Evangelio para Hoy

Evangelio del 19 de julio de 2026

XVI Domingo Ordinario

Evangelio del 19 julio 2026 — Mateo 13, 24-43 (ilustración)
Mateo 13, 24-43

Primera Lectura

**Lectura **

Primera lectura de hoy 19 julio 2026 (ilustración)

No hay más Dios que tú, Señor, que cuidas de todas las cosas.
No hay nadie a quien tengas que rendirle cuentas
de la justicia de tus sentencias.
Tu poder es el fundamento de tu justicia,
y por ser el Señor de todos,
eres misericordioso con todos.
Tú muestras tu fuerza
a los que dudan de tu poder soberano
y castigas a quienes, conociéndolo, te desafían.
Siendo tú el dueño de la fuerza,
juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza,
porque tienes el poder y lo usas cuando quieres.
Con todo esto has enseñado a tu pueblo
que el justo debe ser humano,
y has llenado a tus hijos de una dulce esperanza,
ya que al pecador le das tiempo para que se arrepienta.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 85, 5-6. 9-10. 15-16a

R. (5a) Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Puesto que eres, Señor, bueno y clemente y todo amor con quien tu nombre invoca, escucha mi oración y a mi súplica da respuesta pronta.

R. Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Señor, todos los pueblos vendrán para adorarte y darte gloria, pues sólo tú eres Dios, y tus obras, Señor, son portentosas.

R. Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Dios entrañablemente compasivo, todo amor y lealtad, lenta a la cólera, ten compasión de mí, pues clamo a ti, Señor, a toda hora.

R. Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Aclamación antes del Evangelio

R. Aleluya, aleluya.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del Reino a la gente sencilla.

R. Aleluya.

Segunda Lectura

Lectura Romanos 8, 26-27

Segunda lectura de hoy 19 julio 2026 — Romanos 8, 26-27 (ilustración)

Hermanos: El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que conoce profundamente los corazones, sabe lo que el Espíritu quiere decir, porque el Espíritu ruega, conforme a la voluntad de Dios, por los que le pertenecen.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 13, 24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó. Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña.
Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’ El amo les respondió: ‘De seguro lo hizo un enemigo mío’. Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ Pero él les contestó: ‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y luego almacenen el trigo en mi granero’ ”.
Luego les propuso esta otra parábola: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en un huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”.
Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”.
Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
Luego despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.
Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los ciudadanos del Reino, la cizaña son los partidarios del maligno, el enemigo que la siembra es el diablo, el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.
Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy, en este XVI Domingo Ordinario, la Palabra de Dios nos sumerge en uno de los misterios más profundos de nuestra fe y de nuestra existencia: la coexistencia del bien y del mal en el mundo. Miramos a nuestro alrededor y vemos luces y sombras, actos de caridad sublime junto a la más cruda crueldad, momentos de gracia que nos elevan y tentaciones que nos arrastran. Y nos preguntamos, con los siervos de la parábola: “Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?”

La respuesta de Jesús es contundente y reveladora: “De seguro lo hizo un enemigo mío”. Pero es la reacción del amo la que nos interpela hoy de manera especial. Cuando los trabajadores, impulsados por un celo quizá bienintencionado pero imprudente, proponen: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”, el amo responde con una sabiduría que sólo puede venir de Dios: “No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha.”

Aquí, queridos hermanos, encontramos la clave para conectar esta poderosa parábola con la profunda reflexión de la Primera Lectura del libro de la Sabiduría. Allí se nos revela la naturaleza incomprensiblemente misericordiosa de nuestro Dios: “No hay más Dios que tú, Señor, que cuidas de todas las cosas. Tu poder es el fundamento de tu justicia, y por ser el Señor de todos, eres misericordioso con todos.” ¡Qué verdad tan consoladora! Dios, el Señor de todo, no es un tirano impaciente, sino un Padre que “juzga con misericordia y nos gobierna con delicadeza.” Y lo más hermoso: “al pecador le das tiempo para que se arrepienta.”

La parábola de la cizaña es la encarnación, la visualización de esta paciencia divina. El campo es el mundo, la buena semilla somos nosotros, los hijos del Reino, y la cizaña son los partidarios del maligno. Y el amo del campo, nuestro Padre celestial, nos enseña que su paciencia no es debilidad, sino una manifestación de su poder que se ejerce con sabiduría y amor. Él sabe que arrancar la cizaña antes de tiempo podría dañar el trigo, podría lastimar a quienes, aunque aún imperfectos o mezclados con el mal, tienen el potencial de madurar y dar buen fruto.

¿Cuántas veces, en nuestra propia impaciencia humana, hemos querido ver la justicia divina actuando de inmediato? ¿Cuántas veces hemos juzgado apresuradamente a otros, clasificándolos como “cizaña” y deseando su erradicación? Este evangelio nos invita a una profunda humildad y a una gran confianza en la providencia de Dios. No nos corresponde a nosotros, los siervos, arrancar la cizaña. Esa tarea está reservada para los segadores al final de los tiempos, bajo la dirección del mismo Hijo del Hombre. Nuestra misión es distinta: es la de ser buen trigo, cultivar nuestra propia tierra interior, y confiar en el juicio perfecto de Dios.

Esta paciencia divina nos ofrece un espacio precioso, un tiempo de gracia que se nos da a todos. El pecador tiene tiempo para arrepentirse, como nos dice la Sabiduría. ¡Qué don inestimable es este tiempo! No es una invitación a la pasividad ante el mal, sino un llamado a la conversión constante y a la perseverancia en el bien. Es un recordatorio de que, incluso en nosotros mismos, hay una constante batalla entre la buena semilla y la cizaña de nuestros defectos, nuestras tentaciones, nuestras imperfecciones. Y Dios, en su infinita paciencia, nos da cada día la oportunidad de elegir el bien, de arrancar con su gracia esa cizaña que amenaza nuestro propio campo interior, sin dañar el trigo que Él mismo sembró en nosotros.

Esta coexistencia del bien y del mal, sin embargo, no debe llevarnos a la desesperanza. Las otras parábolas que Jesús nos regala hoy nos ofrecen una perspectiva llena de esperanza. La parábola de la semilla de mostaza, la más pequeña de todas las semillas, nos habla de los humildes comienzos del Reino de los Cielos. Quizás a veces nos sentimos insignificantes, nuestra fe parece pequeña, o nuestros esfuerzos por vivir el Evangelio parecen minúsculos en un mundo tan vasto y complejo. Pero Jesús nos asegura que esa pequeña semilla tiene el poder de crecer hasta convertirse en un gran arbusto, capaz de dar cobijo y sombra. Del mismo modo, la parábola de la levadura nos muestra cómo una cantidad mínima de levadura puede transformar toda una masa de harina. El Reino de Dios opera así: de manera discreta, silenciosa, pero con un poder transformador incontenible.

Estas parábolas nos invitan a la confianza y a la acción. Aunque la cizaña esté presente en el campo del mundo y en el campo de nuestro corazón, el trigo, la buena semilla, tiene la promesa de crecer y madurar. El Reino de Dios, esa fuerza transformadora del amor y la justicia, está actuando. No debemos desanimarnos por la aparente lentitud o por la persistencia del mal. Más bien, debemos ser parte activa de ese crecimiento, siendo nosotros mismos esa buena semilla, esa pequeña cantidad de levadura que fermenta el mundo con el amor de Cristo.

Hermanos, el mensaje de hoy es un llamado a la fe madura, a la paciencia teologal. No somos llamados a ser jueces implacables, sino sembradores y cultivadores, con los ojos fijos en el Maestro. Nuestra tarea es sembrar el bien, cuidar el trigo, y vivir con la esperanza cierta de que, al final, la justicia de Dios prevalecerá. Los justos, nos dice Jesús, brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Esta es nuestra promesa, nuestra herencia.

Así, en nuestro día a día, ¿cómo aplicamos esta sabiduría divina? Primero, cultivando una mirada de paciencia y misericordia hacia los demás. Evitemos la condena fácil, el juicio precipitado. Reconozcamos la complejidad de cada alma, la mezcla de luces y sombras que todos llevamos dentro. Segundo, siendo vigilantes con nuestra propia vida espiritual. No demos espacio para que la cizaña eche raíces profundas en nuestro corazón. La paciencia de Dios nos da tiempo para arrepentirnos, para cambiar, para crecer en santidad. Aprovechemos este tiempo precioso para la conversión. Y tercero, viviendo con la esperanza y el optimismo del Reino. No importa cuán pequeña sea nuestra contribución, cuán insignificante parezca nuestra fe, el poder transformador de Dios está con nosotros y a través de nosotros. Seamos levadura, seamos esa semilla que crece y da refugio.

En este día, acudamos al Señor, confiados en su bondad y clemencia. Abrámosle nuestro corazón, conscientes de que Él es “entrañablemente compasivo, todo amor y lealtad, lenta a la cólera.” Pidámosle la gracia de su paciencia, la sabiduría para discernir y la fortaleza para perseverar en el bien, sabiendo que Él es el único que cuida de todas las cosas y que, al final, hará brillar la justicia.

Que así sea.

Oremos: Oh Padre de infinita paciencia y misericordia, que nos gobiernas con delicadeza, te damos gracias por el tiempo de gracia que nos concedes. Ayúdanos a ser buena semilla en tu campo, a crecer en santidad y a confiar en tu sabiduría para discernir entre el trigo y la cizaña. Que tu Reino crezca en nosotros y a través de nosotros, transformando el mundo con tu amor, hasta el día en que los justos brillen como el sol. Amén.

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