Evangelio para Hoy

Evangelio del 7 de julio de 2026

Martes de la XIV semana del Tiempo ordinario

Evangelio del 7 julio 2026 — Mateo 9, 32-38 (ilustración)
Mateo 9, 32-38

Primera Lectura

Lectura Oseas 8, 4-7. 11-13

Primera lectura de hoy 7 julio 2026 — Oseas 8, 4-7. 11-13 (ilustración)

Esto dice el Señor:
“Han nombrado reyes sin contar conmigo,
han escogido príncipes sin saberlo yo.
Con su oro y su plata se han hecho ídolos,
para su perdición.
Tu becerro, Samaria, es repulsivo
y mi ira arde contra él.
¿Hasta cuándo serán incapaces de purificarse
los hijos de Israel?
Un artesano ha hecho ese becerro, que no es Dios,
por eso quedará hecho trizas.
Siembran vientos y cosecharán tempestades;
su trigo no dará espigas, no producirá harina su grano,
y si la produce, los extranjeros se la comerán.
Efraín ha construido multitud de altares,
y sólo le han servido para pecar.
Aunque yo les escribiera todas mis leyes,
las ignorarían como si fueran de un extraño.
Aunque inmolen víctimas en mi honor
y coman su carne, no me dan gusto,
pues tengo presentes sus culpas
y castigaré sus pecados.
Por eso volverán a la esclavitud”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 113b, 3-4. 5-6. 7ab-8. 9-10

R. (9a) Nosotros confiamos en el Señor.

Nuestro Dios está en el cielo, y él ha hecho todo lo que quiso. En cambio, los ídolos de los paganos son oro y plata, son dioses hechos por artesanos.

R. Nosotros confiamos en el Señor.

Tienen boca, pero no hablan; tienen ojos, pero no ven; tienen orejas, pero no oyen; tienen nariz, pero no huelen.

R. Nosotros confiamos en el Señor.

Tienen manos, pero no tocan; tienen pies, pero no andan. Que sean como ellos quienes los hacen y cuantos confían en ellos.

R. Nosotros confiamos en el Señor.

Los hijos de Israel confían en el Señor: él es su auxilio y su escudo; los hijos de Aarón confían en el Señor: él es su auxilio y su escudo.

R. Nosotros confiamos en el Señor.

Aclamación antes del Evangelio

Juan 10, 14

R. Aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor dice el Señor; yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 9, 32-38

En aquel tiempo, llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio. Jesús expulsó al demonio y el mudo habló. La multitud, maravillada, decía: “Nunca se había visto nada semejante en Israel”. Pero los fariseos decían: “Expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios”.
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

La Palabra de Dios que hoy se nos presenta es un llamado profundo a la reflexión sobre la fidelidad, la dirección y el verdadero pastoreo en nuestras vidas. En la Primera Lectura, el profeta Oseas nos golpea con la cruda realidad de un pueblo que se ha desviado. El Señor denuncia con dolor: “Han nombrado reyes sin contar conmigo, han escogido príncipes sin saberlo yo.” ¡Qué sentencia tan fuerte! Nos habla de un Israel que, buscando su propia seguridad, su propia gloria, se ha fabricado no solo reyes terrenales a su gusto, sino también ídolos de oro y plata. El becerro de Samaria no es solo una estatua; es la representación de una fe adulterada, de una confianza puesta en lo que es obra de manos humanas, en lugar de en el Dios vivo.

Este alejamiento no es solo una falta de obediencia; es una traición profunda a la alianza. El Señor les recuerda que, aunque Él les escribiera todas sus leyes, las ignorarían como si fueran de un extraño. Los sacrificios que ofrecen no le dan gusto, porque el corazón no está en ellos; tienen presentes sus culpas y sus pecados. La profecía es dura: “Siembran vientos y cosecharán tempestades.” Es la ley ineludible de la siembra y la cosecha espiritual. Si confiamos en falsos dioses, en falsos pastores, en falsas promesas de bienestar o poder, el fruto será amargo, estéril, o devorado por extraños. Nuestros ídolos modernos no son tan diferentes de ese becerro. Pueden ser el dinero, el poder, el reconocimiento, la comodidad, la tecnología, la ideología, incluso nuestra propia autosuficiencia. Cuando ponemos nuestra confianza absoluta en cualquiera de estas cosas, cuando las elevamos a la categoría de “reyes” y “príncipes” que guían nuestras decisiones sin contar con Dios, entonces estamos repitiendo el error de Samaria.

El Salmo Responsorial es el eco perfecto de esta denuncia. Nos recuerda la inmensa distancia entre nuestro Dios, que “está en el cielo, y él ha hecho todo lo que quiso”, y los ídolos paganos, que “son oro y plata, son dioses hechos por artesanos. Tienen boca, pero no hablan; tienen ojos, pero no ven…” ¡Son inertes! Y la advertencia es escalofriante: “Que sean como ellos quienes los hacen y cuantos confían en ellos.” Si confiamos en lo muerto, nos volvemos muertos. Si confiamos en lo ciego, nos volvemos ciegos. Si confiamos en lo mudo, nos volvemos mudos.

Y es precisamente aquí donde el Evangelio de Mateo nos trae la luz, el contraste y la esperanza. Un hombre mudo, poseído por el demonio, es llevado ante Jesús. La mudez no es solo física; es un símbolo poderoso de la incapacidad de hablar, de proclamar la verdad de Dios, de rezar, de confesar. Es la consecuencia de una posesión, de un sometimiento a algo que no es Dios, que nos amordaza y nos impide ser plenamente libres. Jesús, con su autoridad divina, expulsa al demonio, y “el mudo habló”. ¡Qué maravilla! La gente estaba asombrada, reconociendo un poder nunca antes visto en Israel.

Pero, como siempre, no todos vieron con los ojos de la fe. Los fariseos, en su ceguera espiritual, en su apego a sus propias estructuras y a su propia autoridad, atribuyeron el milagro al príncipe de los demonios. Aquí vemos la terrible consecuencia de la infidelidad denunciada por Oseas: la incapacidad de reconocer a Dios mismo cuando se manifiesta, la dureza de corazón que confunde la luz con las tinieblas. Ellos, que se consideraban guías del pueblo, estaban sumidos en una ceguera aún más profunda que la del mudo.

Jesús, en contraste, no se detiene ante la oposición o la incomprensión. Él “recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia”. Esta es la acción del verdadero Pastor. Y al ver a las multitudes, dice el Evangelio, “se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor”. Aquí tenemos la conexión más hermosa y dolorosa entre las dos lecturas. El pueblo de Israel, que había buscado reyes y príncipes “sin contar con Dios”, que había forjado sus propios ídolos, se encontraba ahora en la condición de “ovejas sin pastor”. Extenuadas, cansadas por el peso de sus pecados, de sus propias cargas, de la falta de una guía espiritual verdadera; desamparadas, sin dirección, sin protección, vulnerables a cualquier depredador espiritual.

La compasión de Jesús no es una emoción pasiva; es una fuerza que impulsa a la acción. Él no solo ve el problema, sino que propone una solución. “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos.” Este es un llamado urgente para nosotros hoy. El mundo sigue lleno de “ovejas sin pastor”, de almas extenuadas y desamparadas, de personas que, consciente o inconscientemente, han levantado sus propios “becerros de Samaria”, han confiado en falsas seguridades y ahora cosechan vientos. Necesitan ver a Jesús, el Buen Pastor, que quita el demonio de la mudez y les permite hablar, que cura y enseña el Evangelio del Reino.

¿Somos nosotros parte de esos “trabajadores” que el Dueño de la mies busca? Cada uno de nosotros, por nuestro Bautismo, somos llamados a participar en esta gran cosecha. No se trata solo de sacerdotes o religiosos, sino de cada laico que vive su fe auténticamente, que da testimonio de Cristo en su familia, en su trabajo, en su comunidad. ¿Cómo podemos ser esos trabajadores?

Primero, dejando que Jesús sea el único Pastor de nuestra propia vida. Revisa tu corazón: ¿Hay algún “rey” o “príncipe” que hayas entronizado sin contar con Dios? ¿Hay algún “ídolo de oro y plata” en el que confías más que en Él? Es un momento para la conversión personal, para purificarnos de esas dependencias que nos vuelven sordos, ciegos y mudos ante la voz del Señor.

Segundo, abriendo nuestros ojos a la realidad de las “ovejas sin pastor” a nuestro alrededor. ¿Vemos a la gente extenuada y desamparada? ¿Nos compadecemos con el corazón de Jesús? Esto nos llama a la oración, a rogar al Dueño de la mies que envíe más obreros, sí, pero también nos llama a ser nosotros mismos esos obreros, cada uno en su propio campo de acción. A predicar con nuestra vida, con nuestro ejemplo, con una palabra de aliento, con un gesto de caridad. A ser la voz de Jesús para el mudo, la mano de Jesús para el enfermo, el corazón de Jesús para el desamparado.

Este tiempo ordinario es una invitación constante a la radicalidad del Evangelio. No seamos como los que siembran vientos, confiando en lo efímero. Sembremos la semilla de la Palabra de Dios, confiando en el único que puede hacerla fructificar. Pidamos al Señor que nos dé un corazón dócil, capaz de escuchar al Pastor, de ver con su compasión y de actuar con su amor. Que no seamos ciegos como los fariseos, sino que reconozcamos la obra de Dios en el mundo y estemos dispuestos a ser sus manos y sus pies en la gran cosecha que nos espera.

Que el Espíritu Santo ilumine nuestros corazones para discernir los ídolos de nuestro tiempo y para responder con generosidad al llamado del Señor, que nos envía a ser pastores para los que aún caminan sin rumbo.

Amén.

Oremos: Señor Jesús, Buen Pastor, te pedimos perdón por las veces que hemos buscado pastores ajenos a Ti, por los ídolos que hemos levantado en nuestro corazón. Abre nuestros ojos para ver a las multitudes extenuadas y desamparadas, y enciende en nosotros tu compasión. Envía, Señor, muchos trabajadores a tu mies, y haznos a nosotros instrumentos dóciles de tu amor, para que cada mudo pueda hablar y cada oveja perdida encuentre tu abrazo. Que vivamos siempre confiados en Ti, nuestro auxilio y nuestro escudo, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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