Evangelio del 17 de julio de 2026
Viernes de la XV semana del Tiempo ordinario
Primera Lectura
**Lectura **

En aquel tiempo, el rey Ezequías enfermó de muerte y vino a verlo el profeta Isaías, hijo de Amós, y le dijo: “Esto dice el Señor: ‘Arregla todos tus asuntos, porque no te vas a aliviar y te vas a morir’ ”.
Ezequías volvió la cara hacia la pared, oró al Señor y dijo: “Acuérdate, Señor, de que te he servido con fidelidad y rectitud de corazón y de que he hecho siempre lo que a ti te agrada”. Y lloró con abundantes lágrimas.
Entonces el Señor le habló a Isaías y le dijo: “Ve a decirle a Ezequías: ‘Esto dice el Señor, Dios de tu padre, David: He escuchado tu oración y he visto tus lágrimas. Voy a curarte y en tres días podrás ir al templo del Señor. Voy a darte quince años más de vida. Te libraré de la mano del rey de Asiria a ti y a tu ciudad, y protegeré a Jerusalén’ ”.
Dijo entonces Isaías: “Traigan un emplasto de higos y aplíquenselo en la llaga para que se alivie”. Y Ezequías dijo: “¿Cuál es la señal de que podré ir al templo del Señor?” Respondió Isaías: “Esta será para ti la señal de que el Señor cumplirá las cosas que te ha dicho: voy a hacer que la sombra retroceda los diez grados que ha avanzado en el reloj de sol de Ajaz”. Y el sol retrocedió los diez grados que había avanzado.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Isaías 38, 10. 11. 12abcd. 16
R. (cf. 17b) Sálvame, Señor, y viviré.
Yo pensaba que a la mitad de mi vida tendría que dirigirme hacia las puertas del abismo y me privarían del resto de mis años.
R. Sálvame, Señor, y viviré.
Yo pensaba que ya no volvería a ver al Señor en la tierra de los vivos, que ya no volvería a ver a los hombres entre los habitantes del mundo.
R. Sálvame, Señor, y viviré.
Levantan y enrollan mi vida como una tienda de pastores. Como un tejedor tejía yo mi vida, y me cortaron la trama.
R. Sálvame, Señor, y viviré.
A los que Dios protege viven, y entre ellos vivirá mi espíritu; me has curado, me has hecho revivir.
R. Sálvame, Señor, y viviré.
Aclamación antes del Evangelio
Juan 10, 27
R. Aleluya, aleluya.
Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; yo las conozco y ellas me siguen.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Mateo 12, 1-8
Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos. Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”.
Él les contestó: “¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes?
¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.
Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado”.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Qué profunda resonancia encontramos hoy, hermanos y hermanas, al adentrarnos en la Palabra de Dios. En la primera lectura, la escena es dramática: el rey Ezequías, postrado en su lecho de muerte, recibe del profeta Isaías una sentencia ineludible: “Arregla todos tus asuntos, porque no te vas a aliviar y te vas a morir”. ¡Qué momento de confrontación con nuestra propia finitud! Es el eco de una verdad universal que, tarde o temprano, todos debemos enfrentar. Pero la historia no termina ahí. Ezequías, con una fe inquebrantable, vuelve su rostro hacia la pared, en un gesto íntimo y personal de súplica. No discute, no se rebela con amargura, sino que se humilla y ora al Señor, recordándole su fidelidad y la rectitud de su corazón. Y llora, con esas “abundantes lágrimas” que brotan de un alma quebrantada, pero confiada.
Y la respuesta de Dios no se hace esperar. Inmediatamente, el Señor habla a Isaías, incluso antes de que el profeta haya salido del patio. “He escuchado tu oración y he visto tus lágrimas. Voy a curarte y en tres días podrás ir al templo del Señor. Voy a darte quince años más de vida”. ¡Qué misericordia tan asombrosa! Dios no solo revoca la sentencia, sino que añade un tiempo de gracia, un regalo inesperado de vida. Y para sellar su promesa, ofrece una señal prodigiosa: la sombra del reloj de sol retrocede diez grados. Una intervención divina que altera el curso natural de las cosas, un milagro que desafía nuestra lógica y nos recuerda el poder absoluto de Aquel que es el Creador de todo. Ezequías no solo es curado físicamente, sino que su espíritu es vivificado, como tan bellamente canta el salmo responsorial: “Me has curado, me has hecho revivir”. Esta lectura nos grita que la oración sincera, aquella que brota de un corazón contrito y confiado, tiene el poder de conmover el corazón de Dios, de cambiar el curso de los acontecimientos, de abrirnos a una gracia que va más allá de lo que podemos imaginar.
Esta experiencia de Ezequías nos prepara para entender el Evangelio de hoy, porque en ambas lecturas, el hilo conductor es la misericordia de Dios y la verdadera comprensión de Su voluntad. Pasamos de la súplica personal de un rey a la enseñanza pública de Jesús sobre la Ley. En el Evangelio, Jesús y sus discípulos caminan por los sembrados en sábado. Los discípulos, hambrientos, arrancan espigas para comer. Un acto tan humano y natural, ¿verdad? Pero para los fariseos, con su mirada puesta en la letra estricta de la Ley, esto es una transgresión inadmisible. “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”, le increpan.
Y Jesús, con su sabiduría divina y su profunda compasión, les da una lección magistral. Les recuerda la historia de David, que por necesidad comió los panes sagrados que solo los sacerdotes podían comer. Les habla de los sacerdotes que, por el servicio en el templo, “violan” el sábado y no cometen pecado. Y luego, eleva el argumento a una nueva dimensión: “Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo”. Jesús se revela a sí mismo como la plenitud de todo, la manifestación más sublime de la presencia de Dios.
Pero el corazón de su enseñanza, la clave para comprender toda la ley y la voluntad de Dios, reside en esa poderosa frase del profeta Oseas que Jesús cita: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Aquí está el nexo profundo con Ezequías. Ezequías no ofreció un “sacrificio” externo para su curación; ofreció su corazón fiel, sus lágrimas, su confianza. Y Dios respondió con misericordia. Los fariseos, en cambio, estaban tan obsesionados con los “sacrificios” de la ley externa, con las reglas y preceptos, que habían olvidado la esencia misma de Dios: su misericordia, su amor por la vida, su compasión por el ser humano. Condenaban a quienes no tenían ninguna culpa, porque su vista estaba empañada por la rigidez y no por la caridad.
Jesús nos muestra que la Ley, el sábado, las normas religiosas, tienen un propósito: conducirnos a Dios y a una vida más plena en Él. Pero si estas normas se convierten en un fin en sí mismas, si nos impiden ver la necesidad del hermano, si nos llevan a juzgar y condenar sin amor, entonces hemos perdido el rumbo. Si el “sacrificio” de cumplir una norma externa nos endurece el corazón a la misericordia, entonces no es el sacrificio que Dios quiere. Él desea un corazón humilde y compasivo, capaz de ver al otro con amor, de aliviar su carga, de comprender su fragilidad. El “Hijo del hombre también es dueño del sábado”, dice Jesús, afirmando su autoridad sobre la Ley, una autoridad que Él ejerce para liberar, para sanar, para salvar, nunca para oprimir. Él es la Ley hecha carne, la misericordia encarnada.
Queridos hermanos, la Palabra de hoy nos invita a una profunda reflexión sobre nuestra propia vida espiritual. ¿Cómo nos relacionamos con Dios y con Su voluntad? ¿Somos como Ezequías, que en su desesperación se vuelve a Dios con fe y lágrimas, confiando plenamente en Su misericordia? ¿O somos, a veces, como los fariseos, más preocupados por cumplir ritos externos o normas sin comprender el espíritu que los anima?
En nuestro día a día, enfrentamos nuestras propias “enfermedades de muerte”, no solo físicas, sino del alma: la desesperanza, el resentimiento, la soledad, la rutina que apaga la fe. ¿Acudimos a Dios con la misma sinceridad y humildad de Ezequías? ¿Nos atrevemos a pedirle que “retroceda la sombra” en nuestra vida, que intervenga milagrosamente en aquello que nos parece imposible de cambiar? La primera lectura nos asegura que Dios escucha nuestras oraciones y ve nuestras lágrimas. Nos invita a una oración más íntima, más personal, más valiente, sabiendo que Su misericordia es inagotable.
Y cuando miramos a nuestro alrededor, cuando interactuamos con nuestros hermanos, ¿cómo aplicamos la lección de Jesús? ¿Es nuestra fe una fuente de vida y compasión, o a veces se vuelve una carga de juicios y rigidez? ¿Somos capaces de ver la “hambre” de nuestros hermanos, no solo de pan, sino de amor, de comprensión, de perdón, y actuar con misericordia, incluso si eso significa flexibilizar nuestras propias expectativas o ideas preconcebidas? El Señor nos dice que “Misericordia quiero y no sacrificios”. Esto significa que nuestra fe debe traducirse en acciones concretas de amor al prójimo, en una actitud de perdón, en la capacidad de ponernos en el lugar del otro, de aliviar su dolor, de ofrecerle consuelo.
La invitación de hoy es a la conversión del corazón. A reconocer a Jesús como el Señor de todo, incluso de nuestro “sábado”, de nuestro tiempo, de nuestras normas. A dejar que Él reinterprete nuestra vida a la luz de Su misericordia. A pedirle la gracia de tener un corazón como el suyo: lleno de compasión, lento para juzgar, rápido para perdonar, y siempre dispuesto a servir.
Que la voz del Buen Pastor resuene en nosotros, como escuchamos en la aclamación: “Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; yo las conozco y ellas me siguen”. Que sigamos a Jesús no por la fuerza de una ley impuesta, sino por el atractivo de su amor y misericordia, que Él nos revela y nos invita a vivir. Que Su Espíritu nos guíe para que nuestra fe sea siempre un camino de vida, de libertad y de amor, reflejando así el rostro de un Dios que es pura misericordia.
Oremos: Señor Jesús, dueño del tiempo y de la eternidad, tú que escuchaste la oración de Ezequías y viste sus lágrimas, y que enseñaste a los fariseos la primacía de la misericordia sobre el sacrificio, danos un corazón humilde y confiado. Que sepamos acudir a ti en nuestra necesidad más profunda, con fe inquebrantable. Abre nuestros ojos para ver a quienes tienen hambre y sed de ti y de nuestra compasión. Líbranos de la rigidez del juicio y concédenos la gracia de vivir tu Evangelio de amor, siendo instrumentos de tu divina misericordia en cada día de nuestra vida. Amén.
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