Evangelio para Hoy

Evangelio del 10 de junio de 2026

Miércoles de la X semana del Tiempo ordinario

Evangelio del 10 junio 2026 — Mateo 5, 17-19 (ilustración)
Mateo 5, 17-19

Primera Lectura

Lectura 1 Reyes 18, 20-39

Primera lectura de hoy 10 junio 2026 — 1 Reyes 18, 20-39 (ilustración)

En aquellos días, el rey Ajab envió mensajeros a todo Israel y reunió a los profetas de Baal en el monte Carmelo. Elías se acercó al pueblo y le dijo: “¿Hasta cuándo van a andar indecisos? Si el Señor es el verdadero Dios, síganlo; y si lo es Baal, sigan a Baal”.
Pero el pueblo no supo qué responderle. Entonces Elías les dijo: “Yo soy el único sobreviviente de los profetas del Señor; en cambio, los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. Que nos den dos novillos; que ellos escojan uno, que lo descuarticen y lo pongan sobre la leña sin prenderle fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña sin prenderle fuego. Ustedes invocarán a su dios y yo invocaré al Señor; y el Dios que responda enviando fuego, ése es el verdadero Dios”.
Todo el pueblo respondió: “Está bien”. Elías dijo entonces a los profetas de Baal: “Escojan un novillo y comiencen ustedes primero, pues son más numerosos. Invoquen a su dios, pero sin prender fuego”.
Ellos tomaron el novillo que les dieron, lo prepararon e invocaron a Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: “Baal, respóndenos”. Pero no se oyó ninguna respuesta, y ellos seguían danzando y brincando junto al altar que habían hecho. Llegado el medio día, Elías comenzó a reírse de ellos, diciéndoles: “Griten más fuerte, porque a lo mejor Baal, su dios, está muy entretenido conversando o tiene algún negocio o está de viaje. A lo mejor está dormido y así lo despiertan”.
Ellos gritaron más fuerte y empezaron a sangrarse, según su costumbre, con cuchillos y punzones, hasta que la sangre les chorreaba por todo el cuerpo. Cuando pasó el mediodía, se pusieron en trance hasta la hora de la ofrenda, pero no se escuchó respuesta alguna ni hubo nadie que atendiera sus ruegos.
Entonces Elías le dijo al pueblo: “Acérquense a mí”. Y todo el pueblo se le acercó. Preparó el altar del Señor, que había sido demolido. Tomó doce piedras, según el número de las tribus de los hijos de Jacob (a quien el Señor había dicho: Tú te llamarás Israel). Con las piedras levantó un altar en honor del Señor e hizo alrededor del altar una zanja, del ancho de un surco. Acomodó la leña, descuartizó el novillo y lo puso sobre la leña.
Después dijo: “Llenen cuatro cántaros de agua y derrámenla sobre el holocausto y sobre la leña”. Y lo hicieron así. Volvió a decirles: “Háganlo otra vez”. Y lo repitieron. De nuevo les dijo: “Háganlo por tercera vez”. Y así lo hicieron. El agua corrió alrededor del altar y llenó la zanja por completo.
A la hora de la ofrenda se acercó el profeta Elías y dijo: “Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; que se vea hoy que tú eres el Dios de Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he ejecutado todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que todo este pueblo sepa que tú, Señor, eres el Dios verdadero, que puede cambiar los corazones”.
Entonces bajó el fuego del Señor y consumió la víctima destinada al holocausto y la leña, y secó el agua de la zanja. Al ver esto, todo el pueblo tuvo miedo, y postrándose
en tierra, dijo: “El Señor es el Dios verdadero. El Señor es el Dios verdadero”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 15, 1-2a. 4. 5 y8. 11

R. (1) Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio.

Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio. Yo siempre he dicho que tú eres mi Señor.

R. Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio.

Los ídolos abundan y tras ellos se van todos corriendo; más yo no he de ofrecerles sacrificios, jamás invocaré sus nombres.

R. Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio.

El Señor es la parte que me tocado en herencia: mi vida está en sus manos. Tengo siempre presente al Señor y con él a mi lado jamás tropezaré.

R. Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio.

Enséñame el camino de la vida, sáciame de gozo en tu presencia y de alegría perpetua junto a ti.

R. Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio.

Aclamación antes del Evangelio

Salmo 24, 4. 5

R. Aleluya, aleluya.

Descúbrenos, Señor, tus caminos y guíanos con la verdad de tu doctrina.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Mateo 5, 17-19

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.
Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos’’.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, nos encontramos hoy, en este miércoles de la X semana del Tiempo Ordinario, ante unas lecturas que nos invitan a la radicalidad de la fe y a la profunda comprensión del propósito de Dios para nuestras vidas. La primera lectura nos sumerge en uno de los dramas más intensos del Antiguo Testamento, el desafío del profeta Elías en el monte Carmelo, mientras que el Evangelio nos ofrece las palabras de Jesús sobre la ley y los profetas, conectando maravillosamente el antiguo pacto con la plenitud de la Nueva Alianza.

Elías se presenta ante un pueblo indeciso, un pueblo que cojea entre dos opiniones, como él mismo les dice: “¿Hasta cuándo van a andar indecisos? Si el Señor es el verdadero Dios, síganlo; y si lo es Baal, sigan a Baal”. Esta pregunta resuena hoy en el corazón de cada uno de nosotros. ¿Cuántas veces nuestra fe no es una fe íntegra, sino una fe dividida, una fe que coquetea con los ídolos de nuestro tiempo? Los profetas de Baal, con sus ritos frenéticos, sus danzas, sus gritos desesperados y hasta la automutilación, nos muestran la futilidad de buscar la vida, la felicidad o la seguridad en aquello que no es Dios. Sus dioses son mudos, ciegos, incapaces de responder, porque son producto de la imaginación humana, de nuestras propias proyecciones y deseos.

Y Elías, con una fe inquebrantable, se atreve a desafiarlos. No es un acto de soberbia, sino una manifestación de la confianza absoluta en el Dios vivo, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Y el espectáculo es elocuente: mientras los profetas de Baal se desgastan en vano, el Dios de Elías responde con poder. El fuego divino desciende, no solo consumiendo la víctima y la leña, sino también el agua que se había derramado en abundancia. Este es un Dios que no solo existe, sino que interviene, que se revela, que demuestra su señorío absoluto sobre la creación. La reacción del pueblo es instantánea y unánime: “El Señor es el Dios verdadero. El Señor es el Dios verdadero”. Es una confesión que nace de la experiencia de su poder, una experiencia que transforma el corazón y disipa toda duda.

Esta escena dramática, hermanos, no es solo un relato antiguo. Es un espejo de nuestra propia realidad espiritual. Hoy, nuestros “Baales” pueden no ser estatuas de piedra o madera, pero son igualmente poderosos en su capacidad de reclamar nuestra lealtad. ¿Cuáles son esos ídolos modernos que compiten por el Señorío en nuestra vida? Quizás sea el dios del éxito material, que nos empuja a una carrera sin fin por tener más y mejor, a expensas de la familia, de la fe, de la paz interior. Quizás sea el dios del placer efímero, que nos promete una felicidad instantánea pero vacía, alejándonos de los compromisos profundos y de la búsqueda del bien verdadero. O el dios de la aprobación social, que nos hace vivir pendientes de lo que otros piensan de nosotros, perdiendo nuestra autenticidad y nuestra libertad en Cristo. La pregunta de Elías sigue siendo pertinente: ¿hasta cuándo vamos a andar indecisos?

Y es aquí donde el Evangelio viene a dar plenitud, como dice el Señor, a esta llamada a la fe radical. Jesús nos dice: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud”. Elías representó la voz de los profetas, clamando por la fidelidad al único Dios verdadero, el Dios revelado en la Ley de Moisés. Jesús no viene a destruir esa revelación fundamental, sino a llevarla a su más alta expresión. ¿Qué significa “dar plenitud” a la Ley? No es solo cumplir los mandatos externos, sino vivirlos desde el corazón, con una motivación de amor. La Ley de Dios, entendida a la luz de Cristo, deja de ser una carga o un conjunto de prohibiciones para convertirse en un camino de vida, un camino de amor a Dios y al prójimo.

La plenitud de la Ley es el amor. Jesús nos enseña que hasta la más pequeña letra o coma de la Ley tiene un sentido profundo, que apunta a la voluntad salvífica de Dios para la humanidad. El que cumple la Ley en su plenitud, el que la vive desde el amor que Cristo nos ha revelado, ese será grande en el Reino de los Cielos. No se trata de una observancia legalista y fría, sino de una adhesión gozosa a la voluntad de Dios, que nos lleva a la verdadera libertad y a la vida abundante.

La conexión entre ambas lecturas es profunda: Elías nos reta a elegir al Dios verdadero, al Señor. Jesús nos revela el verdadero significado de seguir a ese Dios: vivir su Ley no como una imposición, sino como la manifestación de su amor, que nos transforma desde dentro. El fuego que desciende en el Carmelo es un signo del poder de Dios, pero también del Espíritu Santo que Él nos da para que podamos cumplir su voluntad, para que el amor de Dios sea derramado en nuestros corazones. Elías pide que el pueblo “sepa que tú, Señor, eres el Dios verdadero, que puede cambiar los corazones”. Y Jesús nos ofrece la clave para ese cambio de corazón, la plenitud de la Ley que se vive en el amor.

¿Cómo podemos llevar esto a nuestra vida cotidiana? Dejando de lado la indecisión. Tomando la decisión consciente, cada día, de poner al Señor en el centro. Reconociendo esos “Baales” modernos que nos distraen, que nos ofrecen una felicidad superficial y fugaz. Preguntarnos: ¿Qué es lo que verdaderamente consume mi tiempo, mi energía, mis pensamientos más profundos? ¿Es la búsqueda de Dios y de su Reino, o son otras cosas?

El Señor nos llama a una conversión constante, a un elegirle una y otra vez. Nos llama a vivir su mandamiento del amor con una radicalidad que va más allá de la mera apariencia. Nos invita a que nuestra fe no sea de palabras, sino de obras, de una vida entregada, generosa, que refleja la caridad de Cristo. Como nos dice el Salmo responsorial: “El Señor es la parte que me ha tocado en herencia: mi vida está en sus manos. Tengo siempre presente al Señor y con él a mi lado jamás tropezaré”. Con Él a nuestro lado, no solo no tropezaremos, sino que encontraremos el camino de la vida y la plenitud de gozo.

Que la figura de Elías nos inspire a ser valientes en nuestra fe, a no tener miedo de proclamar que “el Señor es el Dios verdadero” en un mundo que a menudo se aleja de Él. Y que las palabras de Jesús nos guíen para vivir la ley del amor con plenitud, para que, al cumplir y enseñar sus mandamientos con el ejemplo de nuestra vida, seamos verdaderamente grandes en el Reino de los Cielos. Es una invitación a la oración, a la reflexión profunda sobre nuestras prioridades, y a la acción concreta en cada paso de nuestro día. Busquemos al Señor, pidámosle que nos dé un corazón indiviso, que consuma con su fuego purificador todo aquello que nos separa de Él y nos impida amar como Él nos amó.

Pidamos, pues, al Señor: Señor, Dios de Abraham, Isaac y Jacob, tú que respondiste con fuego a Elías y demostraste tu señorío, responde también hoy a nuestra oración. Disipa nuestras dudas, sana nuestra indecisión y ayúdanos a reconocerte como el único Dios verdadero. Que tu Espíritu Santo descienda sobre nosotros, para que podamos vivir la plenitud de tu Ley, que es el amor. Que nuestros corazones sean transformados y que nuestra vida sea un testimonio vivo de tu presencia salvadora. Amén.

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