Evangelio para Hoy

Evangelio del 15 de julio de 2026

Memoria de San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia

Evangelio del 15 julio 2026 — Mateo 11, 25-27 (ilustración)
Mateo 11, 25-27

Primera Lectura

Lectura Isaías 10, 5-7. 13b-16

Primera lectura de hoy 15 julio 2026 — Isaías 10, 5-7. 13b-16 (ilustración)

Esto dice el Señor:
“¡Ay Asiria, bastón de mi ira,
vara que mi furor maneja!
Contra una nación impía voy a guiarte,
contra un pueblo que experimenta mi cólera voy a mandarte,
para que lo saquees y lo despojes
y lo pisotees como el lodo de las calles.
Pero Asiria no lo piensa así
ni son éstos sus planes;
su intención es arrasar
y exterminar numerosas naciones,
pues dice: ‘Con el poder de mi mano lo hice
y con mi sabiduría, porque soy inteligente;
he borrado las fronteras de los pueblos,
he saqueado sus tesoros
y, como un gigante, he derribado a sus jefes.
Como un nido al alcance de mi mano
alcancé la riqueza de los pueblos
y como se recogen los huevos abandonados,
así cogí yo toda la tierra
y no hubo quien aleteara ni abriera el pico ni piara’ ”.
Pero el Señor dice:
“¿Acaso presume el hacha
frente al que corta con ella?
¿O la sierra se tiene por más grande
que aquel que la maneja?
Como si la vara pudiera mover al que la levanta
y el bastón pudiera levantar a quien no es de madera.
Por eso, el Señor de los ejércitos
hará enflaquecer a los bien alimentados
y le prenderá fuego a su lujo,
como se enciende la leña”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 93, 5-6. 7-8. 9-10. 14-15

R. (14a) Escucha, Señor, a tu pueblo.

Señor, los malvados humillan a tu pueblo y oprimen a tu heredad; asesinan a las viudas y a los forasteros y degüellan a los huérfanos.

R. Escucha, Señor, a tu pueblo.

Y comentan: “El Señor no lo ve, el Dios de Jacob no se entera”. Entérense, insensatos; necios, ¿cuándo van ustedes a entender?

R. Escucha, Señor, a tu pueblo.

El que plantó el oído ¿no va a oír? El formó el ojo ¿no va a ver? El que educa a los pueblos ¿no va a castigar? El que instruye al hombre ¿no va a saber?

R. Escucha, Señor, a tu pueblo.

Jamás rechazará Dios a su pueblo ni dejará a los suyos sin amparo. Hará justicia al justo y dará un porvenir al hombre honrado.

R. Escucha, Señor, a tu pueblo.

Aclamación antes del Evangelio

R. Aleluya, aleluya.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del Reino a la gente sencilla.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 11, 25-27

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.
El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Qué profundo eco nos traen las lecturas de hoy, en este día en que celebramos la memoria de San Buenaventura, un gigante del pensamiento y la fe, un hombre cuya inteligencia era tan vasta como su humildad. Nos invitan a contemplar la naturaleza de la sabiduría, el poder, y la verdadera comprensión, despojándonos de los velos de la ilusión que a menudo cubren nuestros ojos y nuestros corazones.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta una imagen inquietante. Dios, en su soberana voluntad, utiliza a Asiria, una nación poderosa y temible, como “bastón de mi ira”, como una herramienta para castigar a un pueblo que se ha apartado de Él. Asiria es el instrumento divino, el “hacha” en la mano del Leñador divino. Sin embargo, Asiria no percibe su papel con humildad. No se ve a sí misma como un simple instrumento, sino como la autora principal de su propio éxito. “Con el poder de mi mano lo hice y con mi sabiduría, porque soy inteligente”, proclama en su orgullo desmedido. Borra fronteras, saquea tesoros, derriba jefes, y se jacta de haber recogido la riqueza de los pueblos “como un nido al alcance de mi mano”. Es la voz de la autosuficiencia, del yo inflado, de la negación de cualquier fuerza superior que no sea la propia. Es la encarnación de una sabiduría mundana que se cree omnisciente y omnipotente, que se forja su propio destino y se atribuye cada victoria.

Pero la respuesta de Dios es contundente, una pregunta retórica que desnuda la vanidad: “¿Acaso presume el hacha frente al que corta con ella? ¿O la sierra se tiene por más grande que aquel que la maneja?” ¡Qué imagen tan potente! El hacha no tiene voluntad propia, ni sabiduría inherente, ni poder independiente del que la empuña. Su eficacia radica en ser utilizada, en someterse a la mano que la guía. La vanagloria de Asiria es un espejismo, una ceguera espiritual que la lleva a olvidar quién es el verdadero Señor de la historia. Y por eso, Dios, que no permite que la herramienta opaque al artesano, anuncia el juicio: hará enflaquecer a los bien alimentados, prenderá fuego a su lujo. La altivez humana, tarde o temprano, encuentra su límite ante la soberanía divina.

Este pasaje resuena poderosamente en el Salmo responsorial, donde el pueblo clama por la justicia de Dios frente a los malvados que oprimen, asesinan y degüellan, pensando que “El Señor no lo ve, el Dios de Jacob no se entera”. La arrogancia de Asiria no es un caso aislado, sino una tentación perenne de la humanidad: creerse por encima de la justicia divina, pensar que las propias maquinaciones y ambiciones pueden escapar al escrutinio del Creador. Pero el Salmo nos recuerda con fuerza: “El que plantó el oído ¿no va a oír? El que formó el ojo ¿no va a ver?” Dios ve, oye, y sabe todo. Su justicia prevalecerá. Jamás rechazará a su pueblo ni dejará a los suyos sin amparo.

Y entonces, en el corazón de nuestra liturgia, el Evangelio irrumpe con la luz de Cristo, ofreciéndonos la verdadera perspectiva, el auténtico camino hacia la sabiduría. Jesús exclama: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien”. Aquí se nos revela el profundo contraste. Los “sabios y entendidos” de los que habla Jesús no son necesariamente los eruditos o los intelectuales per se. Son aquellos que, como Asiria, confían en su propia inteligencia, en su propia astucia, en sus propios planes y criterios, y cierran su corazón a la revelación divina. Son los que creen saberlo todo y, por ello, no pueden recibir nada nuevo de Dios. Su orgullo intelectual, su auto-suficiencia, se convierte en un muro que impide la entrada de la gracia.

La “gente sencilla”, en cambio, son aquellos que poseen la humildad del hacha en la mano del Leñador, la docilidad del que se sabe limitado y dependiente. Son los que tienen un corazón abierto, una mente despejada de prejuicios, una actitud de asombro y de búsqueda. Son los que, como niños, están dispuestos a recibir, a aprender, a dejarse guiar. Para ellos, los misterios del Reino, el conocimiento de Dios, no son un problema a resolver con la razón, sino un don a acoger con el corazón. Y es precisamente a esta gente sencilla a quienes el Padre revela sus misterios, porque así le place, porque esta actitud de humildad es la única que permite el encuentro y la comunión.

San Buenaventura, a quien hoy recordamos, fue un “sabio y entendido” en el sentido más elevado del intelecto humano. Fue un teólogo, un filósofo, un místico de estatura gigantesca, un Doctor de la Iglesia. Sin embargo, su grandeza no radicó en su capacidad para la argumentación o la especulación abstracta, sino en su profunda humildad y su amor por la sencillez franciscana. Su camino hacia Dios fue una peregrinación del intelecto iluminado por la fe, pero siempre anclado en la humildad y la contemplación. Él entendió que el verdadero conocimiento de Dios no viene solo de los libros o de la razón, sino de una apertura de corazón que solo la “gente sencilla” posee. Su obra cumbre, Itinerario de la mente a Dios, es precisamente un mapa para que el intelecto, purificado y humillado, pueda ascender hasta la unión mística con el Creador. Es un testimonio viviente de cómo la sabiduría humana, cuando se pone al servicio de la fe y la humildad, puede convertirse en un puente hacia la sabiduría divina.

Mis hermanos y hermanas, estas lecturas nos interpelan profundamente en nuestra vida cotidiana. ¿Cuántas veces nos comportamos como Asiria? ¿Cuántas veces nos atribuimos méritos que son en realidad dones de Dios? Cuando el éxito llama a nuestra puerta, ¿recordamos dar gracias a la Fuente de todo bien, o inflamos nuestro ego, creyendo que todo es obra de nuestra propia mano y sabiduría? Cuando planeamos nuestro futuro, nuestras finanzas, nuestras relaciones, ¿lo hacemos confiando plenamente en nuestra propia capacidad, o nos ponemos en las manos del Señor, reconociéndonos como sus instrumentos? La soberbia de creer que somos los arquitectos absolutos de nuestra vida nos ciega a la acción de Dios en nosotros y a nuestro alrededor.

Por otro lado, ¿qué tipo de “sabios y entendidos” somos nosotros ante los misterios de la fe? ¿Nos acercamos a la Palabra de Dios, a los sacramentos, a la oración, con un espíritu de humildad y docilidad, como la gente sencilla? ¿O venimos con una mente ya hecha, con respuestas prefabricadas, con una actitud crítica y autosuficiente que nos impide recibir lo que el Padre quiere revelarnos? El Señor nos invita hoy a despojarnos de toda autosuficiencia intelectual y espiritual. Nos invita a cultivar un corazón sencillo, un corazón que sepa asombrarse, que sepa confiar, que sepa depender.

La verdadera sabiduría, nos dice Jesús, reside en el reconocimiento de nuestra dependencia del Padre y en la aceptación de la revelación que Él nos da a través de su Hijo. “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Aquí está la clave: la filiación divina. Es a través de Jesús, el Hijo, que tenemos acceso al conocimiento íntimo del Padre. Y Jesús revela esto no a los que se creen merecedores por su sabiduría o estatus, sino a los humildes, a los que abren su corazón a Él.

La invitación de hoy es a la conversión de nuestro orgullo. Que cada uno de nosotros examine su corazón. ¿Hay alguna “Asiria” dentro de mí que se jacta de sus logros y olvida a Dios? ¿Soy un “sabio y entendido” que cierra su corazón a la gracia por creer que ya lo sabe todo? Pidamos al Señor la gracia de la sencillez. La sencillez no es ingenuidad ni ignorancia, sino la pureza de corazón que permite ver a Dios en todas las cosas, que reconoce que todo es don, que se confía plenamente a su amor. Que, como San Buenaventura, podamos usar nuestros dones y nuestra inteligencia no para glorificarnos a nosotros mismos, sino para glorificar a Dios y para ascender, con humildad y fe, en el conocimiento y el amor del Padre, por medio de Jesucristo, nuestro Señor.

Acerquémonos, pues, a la Eucaristía, fuente de toda gracia y sabiduría, con un corazón humilde y sencillo, como el niño que se abre a la verdad más profunda.

Oremos: Padre amoroso, Señor del cielo y de la tierra, te damos gracias por revelarnos tus misterios a nosotros, tu gente sencilla. Líbranos del orgullo de Asiria, de la ceguera de los que confían solo en su propia sabiduría. Concédenos un corazón humilde y dócil, capaz de reconocer tu mano en todas las cosas y de recibir la revelación de tu amor a través de tu Hijo, Jesucristo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

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