Evangelio para Hoy

Evangelio del 13 de julio de 2026

Lunes de la XV semana del tiempo ordinario

Evangelio del 13 julio 2026 — Mateo 10, 34–11, 1 (ilustración)
Mateo 10, 34–11, 1

Primera Lectura

Lectura Isaías 1, 10-17

Primera lectura de hoy 13 julio 2026 — Isaías 1, 10-17 (ilustración)

Oigan la palabra del Señor, príncipes de Sodoma;
escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra:
“¿Qué me importan a mí todos sus sacrificios?”,
dice el Señor.
Estoy harto de holocaustos de carneros
y de grasa de becerros;
ya no quiero sangre de toros, corderos y cabritos.
¿Quién les ha pedido que me ofrezcan todo eso
cuando vienen al templo para visitarme?
Dejen ya de pisotear mis atrios
y no me traigan dones vacíos
ni incienso abominable.
Ya no aguanto sus novilunios y sábados
ni sus asambleas.
Sus solemnidades y fiestas las detesto;
se me han vuelto una carga insoportable.
Cuando extienden sus manos para orar, cierro los ojos;
aunque multipliquen sus plegarias, no los escucharé.
Sus manos están llenas de sangre.
Lávense y purifíquense;
aparten de mí sus malas acciones.
Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien,
busquen la justicia, auxilien al oprimido,
defiendan los derechos del huérfano
y la causa de la viuda’’.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 49, 8-9. 16bc-17. 21 y 23

R. (23b) Dios salva al que cumple su voluntad.

No voy a reclamarte sacrificios, dice el Señor, pues siempre están ante mí tus holocaustos. Pero ya no aceptaré becerros de tu casa ni cabritos de tus rebaños.

R. Dios salva al que cumple su voluntad.

“¿Por qué citas mis preceptos y hablas a toda hora de mi pacto, tú, que detestas la obediencia y echas en saco roto mis mandatos”?

R. Dios salva al que cumple su voluntad.

Tú haces esto, ¿y yo tengo que callarme? ¿Crees acaso que yo soy como tú? Quien las gracias me da, ése me honra y yo salvaré al que cumple mi voluntad.

R. Dios salva al que cumple su voluntad.

Aclamación antes del Evangelio

Mateo 5, 10

R. Aleluya, aleluya.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos, dice el Señor.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 10, 34–11, 1

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra. He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia.
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.
Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.
El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.
Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa’’.
Cuando acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de ahí para enseñar y predicar en otras ciudades.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

La palabra de Dios nos interpela hoy con una fuerza inusitada, una fuerza que desarma nuestras seguridades y nos invita a mirar más allá de las apariencias. Isaías, con su voz profética, nos confronta con una imagen de Dios que no se complace en el ritual vacío, en las ofrendas sin corazón. “Oigan la palabra del Señor, príncipes de Sodoma; escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra”, nos dice, utilizando nombres que evocan la máxima depravación, para sacudir la conciencia de un pueblo que se creía piadoso. ¡Qué fuerte! Nos dice que Dios está “harto de holocaustos”, que no quiere “sangre de toros, corderos y cabritos”. Parece una contradicción con la misma ley que Él dio, ¿verdad? Pero no lo es. El profeta no condena los sacrificios en sí mismos, sino la hipocresía que los acompaña. Condena la falsedad de un pueblo que se acerca al templo con las manos llenas de ofrendas, pero el corazón endurecido por la injusticia, la opresión y el derramamiento de sangre. Sus novilunios y sábados, sus solemnidades y fiestas, que deberían ser encuentros de amor y adoración, se han convertido en una “carga insoportable” para Dios.

¿Nos suena familiar? ¡Cuidado! La tentación de la religiosidad exterior, de cumplir con las formas sin que el espíritu se convierta, es una trampa que siempre acecha al creyente. Venimos a Misa, nos confesamos, participamos en grupos parroquiales, encendemos velas, pero ¿cómo están nuestras manos? ¿Están nuestras manos “llenas de sangre” –no necesariamente de sangre física, sino de indiferencia, de egoísmo, de juicios, de faltas de caridad, de explotación, de chisme, de todo aquello que daña al prójimo y al tejido social? Dios nos dice hoy, con la misma contundencia: “Lávense y purifíquense; aparten de mí sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, auxilien al oprimido, defiendan los derechos del huérfano y la causa de la viuda”. Esta es la verdadera adoración que Dios anhela: un corazón convertido que se traduce en una vida de justicia y caridad.

Y es precisamente en este punto de la autenticidad, de la radicalidad de la conversión, donde la primera lectura se conecta de manera tan profunda y hasta incómoda con el Evangelio de Mateo. Jesús nos dice hoy: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra.” ¡Qué palabras tan desconcertantes para Aquel a quien llamamos Príncipe de la Paz! ¿Qué tipo de “guerra” es esta? No es una guerra de espadas o ejércitos, sino una guerra espiritual, una batalla por la lealtad de nuestro corazón, una confrontación con todo lo que se interpone entre nosotros y el amor radical que Él nos propone.

Esta “guerra” se libra en el terreno más íntimo y sagrado: la familia. “He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia.” Jesús no promueve la división ni el odio familiar. Lejos de ello. Lo que Él nos está diciendo es que su llamado a seguirle es tan absoluto, tan exigente, que no admite segundos lugares. Si el amor a la familia, por muy legítimo y santo que sea, se convierte en un obstáculo para seguir a Cristo, para abrazar su verdad, para vivir su justicia, entonces ese amor debe ser reordenado. “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.”

Este es el verdadero “sacrificio” que Dios desea, hermanos. No los carneros y becerros, sino la ofrenda de nuestro propio “yo”, de nuestros apegos, de nuestras seguridades, incluso de nuestros afectos más queridos, cuando estos nos impiden vivir el Evangelio en su plenitud. La “guerra” que Jesús trae es contra la tibieza, contra la mediocridad espiritual, contra la mentalidad que quiere servir a Dios y al mundo a medias. Es una invitación a una lealtad sin fisuras, a una primacía de Cristo en cada decisión, en cada relación, en cada aspecto de nuestra existencia.

Esta lealtad incondicional se manifiesta en la invitación a “tomar la cruz”. “Y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.” La cruz no es una decoración religiosa; es el símbolo de la entrega total, de la renuncia a uno mismo, del martirio cotidiano de la voluntad propia. Es morir a nuestros planes egoístas, a nuestro deseo de comodidad, a nuestra sed de reconocimiento, para vivir para Cristo y para su Reino. Como nos dice Isaías: “aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, auxilien al oprimido”. Cuando tomamos nuestra cruz, estamos eligiendo el camino del servicio, de la entrega, de la defensa de los derechos del huérfano y la causa de la viuda, incluso si eso nos cuesta incomprensión, persecución o la “guerra” dentro de nuestra propia casa o ambiente social.

“El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.” Estas palabras son la clave. Si nos aferramos a una vida cómoda, sin desafíos, sin compromiso con la justicia y la verdad de Cristo, una vida donde el Evangelio es solo una capa superficial, entonces estamos perdiendo la verdadera vida, la vida eterna, la vida en plenitud. Pero si, por el contrario, nos atrevemos a “perder” esa vida mundana, esa existencia centrada en nosotros mismos, por amor a Cristo, es entonces cuando la encontraremos en su forma más auténtica y trascendente.

El pasaje termina con una promesa maravillosa: “Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.” Y la seguridad de que “Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa.” Esto nos muestra que la radicalidad del seguimiento de Cristo no es una carga insoportable, sino una fuente de bendición y de comunión. Al abrir nuestras vidas a Él, a través de sus discípulos, y al servir con generosidad, por pequeña que sea la acción, estamos construyendo el Reino, estamos viviendo esa justicia y esa caridad que Dios anhela desde los tiempos de Isaías. Estamos ofreciendo el único sacrificio que verdaderamente le agrada: el de un corazón humilde y una vida entregada.

Hermanos, hoy la palabra de Dios nos invita a una profunda introspección. ¿Cómo está nuestra relación con Dios? ¿Es una relación de auténtica entrega y lealtad, o una de ritos vacíos y cumplimiento a medias? ¿Estamos dispuestos a librar la “guerra” interna contra nuestros propios apegos para que Cristo reine en nosotros? ¿Qué “cruz” estamos llamados a tomar hoy, en nuestro hogar, en nuestro trabajo, en nuestra comunidad?

Que esta reflexión nos mueva a una conversión sincera. No tengamos miedo de la radicalidad del Evangelio. Es el camino a la verdadera paz, no a la paz aparente que nos deja cómodos en el pecado, sino a la paz profunda que nace de la fidelidad a Dios y al servicio al prójimo. Lavemos nuestras manos, no con agua, sino con el arrepentimiento y el compromiso de buscar la justicia, de auxiliar al oprimido, de ser fieles al Señor en todo, sin reservas.

Oremos: Señor Jesús, Príncipe de la Paz, que no viniste a traer la paz mundana sino la espada de tu verdad, te pedimos hoy la gracia de un corazón sincero. Ayúdanos a discernir las falsas paces de nuestra vida y a no temer la “guerra” que nos invita a ponerte a Ti por encima de todo. Que nuestros sacrificios no sean vacíos ritos, sino la ofrenda viva de nuestra propia vida, transformada por tu Espíritu. Que nuestras manos, purificadas por tu amor, busquen siempre la justicia, auxilien al oprimido y defiendan al que sufre. Danos la fuerza para tomar nuestra cruz cada día y seguirte con fidelidad, para que, perdiendo nuestra vida por Ti, la encontremos en plenitud en tu Reino. Amén.

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