Evangelio para Hoy

Evangelio del 25 de mayo de 2026

Memoria de la Bienaventurada Virgen MaríaMadre de la Iglesia

Evangelio del 25 mayo 2026 —  (ilustración)

Primera Lectura

**Lectura **

Primera lectura de hoy 25 mayo 2026 (ilustración)

Después de que el hombre y la mujer comieron del fruto del árbol prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le preguntó, “¿Dónde estás?” Éste le respondió, “Oí tus pasos en el jardín; y tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí”. Entonces le dijo Dios, “¿Y quién te ha dicho que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?”Respondió Adán: “La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí”. El Señor Dios dijo a la mujer: “¿Por qué has hecho esto?” Repuso la mujer: “La serpiente me engañó y comí.” Entonces dijo el Señor Dios a la serpiente:“Porque has hecho esto,serás maldita entre todos los animalesy entre todas las bestias salvajes.Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvotodos los días de tu vida.Pondré enemistad entre ti y la mujer,entre tu descendencia y la suya;y su descendencia te aplastará la cabeza,mientras tú tratarás de morder su talón”.El hombre le puso a su mujer el nombre de “Eva”, porque ella fue la madre de todos los vivientes.O bien:Hechos 1, 12-14Después de la ascensión de Jesús a los cielos, los apóstoles regresaron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que dista de la ciudad lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron a la ciudad, subieron al piso alto de la casa donde se alojaban, Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago (el hijo de Alfeo), Simón el Cananeo y Judas, el hijo de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con María, la madre de Jesús, con los parientes de Jesús y algunas mujeres.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

**Salmo responsorial — **

R. (3) ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!Él la ha cimentado sobre el monte santo;y el Señor prefiere las puertas de Sióna todas las moradas de Jacob.R.¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!¡Qué pregón tan glorioso para ti,ciudad de Dios!Se dirá de Sión: “Uno por uno,todos han nacido en ella;el Altísimo en persona la ha fundado”.R.¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!El Señor escribirá en el registro de los pueblos:“Éste ha nacido allí”.Y cantarán mientras danzan:“Todas mis fuentes están en ti”.R.¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

Aclamación antes del Evangelio

Evangelio

**Lectura del santo evangelio según **

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre,  la hermana de su madre, María la de Cleofás,  y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería,  Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre”. Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término,  para que se cumpliera la Escritura, dijo: “ Tengo sed ”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo  y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo:  “Todo está cumplido”,  e inclinando la cabeza, entreg ó el espíritu.
Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua,  para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado,  porque aquel sábado era un día muy solemne,  pidieron a Pilato que les quebraran las piernas  y los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno  y luego al otro de los que habían sido crucificados con Jesús. Pero al llegar a él, viendo que ya había muerto,  no le quebraron las piernas,  sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza  e inmediatamente salió sangre y agua.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy, al contemplar la Memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, nuestras lecturas nos invitan a un viaje profundo, desde los orígenes mismos de la humanidad hasta el corazón palpitante de nuestra redención, culminando en el Calvario. Es un viaje que nos revela la constante y tierna providencia de Dios, y el rol insustituible de una Mujer en Su plan de amor, un plan que se despliega con paciente amor a través de los siglos.

Nos remontamos al jardín del Edén, a ese momento primordial en el que la armonía original se quebró. Escuchamos el relato de una intimidad rota, de una desobediencia que trajo consigo el velo de la vergüenza. “¿Dónde estás?”, pregunta el Señor Dios al hombre, no porque no lo sepa, sino para invitarlo a reconocer su estado. Adán, y luego Eva, en un acto tan humano, intentan eludir su responsabilidad, señalando al otro, a la criatura, a la mujer, a la serpiente. Es la primera manifestación de nuestra propia tendencia a justificarnos, a escondernos de la luz de Dios cuando nos sentimos “desnudos” por el pecado. El miedo y la vergüenza entran en el mundo, y con ellos, la separación de Dios, el trabajo penoso, el sufrimiento y la muerte. Es un momento de oscuridad, donde la humanidad, en su recién adquirida conciencia de sí misma, se encierra en la soledad de su error.

Pero en medio de esta dolorosa escena de la caída, Dios no abandona a su creación. Su justicia se entrelaza con una promesa asombrosa, una chispa de esperanza que brilla en la oscuridad más profunda: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; y su descendencia te aplastará la cabeza, mientras tú tratarás de morder su talón”. Este es el Protoevangelio, la primera buena noticia, la promesa de que la derrota no sería la palabra final. Una mujer y su descendencia se levantarían para confrontar y vencer al mal. Desde ese instante, la historia de la salvación se orienta hacia esa “Mujer”, que traería al mundo al Libertador. Se siembra la semilla de la redención, se nos da un vislumbre de la victoria final.

Y así, desde la sombra de aquel árbol prohibido, nos movemos miles de años en la historia, hasta otro árbol, el árbol de la cruz, el madero de nuestra salvación. Aquí, en el Gólgota, en el momento más sombrío y a la vez más glorioso de la historia, encontramos a la “Mujer” anunciada: María, la Madre de Jesús. ¡Qué contraste con la primera Eva! Allí donde la primera mujer sucumbió a la tentación y trajo la desdicha, aquí, en el Calvario, la Nueva Eva se mantiene firme, inquebrantable en su fe, asociada al sacrificio redentor de su Hijo. María está de pie, no se ha escondido ni ha huido por miedo o vergüenza. Su presencia es un testimonio de fidelidad heroica.

Contemplen a María. Su corazón traspasado por una espada de dolor, tal como le había profetizado Simeón. Ve a su Hijo amado, Dios mismo encarnado, colgando ignominiosamente. Ella no le reprocha nada, no hay quejas, solo una presencia silenciosa, valiente, amorosa. Ella comprende el significado de su sufrimiento, porque es el cumplimiento de la promesa, el momento en que su “descendencia” está aplastando la cabeza de la serpiente, aunque a Él le muerdan el talón. La sangre y el agua que brotan del costado abierto de Cristo no son solo la señal de su muerte física, sino la fuente de la nueva vida, los sacramentos que dan origen a la Iglesia, el nuevo jardín donde la vida y la gracia florecen.

Y es en este momento crucial, en su testamento final, que Jesús, viéndola junto al discípulo amado, nos revela una verdad profunda y conmovedora. “Mujer, ahí está tu hijo”. Y luego al discípulo: “Ahí está tu madre”. Estas palabras no son un simple gesto de cariño filial para asegurar el cuidado de su madre terrenal. Son la proclamación de una nueva maternidad, una maternidad espiritual que se extiende a todos nosotros, la Iglesia naciente. Juan no representa solo a sí mismo, sino a cada discípulo, a cada creyente de todos los tiempos. María, la Madre de Jesús, se convierte en nuestra Madre, la Madre de la Iglesia, la Madre de cada uno de nosotros.

Desde aquel instante, y para siempre, María nos abraza con su amor maternal. Aquel “¡Dónde estás!” del Génesis, que revelaba la soledad y el miedo de Adán y Eva, es respondido ahora por la voz de Jesús que nos da una Madre para que nunca más nos sintamos solos, para que siempre tengamos a quien recurrir. María, que nos lleva a Cristo, que intercede por nosotros, que nos enseña a decir “sí” a la voluntad de Dios, incluso en los momentos más oscuros. Ella, que nunca conoció el pecado, nos muestra el camino de la santidad. Ella, la llena de gracia, nos ayuda a despojarnos de nuestra “desnudez” espiritual, de nuestra vergüenza, y a vestirnos con la gracia de Cristo. Nos invita a salir de nuestros escondites y a abrazar la luz y la misericordia.

Hermanos y hermanas, este mensaje tiene una resonancia profunda en nuestra vida cotidiana. ¿Cuántas veces, como Adán, nos escondemos de Dios? ¿Cuántas veces nos sentimos abrumados por el pecado, por la vergüenza de nuestras faltas, por el miedo a la confrontación con la verdad de quiénes somos? Nos sentimos desnudos, vulnerables, y tendemos a alejarnos, a buscar excusas. Pero Jesús, desde la cruz, nos ofrece una mano extendida, la de su Madre. Ella, con su ternura, nos invita a acercarnos, a confiar, a no tener miedo.

María es la figura de la perseverancia en la fe. Ella no huyó de la cruz, no la entendió completamente en el momento, pero confió. En nuestras propias cruces, en nuestros momentos de dolor, de incertidumbre, de incomprensión, ella nos enseña a estar de pie, a perseverar, a mantener la mirada fija en Cristo. Nos enseña que la verdadera fortaleza no está en la ausencia de sufrimiento, sino en la capacidad de amar y confiar a través de él. Su maternidad para nosotros significa que tenemos una intercesora poderosa, una guía amorosa. Cuando la vida nos golpea, cuando las tentaciones de la “serpiente” parecen abrumarnos, cuando nuestra fe flaquea, podemos acudir a ella. Ella es nuestra auxilio, nuestra esperanza. Su corazón, que estuvo tan íntimamente unido al Corazón de Jesús, está siempre abierto para nosotros. Ella nos envuelve con su manto maternal, nos consuela y nos dirige siempre hacia su Hijo, porque sabe que solo en Él encontramos la plenitud de la vida.

Por ello, hermanos, la invitación hoy es clara y urgente. No nos escondamos de Dios. Aceptemos el regalo de su Madre para nosotros. Reconozcamos nuestra necesidad de su amor y su guía. Permítámosle que nos tome de la mano y nos lleve al encuentro de Jesús, especialmente en la Eucaristía, donde el fruto del árbol de la cruz se nos da como alimento de vida. Confesemos nuestras debilidades y pecados, y sintamos la misericordia de Dios a través de la intercesión de María. Ella nos ayuda a ser verdaderos hijos e hijas de Dios, a vivir con valentía nuestra fe, a llevar a Cristo al mundo.

Que en cada “Dios te salve, María”, en cada “Santa María, Madre de Dios”, renovemos nuestra devoción y nuestro compromiso de imitar su fe, su humildad y su amor incondicional. Que su ejemplo nos impulse a ser la Iglesia que Jesús quiere: una comunidad de amor, de servicio y de esperanza, siempre bajo la protección de nuestra Madre Celestial.

Madre de la Iglesia, María Santísima, bajo tu amparo nos acogemos. No desprecies nuestras súplicas en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita! Amén.

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