabra, que permanece para siempre, encuentre en nosotros tierra fértil donde germinar y dar fruto. Disipa nuestra incredulidad y ayúdanos a reconocer tu voz y tu presencia en lo cotidiano y en lo inesperado. Que tu Espíritu nos impulse a la conversión y nos dé la fuerza para seguirte, siempre y en todo. Amén.

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