Evangelio para Hoy

Evangelio del 24 de junio de 2026

Solemnidad de Natividad de san Juan BautistaMisa del día

Evangelio del 24 junio 2026 — Lucas 1, 57-66. 80 (ilustración)
Lucas 1, 57-66. 80

Primera Lectura

Lectura Isaίas 49, 1-6

Primera lectura de hoy 24 junio 2026 — Isaίas 49, 1-6 (ilustración)

Escúchenme, islas;
pueblos lejanos, atiéndanme.
El Señor me llamó desde el vientre de mi madre;
cuando aún estaba yo en el seno materno,
él pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada filosa,
me escondió en la sombra de su mano,
me hizo flecha puntiaguda,
me guardó en su aljaba y me dijo:
“Tú eres mi siervo, Israel;
en ti manifestaré mi gloria”.
Entonces yo pensé: “En vano me he cansado,
inútilmente he gastado mis fuerzas;
en realidad mi causa estaba en manos del Señor,
mi recompensa la tenía mi Dios”.
Ahora habla el Señor,
el que me formó desde el seno materno,
para que fuera su servidor,
para hacer que Jacob volviera a él
y congregar a Israel en torno suyo
–tanto así me honró el Señor
y mi Dios fue mi fuerza–.
Ahora, pues, dice el Señor:
“Es poco que seas mi siervo
sólo para restablecer a las tribus de Jacob
y reunir a los sobrevivientes de Israel;
te voy a convertir en luz de las naciones,
para que mi salvación llegue
hasta los últimos rincones de la tierra”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 138, 1-3. 13-14ab. 14c-15

R. (14a) Te doy gracias, Señor, porque me has formado maravillosamente.

Tú me conoces, Señor, profundamente: tú conoces cuándo me siento y me levanto, desde lejos sabes mis pensamientos, tú observas mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares.

R. Te doy gracias, Señor, porque me has formado maravillosamente.

Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el seno materno. Te doy gracias por tan grandes maravillas; soy un prodigio y tus obras son prodigiosas.

R. Te doy gracias, Señor, porque me has formado maravillosamente.

Conocías plenamente mi alma; no se te escondía mi organismo, cuando en lo oculto me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra.

R. Te doy gracias, Señor, porque me has formado maravillosamente.

Aclamación antes del Evangelio

Lucas 1, 76

R. Aleluya, aleluya.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos.

R. Aleluya.

Segunda Lectura

Lectura Hechos 13, 22-26

Segunda lectura de hoy 24 junio 2026 — Hechos 13, 22-26 (ilustración)

En aquellos días, Pablo les dijo a los judíos: “Hermanos: Dios les dio a nuestros padres como rey a David, de quien hizo esta alabanza: He hallado a David, hijo de Jesé, hombre según mi corazón, quien realizará todos mis designios.
Del linaje de David, conforme a la promesa, Dios hizo nacer para Israel un salvador: Jesús. Juan preparó su venida, predicando a todo el pueblo de Israel un bautismo de penitencia, y hacia el final de su vida, Juan decía: ‘Yo no soy el que ustedes piensan. Después de mí viene uno a quien no merezco desatarle las sandalias’.
Hermanos míos, descendientes de Abraham, y cuantos temen a Dios: Este mensaje de salvación les ha sido enviado a ustedes”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Lucas 1, 57-66. 80

Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: “No. Su nombre será Juan”. Ellos le decían: “Pero si ninguno de tus parientes se llama así”.
Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.
Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿Qué va a ser de este niño?” Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.
El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, en esta hermosa Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, la Iglesia nos invita a adentrarnos en el misterio de la providencia divina, un misterio que se teje desde el origen mismo de la vida y se despliega en la historia de la salvación. Las lecturas de hoy son como un tapiz que nos muestra cómo Dios interviene, llama y consagra a personas para sus propósitos eternos, y cómo cada uno de nosotros estamos, a nuestra manera, incluidos en este plan divino.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta la figura del Siervo de Dios, con palabras que resuenan con una profundidad asombrosa: “El Señor me llamó desde el vientre de mi madre; cuando aún estaba yo en el seno materno, él pronunció mi nombre”. Es una declaración de una vocación radical, que precede incluso a la conciencia del propio llamado. No es una decisión humana, sino una elección divina, un sello puesto en la existencia antes de que esta siquiera comience. Este Siervo, cuya boca se convierte en “espada filosa” y él mismo en “flecha puntiaguda”, es destinado a ser un instrumento poderoso en las manos de Dios, primero para Jacob e Israel, y luego, en una misión aún más grandiosa, para ser “luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra”.

Nos podríamos preguntar, con el corazón encogido, si este llamado tan sublime es solo para unos pocos elegidos, para los grandes profetas y santos que han marcado la historia. Pero el Salmo Responsorial viene a disipar toda duda, cantando la misma verdad, pero en primera persona, como si fuera la oración de cada uno de nosotros: “Tú me conoces, Señor, profundamente… Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el seno materno. Te doy gracias por tan grandes maravillas; soy un prodigio y tus obras son prodigiosas”. Este salmo nos revela que la misma intimidad con la que Dios formó al Siervo de Isaías, con la que lo conoció y nombró desde el seno materno, es la intimidad con la que Él nos conoce a cada uno de nosotros. Antes de que hubiéramos dado nuestro primer aliento, Él ya nos había pensado, ya nos había amado, ya había puesto en nosotros un propósito único y especial.

Es precisamente aquí donde el Evangelio de Lucas entra en escena, dándonos el testimonio palpable de esta verdad en la persona de San Juan Bautista. El relato de su nacimiento es un eco de lo que acabamos de escuchar en Isaías y en el Salmo. Es el cumplimiento de una promesa, el fruto de una intervención divina en lo que humanamente parecía imposible. Isabel, en su vejez, da a luz un hijo, y todos se regocijan por la “grande misericordia” que el Señor le ha manifestado.

Pero el momento cumbre, el que sella la conexión con las lecturas anteriores, llega en la circuncisión y el nombramiento del niño. La tradición dictaba que se le llamaría Zacarías, como su padre. Sin embargo, Isabel, impulsada por una sabiduría que no era propia, se opone: “No. Su nombre será Juan”. Y cuando le preguntan al padre, mudo por su incredulidad inicial, él confirma por escrito, con autoridad profética: “Juan es su nombre”. La sorpresa de todos es inmensa. Juan. Un nombre que significa “Dios es misericordioso”. Un nombre dado por voluntad divina, un nombre que irrumpe en la tradición familiar para señalar un destino, un propósito, una misión. En ese mismo instante, la lengua de Zacarías se suelta y comienza a bendecir a Dios, reconociendo la mano poderosa que obra en su familia y en el mundo.

“¿Qué va a ser de este niño?” Esta pregunta, que surge del asombro y el temor reverencial de los vecinos, es la pregunta que resuena también en nuestros corazones al contemplar la vida de San Juan Bautista. Y la respuesta es clara: “realmente la mano de Dios estaba con él”. El niño creció, su espíritu se fortaleció, y vivió en el desierto, un lugar de preparación, de purificación, de encuentro íntimo con Dios, hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel como el precursor, la voz que clama en el desierto, el que prepara los caminos del Señor.

Hermanos, la vida de San Juan Bautista no es solo una hermosa historia del pasado; es un espejo para nuestra propia existencia. Si Dios llamó al Siervo desde el vientre, si nos tejió en el seno materno con un propósito, si nombró a Juan rompiendo las tradiciones humanas, ¿no nos está diciendo algo a cada uno de nosotros? Nos está revelando que somos infinitamente amados, conocidos y deseados por Él. Que nuestra vida no es una casualidad, sino un don precioso, con un sentido profundo y una vocación única.

A menudo, nos sentimos como el Siervo de Isaías, pensando: “En vano me he cansado, inútilmente he gastado mis fuerzas”. Nos desanimamos ante las dificultades, las frustraciones, la aparente falta de resultados en nuestros esfuerzos. Puede que no sintamos esa “espada filosa” en nuestra boca, o esa “flecha puntiaguda” en nuestras manos. Pero la respuesta es la misma: “en realidad mi causa estaba en manos del Señor, mi recompensa la tenía mi Dios”. La fuerza, la sabiduría, la capacidad de discernir y cumplir nuestra misión, no vienen de nosotros mismos, sino de Dios que nos formó y nos acompaña.

La vocación de Juan Bautista fue la de ser un preparador, un señalador. Él no era la luz, pero venía a dar testimonio de la luz. En nuestro día a día, en la sencillez de nuestras vidas, ¿cómo podemos nosotros ser también preparadores del camino del Señor? ¿Cómo podemos ser esa “luz de las naciones” en nuestro propio entorno? Significa, en primer lugar, reconocer la mano de Dios en nuestra propia vida, aceptar la verdad de que somos “prodigios” de su creación. Significa vivir con intencionalidad, buscando discernir para qué nos ha llamado Él.

Quizás nuestro “desierto” no sea un lugar geográfico, sino un tiempo de soledad, de dificultad, de prueba. Pero esos son los momentos en los que el espíritu se fortalece, donde se prepara el corazón para la misión. Preparar el camino del Señor significa convertirnos, enderezar los senderos torcidos de nuestros corazones, abandonar todo aquello que nos separa de Él. Significa vivir la humildad de Juan, que sabía que debía disminuir para que Cristo creciera.

Significa también, y de manera muy concreta, ser una voz profética en un mundo que a menudo necesita escuchar la verdad del Evangelio. No con prepotencia, sino con el amor y la mansedumbre de quien sabe que la fuente de su mensaje es Dios mismo. Significa construir puentes, ofrecer esperanza, buscar la justicia y la caridad en todas nuestras acciones. ¿Qué va a ser de este niño, de esta niña, de este hombre, de esta mujer que soy yo, con la mano de Dios sobre mí? La respuesta está en cómo acogemos su llamado, cómo vivimos nuestra fe, cómo nos convertimos en testigos de su amor.

Hermanos, hoy se nos invita a salir de nosotros mismos, de nuestras propias expectativas y miedos, para entregarnos con confianza al plan de Dios. Al igual que Juan, estamos llamados a ser heraldos, a preparar el terreno, a señalar con nuestra vida la presencia transformadora de Jesús en el mundo. No hay una vocación más grande que esa. Que la humildad y la fortaleza de San Juan Bautista nos inspiren a vivir nuestra propia vocación con audacia y fe.

Elevemos ahora nuestros corazones en oración:

Señor Dios, que desde el seno materno nos conoces y nos llamas por nuestro nombre, te damos gracias por el don de la vida y por el propósito único que has puesto en cada uno de nosotros. Concédenos la gracia de imitar a San Juan Bautista, viviendo en constante preparación de tus caminos, discerniendo tu voluntad en nuestra vida cotidiana y siendo, con nuestra palabra y nuestro ejemplo, luz para aquellos que nos rodean. Que tu mano poderosa nos guíe siempre y que, al igual que Zacarías, nuestra lengua se desate para bendecirte por tus maravillas. Amén.

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