Evangelio para Hoy

Evangelio del 22 de julio de 2026

Fiesta de Santa María Magdalena

Evangelio del 22 julio 2026 — Juan 20, 1-2. 11-18 (ilustración)
Juan 20, 1-2. 11-18

Primera Lectura

Lectura Cantar 3, 1-4

Primera lectura de hoy 22 julio 2026 — Cantar 3, 1-4 (ilustración)

Esto dice la esposa:
“En mi lecho, por las noches,
a mi amado yo buscaba.
Lo busqué, pero fue un vano.
Me levantaré. Por las plazas
y barrios de la ciudad
buscaré al amor de mi alma.
Lo busqué, pero fue en vano.
Y me encontraron los guardias
de la ciudad, y les dije:
‘¿Qué no vieron a aquel que ama
mi alma?’ Y apenas se fueron,
encontré al amor de mi alma”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9

R. (2b) Señor, mi alma tiene sed de ti.

Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora, como el suelo reseco añora el agua.

R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

Para admirar tu gloria y tu poder, anhelo contemplarte en el santuario. Pues mejor es tu amor que la existencia; siempre, Señor, te alabarán mis labios.

R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

Podré así bendecirte mientras viva y levantar en oración mis manos. De lo mejor se saciará mi alma; te alabaré con júbilo en los labios.

R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

Fuiste mi auxilio y a tu sombra, canté lleno de gozo. A ti se adhiere mi alma y tu diestra me da seguro apoyo.

R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

Aclamación antes del Evangelio

R. Aleluya, aleluya.

¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Juan 20, 1-2. 11-18

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.
María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿Por qué estás llorando, mujer?” Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.
Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabbuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’ ”.
María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

La mañana de aquel primer día de la semana, en la penumbra que aún se aferraba al mundo, María Magdalena se dirige al sepulcro. Es una imagen que nos habla profundamente. Su corazón está desgarrado, su esperanza se ha hecho pedazos. Ha perdido a su Señor, al amor de su vida, y su único consuelo es aferrarse a su memoria, quizás a su cuerpo inerte. La piedra removida no es solo una sorpresa; es un nuevo golpe, una señal de que incluso la certeza de la muerte le ha sido arrebatada. Su reacción es la de un alma enardecida por el amor y la angustia: corre, busca ayuda, comparte su desorientación. “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Es la expresión de una búsqueda frenética, de un anhelo inconsolable.

¿No resuena esta imagen con la del Cantar de los Cantares que hemos escuchado? Aquella esposa, en la intimidad de su lecho, en la oscuridad de la noche, busca a su amado. No lo encuentra y su búsqueda se vuelve más audaz, más pública, más desesperada. “Me levantaré. Por las plazas y barrios de la ciudad buscaré al amor de mi alma.” Ambas mujeres, separadas por milenios y contextos, comparten la misma sed ardiente, la misma urgencia por encontrar a aquel que da sentido a su existencia. Es la búsqueda del alma enamorada, de un corazón que sabe que sin su amado, la vida carece de plenitud. “Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma,” canta el salmista, dándole voz a esta misma añoranza. Es la sed de Dios que nos habita, a veces silenciosa, a veces clamorosa, pero siempre presente en lo más profundo de nuestro ser.

María Magdalena, desolada, se había quedado llorando junto al sepulcro. Sus lágrimas son el espejo de su alma, y sus ojos, empañados por el dolor, le impiden ver con claridad. Ve a los ángeles, pero su mente está tan obnubilada por la pérdida que ni siquiera su presencia celestial la saca de su obsesión: “¿Por qué estás llorando, mujer? Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto.” Es la búsqueda de lo que se ha perdido, no aún la de lo que se ha encontrado. En esa oscuridad del alma, marcada por el luto y la confusión, Dios se acerca de una manera inesperada. María mira hacia atrás y ve a Jesús, pero no lo reconoce. Lo confunde con el jardinero. ¡Cuántas veces nos sucede esto a nosotros! Buscamos a Dios en los lugares donde esperamos encontrarlo, bajo las formas que nuestra mente ha construido, y lo pasamos por alto cuando se presenta de una manera sencilla, humilde, inesperada, en la persona del necesitado, en el consuelo de un amigo, en la inspiración de una lectura, en el silencio de nuestra oración.

El Señor, con infinita ternura, le repite la pregunta: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” No es una recriminación, sino una invitación a ir más allá de su dolor, a abrir los ojos de su alma. Y entonces, llega el momento cumbre, el instante que transforma el dolor en éxtasis, la confusión en claridad: “¡María!” Una sola palabra, su nombre pronunciado por la voz que tan bien conocía, la voz que había sanado su alma y le había mostrado el camino. Es un reconocimiento íntimo, personal, que traspasa la apariencia y llega al corazón. Es la experiencia de que Dios nos conoce por nuestro nombre, que nos llama individualmente, que nos busca incluso cuando nosotros, en nuestra ceguera o angustia, no sabemos cómo buscarlo o reconocerlo.

En ese “¡María!”, toda la búsqueda frenética de la esposa en el Cantar de los Cantares encuentra su cumplimiento. “Y apenas se fueron, encontré al amor de mi alma.” La búsqueda incansable, las noches sin sueño, las calles recorridas, todo confluye en ese instante de encuentro personal e íntimo. María, en su éxtasis, solo puede exclamar: “¡Rabbuní!”, que significa ‘maestro’. Su corazón salta de alegría, sus lágrimas se transforman en gozo. Ella quiere retenerlo, aferrarse a esa presencia restaurada, pero Jesús le dice: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre.” No es un rechazo, sino una invitación a una nueva forma de relación, a una fe madura que no se aferra a la presencia física del pasado, sino que abraza la realidad espiritual del Resucitado que trasciende el tiempo y el espacio. Es una llamada a pasar de la nostalgia a la misión, de la posesión al envío.

Porque el encuentro con el Resucitado nunca es para guardárnoslo solo para nosotros. La alegría de encontrar a Jesús es tan grande que desborda el corazón y nos impulsa a compartirla. “Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’”. María Magdalena se convierte así en la “Apóstol de los Apóstoles”, la primera en proclamar la buena noticia de la Resurrección. Su viaje de la desesperación a la proclamación es un modelo para cada uno de nosotros.

Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de Santa María Magdalena nos invita hoy a reflexionar sobre nuestra propia búsqueda de Dios. ¿Con qué intensidad buscamos al Señor en nuestra vida cotidiana? ¿Lo buscamos solo en los lugares y de las maneras que nos resultan cómodas, o estamos dispuestos a salir, a traspasar nuestras propias limitaciones, a llorar si es necesario, hasta que lo encontremos? ¿Somos capaces de reconocerlo cuando se nos presenta bajo un disfraz inesperado, quizás en el ‘jardinero’ de nuestras realidades más comunes y sencillas?

La vida moderna, con su ruido y sus prisas, a menudo nos distrae de esa sed profunda que el Salmista expresaba. Nos ofrece múltiples sustitutos, muchos “amados” que prometen saciar nuestra alma, pero que al final nos dejan más vacíos. La voz de Jesús sigue resonando en medio de ese bullicio, llamando nuestro nombre: “¡María!”, “¡Juan!”, “¡Sofía!”, “¡Carlos!”. ¿Estamos atentos a esa llamada personal, íntima, que nos saca de nuestra ceguera y nos revela su presencia viva?

Dejemos que la experiencia de María Magdalena nos inspire a una conversión profunda. Una conversión que nos mueva a buscar al Señor con un corazón sincero y persistente, incluso en la oscuridad de nuestras dudas o en el dolor de nuestras pérdidas. Que nos permita reconocerlo no solo en los grandes milagros o en las experiencias místicas, sino en la sencillez de la vida, en la voz de la conciencia, en la amistad, en el pan y el vino de la Eucaristía, en la Palabra proclamada. Y una vez que lo hemos encontrado, una vez que hemos escuchado su voz que nos llama por nuestro nombre, que nos envíe como María a ser testigos de su Resurrección, a llevar esa buena noticia a nuestros hermanos, a aquellos que aún buscan en la oscuridad o que lloran la ausencia de su Señor.

Que la figura de Santa María Magdalena nos impulse a decir, con la misma fe y el mismo amor: “¡Rabbuní! ¡Maestro mío!” y a vivir con la certeza de que Él vive y nos envía.

Señor Jesús, concédenos la gracia de buscarte con la pasión de María Magdalena, de reconocer tu voz que nos llama por nuestro nombre, y de ser tus fieles mensajeros de esperanza y alegría en un mundo sediento de Ti. Amén.

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