Evangelio para Hoy

Evangelio del 27 de mayo de 2026

Miércoles de la VIII semana del Tiempo ordinario

Evangelio del 27 mayo 2026 — Marcus 10, 32-45 (ilustración)
Marcus 10, 32-45

Primera Lectura

Lectura 1 Pedro 1, 18-25

Primera lectura de hoy 27 mayo 2026 — 1 Pedro 1, 18-25 (ilustración)

Hermanos: Bien saben ustedes que de su estéril manera de vivir, heredada de sus padres, los ha rescatado Dios, no con bienes efímeros, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, al cual Dios había elegido desde antes de la creación del mundo y, por amor a ustedes, lo ha manifestado en estos tiempos, que son los últimos. Por Cristo, ustedes creen en Dios, quien lo resucitó de entre los muertos y lo llenó de gloria, a fin de que la fe de ustedes sea también esperanza en Dios.
Así pues, purificados ya internamente por la obediencia a la verdad, que conduce al amor sincero a los hermanos, ámense los unos a los otros de corazón e intensamente. Porque han vuelto ustedes a nacer, y no de una semilla mortal, sino inmortal, por medio de la palabra viva y permanente de Dios. En efecto, todo mortal es hierba y toda su belleza es flor de hierba: se seca la hierba y cae la flor; en cambio, la palabra del Señor permanece para siempre. Y ésa es la palabra que se les ha anunciado.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 147, 12-13.14-15. 19-20

R. (12a) Demos gloria al Señor.

Glorifica al Señor, Jerusalén; a Dios ríndele honores, Israel. El refuerza el cerrojo de tus puertas y bendice a tus hijos en tu casa.

R. Demos gloria al Señor.

El mantiene la paz en tus fronteras, con su trigo mejor sacia tu hambre. El envía a la tierra su mensaje, y su palabra corre velozmente.

R. Demos gloria al Señor.

Le muestra a Jacob pensamiento, sus normas y designios a Israel. No ha hecho nada igual con ningún pueblo, ni le ha confiado a otro sus proyectos.

R. Demos gloria al Señor.

Aclamación antes del Evangelio

Marcus 10, 45

R. Aleluya, aleluya.

Jesucristo vino a servir y a dar su vida por la salvación de todos.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Marcus 10, 32-45

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos iban camino de Jerusalén y Jesús se les iba adelantando. Los discípulos estaban sorprendidos y la gente que lo seguía tenía miedo. Él se llevó aparte otra vez a los Doce y se puso a decirles lo que le iba a suceder: “Ya ven que nos estamos dirigiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; van a condenarlo a muerte y a entregarlo a los paganos; se van a burlar de él, van a escupirlo, a azotarlo y a matarlo; pero al tercer día resucitará”.
Entonces se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte”. Él les dijo: “¿Qué es lo que desean?” Le respondieron: “Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Jesús les replicó: “No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?” Le respondieron: “Sí podemos”. Y Jesús les dijo: “Ciertamente pasarán la prueba que yo voy a pasar y recibirán el bautismo con que yo seré bautizado; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; eso es para quienes está reservado”.
Cuando los otros diez apóstoles oyeron esto, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús reunió entonces a los Doce y les dijo: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Nos encontramos hoy en el corazón del Tiempo Ordinario, un tiempo de camino y de profundización en el misterio de Cristo, pero las lecturas de hoy nos sacuden con la intensidad de la cercanía a la Pascua, no en el calendario litúrgico, sino en el corazón mismo de Jesús y en la invitación radical que nos hace. El Evangelio de Marcos nos coloca directamente en la senda de Jesús hacia Jerusalén. Un camino que, para los discípulos, estaba lleno de sorpresa y, para la gente que seguía, de miedo. Percibían la tensión, la trascendencia de aquel viaje, aunque no pudieran comprender su verdadero significado. Jesús, con una claridad asombrosa y con una serenidad que solo Él podía tener, les revela lo que le esperaba: la entrega, la condena, la burla, los azotes, la muerte y, gloriosamente, la resurrección. Es una premonición que parte el alma, un anuncio que debería haber helado la sangre, pero que, paradójicamente, apenas cala en el corazón de sus más cercanos.

Y es en este contexto de anuncio de la Pasión donde se produce una escena desconcertante y, a la vez, tan humana: Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercan a Jesús con una petición que revela una ceguera espiritual profunda. “Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte”. ¡Qué atrevimiento! Quieren sentarse a su derecha y a su izquierda en su gloria. Su mente seguía anclada en una concepción de poder terrenal, de privilegios y honores. Veían la gloria, pero no veían el camino de la cruz que conducía a ella. Veían el trono, pero no el calvario. No entendían lo que pedían, como les dice Jesús. No comprendían que el “bautismo” y la “prueba” que Él iba a pasar eran su pasión y muerte, una entrega total de sí mismo. Y, tristemente, los otros diez apóstoles, al oír esto, no manifiestan una comprensión más profunda de la misión de Jesús, sino que se indignan por la ambición de sus compañeros, revelando que ellos también aspiraban a las mismas posiciones.

Es entonces cuando Jesús, con una paciencia infinita y una pedagogía divina, nos regala una de las enseñanzas más revolucionarias y contraculturales de su Evangelio: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos.” Aquí, hermanos, está la clave de todo. El modelo de Jesús no es el del poder que domina, sino el del amor que sirve hasta el extremo, el del que se despoja de sí mismo para enriquecer a los demás. Su gloria no es la gloria de los emperadores, sino la gloria del siervo sufriente, del que entrega su vida como rescate.

Esta es la verdad que nos ilumina la Primera Lectura de San Pedro, que resuena poderosamente con el Evangelio. Pedro nos recuerda que hemos sido rescatados “no con bienes efímeros, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha.” Aquello que Santiago y Juan pasaban por alto en su ambición de poder, es precisamente el centro de nuestra fe: la sangre derramada de Cristo. El “rescate” del que habla Pedro es el “dar su vida por la redención de todos” que proclama Jesús en el Evangelio. Hemos sido liberados de una “estéril manera de vivir, heredada de sus padres”, una manera de vivir que muy bien podría ser la búsqueda egoísta de honores, de preeminencia, de un poder que oprime, como el que ambicionaban los discípulos. Esta forma de vida es estéril porque no produce frutos de amor ni de vida eterna.

Pero, a través de la sangre de Cristo, hemos sido “purificados ya internamente por la obediencia a la verdad, que conduce al amor sincero a los hermanos”. Esta obediencia a la verdad nos revela que la verdadera grandeza no está en el dominio, sino en el servicio. Que la verdadera gloria no se conquista, sino que se entrega. Y esta purificación nos lleva a una consecuencia vital: “ámense los unos a los otros de corazón e intensamente.” Esta es la nueva manera de vivir, la que nace de la semilla inmortal de la Palabra de Dios. Hemos vuelto a nacer, nos dice Pedro, y no de una semilla mortal, sino inmortal. La “semilla mortal” es todo aquello que pasa, que es como hierba y flor de hierba que se seca y cae. La búsqueda de poder, de fama, de riquezas terrenales, todo ello es efímero, como la hierba que se seca. Pero la “semilla inmortal” es la Palabra viva y permanente de Dios, que nos revela el camino del servicio, de la entrega, de la caridad fraterna.

¿Y cuál es esta Palabra que permanece para siempre? Es la Palabra que hoy escuchamos de Jesús: que la verdadera grandeza es el servicio, que la verdadera vida se da en la entrega, que Él no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate. Esta Palabra es el fundamento sobre el que debemos construir nuestra vida, si queremos que no sea estéril, sino fecunda, llena de amor y de esperanza.

Queridos hermanos, la pregunta que se nos plantea hoy es la misma que Jesús le hizo a Santiago y Juan, aunque quizás con otras palabras: ¿Qué buscamos realmente en nuestra vida? ¿Qué tipo de gloria anhelamos? ¿La gloria del mundo, que se mide por el poder, el éxito y el reconocimiento? ¿O la gloria que viene de Dios, que se revela en la humildad, en la entrega silenciosa, en el servicio a los hermanos, especialmente a los más pequeños y necesitados?

Nuestra vida cotidiana está llena de oportunidades para elegir entre estas dos sendas. Cada día nos enfrentamos a situaciones en las que podemos buscar nuestro propio interés o el bien de los demás; en las que podemos imponer nuestra voluntad o escuchar y servir; en las que podemos aspirar a ser los primeros o elegir ser los últimos para que otros puedan florecer. Este es el camino de la conversión constante al que somos invitados. Es un camino exigente, sí, porque va a contracorriente de lo que el mundo nos ofrece, pero es el único camino que nos lleva a la verdadera vida, a la plenitud, a esa esperanza en Dios que brota de la fe en el Resucitado.

Hoy, la invitación es a pedir al Señor que nos purifique internamente, que nos dé la gracia de la obediencia a la verdad de su Evangelio, para que nuestro amor hacia los hermanos sea sincero e intenso. Que no tengamos miedo de seguirle en el camino del servicio, de la entrega, incluso si ello implica pasar por pruebas y renuncias. Porque, como nos recuerda el Salmo, el Señor “refuerza el cerrojo de tus puertas y bendice a tus hijos en tu casa. Él mantiene la paz en tus fronteras, con su trigo mejor sacia tu hambre. Él envía a la tierra su mensaje, y su palabra corre velozmente.” La palabra de Dios que es el Evangelio de Jesús nos alimenta, nos protege y nos guía en este camino de servicio y amor.

Acerquémonos, pues, a la oración con un corazón humilde, pidiendo al Señor que abra nuestros ojos y nuestros oídos para comprender su Evangelio no solo con la mente, sino con el alma entera. Que nos dé la fuerza para imitar a Cristo, que no vino a ser servido, sino a servir.

Padre Celestial, te damos gracias por el don de tu Hijo, Jesucristo, quien nos ha mostrado el camino de la verdadera grandeza a través del servicio y la entrega. Ayúdanos a despojarnos de toda ambición egoísta y a vestirnos con el manto de la humildad y el amor. Que tu Palabra, que permanece para siempre, transforme nuestros corazones y nos impulse a servir a nuestros hermanos con la misma entrega y amor con que Cristo nos amó hasta el fin. Amén.

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