Evangelio del 22 de junio de 2026
Lunes de la XII semana de Tiempo ordinario
Primera Lectura
Lectura 2 Reyes 17, 5-8. 13-15. 18

En aquellos días, Salmanasar, rey de Asiria, invadió el país, llegó a Samaria y la sitió durante tres años. En el año noveno de Oseas, el rey de Asiria ocupó Samaria y deportó a los israelitas a Asiria. Los instaló en Jalaj, junto al Jabor, río de Gozán, y en las ciudades de Media.
Esto sucedió porque los hijos de Israel habían pecado contra el Señor, su Dios, que los sacó de la tierra de Egipto, y habían adorado a otros dioses, siguiendo las costumbres de las naciones que el Señor había exterminado a su llegada y que sus mismos reyes habían introducido.
El Señor había advertido a Israel y a Judá, por boca de todos los profetas y videntes, diciendo: “Enderecen sus malos caminos y cumplan mis mandamientos y preceptos, conforme a la ley que impuse a sus padres y que les manifesté por medio de mis siervos, los profetas”. Pero ellos no escucharon y endurecieron su corazón como lo habían hecho sus padres, que no quisieron obedecer al Señor, su Dios. Despreciaron sus decretos, la alianza que estableció con sus padres y las advertencias que les hizo.
El Señor se enojó mucho contra Israel y lo arrojó de su presencia, y solamente quedó la tribu de Judá.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo responsorial — Salmo 59, 3. 4-5. 12-13
R. (7b) Escúchanos, Señor, y sálvanos.
Dios nuestro, nos has rechazado y nos has deshecho. Estabas enojado, pero ahora vuélvete a nosotros.
R. Escúchanos, Señor, y sálvanos.
Has sacudido la tierra, la has agrietado; repara sus grietas, porque se desmorona. Hiciste sufrir un desastre a tu pueblo, nos diste a beber un vino que nos hace temblar.
R. Escúchanos, Señor, y sálvanos.
Tú, Señor, nos has rechazado y no acompañas ya a nuestras tropas. Ayúdanos contra el enemigo, porque la ayuda del hombre es inútil. Con Dios haremos maravillas, porque él vencerá a nuestros enemigos.
R. Escúchanos, Señor, y sálvanos.
Aclamación antes del Evangelio
Hebreos 4, 12
R. Aleluya, aleluya.
La palabra de Dios es viva y eficaz, y descubre los pensamientos e intenciones del corazón.
R. Aleluya.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según Mateo 7, 1-5
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No juzguen y no serán juzgados; porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán.
¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que tienes en el tuyo? ¿Con qué cara le dices a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, cuando tú llevas una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga que tienes en el ojo, y luego podrás ver bien para sacarle a tu hermano la paja que lleva en el suyo”.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión del Padre Jose Miguel
Hoy, en este lunes de la duodécima semana del tiempo ordinario, la Palabra de Dios nos sumerge en una profunda reflexión sobre las consecuencias de la desobediencia y la peligrosa tentación de juzgar a los demás. La primera lectura, extraída del Segundo Libro de los Reyes, nos presenta un panorama desolador: el reino de Israel, el pueblo elegido por Dios, cae. Samaria, su capital, es sitiada y sus habitantes deportados a Asiria. El relato es crudo y directo: “Esto sucedió porque los hijos de Israel habían pecado contra el Señor, su Dios, que los sacó de la tierra de Egipto, y habían adorado a otros dioses”.
Es un pasaje que nos confronta con la realidad de la justicia divina. Dios, en su infinita bondad, había liberado a Israel de la esclavitud, había establecido una alianza con ellos, les había dado preceptos para una vida plena y les había enviado profetas para advertirles y guiarles. Pero ellos, como nos dice el texto, “no escucharon y endurecieron su corazón”. Despreciaron sus decretos, rompieron la alianza, y se entregaron a la idolatría, siguiendo “las costumbres de las naciones que el Señor había exterminado a su llegada y que sus mismos reyes habían introducido”. ¿Acaso no es esto un juicio? Un juicio emitido por su propia forma de vida, por su persistente negativa a volverse a Aquel que los amaba. Se habían apartado tanto, habían adulterado tanto su fe, que el Señor, en su ira justa, los arrojó de su presencia. La historia de Israel es un recordatorio severo de que las elecciones tienen consecuencias, y que la libertad que Dios nos da viene acompañada de la responsabilidad de amar y obedecer.
Esta historia, hermanos, no es solo un relato de un pasado lejano. Es un espejo para nuestras propias vidas y para la vida de la Iglesia. ¿Cuántas veces, como Israel, nos vemos tentados a mirar hacia otras “costumbres”, a otros “dioses” –sean estos el poder, el dinero, el placer, la opinión de los demás, o incluso nuestro propio yo–, y a despreciar la alianza que el Señor ha establecido con nosotros a través de Cristo? ¿Cuántas veces endurecemos nuestro corazón ante la voz de Dios que nos habla a través de la Escritura, de la conciencia, de los sacramentos y de los acontecimientos de la vida?
Y aquí es donde el Evangelio de San Mateo viene a iluminar la profundidad de esta reflexión, llevándonos a un nivel personal y existencial. Jesús nos advierte: “No juzguen y no serán juzgados; porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán”. Esta enseñanza de Jesús no prohíbe el discernimiento ni la necesidad de evaluar las situaciones o las conductas; lo que prohíbe es la actitud de condenación, la mirada de superioridad, la hipocresía que nos lleva a sentenciar a los demás sin antes habernos mirado a nosotros mismos.
La conexión entre ambas lecturas se revela de manera poderosa. Israel, en cierto sentido, se había juzgado a sí mismo al rechazar la alianza y al adoptar las prácticas paganas. Habían puesto sus propios criterios, sus propias “medidas”, por encima de los de Dios. Y la consecuencia fue que fueron medidos con la misma vara: su desobediencia les trajo la deportación. Cuando Jesús nos dice que no juzguemos, nos está invitando a una humildad radical que comienza por el autoexamen. Nos advierte contra esa ceguera espiritual que nos hace ver la “paja en el ojo de tu hermano” mientras ignoramos la “viga que tienes en el tuyo”.
Pensemos por un momento en esa “viga”. ¿Qué representa? Es nuestra propia soberbia, nuestro orgullo, nuestros pecados habituales, nuestras faltas de caridad, nuestra pereza espiritual, nuestra falta de fe. Es todo aquello que nos impide ver con claridad, que distorsiona nuestra percepción de nosotros mismos, de los demás y de Dios. La “viga” nos ciega ante nuestra propia necesidad de conversión y, al mismo tiempo, nos incapacita para ofrecer una ayuda verdadera y humilde a nuestro prójimo. Si estamos llenos de la “viga” de nuestro propio pecado, ¿con qué autoridad moral, con qué corazón compasivo, nos acercamos a corregir o a criticar a nuestro hermano? Sería pura hipocresía, como dice Jesús.
La exhortación de Jesús no es un permiso para la pasividad o la indiferencia ante el error, sino una llamada a la conversión personal como prerrequisito para cualquier acción auténtica en favor de los demás. “¡Hipócrita! Sácate primero la viga que tienes en el ojo, y luego podrás ver bien para sacarle a tu hermano la paja que lleva en el suyo”. Solo cuando hemos hecho un sincero ejercicio de autoexamen y hemos pedido a Dios que ilumine nuestras propias sombras, solo entonces, con un corazón humilde y una mirada purificada por la gracia, podemos acercarnos al otro con amor, comprensión y una genuina intención de ayudar, no de condenar.
El Salmo Responsorial de hoy clama: “Dios nuestro, nos has rechazado y nos has deshecho. Estabas enojado, pero ahora vuélvete a nosotros.” Es el grito de un pueblo que, tras experimentar las consecuencias de su infidelidad, se vuelve a Dios. Es el reconocimiento de la propia fragilidad y la súplica por la misericordia divina. Este salmo es una invitación a que, también nosotros, reconozcamos nuestras “vigas”, clamemos a Dios por su perdón y le pidamos que se vuelva a nosotros, que sane nuestras heridas y repare las grietas de nuestro corazón. Solo así podremos decir con fe: “Con Dios haremos maravillas, porque él vencerá a nuestros enemigos”, que son, en última instancia, nuestros propios pecados y la tendencia a juzgar.
La palabra de Dios, hermanos y hermanas, es “viva y eficaz, y descubre los pensamientos e intenciones del corazón”, como escuchamos en la aclamación del Evangelio. Hoy nos invita a dejar que esa Palabra penetre en lo más íntimo de nuestro ser. Nos llama a la conversión, a empezar por nosotros mismos. No podemos cambiar el mundo si no estamos dispuestos a cambiar nuestro propio corazón. No podemos sanar a los demás si no reconocemos nuestra propia necesidad de sanación.
En nuestra vida cotidiana, esta enseñanza se traduce en actos concretos: Antes de criticar o murmurar sobre alguien, preguntémonos: ¿Cuál es mi propia imperfección en este aspecto? ¿Estoy yo libre de culpa? Cuando nos sintamos tentados a emitir un juicio condenatorio, recordemos la medida con la que queremos ser medidos por Dios: la misericordia. Cultivemos la humildad. Nadie está exento de tener una “viga” en el ojo. Reconocerlo nos hace más humanos y más cercanos a Dios. Busquemos el Sacramento de la Reconciliación, donde Dios, en su infinita misericordia, nos ayuda a quitar esas “vigas” que nos impiden ver con claridad y amar con pureza. Oremos por aquellos a quienes nos sentimos tentados a juzgar, y pidamos a Dios la gracia de la caridad y la comprensión.
La Iglesia, como pueblo de Dios en camino, está llamada a ser un espacio de acogida y sanación, no de juicio y condena. Somos pecadores salvados por gracia, y nuestra vocación es acompañarnos mutuamente en el camino de la santidad, con paciencia y amor.
Que hoy, al escuchar estas Palabras, renovemos nuestro compromiso con la verdad y la humildad. Que nos acerquemos al Señor con un corazón contrito y humillado, pidiéndole que nos ayude a ver nuestras propias imperfecciones y a sacarnos nuestras “vigas”, para que, con una mirada limpia y un corazón lleno de caridad, podamos servir a nuestros hermanos y hermanas, edificando el Reino de Dios en medio de nosotros.
Oremos: Señor Jesús, concédenos la gracia de la humildad para reconocer nuestras propias faltas y la misericordia para no juzgar a nuestros hermanos. Purifica nuestra mirada para que podamos sacarnos la viga de nuestros ojos y verte a Ti en cada persona. Que tu Espíritu nos impulse a la conversión constante y nos haga instrumentos de tu amor y tu paz en el mundo. Amén.
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