Evangelio para Hoy

Evangelio del 17 de mayo de 2026

Septimo Domingo de Pascua

Evangelio del 17 mayo 2026 — Juan 17, 1-11a (ilustración)
Juan 17, 1-11a

Primera Lectura

Lectura Hechos 1, 12-14

Primera lectura de hoy 17 mayo 2026 — Hechos 1, 12-14 (ilustración)

Después que Jesús fue elevado al cielo, los apóstoles regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén, a la distancia de un camino de sábado.
Al entrar en la ciudad, subieron al cenáculo donde se alojaban Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote, y Judas, hijo de Santiago.
Todos estos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres, y María, la madre de Jesús, y sus hermanos.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 26, 1.4.7-8

R. Creo que vere la bondad del Senor en la tierra de los vivos.

El Senor es mi luz y mi salvacion, a quien temere? El Senor es la fortaleza de mi vida, de quien me asustare?

R. Creo que vere la bondad del Senor en la tierra de los vivos.

Una cosa pido al Senor, solo eso busco: habitar en la casa del Senor todos los dias de mi vida, para gozar de la dulzura del Senor y contemplar su templo.

R. Creo que vere la bondad del Senor en la tierra de los vivos.

Escucha, Senor, mi voz que te llama; ten compasion de mi, respondeme. Mi corazon te dice: Busca su rostro. Y yo busco tu rostro, Senor.

R. Creo que vere la bondad del Senor en la tierra de los vivos.

Aclamación antes del Evangelio

Juan 14, 18

R. Aleluya, aleluya.

No los dejaré huérfanos, dice el Señor. Volveré a ustedes, y sus corazones se alegrarán.

R. Aleluya, aleluya.

Segunda Lectura

Lectura 1 Pedro 4, 13-16

Segunda lectura de hoy 17 mayo 2026 — 1 Pedro 4, 13-16 (ilustración)

Amados:
Alégrense en la medida en que comparten los padecimientos de Cristo,
para que cuando se manifieste su gloria,
también se regocijen con exultación.
Si son injuriados por el nombre de Cristo, dichosos ustedes,
porque el Espíritu de gloria y de Dios reposa sobre ustedes.
Pero que ninguno de ustedes padezca
como homicida, o ladrón, o malhechor, o como entremetido.
Pero si alguno padece como cristiano, que no se avergüence,
sino que glorifique a Dios por este nombre.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Juan 17, 1-11a

Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
«Padre, la hora ha llegado.
Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti,
así como tú le diste autoridad sobre toda la humanidad,
para que tu Hijo dé vida eterna a todos los que tú le diste.
Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, el único Dios verdadero,
y a Jesucristo, a quien tú enviaste.
Yo te he glorificado en la tierra,
llevando a cabo la obra que me encomendaste.
Ahora, glorifícame tú, Padre, junto a ti,
con la gloria que tenía junto a ti antes que el mundo existiera.
He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo.
Eran tuyos, y tú me los diste,
y han guardado tu palabra.
Ahora saben que todo lo que me diste procede de ti,
porque las palabras que tú me diste, yo se las he dado a ellos,
y ellos las han recibido y han comprendido verdaderamente que yo salí de ti,
y han creído que tú me enviaste.
Yo ruego por ellos.
No ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado,
porque son tuyos, y todo lo mío es tuyo
y todo lo tuyo es mío,
y he sido glorificado en ellos.
Y ya no estaré más en el mundo,
pero ellos están en el mundo, mientras yo vengo a ti.»

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Acabamos de celebrar la Ascensión del Señor, y ahora nos encontramos en ese espacio sagrado, ese “entre-tiempo”, entre la partida de Jesús y la prometida venida del Espíritu Santo. Un tiempo que podría sentirse vacío, de orfandad, si no fuera porque la palabra de Dios de hoy nos ilumina el camino, nos muestra cómo vivir este misterio de la ausencia y la presencia, del esperar y del actuar.

La Primera Lectura nos lleva de la mano al Cenáculo, a ese lugar íntimo donde los apóstoles regresan después de ver a su Señor elevarse al cielo. Imaginen la escena: la mezcla de asombro y quizá un leve vértigo ante la realidad de que Jesús ya no está físicamente con ellos. Pero Lucas nos dice algo fundamental: no se dispersaron, no se quedaron pasivos, sino que “todos estos perseveraban unánimes en la oración”. Junto a ellos, un grupo diverso: las mujeres, María, la madre de Jesús, y sus hermanos. Es una imagen potente de la Iglesia naciente, reunida, unida, en oración, en un tiempo de espera activa. No es una espera ociosa, sino una profunda comunión con Dios y entre ellos. Se aferran a lo que tienen: la comunidad, la fe en la promesa de Jesús y la oración incesante.

Y es precisamente en este contexto donde la voz de Jesús en el Evangelio adquiere una resonancia particular. Hoy, escuchamos una parte de la llamada “oración sacerdotal” de Jesús, esa plegaria íntima y profunda que dirige al Padre antes de su pasión. Es su testamento espiritual, su intercesión por nosotros. Él levanta los ojos al cielo y dice: “Padre, la hora ha llegado. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti”. ¿Qué significa esta glorificación? No es una glorificación mundana, de éxito o de poder terrenal. Es la glorificación de la entrega total, del amor que se da hasta el extremo en la Cruz, y de la resurrección que revela el poder y la vida de Dios. La glorificación de Jesús es la manifestación plena del Padre a través de Él.

Y aquí viene el corazón de su mensaje y el puente con nuestra vida: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú enviaste”. La vida eterna no es simplemente un destino futuro después de la muerte, sino una realidad presente, una relación profunda, personal e íntima con Dios Padre y con su Hijo Jesucristo. Conocer no es solo saber intelectualmente, sino experimentar, amar, vivir en comunión. Es el anhelo del salmista que clama: “Una cosa pido al Señor, solo eso busco: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar de la dulzura del Señor y contemplar su templo… Mi corazón te dice: Busca su rostro. Y yo busco tu rostro, Señor.” Ese “conocer” es buscar el rostro de Dios, habitar en su casa.

Jesús intercede por sus discípulos: “Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos”. Y luego, una frase que conecta directamente con la escena del Cenáculo: “Y ya no estaré más en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo vengo a ti”. ¡Qué consuelo, qué profunda visión! Jesús, sabiendo que los dejaría físicamente, no los abandona. Reza por ellos, por su perseverancia, por su unidad, porque permanezcan en el mundo, pero sin ser del mundo. Les promete no dejarlos huérfanos, como hemos escuchado en la aclamación al Evangelio.

Aquí es donde las dos lecturas se funden en una hermosa sinfonía para nuestra vida. Los apóstoles en el Cenáculo están viviendo la oración de Jesús. Él oró para que ellos permanecieran en el mundo, y ahí están: en el mundo, en Jerusalén, en el Cenáculo. Él oró para que guardaran su palabra, y ellos perseveran en la oración. Él oró para que conocieran al Padre y a Él, y ellos están allí, buscando ese conocimiento en la comunión fraterna y la oración constante. No están paralizados por la ausencia, sino fortalecidos por la promesa y por la oración intercesora de su Señor.

Queridos hermanos y hermanas, nosotros somos esos discípulos hoy. Nosotros también “estamos en el mundo” con sus desafíos, sus tentaciones, sus ruidos. Y a veces, también podemos sentirnos huérfanos, solos, o anhelar una presencia más palpable de Jesús. Pero la Palabra nos invita hoy a dos cosas fundamentales:

Primero, a perseverar unánimes en la oración, como los apóstoles en el Cenáculo. No esperemos que el Espíritu Santo o la gracia nos caigan del cielo sin un esfuerzo de nuestra parte. La espera activa es la oración. La oración personal, íntima, humilde; la oración comunitaria en la liturgia, en los grupos de fe. Es en la oración donde buscamos el rostro del Señor, donde nuestra luz y salvación se hacen presentes, donde nuestra alma se fortalece para no temer. La oración nos une a Cristo que está a la derecha del Padre, intercediendo por nosotros, y nos prepara para recibir con gozo la venida del Espíritu.

Segundo, a comprender que la vida eterna es conocer a Dios aquí y ahora. No es un conocimiento académico, sino experiencial, relacional. Conocemos a Dios cuando amamos al prójimo, cuando perdonamos, cuando somos justos, cuando celebramos los sacramentos, cuando meditamos su Palabra, cuando buscamos su voluntad en las pequeñas decisiones de cada día. Glorificamos a Dios cuando nuestra vida, a pesar de nuestras limitaciones y pecados, se convierte en un reflejo de su amor y su verdad. ¿Cómo lo glorificamos? Viviendo la obra que Él nos ha encomendado, como lo hizo Jesús. Y nuestra obra es amar, servir, dar testimonio, ser luz en el mundo.

Jesús reza por nosotros. Él pide al Padre que nos cuide mientras estamos en este mundo. Esa es la certeza que debe animarnos. No estamos solos. Su oración nos envuelve, su amor nos sostiene. Pero nuestra respuesta es necesaria: ¿Estamos dispuestos a vivir nuestra vida como un Cenáculo, un lugar de oración perseverante y comunitaria? ¿Estamos buscando ese conocimiento de Dios que nos da la vida eterna?

En estos días previos a Pentecostés, la Iglesia nos invita a intensificar nuestra oración, a reunirnos como hermanos, a esperar con anhelo la venida del Paráclito. Que la presencia silenciosa pero firme de María en el Cenáculo nos inspire a esperar con fe, a perseverar en la oración y a abrir nuestro corazón para que el Espíritu Santo nos renueve y nos impulse a vivir plenamente la vida eterna que es conocer al Padre y a Jesucristo, su enviado.

Que así sea.

Oremos: Señor Jesús, que en tu oración nos mostraste el camino de la vida eterna, concédenos la gracia de conocerte cada día más, de buscar tu rostro en la oración perseverante, y de vivir unidos como tus discípulos. Que, como los apóstoles en el Cenáculo, esperemos con fe al Espíritu Santo, para que, siendo en el mundo, podamos glorificarte con nuestra vida y manifestar tu nombre a todos los hombres. Amén.

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