Evangelio para Hoy

Evangelio del 22 de mayo de 2026

Viernes de la VII semana de Pascua

Evangelio del 22 mayo 2026 —  (ilustración)

Primera Lectura

**Lectura **

Primera lectura de hoy 22 mayo 2026 (ilustración)

En aquellos días, el rey Agripa y Berenice llegaron a Cesarea para saludar a Festo. Como se detuvieron algún tiempo allí, Festo expuso al rey el caso de Pablo con estas palabras:
“Tengo aquí un preso que me dejó Félix, cuya condenación me pidieron los sumos sacerdotes y los ancianos de los judíos, cuando estuve en Jerusalén. Yo les respondí que no era costumbre romana condenar a ningún hombre, sin carearlo antes con sus acusadores, para darle la oportunidad de defenderse de la acusación.
Vinieron conmigo a Cesarea, y sin dar largas al asunto, me senté en el tribunal al día siguiente y mandé que compareciera ese hombre. Los acusadores que se presentaron contra él, no le hicieron cargo de ninguno de los delitos que yo sospechaba. Se trataba sólo de ciertas discusiones acerca de su religión y de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo asegura que está vivo.
No sabiendo qué determinación tomar, le pregunté a Pablo si quería ir a Jerusalén para que se le juzgara allá de esos cargos; pero como él pidió ser juzgado por el César, ordené que siguiera detenido hasta que yo pudiera enviárselo”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

**Salmo responsorial — **

R. (19a) Bendigamos al Señor, que es el rey del universo. Aleluya.

Bendice, al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga su santo nombre. Bendice, al Señor, alma mía, y no te olvides de sus beneficios.

R. Bendigamos al Señor, que es el rey del universo. Aleluya.

Como desde la tierra hasta el cielo, así es de grande su misericordia; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.

R. Bendigamos al Señor, que es el rey del universo. Aleluya.

En el cielo el Señor puso su trono, y su reino abarca el universo. Bendigan al Señor todos los ángeles, ejecutores fieles de sus órdenes.

R. Bendigamos al Señor, que es el rey del universo. Aleluya.

Aclamación antes del Evangelio

Evangelio

**Lectura del santo evangelio según **

En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.
Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.
Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.
Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Nos encontramos hoy, viernes de la séptima semana de Pascua, a las puertas de Pentecostés, con la Iglesia meditando sobre la misión y el amor que la impulsan. La primera lectura nos sumerge en el drama del apostolado, en la incomprensión del mundo frente a la fe. Vemos a Pablo, un preso, frente a Festo y el rey Agripa, acusado no de crímenes comunes, sino de algo mucho más profundo y, para el mundo, más desconcertante: “ciertas discusiones acerca de su religión y de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo asegura que está vivo”.

Detengámonos un momento en esta frase, porque es el corazón de la acusación contra Pablo y, en realidad, el corazón de nuestra fe. Los poderosos de este mundo, representados por Festo y Agripa, no podían comprender la centralidad de un hombre crucificado, y mucho menos la afirmación de que ese hombre había resucitado. Para ellos, era un asunto trivial, una disputa religiosa de poca monta, casi un disparate. No había un delito tangible que perseguir, solo una verdad que desafiaba su lógica y su poder. Pablo, sin embargo, estaba dispuesto a arriesgar su libertad y su vida por esa verdad: que Jesús está vivo. Su vida entera era un testimonio de esta resurrección. Estaba encadenado, pero su espíritu era libre, impulsado por la convicción de haber encontrado la verdad encarnada en el Resucitado.

Esta escena de la vida de Pablo nos habla hoy a nosotros. En un mundo a menudo secularizado, donde la fe se relega a la esfera privada o se mira con escepticismo, la afirmación de que Jesús está vivo sigue siendo para muchos una “discusión” extraña, un tema “de su religión” que no encaja en los parámetros de lo que consideran “real” o “importante”. ¿Cómo respondemos a este desafío? ¿Qué tan profundamente creemos y vivimos la verdad de que Cristo resucitó? ¿Estamos dispuestos, como Pablo, a que la realidad del Resucitado configure cada aspecto de nuestra existencia, incluso si eso significa nadar contra corriente o ser incomprendidos?

Pero esta firmeza en el testimonio, esta valentía de Pablo, no surge de la nada. Tiene una fuente, un manantial inagotable, que el Evangelio de hoy nos revela con una ternura conmovedora. Pasamos de los pasillos fríos de un tribunal romano a la orilla apacible del lago de Galilea, donde el Señor resucitado se encuentra con Pedro. El escenario cambia drásticamente, pero la figura central sigue siendo el “Jesús que Pablo asegura que está vivo”. Es este mismo Jesús quien, después de la Resurrección, busca a Pedro no para recriminarle sus negaciones, sino para restaurarlo y confirmarlo en su amor.

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”, le pregunta Jesús por primera vez. Pedro, con la humildad de quien ha conocido su propia debilidad, responde: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. La pregunta se repite una segunda vez, y Pedro vuelve a afirmar su amor. Y por tercera vez, Jesús le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. La tristeza embarga a Pedro, no por enfado, sino quizás por la vergüenza de sus tres negaciones, recordándole su humanidad frágil. Y con el corazón despojado de toda pretensión, le dice: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”.

Aquí está la conexión profunda entre ambas lecturas. La fuerza de Pablo para testificar sobre el “Jesús que está vivo” nace del mismo amor que Jesús busca en Pedro. La misión de predicar el Evangelio, de apacentar a las ovejas, de dar la vida por Cristo, solo es posible si se arraiga en un amor sincero y profundo por Él. Jesús no le pregunta a Pedro sobre sus habilidades de liderazgo o su capacidad para organizar la Iglesia. Le pregunta sobre su amor. Porque el pastoreo no es una tarea meramente administrativa o un ejercicio de poder; es, ante todo, un acto de amor sacrificial, una imitación del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas.

Las tres preguntas de Jesús a Pedro no son solo una restauración de su apostolado después de sus tres negaciones. Son también una invitación a una profundidad de amor que se convierte en la base de toda misión. “Apacienta mis corderos”, “pastorea mis ovejas”, “apacienta mis ovejas”. Jesús le confía a Pedro su más preciado tesoro: su rebaño. Y lo hace sabiendo que ese rebaño necesitará un pastor que no solo lo guíe, sino que lo ame con un amor que no teme al sacrificio, un amor que está dispuesto a darlo todo.

Y Jesús no se detiene ahí. Después de confirmar su amor y su misión, le revela a Pedro el camino de su discipulado más radical: “Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. El Evangelista nos aclara el significado: “Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios”. Aquí se une la historia de Pedro con la de Pablo. Ambos, de formas distintas, glorificarán a Dios con su muerte, dando el testimonio supremo de su amor por Cristo. Ambos, en su momento, serán llevados “a donde no quieran”, en el sentido humano, pero sí al lugar donde el amor los llama. La vocación de seguir a Cristo culmina en la ofrenda total de la vida.

¿Y nosotros? ¿Dónde estamos en esta dinámica de amor y misión? Jesús nos hace hoy la misma pregunta a cada uno de nosotros: “¿Me amas?”. No solo una vez, sino quizás varias, para que examinemos la sinceridad y la profundidad de nuestra respuesta. ¿Amamos a Jesús en nuestra vida cotidiana, en nuestras decisiones, en nuestras relaciones? Este amor no es un sentimiento etéreo, sino una elección activa que se traduce en servicio. Apacentar los corderos y las ovejas de Jesús no es una tarea exclusiva de los sacerdotes o pastores consagrados. Es la vocación de cada bautizado. Cada uno de nosotros tiene “corderos” y “ovejas” que apacentar en su propio entorno: en la familia, en la comunidad, en el trabajo, entre los amigos, en los más vulnerables. Significa cuidar, nutrir, proteger, guiar, y a veces, cargar sobre los hombros, como el Buen Pastor.

Este servicio nace de nuestra convicción inquebrantable de que “Jesús está vivo”. Si creemos que Él está vivo, entonces nuestra fe no es una reliquia del pasado, sino una fuerza vibrante que nos impulsa a vivir con esperanza, a amar sin medida, a servir sin cansancio. Significa vivir de tal manera que nuestra propia vida sea un testimonio de Su Resurrección, un eco de la predicación de Pablo.

El Evangelio termina con una orden clara y personal para Pedro, y para cada uno de nosotros: “Sígueme”. Seguir a Jesús no significa solo caminar tras Él en los buenos momentos, sino también aceptar el camino de la entrega, de la renuncia, del sacrificio, el camino que a veces nos lleva “a donde no queremos”. Es un seguimiento que exige amor, un amor que confía plenamente en el Señor que “lo sabe todo” y que nos conoce mejor que nosotros mismos.

Hermanos, en este tiempo pascual, mientras nos preparamos para la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, las lecturas de hoy son una poderosa invitación a la conversión y a una profunda reflexión. ¿Amamos realmente a Jesús con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente? Si nuestra respuesta es “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”, entonces esa afirmación debe manifestarse en nuestra vida. Que nuestro amor por Cristo nos impulse a ser testigos valientes de Su Resurrección, como Pablo, y pastores amorosos de Su rebaño, como Pedro, en cualquier circunstancia en la que el Señor nos haya puesto. Que nuestra vida glorifique a Dios, incluso si ello implica el camino de la renuncia y el servicio.

Oremos: Señor Jesús, Buen Pastor, tú que conoces y amas a cada una de tus ovejas, te pedimos que aumentes en nosotros el amor por Ti. Que como Pedro, podamos afirmarte sinceramente: “Tú sabes que te quiero”. Concédenos la gracia de apacentar a tus corderos y ovejas con ternura y fortaleza, siendo testigos valientes de tu resurrección en cada rincón de nuestra vida. Que nuestro seguimiento te glorifique, hoy y siempre. Amén.

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